PROLOGO Y CAPITULO 1
Prólogo
Ronnie
Con la vista fija en la ventana de la habitación, Ronnie se preguntó si el reverendo
Harris ya habría llegado a la iglesia. Seguramente sí. Y mientras seguía
contemplando las olas estrellarse a lo largo de la playa, se preguntó si él todavía
sería capaz de apreciar los reflejos de la luz que se filtraba a través del vitral, por
encima de su cabeza. Quizá no; después de todo, hacía más de un mes que habían
colocado el vitral, y probablemente estaba demasiado ocupado en otros
quehaceres para seguir apreciando aquel matiz. Sin embargo, anheló que alguna
persona nueva en la localidad entrara por casualidad en la iglesia aquella mañana
y tuviera la misma sensación maravillosa que ella experimentó la primera vez
que vio cómo la luz inundaba toda la iglesia en aquel frío día de diciembre. Y
también deseó que el visitante dedicara unos minutos a considerar de dónde había
salido aquel vitral y a admirar su belleza.
Llevaba una hora despierta, pero aún no se sentía lista para enfrentarse al
nuevo día. Aquel año, las vacaciones se le antojaban distintas. El día previo, había
salido a pasear un rato por la playa con Jonah, su hermano pequeño. En muchas
terrazas de las casas por las que habían pasado, había árboles de Navidad. En
aquella época del año, prácticamente disponían de la playa para ellos solos, pero
Jonah no había mostrado ningún interés ni en las olas ni en las gaviotas que tanto
lo habían fascinado apenas unos meses antes. En lugar de eso, le había pedido ir
al taller; ella lo acompañó, aunque el chico apenas permaneció unos minutos
antes de salir sin decir ni una sola palabra.
A su lado, sobre la repisa de la cabecera de la cama, sobresalía el rimero de
fotografías que habían estado enmarcadas en la salita, junto con otros objetos que
había recogido aquella mañana. En el silencio reinante, estudió los objetos
detenidamente hasta que unos golpes en la puerta la sacaron de su
ensimismamiento. Su madre asomó la cabeza.
—¿Te apetece desayunar? He encontrado una caja de cereales en el armario.
—No tengo hambre, mamá.
—Tienes que comer, cielo.
Ronnie continuó con la vista fija y perdida en la pila de fotos.
—Me equivoqué, mamá. Y ahora no sé qué hacer.
—¿Te refieres a papá?
—A todo en general.
—¿Quieres que hablemos de ello?
Al ver que Ronnie no contestaba, su madre atravesó el umbral y se sentó en
la cama, a su lado.
—A veces es bueno desahogarse. Has estado muy callada durante los últimos
dos días.
Por un instante, Ronnie se sintió abordada por un cúmulo de recuerdos: el
incendio y la posterior reconstrucción de la iglesia, el vitral, la canción que
finalmente había conseguido terminar. Pensó en Blaze, en Scott y en Marcus.
Pensó en Will. Recordaba aquel verano en que había cumplido dieciocho años, el
verano en que la habían traicionado, el verano en que la habían arrestado, el
verano en que se había enamorado. No había pasado tanto tiempo; sin embargo,
a veces tenía la impresión de que en aquella época ella era una persona
completamente distinta.
Ronnie suspiró.
—¿Y Jonah?
—Brian se lo ha llevado a la zapatería. Es como un cachorrillo, ¿sabes? Sus
pies crecen más deprisa que el resto de su cuerpo.
Ronnie sonrió, pero su sonrisa se desvaneció con la misma celeridad con que
se había formado. En el silencio que la envolvió a continuación, notó que su
madre le sujetaba suavemente la larga melena y se la recogía en una holgada
cola de caballo. Hacía eso desde que ella era pequeña; sin saber por qué, el gesto
le seguía pareciendo reconfortante, aunque nunca lo admitiría, por supuesto.
—Mira, ¿qué te parece si hablamos mientras preparamos el equipaje? —
sugirió su madre. Se dirigió al ropero y puso la maleta sobre la cama.
—Ni siquiera sé por dónde empezar.
—¿Qué tal si empiezas por el principio? Jonah mencionó algo sobre unas
tortugas marinas.
Ronnie cruzó los brazos encima del pecho, completamente segura de que su
historia no empezaba en aquel punto.
—No exactamente —repuso—. A pesar de que no estaba allí cuando sucedió,
creo que el verano realmente empezó con el incendio.
—¿Qué incendio?
Ronnie asió la pila de fotografías que reposaban sobre la cabecera de la cama
y, con mucho cuidado, cogió un deteriorado artículo de un periódico prensado
entre dos fotos enmarcadas. Alargó la amarillenta hoja impresa a su madre y
dijo:
—Este incendio. El de la iglesia.
Un petardo ilegal, posible causa
del incendio que arrasó la iglesia,
párroco hospitalizado
Wrightsville Beach, Carolina del Norte. Un incendio arrasó la histórica
primera iglesia bautista de la localidad en Nochevieja; las investigaciones
apuntan a un petardo ilegal como posible causa.
Los bomberos recibieron una llamada anónima justo después de la
medianoche y rápidamente se trasladaron a la iglesia, situada en primera línea
de la playa. Según Tim Ryan, el jefe de la Brigada Contra Incendios de
Wrightsville Beach: « Cuando llegamos vimos llamas y una espesa humareda en
la parle posterior de la estructura» . En el punto donde se originó el incendio,
hallaron restos de un petardo de los denominados cohetes de botella.
El reverendo Charlie Harris se hallaba dentro de la iglesia cuando se propagó
el incendio y sufrió quemaduras de segundo grado en los brazos y las manos.
Inmediatamente fue trasladado al Centro Médico Provincial New Hanover,
donde permanece ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos.
Éste ha sido el segundo incendio en una iglesia en el condado de New
Hanover en los últimos meses. En noviembre, otra iglesia evangélica en
Wilmington también fue pasto de las llamas. « La investigación sigue abierta,
pues se sospecha que se trata de una cadena de incendios provocados» , explica
Ry an.
Según varios testigos, unos veinte minutos antes del incendio alguien estaba
lanzando cohetes de botella en la playa justo detrás de la iglesia para celebrar la
llegada del Año Nuevo. « En Carolina del Norte estos petardos son ilegales, y son
especialmente peligrosos ahora, a causa de la fuerte sequía que eleva el riesgo de
incendios —advierte Ryan—. Este incendio es la prueba. Un hombre está
hospitalizado, y la iglesia ha quedado absolutamente destruida» .
Cuando su madre acabó de leer el artículo, alzó la vista y topó con los ojos de
Ronnie. La chica pareció titubear unos instantes; entonces suspiró y empezó a
narrar una historia que todavía se le antojaba carente de sentido, incluso en
aquellos momentos, con la perspectiva que le otorgaba el paso de los meses.
1
Ronnie
Seis meses antes
Ronnie se recostó en el asiento delantero del coche, preguntándose cómo era
posible que su madre y su padre la odiaran hasta tal punto.
Ésa era la única explicación que encontraba para entender por qué tenía que
ir a visitar a su padre a aquel recóndito lugar al sur del país —un sitio dejado de la
mano de Dios—, en lugar de pasar las vacaciones con sus amigos en Manhattan.
Peor todavía; no, no iba simplemente a visitar a su padre. Una « visita»
implicaba un fin de semana o dos, como máximo una semana. Pensó que sería
capaz de sobrellevar una « visita» . Pero ¿quedarse hasta finales de agosto?
¿Prácticamente todo el verano? Eso era un ultraje, y durante la mayor parte de
las nueve horas que duró el trayecto en coche, se sintió como una presidiaría a la
que estuvieran trasladando a un centro penitenciario rural. No podía creer que su
madre la obligara a pasar por aquel mal trago.
Ronnie se sentía tan desgraciada que necesitó un segundo para reconocer la
Sonata número 16 en do mayor de Mozart. Era una de las piezas que ella había
tocado cuatro años antes en el Carnegie Hall, la ilustre sala de conciertos de
Nueva York, y sabía que su madre la había puesto a propósito, mientras dormía.
No podía soportarlo. Se inclinó hacia delante para apagar la radio.
—¿Por qué has hecho eso? —le increpó su madre, frunciendo el ceño—. Me
gusta oírte tocar.
—Pues a mí no.
—¿Y si la pongo bajito?
—Vale y a, mamá. No estoy de humor.
Ronnie clavó la vista en la ventana, con la indiscutible certeza de que los
labios de su madre se habían trocado en una línea fina y tensa, como si ambos
estuvieran imantados. Últimamente ese gesto se había convertido en una mueca
recurrente en ella.
—Me ha parecido ver un pelícano cuando atravesábamos el puente en
dirección a Wrightsville Beach —dijo su madre, en un intento de mantener la
calma.
—¡No me digas! Quizá deberías llamar al Cazador de Cocodrilos.
—Está muerto —terció una vocecita desde el asiento trasero. Era Jonah. Sus
palabras se mezclaron con el ruido de la Game Boy. Su muy-pero-que-muypesado
hermanito de diez años era un adicto a ese cacharro—. ¿No lo recuerdas?
—continuó—. Fue muy triste.
—Claro que lo recuerdo.
—Pues no lo parece.
—Te digo que sí.
—Entonces, ¿por qué has dicho esa tontería?
Ronnie ni se molestó en replicar por tercera vez. Su hermano nunca estaba
contento si no decía la última palabra. La sacaba de quicio.
—¿Has conseguido dormir, cielo? —le preguntó su madre.
—Hasta que has pasado por ese bache. Podrías haber frenado un poco, ¿no?
Casi me empotro contra la ventana.
Su madre continuaba con la mirada fija en la carretera.
—Celebro que la siesta te haya sentado bien y que te hayas despertado de
mejor humor.
Ronnie reventó el globo que acababa de hacer con el chicle. Su madre
detestaba ese hábito, y precisamente por eso no había dejado de hacerlo desde
que habían tomado la 1-95. En su humilde opinión, la interestatal era el tramo
más tedioso de carretera jamás concebido. A menos que alguien se desviviera
por la comida rápida grasienta, las nauseabundas casetas de lavabos portátiles y
los trillones de pinos, la fea monotonía del paisaje podía sumir a una persona en
un hipnótico estado de sopor.
Ronnie y a había soltado el mismo comentario a su paso por los estados de
Delaware, Maryland y Virginia, pero su madre había ignorado las críticas en
cada una de esas ocasiones. Aparte de intentar ser agradable durante el largo
tray ecto en coche, dado que era la última vez que la vería durante bastante
tiempo, su madre no era la clase de persona a la que le entusiasmara hablar
mientras conducía. De entrada, no le gustaba conducir, y por eso solían
desplazarse en metro o en taxi en Nueva York. Pero en casa… la cosa era
distinta. En casa no tenía ningún reparo en ponerse a chillar, y en los dos últimos
meses el presidente de la comunidad había bajado un par de veces a su piso para
pedirle que por favor bajara la voz. Probablemente creía que cuanto más la
regañara a grito pelado por sus pésimas notas, por los amigos que frecuentaba o
por el hecho de que nunca respetara la hora de llegada por la noche, o por el
« incidente» —especialmente por el « incidente» —, Ronnie más caso le haría.
Tampoco se podía decir que fuera la peor madre del mundo, ni mucho
menos. Incluso podía admitir que cuando estaba de buen humor era bastante
enrollada —en cuanto a madres se refería, claro—. Lo que le pasaba era que
estaba atrapada en esa mala época de su vida en la que los niños no acaban de
hacerse mayores. Ronnie deseó por enésima vez haber nacido en may o en vez
de en agosto, cuando cumpliría dieciocho años y su madre y a no podría obligarla
a hacer nada. Legalmente, sería mayor de edad y podría tomar sus propias
decisiones libremente.
De momento, sin embargo, aunque Ronnie no deseara realizar ese dichoso
viaje al sur, no le quedaba otra elección. Porque todavía tenía « diecisiete» años.
Y todo por culpa de una jugarreta del calendario. Porque su madre la había
concebido tres meses después de lo que en realidad debería haberlo hecho. Pero
¿por qué la obligaba a acatar ese odioso plan para el verano? De nada había
servido la tremenda pataleta que había pillado, ni tampoco sus súplicas ni sus
quejas ni la infinidad de lágrimas derramadas; no, no había servido de nada.
Ronnie y Jonah iban a pasar el verano con su padre, y no había nada más que
hablar. « No hay peros que valgan, ni tampoco se aceptan sugerencias» , había
sentenciado su madre. ¡Oh! ¡Cómo detestaba aquella actitud tan intransigente!
A la salida del puente, el tráfico se intensificó y su madre aminoró
considerablemente la marcha. A un lado, entre las casas, Ronnie divisó el océano.
Genial. Como si eso le importara.
—¿Por qué nos obligas a hacerlo? —refunfuñó Ronnie.
—Ya hemos hablado de eso —le contestó su madre—. Necesitáis pasar una
temporada con vuestro padre. Os echa mucho de menos.
—Pero ¿todo el verano? ¿No podrían ser sólo un par de semanas?
—Necesitáis pasar más tiempo juntos. Hace tres años que no lo ves.
—Ya, pero la culpa no es mía. Fue él quien se marchó.
—Sí, pero tú no quieres hablar con él cada vez que llama por teléfono. Y
cuando viene a Nueva York para veros a ti y a Jonah, prefieres pasarte todo el día
por ahí con tus amigos.
Ronnie volvió a reventar el globo de chicle y miró de soslayo a su madre un
par de veces.
—No quiero verlo, ni tampoco quiero hablar con él —protestó.
—Mira, ¿por qué no intentas ver el lado positivo? Tu padre es una buena
persona, y te quiere mucho.
—¿Por eso nos abandonó?
En lugar de contestar, su madre echó un vistazo por el espejo retrovisor.
—Tú sí que tienes ganas de estar con él, ¿no es cierto, Jonah?
—¡Pues claro! ¡Será alucinante!
—Celebro que tengas esa actitud. Quizá deberías darle un par de lecciones a
tu hermana.
Jonah resopló con cara de fastidio.
—¡Ja! Ni lo sueñes.
—¡Es que no comprendo por qué no puedo pasar el verano con mis amigos!
—masculló Ronnie de mala gana.
No pensaba dejar las cosas así. A pesar de que sabía que las probabilidades
eran más bien nulas, todavía albergaba la fantasía de convencer a su madre para
que diera media vuelta y regresara a Manhattan.
—¿Te refieres a que por qué no puedes pasarte todas las noches de juerga en
la discoteca? No soy tan ingenua, Ronnie. Sé lo que se cuece en esos sitios.
—No hago nada malo, mamá.
—¿Y qué me dices de tus notas? ¿Y de que nunca respetes la hora a la que
tienes que volver a casa? ¿Y de…?
—¿Podemos cambiar de tema? —la atajó Ronnie—. Como, por ejemplo,
¿por qué es obligatorio que pase una temporada con mi padre?
Su madre no le contestó. De hecho, Ronnie sabía que tenía todos los motivos
del mundo para no hacerlo; ya había contestado a esa pregunta un millón de
veces, a pesar de que la chica se negaba a aceptar la respuesta.
Al cabo de un rato, el tráfico volvió a ser más fluido, y el coche avanzó
media manzana antes de detenerse de nuevo. Su madre bajó la ventanilla y sacó
la cabeza para intentar averiguar por qué se detenían los coches.
—Me pregunto qué pasará —murmuró—. La circulación está fatal por aquí.
—Es por la play a —comentó Jonah—. Siempre hay mucha gente en la
play a.
—Son las tres de la tarde de un domingo. No tendría que estar tan abarrotada.
Ronnie encogió las piernas. Qué fastidio. Su vida era detestable,
absolutamente detestable.
—Oy e, mamá, ¿sabe papá que arrestaron a Ronnie? —preguntó Jonah.
—Sí —contestó ella.
—¿Y qué piensa hacer?
Esta vez fue Ronnie la que contestó:
—No hará nada. Lo único que le importa es su maldito piano.
Ronnie « detestaba» el piano y había jurado que nunca más volvería a
tocarlo, una decisión que incluso había sorprendido a algunas de sus mejores
amigas, puesto que el piano había formado parte de su vida desde que era una
niña. Su padre, que había sido profesor de música en la Academia Juilliard de
Nueva York, también había sido su profesor particular. A Ronnie no sólo le había
encantado tocar el piano, sino que soñaba con llegar a componer algún día una
pieza musical con su padre.
Se le daba bien, más que bien, y gracias al vínculo entre su padre y Juilliard,
la administración y los profesores del conservatorio no tardaron en fijarse en su
talento para la música. Pronto empezó a correr la voz dentro del mundillo de su
padre, entre la cerrada comunidad de los que creían que la música clásica era lo
más importante en el mundo. Poco después, su nombre apareció en un par de
artículos en unas revistas especializadas en música clásica, y el New York Times
publicó un artículo bastante extenso sobre el vínculo entre padre e hija.
Finalmente, hacía cuatro años, Ronnie actuó en la serie Young Performers que el
Carnegie Hall organizaba para jóvenes promesas. Aquél fue el momento estelar
de su carrera. Y realmente fue un momento culminante; no era tan ilusa como
para no darse cuenta de lo que había conseguido. Sabía que en la vida había muy
pocas oportunidades como aquélla, pero últimamente se preguntaba si sus
sacrificios habían valido la pena. Después de todo, aparte de sus padres, a nadie
le importaba su actuación, nadie la recordaba. Había aprendido que, a menos que
una tuviera un vídeo popular en YouTube o que pudiera tocar delante de miles de
personas, la habilidad musical no servía para nada.
A veces deseaba que su padre la hubiera iniciado en la guitarra eléctrica. O,
como mínimo, en lecciones de canto. ¿Qué se suponía que podía hacer con su
habilidad para tocar el piano? ¿Enseñar música en la escuela local? ¿Tocar en el
vestíbulo de algún hotel mientras la gente pasaba por el mostrador de recepción?
¿Llevar la misma vida tan ingrata de su padre? Sólo hacía falta mirar cómo había
acabado: un día decidió marcharse de Juilliard para dedicarse a hacer giras
como concertista de piano y acabó tocando en locales de poca monta con
audiencias que apenas llenaban las dos primeras filas. Viajaba cuarenta semanas
al año, lo bastante como para poner en peligro su matrimonio. Ronnie recordaba
a su madre gritando todo el tiempo y a su padre encerrándose en sí mismo, como
siempre solía hacer, hasta que un día simplemente y a no regresó de una larga
gira por los estados del sur. Por lo que sabía, últimamente su padre ya no daba
conciertos. Ni tampoco clases particulares.
« ¿Qué? ¿Satisfecho con el resultado, papá?» .
Ronnie sacudió la cabeza. No quería estar allí. De ninguna manera. No quería
tener nada que ver con la historia de aquel perdedor.
—¡Oye, mamá! ¿Qué es eso de ahí? ¿Es una noria? —preguntó Jonah,
alborotado, al tiempo que se inclinaba hacia delante.
Su madre alargó el cuello, intentando ver por encima del monovolumen que
ocupaba el carril contiguo.
—Creo que sí, cielo —contestó—. Deben de ser las fiestas locales.
—¿Podemos ir? ¿Después de cenar todos juntos?
—Tendrás que preguntárselo a tu padre.
—Sí, y quizá después nos sentemos alrededor de una fogata y nos pongamos
a cantar alegremente, como una familia perfecta, unida y feliz —espetó Ronnie.
En esa ocasión, los dos decidieron no hacerle ni caso.
—¿Crees que habrá más atracciones? —preguntó Jonah.
—Seguro que sí. Y si tu padre no quiere montarse contigo, seguro que a tu
hermana sí que le apetece.
—¡Genial!
Ronnie se recostó en el asiento. Estaba segura de que su madre iba a sugerir
algo parecido. Aquello era demasiado deprimente como para ser verdad.
Ronnie
Con la vista fija en la ventana de la habitación, Ronnie se preguntó si el reverendo
Harris ya habría llegado a la iglesia. Seguramente sí. Y mientras seguía
contemplando las olas estrellarse a lo largo de la playa, se preguntó si él todavía
sería capaz de apreciar los reflejos de la luz que se filtraba a través del vitral, por
encima de su cabeza. Quizá no; después de todo, hacía más de un mes que habían
colocado el vitral, y probablemente estaba demasiado ocupado en otros
quehaceres para seguir apreciando aquel matiz. Sin embargo, anheló que alguna
persona nueva en la localidad entrara por casualidad en la iglesia aquella mañana
y tuviera la misma sensación maravillosa que ella experimentó la primera vez
que vio cómo la luz inundaba toda la iglesia en aquel frío día de diciembre. Y
también deseó que el visitante dedicara unos minutos a considerar de dónde había
salido aquel vitral y a admirar su belleza.
Llevaba una hora despierta, pero aún no se sentía lista para enfrentarse al
nuevo día. Aquel año, las vacaciones se le antojaban distintas. El día previo, había
salido a pasear un rato por la playa con Jonah, su hermano pequeño. En muchas
terrazas de las casas por las que habían pasado, había árboles de Navidad. En
aquella época del año, prácticamente disponían de la playa para ellos solos, pero
Jonah no había mostrado ningún interés ni en las olas ni en las gaviotas que tanto
lo habían fascinado apenas unos meses antes. En lugar de eso, le había pedido ir
al taller; ella lo acompañó, aunque el chico apenas permaneció unos minutos
antes de salir sin decir ni una sola palabra.
A su lado, sobre la repisa de la cabecera de la cama, sobresalía el rimero de
fotografías que habían estado enmarcadas en la salita, junto con otros objetos que
había recogido aquella mañana. En el silencio reinante, estudió los objetos
detenidamente hasta que unos golpes en la puerta la sacaron de su
ensimismamiento. Su madre asomó la cabeza.
—¿Te apetece desayunar? He encontrado una caja de cereales en el armario.
—No tengo hambre, mamá.
—Tienes que comer, cielo.
Ronnie continuó con la vista fija y perdida en la pila de fotos.
—Me equivoqué, mamá. Y ahora no sé qué hacer.
—¿Te refieres a papá?
—A todo en general.
—¿Quieres que hablemos de ello?
Al ver que Ronnie no contestaba, su madre atravesó el umbral y se sentó en
la cama, a su lado.
—A veces es bueno desahogarse. Has estado muy callada durante los últimos
dos días.
Por un instante, Ronnie se sintió abordada por un cúmulo de recuerdos: el
incendio y la posterior reconstrucción de la iglesia, el vitral, la canción que
finalmente había conseguido terminar. Pensó en Blaze, en Scott y en Marcus.
Pensó en Will. Recordaba aquel verano en que había cumplido dieciocho años, el
verano en que la habían traicionado, el verano en que la habían arrestado, el
verano en que se había enamorado. No había pasado tanto tiempo; sin embargo,
a veces tenía la impresión de que en aquella época ella era una persona
completamente distinta.
Ronnie suspiró.
—¿Y Jonah?
—Brian se lo ha llevado a la zapatería. Es como un cachorrillo, ¿sabes? Sus
pies crecen más deprisa que el resto de su cuerpo.
Ronnie sonrió, pero su sonrisa se desvaneció con la misma celeridad con que
se había formado. En el silencio que la envolvió a continuación, notó que su
madre le sujetaba suavemente la larga melena y se la recogía en una holgada
cola de caballo. Hacía eso desde que ella era pequeña; sin saber por qué, el gesto
le seguía pareciendo reconfortante, aunque nunca lo admitiría, por supuesto.
—Mira, ¿qué te parece si hablamos mientras preparamos el equipaje? —
sugirió su madre. Se dirigió al ropero y puso la maleta sobre la cama.
—Ni siquiera sé por dónde empezar.
—¿Qué tal si empiezas por el principio? Jonah mencionó algo sobre unas
tortugas marinas.
Ronnie cruzó los brazos encima del pecho, completamente segura de que su
historia no empezaba en aquel punto.
—No exactamente —repuso—. A pesar de que no estaba allí cuando sucedió,
creo que el verano realmente empezó con el incendio.
—¿Qué incendio?
Ronnie asió la pila de fotografías que reposaban sobre la cabecera de la cama
y, con mucho cuidado, cogió un deteriorado artículo de un periódico prensado
entre dos fotos enmarcadas. Alargó la amarillenta hoja impresa a su madre y
dijo:
—Este incendio. El de la iglesia.
Un petardo ilegal, posible causa
del incendio que arrasó la iglesia,
párroco hospitalizado
Wrightsville Beach, Carolina del Norte. Un incendio arrasó la histórica
primera iglesia bautista de la localidad en Nochevieja; las investigaciones
apuntan a un petardo ilegal como posible causa.
Los bomberos recibieron una llamada anónima justo después de la
medianoche y rápidamente se trasladaron a la iglesia, situada en primera línea
de la playa. Según Tim Ryan, el jefe de la Brigada Contra Incendios de
Wrightsville Beach: « Cuando llegamos vimos llamas y una espesa humareda en
la parle posterior de la estructura» . En el punto donde se originó el incendio,
hallaron restos de un petardo de los denominados cohetes de botella.
El reverendo Charlie Harris se hallaba dentro de la iglesia cuando se propagó
el incendio y sufrió quemaduras de segundo grado en los brazos y las manos.
Inmediatamente fue trasladado al Centro Médico Provincial New Hanover,
donde permanece ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos.
Éste ha sido el segundo incendio en una iglesia en el condado de New
Hanover en los últimos meses. En noviembre, otra iglesia evangélica en
Wilmington también fue pasto de las llamas. « La investigación sigue abierta,
pues se sospecha que se trata de una cadena de incendios provocados» , explica
Ry an.
Según varios testigos, unos veinte minutos antes del incendio alguien estaba
lanzando cohetes de botella en la playa justo detrás de la iglesia para celebrar la
llegada del Año Nuevo. « En Carolina del Norte estos petardos son ilegales, y son
especialmente peligrosos ahora, a causa de la fuerte sequía que eleva el riesgo de
incendios —advierte Ryan—. Este incendio es la prueba. Un hombre está
hospitalizado, y la iglesia ha quedado absolutamente destruida» .
Cuando su madre acabó de leer el artículo, alzó la vista y topó con los ojos de
Ronnie. La chica pareció titubear unos instantes; entonces suspiró y empezó a
narrar una historia que todavía se le antojaba carente de sentido, incluso en
aquellos momentos, con la perspectiva que le otorgaba el paso de los meses.
1
Ronnie
Seis meses antes
Ronnie se recostó en el asiento delantero del coche, preguntándose cómo era
posible que su madre y su padre la odiaran hasta tal punto.
Ésa era la única explicación que encontraba para entender por qué tenía que
ir a visitar a su padre a aquel recóndito lugar al sur del país —un sitio dejado de la
mano de Dios—, en lugar de pasar las vacaciones con sus amigos en Manhattan.
Peor todavía; no, no iba simplemente a visitar a su padre. Una « visita»
implicaba un fin de semana o dos, como máximo una semana. Pensó que sería
capaz de sobrellevar una « visita» . Pero ¿quedarse hasta finales de agosto?
¿Prácticamente todo el verano? Eso era un ultraje, y durante la mayor parte de
las nueve horas que duró el trayecto en coche, se sintió como una presidiaría a la
que estuvieran trasladando a un centro penitenciario rural. No podía creer que su
madre la obligara a pasar por aquel mal trago.
Ronnie se sentía tan desgraciada que necesitó un segundo para reconocer la
Sonata número 16 en do mayor de Mozart. Era una de las piezas que ella había
tocado cuatro años antes en el Carnegie Hall, la ilustre sala de conciertos de
Nueva York, y sabía que su madre la había puesto a propósito, mientras dormía.
No podía soportarlo. Se inclinó hacia delante para apagar la radio.
—¿Por qué has hecho eso? —le increpó su madre, frunciendo el ceño—. Me
gusta oírte tocar.
—Pues a mí no.
—¿Y si la pongo bajito?
—Vale y a, mamá. No estoy de humor.
Ronnie clavó la vista en la ventana, con la indiscutible certeza de que los
labios de su madre se habían trocado en una línea fina y tensa, como si ambos
estuvieran imantados. Últimamente ese gesto se había convertido en una mueca
recurrente en ella.
—Me ha parecido ver un pelícano cuando atravesábamos el puente en
dirección a Wrightsville Beach —dijo su madre, en un intento de mantener la
calma.
—¡No me digas! Quizá deberías llamar al Cazador de Cocodrilos.
—Está muerto —terció una vocecita desde el asiento trasero. Era Jonah. Sus
palabras se mezclaron con el ruido de la Game Boy. Su muy-pero-que-muypesado
hermanito de diez años era un adicto a ese cacharro—. ¿No lo recuerdas?
—continuó—. Fue muy triste.
—Claro que lo recuerdo.
—Pues no lo parece.
—Te digo que sí.
—Entonces, ¿por qué has dicho esa tontería?
Ronnie ni se molestó en replicar por tercera vez. Su hermano nunca estaba
contento si no decía la última palabra. La sacaba de quicio.
—¿Has conseguido dormir, cielo? —le preguntó su madre.
—Hasta que has pasado por ese bache. Podrías haber frenado un poco, ¿no?
Casi me empotro contra la ventana.
Su madre continuaba con la mirada fija en la carretera.
—Celebro que la siesta te haya sentado bien y que te hayas despertado de
mejor humor.
Ronnie reventó el globo que acababa de hacer con el chicle. Su madre
detestaba ese hábito, y precisamente por eso no había dejado de hacerlo desde
que habían tomado la 1-95. En su humilde opinión, la interestatal era el tramo
más tedioso de carretera jamás concebido. A menos que alguien se desviviera
por la comida rápida grasienta, las nauseabundas casetas de lavabos portátiles y
los trillones de pinos, la fea monotonía del paisaje podía sumir a una persona en
un hipnótico estado de sopor.
Ronnie y a había soltado el mismo comentario a su paso por los estados de
Delaware, Maryland y Virginia, pero su madre había ignorado las críticas en
cada una de esas ocasiones. Aparte de intentar ser agradable durante el largo
tray ecto en coche, dado que era la última vez que la vería durante bastante
tiempo, su madre no era la clase de persona a la que le entusiasmara hablar
mientras conducía. De entrada, no le gustaba conducir, y por eso solían
desplazarse en metro o en taxi en Nueva York. Pero en casa… la cosa era
distinta. En casa no tenía ningún reparo en ponerse a chillar, y en los dos últimos
meses el presidente de la comunidad había bajado un par de veces a su piso para
pedirle que por favor bajara la voz. Probablemente creía que cuanto más la
regañara a grito pelado por sus pésimas notas, por los amigos que frecuentaba o
por el hecho de que nunca respetara la hora de llegada por la noche, o por el
« incidente» —especialmente por el « incidente» —, Ronnie más caso le haría.
Tampoco se podía decir que fuera la peor madre del mundo, ni mucho
menos. Incluso podía admitir que cuando estaba de buen humor era bastante
enrollada —en cuanto a madres se refería, claro—. Lo que le pasaba era que
estaba atrapada en esa mala época de su vida en la que los niños no acaban de
hacerse mayores. Ronnie deseó por enésima vez haber nacido en may o en vez
de en agosto, cuando cumpliría dieciocho años y su madre y a no podría obligarla
a hacer nada. Legalmente, sería mayor de edad y podría tomar sus propias
decisiones libremente.
De momento, sin embargo, aunque Ronnie no deseara realizar ese dichoso
viaje al sur, no le quedaba otra elección. Porque todavía tenía « diecisiete» años.
Y todo por culpa de una jugarreta del calendario. Porque su madre la había
concebido tres meses después de lo que en realidad debería haberlo hecho. Pero
¿por qué la obligaba a acatar ese odioso plan para el verano? De nada había
servido la tremenda pataleta que había pillado, ni tampoco sus súplicas ni sus
quejas ni la infinidad de lágrimas derramadas; no, no había servido de nada.
Ronnie y Jonah iban a pasar el verano con su padre, y no había nada más que
hablar. « No hay peros que valgan, ni tampoco se aceptan sugerencias» , había
sentenciado su madre. ¡Oh! ¡Cómo detestaba aquella actitud tan intransigente!
A la salida del puente, el tráfico se intensificó y su madre aminoró
considerablemente la marcha. A un lado, entre las casas, Ronnie divisó el océano.
Genial. Como si eso le importara.
—¿Por qué nos obligas a hacerlo? —refunfuñó Ronnie.
—Ya hemos hablado de eso —le contestó su madre—. Necesitáis pasar una
temporada con vuestro padre. Os echa mucho de menos.
—Pero ¿todo el verano? ¿No podrían ser sólo un par de semanas?
—Necesitáis pasar más tiempo juntos. Hace tres años que no lo ves.
—Ya, pero la culpa no es mía. Fue él quien se marchó.
—Sí, pero tú no quieres hablar con él cada vez que llama por teléfono. Y
cuando viene a Nueva York para veros a ti y a Jonah, prefieres pasarte todo el día
por ahí con tus amigos.
Ronnie volvió a reventar el globo de chicle y miró de soslayo a su madre un
par de veces.
—No quiero verlo, ni tampoco quiero hablar con él —protestó.
—Mira, ¿por qué no intentas ver el lado positivo? Tu padre es una buena
persona, y te quiere mucho.
—¿Por eso nos abandonó?
En lugar de contestar, su madre echó un vistazo por el espejo retrovisor.
—Tú sí que tienes ganas de estar con él, ¿no es cierto, Jonah?
—¡Pues claro! ¡Será alucinante!
—Celebro que tengas esa actitud. Quizá deberías darle un par de lecciones a
tu hermana.
Jonah resopló con cara de fastidio.
—¡Ja! Ni lo sueñes.
—¡Es que no comprendo por qué no puedo pasar el verano con mis amigos!
—masculló Ronnie de mala gana.
No pensaba dejar las cosas así. A pesar de que sabía que las probabilidades
eran más bien nulas, todavía albergaba la fantasía de convencer a su madre para
que diera media vuelta y regresara a Manhattan.
—¿Te refieres a que por qué no puedes pasarte todas las noches de juerga en
la discoteca? No soy tan ingenua, Ronnie. Sé lo que se cuece en esos sitios.
—No hago nada malo, mamá.
—¿Y qué me dices de tus notas? ¿Y de que nunca respetes la hora a la que
tienes que volver a casa? ¿Y de…?
—¿Podemos cambiar de tema? —la atajó Ronnie—. Como, por ejemplo,
¿por qué es obligatorio que pase una temporada con mi padre?
Su madre no le contestó. De hecho, Ronnie sabía que tenía todos los motivos
del mundo para no hacerlo; ya había contestado a esa pregunta un millón de
veces, a pesar de que la chica se negaba a aceptar la respuesta.
Al cabo de un rato, el tráfico volvió a ser más fluido, y el coche avanzó
media manzana antes de detenerse de nuevo. Su madre bajó la ventanilla y sacó
la cabeza para intentar averiguar por qué se detenían los coches.
—Me pregunto qué pasará —murmuró—. La circulación está fatal por aquí.
—Es por la play a —comentó Jonah—. Siempre hay mucha gente en la
play a.
—Son las tres de la tarde de un domingo. No tendría que estar tan abarrotada.
Ronnie encogió las piernas. Qué fastidio. Su vida era detestable,
absolutamente detestable.
—Oy e, mamá, ¿sabe papá que arrestaron a Ronnie? —preguntó Jonah.
—Sí —contestó ella.
—¿Y qué piensa hacer?
Esta vez fue Ronnie la que contestó:
—No hará nada. Lo único que le importa es su maldito piano.
Ronnie « detestaba» el piano y había jurado que nunca más volvería a
tocarlo, una decisión que incluso había sorprendido a algunas de sus mejores
amigas, puesto que el piano había formado parte de su vida desde que era una
niña. Su padre, que había sido profesor de música en la Academia Juilliard de
Nueva York, también había sido su profesor particular. A Ronnie no sólo le había
encantado tocar el piano, sino que soñaba con llegar a componer algún día una
pieza musical con su padre.
Se le daba bien, más que bien, y gracias al vínculo entre su padre y Juilliard,
la administración y los profesores del conservatorio no tardaron en fijarse en su
talento para la música. Pronto empezó a correr la voz dentro del mundillo de su
padre, entre la cerrada comunidad de los que creían que la música clásica era lo
más importante en el mundo. Poco después, su nombre apareció en un par de
artículos en unas revistas especializadas en música clásica, y el New York Times
publicó un artículo bastante extenso sobre el vínculo entre padre e hija.
Finalmente, hacía cuatro años, Ronnie actuó en la serie Young Performers que el
Carnegie Hall organizaba para jóvenes promesas. Aquél fue el momento estelar
de su carrera. Y realmente fue un momento culminante; no era tan ilusa como
para no darse cuenta de lo que había conseguido. Sabía que en la vida había muy
pocas oportunidades como aquélla, pero últimamente se preguntaba si sus
sacrificios habían valido la pena. Después de todo, aparte de sus padres, a nadie
le importaba su actuación, nadie la recordaba. Había aprendido que, a menos que
una tuviera un vídeo popular en YouTube o que pudiera tocar delante de miles de
personas, la habilidad musical no servía para nada.
A veces deseaba que su padre la hubiera iniciado en la guitarra eléctrica. O,
como mínimo, en lecciones de canto. ¿Qué se suponía que podía hacer con su
habilidad para tocar el piano? ¿Enseñar música en la escuela local? ¿Tocar en el
vestíbulo de algún hotel mientras la gente pasaba por el mostrador de recepción?
¿Llevar la misma vida tan ingrata de su padre? Sólo hacía falta mirar cómo había
acabado: un día decidió marcharse de Juilliard para dedicarse a hacer giras
como concertista de piano y acabó tocando en locales de poca monta con
audiencias que apenas llenaban las dos primeras filas. Viajaba cuarenta semanas
al año, lo bastante como para poner en peligro su matrimonio. Ronnie recordaba
a su madre gritando todo el tiempo y a su padre encerrándose en sí mismo, como
siempre solía hacer, hasta que un día simplemente y a no regresó de una larga
gira por los estados del sur. Por lo que sabía, últimamente su padre ya no daba
conciertos. Ni tampoco clases particulares.
« ¿Qué? ¿Satisfecho con el resultado, papá?» .
Ronnie sacudió la cabeza. No quería estar allí. De ninguna manera. No quería
tener nada que ver con la historia de aquel perdedor.
—¡Oye, mamá! ¿Qué es eso de ahí? ¿Es una noria? —preguntó Jonah,
alborotado, al tiempo que se inclinaba hacia delante.
Su madre alargó el cuello, intentando ver por encima del monovolumen que
ocupaba el carril contiguo.
—Creo que sí, cielo —contestó—. Deben de ser las fiestas locales.
—¿Podemos ir? ¿Después de cenar todos juntos?
—Tendrás que preguntárselo a tu padre.
—Sí, y quizá después nos sentemos alrededor de una fogata y nos pongamos
a cantar alegremente, como una familia perfecta, unida y feliz —espetó Ronnie.
En esa ocasión, los dos decidieron no hacerle ni caso.
—¿Crees que habrá más atracciones? —preguntó Jonah.
—Seguro que sí. Y si tu padre no quiere montarse contigo, seguro que a tu
hermana sí que le apetece.
—¡Genial!
Ronnie se recostó en el asiento. Estaba segura de que su madre iba a sugerir
algo parecido. Aquello era demasiado deprimente como para ser verdad.
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