8 y 9
8
Ronnie
Blaze la llevó hasta la cafetería que Ronnie había visto mientras se paseaba por la
zona comercial, y Ronnie tuvo que admitir que el local destilaba cierto encanto,
particularmente para alguien a quien le gustara el estilo de los años cincuenta.
Tenía una barra de las antiguas, flanqueada por taburetes, el suelo de baldosas
formaba un mosaico de cuadros blancos y negros, y los deteriorados bancos y
mesas de escay en color rojo estaban dispuestos como si fueran las cabinas de un
tren. Detrás de la barra, el menú estaba escrito en una pizarra de tiza, y por lo
que Ronnie dedujo, el único cambio en los últimos treinta años debía de haber
sido el incremento de precios.
Blaze pidió una hamburguesa con queso, un batido de chocolate y patatas
fritas; Ronnie no se decidía, y al final acabó por pedir únicamente una Coca-Cola
light. Tenía hambre, pero no estaba muy segura de qué tipo de aceite utilizaban
para freír, ni, por lo visto, tampoco nadie en la cafetería. Ser vegetariana no
siempre resultaba fácil, y en ocasiones deseaba abandonar su empeño.
Como cuando su estómago rugía. Justo como en aquellos momentos.
Pero no pensaba comer allí. No podía comer allí, y no porque fuera la clase
de persona « vegetariana por principios» , sino porque era la clase de persona
« vegetariana porque quería evitar problemas gastrointestinales» . Le importaba
un pito lo que los otros comían, pero sólo con pensar de dónde provenía aquella
carne…, se imaginaba a una vaca paciendo en un prado o al cerdito Babe, y
rápidamente le daban arcadas.
Blaze, sin embargo, parecía feliz. Después de pedir la comida, se arrellanó en
el banco de escay.
—¿Qué te parece este sitio? —le preguntó.
—Está bien. Es diferente.
—Vengo aquí desde que era pequeña. Mi padre solía traerme cada domingo
después de misa para tomar un batido de chocolate. Son los mejores. Compran el
helado en una pequeña granja de Georgia, y es delicioso. Deberías probarlo.
—No tengo hambre.
—No mientas —la contradijo Blaze—. Tu estómago no para de rugir, pero
bueno, haz lo que quieras. De todos modos, gracias por invitarme.
—De nada.
Blaze sonrió.
—Dime, ¿qué pasó anoche? ¿Eres algo así como… una chica famosa?
—¿Cómo se te ha ocurrido tal cosa?
—Por el poli y por cómo te trató. Tenía que haber una razón.
Ronnie esbozó una mueca de fastidio.
—Me parece que mi padre le pidió que fuera a buscarme. Si incluso sabía
dónde vivía…
—¡Qué chungo!
Ronnie se echó a reír. Blaze cogió el salero y le propinó unos golpecitos en la
tapa con los dedos; empezó a echar sal sobre la mesa al tiempo que con un dedo
de la otra mano se ponía a amontonarla en una pila.
—¿Qué te pareció Marcus? —se interesó.
—No hablé mucho con él. ¿Por qué?
Blaze pareció elegir las palabras con sumo cuidado.
—A Marcus nunca le gusté. Cuando éramos niños, me refiero. Y tampoco
puedo admitir que a mí me gustara mucho. Era esa clase de niño…, ¿cómo lo
diría?, malo, ¿me entiendes? Pero entonces…, no sé, hace un par de años, las
cosas cambiaron. Y cuando realmente necesitaba estar con alguien, sabía que
podía contar con él Ronnie contempló el montoncito de sal.
—¿Y?
—Sólo quería que lo supieras.
—Me da igual.
—Lo mismo digo.
—Pero ¿se puede saber de qué estás hablando?
Blaze empezó a rasparse la laca negra de las uñas.
—Hace tiempo me dedicaba a la gimnasia de competición. Durante unos
cuatro o cinco años eso fue lo más importante en mi vida. Acabé por dejarlo por
culpa de mi entrenador. Era un verdadero energúmeno, siempre diciéndote lo
que hacías mal, nunca te elogiaba. Cierto día, yo estaba ensayando un nuevo
salto para salir de la barra y él vino hacia mí gritándome que no sabía cómo
plantarme ni quedarme totalmente inmóvil, y me echó el mismo sermón que
había oído un millón de veces antes. Estaba harta de oírlo, ¿me entiendes? Así que
le contesté: « Me da igual» , y él me agarró por el brazo con tanta fuerza que me
dejó varios morados y me dijo: « ¿Sabes lo que dices cuando dices “me da
igual”? Indirectamente estás diciendo “jódete”. Así que, a tu edad, no contestes
así nunca. ¿Me has oído? Nunca, a nadie» . —Blaze se acomodó en el banco—.
Por eso, cuando alguien me lo dice a mí, yo simplemente respondo: « Lo mismo
digo» .
En ese momento, llegó la camarera con la comida y colocó cada cosa
delante de ellas con garbo y eficiencia. Cuando se marchó, Ronnie cogió su
bebida.
—Gracias por contarme esa historia tan ilustrativa.
—Lo mismo digo.
Ronnie se rió otra vez. Le gustaba el sentido del humor de su nueva amiga.
Blaze se inclinó sobre la mesa.
—¿Y qué es lo peor que has hecho en tu vida?
—¿Qué?
—Hablo en serio. Siempre le hago a la gente la misma pregunta. Lo
encuentro interesante.
—Muy bien. —Ronnie contraatacó—. ¿Qué es lo peor que has hecho tú?
—Eso es fácil. Cuando era pequeña, tenía una vecina, la señora Banderson,
que no era nada simpática, aunque tampoco es que fuera una verdadera bruja.
Quiero decir, no es que nos cerrara las puertas en las narices en Halloween ni
nada parecido. Pero siempre estaba metida en su jardín, ¿sabes? Obsesionada
con las plantas y el césped. Quiero decir que si por error pisábamos el césped de
camino al autocar escolar, ella salía como una bala detrás de nosotros,
gritándonos que le estropeábamos el césped. Bueno, pues una primavera, ella
había plantado un montón de flores en su jardín. Docenas y docenas. Estaba
precioso. Pues bien, había un niño al otro lado de la calle que se llamaba Billy; a
él tampoco le caía muy bien la señora Banderson, porque una vez se le coló la
pelota de béisbol en su jardín y ella no quiso devolvérsela. Cierto día, mientras
curioseábamos en el cobertizo lleno de herramientas que Billy tenía en su jardín,
encontramos una enorme botella con difusor llena de herbicida. Sí, herbicida.
Pues bien, él y yo nos colamos una noche en el jardín de la señora Banderson y
pulverizamos todas las flores recién plantadas, no me preguntes por qué. Supongo
que en aquel momento nos pareció algo divertido, y no una grave trastada. Ella
sólo tendría que volver a comprar nuevas plantas y ya está. Así de entrada no
sabíamos qué sucedería. Tienen que pasar unos días antes de que el herbicida
empiece a surtir efecto. Y la señora Banderson estaba cada día en el jardín,
regando y arrancando hierbajos, antes de que se diera cuenta de que todas sus
nuevas flores se empezaban a marchitar. Al principio, Billy y yo nos reímos con
picardía, pero entonces empecé a fijarme en que cada día ella estaba allí fuera,
cuando nos íbamos a la escuela, intentando averiguar qué había pasado, y que
seguía allí cuando volvíamos de la escuela. Al final de la semana, todas sus
plantas se habían muerto.
—¡Qué terrible! ¡Qué terrible! —exclamó Ronnie, sonriendo burlonamente, a
pesar de que sabía que no debería hacerlo.
—Lo sé. Y todavía me siento fatal por lo que hicimos. Es una de esas cosas
que desearía no haber hecho.
—¿Llegaste a confesárselo? ¿O le propusiste plantar flores nuevas?
—Mis padres me habrían matado. Pero nunca, nunca más volví a pisar su
césped.
—¡Vay a!
—Ya te lo he dicho: es lo peor que he hecho en mi vida. Ahora te toca a ti.
Ronnie ponderó la respuesta:
—He estado tres años sin dirigirle la palabra a mi padre.
—Eso y a lo sabía. Y tampoco es tan grave. Yo también te dije que intento no
hablar con mi padre. Y mi madre no tiene ni idea de por dónde ando la mayor
parte del tiempo.
Ronnie apartó la vista. Encima de la máquina de discos vio una foto de la
banda de rockand roll Bill Haley & His Comets.
—Solía robar en las tiendas —confesó, en voz baja—. Mucho. Nada
importante. Sólo por el reto de hacer algo prohibido.
—¿Solías hacerlo?
—Ya no. Me pillaron. La verdad es que me pillaron dos veces, pero la
segunda vez fue un accidente. Fui a juicio, pero no limpiarán mi expediente hasta
que no pase un año. Básicamente significa que si no me meto en líos otra vez,
retirarán los cargos.
Blaze bajó la hamburguesa.
—¿Y eso es todo? ¿Eso es lo peor que has hecho en tu vida?
—Nunca he exterminado las flores de nadie, si a eso te refieres. Ni he
provocado disturbios callejeros.
—¿No le has metido la cabeza en el retrete a tu hermano? ¿Ni has tenido
ningún accidente de coche por tu culpa? ¿Ni has depilado al gato ni nada
parecido?
Ronnie sonrió tímidamente.
—No.
—Me parece que eres la adolescente más aburrida habida y por haber sobre
la faz de la Tierra.
Ronnie volvió a sonreír modestamente antes de tomar un sorbo de su bebida.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Adelante.
—¿Por qué no te fuiste a casa, anoche?
Blaze tomó una pizca de sal y la apiló, luego la echó por encima de sus
patatas fritas.
—No quiero ir a casa.
—Pero ¿y tu madre? ¿No se enfada?
—Probablemente sí —respondió Blaze.
Cerca de ellas, la puerta de la cafetería se abrió. Ronnie se giró y vio a
Marcus, a Teddy y a Lance dirigiéndose hacia su mesa. Marcus lucía una
camiseta con la imagen de una calavera, y también llevaba una cadena atada a
la hebilla del cinturón de sus pantalones vaqueros.
Blaze dejó espacio para que Marcus se sentara a su lado; sin embargo, fue
Teddy el que ocupó ese sitio. Marcus se acomodó al lado de Ronnie. Lance
arrastró una silla de la mesa contigua y le dio la vuelta antes de sentarse. Marcus
agarró el plato de Blaze. Automáticamente, Teddy y Lance se abalanzaron sobre
las patatas fritas.
—¡Eh! ¡Que eso es de Blaze! —gritó Ronnie, intentando detenerlos—. ¡Id a
pedir lo vuestro en la barra!
Marcus miró primero a Teddy y a Lance con una mueca maliciosa y
después a Ronnie.
—¿Ah, sí? —la provocó, con un tonillo condescendiente.
—No pasa nada —dijo Blaze, empujando el plato hacia él—. De verdad,
tampoco me lo habría acabado todo.
Marcus cogió el bote de ketchup con cara de satisfacción, como si hubiera
demostrado que tenía razón.
—¿De qué estabais hablando? Desde el otro lado de la ventana parecía una
conversación muy profunda.
—De nada —contestó Blaze.
—A ver si lo adivino. Ella te estaba hablando del novio sexy de su mamá, y
de los numeritos acrobáticos que montan cada noche, ¿no?
Blaze se removió incómoda en el banco.
—No seas asqueroso.
Marcus miró a Ronnie directamente a los ojos.
—¿Te ha contado lo de esa noche en que uno de los novios de su madre entró
en su habitación? Blaze se puso hecha una furia, en plan: « Tienes quince minutos
para largarte de aquí» .
—¡Cállate! ¿Vale? No tiene gracia. Y no estábamos hablando de él.
—Me da igual —contestó el chico, que sonrió maliciosamente.
Blaze asió el batido mientras Marcus empezaba a comerse la hamburguesa.
Teddy y Lance continuaban picoteando más patatas fritas, y durante los
siguientes minutos, entre los tres devoraron la mayor parte del contenido del
plato. Muy a pesar de Ronnie, Blaze no dijo nada, y Ronnie se preguntó por qué
se mostraba tan sumisa.
Lo cierto era que no hacía falta ser un adivino para saber el motivo. Parecía
obvio que Blaze no quería que Marcus se enojara con ella, por lo que le dejaba
hacer todo lo que quería. Ya había visto una actitud semejante antes: Kayla, a
pesar de su imagen agresiva, se comportaba igual con los chicos. Y
generalmente, la trataban como si fuera escoria.
Pero no pensaba soltar ese comentario allí delante. Sabía que con ello sólo
conseguiría empeorar las cosas.
Blaze continuó dando sorbitos de su batido hasta que finalmente lo depositó de
nuevo sobre la mesa.
—¿Qué queréis hacer después?
—Nosotros no podemos salir —refunfuñó Teddy—. Nuestro viejo nos
necesita hoy para trabajar.
—Lance y Teddy son hermanos —explicó Blaze.
Ronnie los estudió, pero no vio ningún parecido.
—¿De verdad sois hermanos?
Marcus acabó la hamburguesa y empujó el plato hasta el borde de la mesa.
—Lo sé. Cuesta mucho creer que una madre haya podido parir a dos niños
tan feos, ¿verdad? Sus padres tienen un motel de mala muerte, al otro lado del
puente. Las cañerías tienen por lo menos cien años, y el trabajo de Teddy es
desatascar los retretes cada vez que se atascan.
Ronnie arrugó la nariz, intentando imaginar ese trabajo.
—¿De veras?
Marcus asintió.
—Repugnante, ¿verdad? Pero no te preocupes por Teddy. Lo hace encantado.
Es un verdadero prodigio. De hecho, le gusta ese trabajo. Y la labor de Lance es
limpiar las sábanas después de que los clientes perezosos, que no se despiertan
hasta las doce del mediodía, se larguen.
—Ah —murmuró Ronnie.
—Lo sé. Es asqueroso —añadió Blaze—. Y deberías ver a la chusma que
alquila una habitación por horas. Podrías pillar una infección con sólo atravesar
esa puerta.
Ronnie no estaba segura de cómo contestar a aquel comentario, así que en
lugar de decir algo se giró hacia Marcus.
—Y tú, ¿qué haces? —le preguntó.
—Lo que me da la gana —contestó él.
—¿Y eso qué significa? —lo pinchó Ronnie.
—¿A ti qué te importa?
—No me importa —replicó, manteniendo un tono de voz impasible—. Sólo
preguntaba.
Teddy agarró las últimas patatas fritas del plato de Blaze.
—Eso significa que mata las horas en el motel, con nosotros. En su habitación.
—¿Tienes una habitación en el motel?
—Vivo allí —afirmó él.
La pregunta obvia era por qué, y ella esperó más detalles, pero Marcus
permaneció callado. Ronnie sospechaba que deseaba que intentara sacarle más
información. Quizá le estaba dando demasiadas vueltas al asunto, pero tuvo la
súbita sensación de que Marcus quería que se interesara por él. Quería que se
sintiera atraída por él. A pesar de que Blaze estaba allí delante.
Sus sospechas se vieron confirmadas cuando él sacó un cigarrillo. Después de
encenderlo, le echó el humo a Blaze a la cara, luego se giró hacia Ronnie.
—¿Qué vas a hacer esta noche? —le preguntó.
Ronnie se movió en el asiento, sintiéndose de repente muy incómoda. Parecía
que todos, incluso Blaze, estuvieran expectantes ante su respuesta.
—¿Por qué?
—Hemos quedado en el Bower’s Point. No sólo nosotros, sino con un puñado
de gente. Me gustaría que vinieras. Esta vez sin polis.
Blaze clavó la vista en la superficie de la mesa y empezó a juguetear con la
pila de sal. Cuando Ronnie no contestó, Marcus se levantó de la mesa y se dirigió
hacia la puerta sin darse la vuelta.
9
Steve
—¡Papa! —lo llamó Jonah. Estaba de pie detrás del piano, en la salita,
mientras Steve llevaba los platos de espaguetis a la mesa—. En esta foto estás con
la abuela y el abuelo, ¿verdad?
—Sí, son mi madre y mi padre.
—No recuerdo esta foto. En casa, quiero decir.
—Durante mucho tiempo, la tuve en mi despacho, en el conservatorio.
—Ah —dijo Jonah. Se inclinó más hacia la foto, para estudiarla mejor—. Te
pareces bastante al abuelo.
Steve no estaba seguro de cómo interpretar el comentario.
—Quizás un poco.
—¿Lo echas de menos?
—Era mi padre. ¿Tú qué crees?
—Yo te echaría de menos.
Mientras Jonah se dirigía hacia la mesa, Steve pensó que, aunque no hubiera
sucedido nada excepcional, el día había estado bien. Habían pasado la mañana en
el taller, donde Steve le había enseñado a Jonah a cortar el cristal; habían
almorzado bocadillos en el porche y por la tarde habían recogido conchas
marinas. Y Steve había prometido que tan pronto como oscureciera, llevaría a
Jonah a pasear por la playa con linternas para ver la gran cantidad de cangrejos
araña que salían disparados y volvían a esconderse rápidamente en sus
madrigueras en la arena.
Jonah apartó la silla y se dejó caer pesadamente en ella.
Tomó un sorbo del vaso de leche, que le dibujó unos bigotes blancos.
—¿Crees que Ronnie vendrá pronto?
—Eso espero.
Jonah se limpió los labios con la palma de la mano.
—A veces se queda por ahí hasta muy tarde.
—Lo sé.
—¿Ese agente de Policía la traerá de nuevo a casa?
Steve desvió la vista hacia la ventana; estaba anocheciendo, y el agua se
estaba volviendo opaca. Se preguntó dónde y qué estaría haciendo Ronnie.
—No —contestó—. Esta noche no.
Después del paseo por la play a, Jonah se duchó antes de arrastrarse hasta la
cama. Steve lo cubrió con el edredón y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias por este día tan fantástico —susurró Steve.
—Sí, ha sido fantástico.
—Buenas noches, Jonah. Te quiero.
—Yo también te quiero, papá.
Steve se levantó y se dirigió hacia la puerta.
—¿Papá?
Steve se dio la vuelta.
—¿Sí?
—¿Tu padre te llevaba a ver cangrejos araña?
—No —contestó Steve.
—¿Por qué no? Si es alucinante.
—No era esa clase de padre.
—¿Y qué clase era?
Steve ponderó la pregunta.
—Era una persona complicada —sentenció finalmente.
Junto al piano, Steve recordó aquella tarde seis años antes, cuando cogió la mano
de su padre por primera vez en su vida. Le dijo a su padre que sabía que había
hecho lo mejor que había podido para criarlo, que no lo culpaba de nada, y que,
por encima de todo, lo quería.
Su padre se había girado hacia él y lo había mirado a los ojos. A pesar de las
grandes dosis de morfina que estaba tomando, tenía la mente clara. Miró
fijamente a Steve durante un largo rato antes de retirar la mano.
—¿Sabes? Pareces una mujer cuando hablas de ese modo —dijo.
Estaban en una habitación parcialmente privada en la cuarta planta del
hospital. Su padre llevaba tres días hospitalizado, con un tubo serpenteando por el
brazo por el que le suministraban suero intravenoso, y hacía más de un mes que
no ingería ningún alimento sólido. Tenía las mejillas hundidas y la piel traslúcida.
Así de cerca, Steve pensó que el aliento de su padre olía a decadencia, otro signo
de que el cáncer estaba ganando la batalla.
Steve se giró hacia la ventana. Fuera, lo único que veía era un brillante cielo
azul, como una inflexible burbuja que envolvía la habitación. No había pájaros ni
nubes, ni árboles visibles. Detrás de él, podía escuchar el pitido del monitor de
corazón. Sonaba fuerte y acompasado, con un ritmo regular, generando la ilusión
de que su padre viviría otros veinte años. Pero no era el corazón lo que lo estaba
matando.
—¿Cómo está? —le preguntó Kim aquella noche, cuando hablaron por
teléfono.
—No muy bien —contestó él—. No sé cuánto tiempo le queda, pero…
No pudo acabar la frase. Se imaginó a Kim al otro lado de la línea, de pie
cerca del horno, removiendo la pasta o troceando tomates, con el teléfono
atrapado entre el hombro y la oreja. Nunca había sido capaz de permanecer
sentada mientras hablaba por teléfono.
—¿Ha venido alguien más a verlo?
—No —contestó él. Lo que no le dijo fue que, según le habían contado las
enfermeras, nadie había ido a visitarlo en aquellos tres días.
—¿Has podido hablar con él? —le preguntó.
—Sí, aunque no mucho. Se ha pasado casi todo el día adormilado.
—¿Le has dicho lo que te dije que le dijeras?
—Sí.
—¿Y qué ha contestado? ¿Te ha dicho que él también te quiere?
Steve sabía la respuesta que ella quería escuchar. Se hallaba de pie en la casa
de su padre, inspeccionando las fotos sobre el mantel: la familia después de que
Steve fuera bautizado, una foto de la boda de Kim y Steve, Ronnie y Jonah de
bebés. Los marcos tenían un dedo de polvo; era evidente que nadie había tocado
esas fotografías durante muchos años. Sabía que su madre las había puesto allí;
mientras las miraba fijamente, se preguntó qué pensaba su padre cada vez que
las contemplaba, o si las veía siquiera, o si se daba cuenta de que estaban allí.
—Sí —dijo finalmente—. Me ha dicho que me quiere.
—Lo celebro —apuntó Kim. Su tono parecía aliviado y satisfecho, como si su
respuesta hubiera servido para corroborarle algo importante sobre el mundo—.
Sé que eso era muy importante para ti.
Steve se había criado en una casita blanca, en un vecindario de casitas blancas en
la zona del canal intracostero de la isla. Era pequeña, con dos habitaciones, un
único baño y un garaje separado en el que guardaban las herramientas de su
padre y que olía permanentemente a serrín. En el jardín que había en la parte
trasera de la casa, a la sombra de un enorme roble de hoja perenne con unas
ramas retorcidas, no penetraba la luz del sol, así que su madre decidió plantar el
huerto en el jardín que daba a la calle. Cultivaba tomates y cebollas, nabos y
judías, col y maíz; en verano era imposible ver la carretera que había delante de
la casa desde el comedor. A veces Steve oía a sus vecinos criticándolos en voz
baja, quejándose de cómo ese huerto afectaba negativamente al valor de sus
propiedades, pero su madre volvía a plantar hortalizas cada primavera, y nadie
se atrevía a decir ni una palabra a su padre. Todos sabían, al igual que él, que eso
sólo les habría traído problemas. Además, apreciaban a su esposa, y también
sabían que tarde o temprano necesitarían los servicios de su padre.
Su padre era un carpintero de oficio —y muy bueno—, pero además tenía
una portentosa habilidad para arreglar cualquier cosa estropeada. A lo largo de
los años, Steve lo había visto reparar radios, televisores, motores de coche y de
corta-césped, cañerías agujereadas, desagües rotos, ventanas quebradas, e
incluso, en una ocasión, las prensas hidráulicas de una pequeña planta donde
fabricaban herramientas cerca de la frontera del estado. Nunca había ido al
instituto, pero tenía una comprensión innata de la mecánica y de los conceptos de
construcción. Por la noche, cuando el teléfono sonaba, siempre era su padre
quien contestaba, puesto que normalmente era para él. Se pasaba la mayor parte
de aquellas llamadas sin decir nada, limitándose a escuchar la descripción de una
emergencia u otra; Steve lo observaba atentamente mientras él garabateaba la
dirección en unos trocitos de papel arrancados de viejos periódicos. Después de
colgar, su padre enfilaba hacia el garaje, preparaba la caja de herramientas con
lo necesario y salía, normalmente sin mencionar adonde iba ni cuándo
regresaría. Por la mañana, el cheque estaba sin falta debajo de la estatua de
Robert E. Lee que su padre había tallado de un madero que había encontrado en
la play a, y su madre le masajeaba la espalda y le prometía que iría a ingresarlo
en el banco mientras él se tomaba el desayuno. Esa era la única muestra de
afecto regular que él había visto entre ellos. No discutían y evitaban el conflicto
por norma. Parecían disfrutar de la compañía del otro cuando estaban juntos, y
una vez los pilló con las manos entrelazadas mientras miraban la tele: pero en los
dieciocho años que Steve había vivido en aquella casa, nunca vio que sus padres
se besaran ni una sola vez.
Si su padre tenía una obsesión en la vida, ésa era el póquer. En las noches en
que el teléfono no sonaba, se iba a una de las salas de póquer de la localidad. Era
miembro de esos clubes no por la camaradería, sino por el juego. Se sentaba a la
mesa con otros socios veteranos del club Freemason o del Elk o del Shriner y se
pasaba horas y horas jugando. El póquer lo transformaba; le encantaba calcular
las probabilidades de armar una escalera abierta o de tirarse un farol cuando lo
único que tenía era una pareja de seises. Cuando hablaba del juego, lo describía
como una ciencia, como si el azar no tuviera nada que ver con ganar. « El secreto
está en saber mentir y en saber cuándo alguien te está mintiendo» , solía decir. Al
cabo de los años, Steve concluy ó que su padre debía de haber sido un experto a la
hora de mentir. A los cincuenta años, tenía los dedos de las manos completamente
atrofiados después de haberse pasado más de treinta años trabajando como
carpintero. Entonces dejó de instalar molduras de corona y marcos de puertas en
las casas señoriales erigidas en la primera línea del océano que habían empezado
a extenderse por toda la isla; también empezó a no contestar al teléfono por las
noches. Sin embargo, continuó pagando las facturas sin ningún problema; al final
de su vida, tenía dinero más que suficiente en sus cuentas bancarias como para
pagarse los cuidados médicos que su compañía de seguros no cubría.
Jamás jugaba al póquer los sábados o los domingos. Los sábados los
reservaba a la casa; a pesar de que el huerto en el jardín molestaba a más de un
vecino, el interior era una obra maestra. A lo largo de los años, su padre había ido
agregando molduras de corona y rodapiés; había tallado la repisa de la chimenea
de dos bloques de arce. Había hecho todos los armarios de la cocina y había
instalado unos suelos de madera que eran tan lisos y firmes como una mesa de
billar. Había remodelado el cuarto de baño; ocho años después, lo había vuelto a
remodelar. Cada sábado por la noche, se ponía una americana y una corbata y
llevaba a su esposa a cenar al restaurante. Los domingos se los reservaba para él.
Después de comer, se encerraba en el taller, mientras su mujer horneaba
pastelitos o preparaba conservas de verduras en la cocina.
Los lunes, la rutina empezaba de nuevo.
Nunca le enseñó a jugar al póquer. Steve era lo bastante sagaz como para
aprender las bases por sí solo, y le gustaba pensar que era tan hábil como para
detectar si un jugador estaba tirándose un farol. Jugó varias veces con sus
compañeros en la universidad y descubrió que era uno más del montón, un
jugador normal, ni mejor ni peor que los demás. Después de licenciarse, se fue a
vivir a Nueva York, y de vez en cuando iba a visitar a sus padres al pueblo. La
primera vez que regresó, hacía dos años que no los veía; cuando atravesó el
umbral, su madre, desbordada por la alegría, lo abrazó y lo besó en la mejilla. Su
padre le estrechó la mano y dijo: « Tu madre te echaba de menos» . Tomaron
pastel de manzana y café; cuando acabaron de comer, su padre se levantó en
busca de la chaqueta y las llaves del coche. Era martes; eso quería decir que iba
a la sala de póquer de los Elks. El local cerraba a las diez y él regresaría a casa
quince minutos más tarde.
—No…, no vay as esta noche —le pidió su mujer, con el mismo acento
europeo tan marcado de siempre—. Steve ha venido a vernos.
Recordó que fue la única vez que vio a su madre suplicarle que no fuese al
club, pero si aquella petición sorprendió a su padre, no lo demostró. Se detuvo en
el umbral de la puerta; cuando se dio la vuelta, su cara era indescifrable.
—O llévatelo contigo —le sugirió ella.
Su padre se enroscó la chaqueta en el brazo.
—¿Quieres venir conmigo?
—Sí. —Steve propinó unos golpecitos con los dedos en la mesa—. ¿Por qué
no? Puede ser divertido.
Transcurrido un momento, su padre esbozó una mueca burlona, exhibiendo la
más pequeña y breve sonrisa posible. Steve pensó que si hubieran estado en la
mesa de póquer, su padre no habría dejado entrever tanto sus pensamientos.
—Estás mintiendo —dijo.
Su madre falleció repentinamente unos años después de aquella visita. Se le
reventó una arteria en el cerebro. Steve estaba precisamente pensando en su
inquebrantable afabilidad cuando su padre se despertó con un suave ronquido.
Giró la cabeza y vio a su hijo en la esquina. Desde aquel rincón, con las sombras
jugando con los afilados ángulos de su cara, daba la impresión de ser un
esqueleto.
—Todavía estás aquí.
Steve dejó la partitura sobre una mesita y arrastró la silla para sentarse más
cerca de su padre.
—Sí, todavía estoy aquí.
—¿Por qué?
—¿Qué quieres decir? Porque estás en el hospital.
—Estoy en el hospital porque me estoy muriendo. Y me moriré tanto si estás
como si no estás aquí. Deberías regresar a tu casa. Tienes esposa e hijos. No hay
nada que puedas hacer por mí.
—Quiero estar aquí —objetó Steve—. Eres mi padre. ¿Por qué? ¿No quieres
que me quede?
—Quizá lo que no quiero es que me veas morir.
—Me iré, si quieres.
Su padre hizo un ruido similar a un estornudo.
—¿Lo ves? Ese es tu problema. Quieres que tome la decisión por ti. Ese
siempre ha sido tu problema.
—Quizá sólo quiero pasar más tiempo contigo.
—¿De veras? ¿O eso es lo que quiere tu mujer?
—¿Acaso importa?
Su padre intentó sonreír, pero lo único que le salió fue una mueca grotesca.
—No lo sé. ¿Importa?
Desde su posición cerca del piano, Steve oy ó el motor de un coche que se
acercaba. Los faros enfocaron la ventana y recorrieron las paredes; por un
instante pensó que Ronnie había conseguido que alguien la llevase a casa. Pero
las luces se desvanecieron rápidamente y la calle volvió a quedar en silencio.
Ronnie todavía no había regresado.
Era más de medianoche. Se preguntó si debería salir a buscarla.
Unos años atrás, antes de que su hija decidiera dejar de dirigirle la palabra, él
y Kim habían ido a ver a una consejera matrimonial que tenía la consulta cerca
de Gramercy Park, en un edificio rehabilitado. Recordaba hallarse sentado al
lado de Kim en un sofá, contemplando a una mujer delgada y huesuda de unos
treinta años que llevaba unos pantalones elegantes de color gris y que
continuamente unía las y emas de los dedos de ambas manos hasta formar una
pirámide. Steve se fijó en que no lucía anillo de casada.
Se sentía incómodo; ir a ver a esa consejera había sido idea de Kim; ella y a
había asistido a un par de sesiones sola. Aquélla era la primera vez que iban
juntos. A modo de introducción, Kim le contó a la consejera que Steve jamás
expresaba sus sentimientos, pero que no era culpa de él, que tampoco sus padres
habían sido unas personas muy comunicativas, y que no se había criado en el
seno de una familia que discutiera sus problemas abiertamente. Remató la
descripción alegando que su marido se refugiaba en la música como una válvula
de escape y que sólo había aprendido a sentir algo a través del piano.
—¿Es eso cierto? —preguntó la consejera.
—Mis padres eran buenas personas —contestó él.
—No ha respondido a mi pregunta.
—No sé qué es lo que quiere que conteste.
La consejera suspiró.
—De acuerdo, veamos qué le parece esto: todos sabemos lo que pasó y por
qué está usted aquí. Creo que lo que Kim quiere es que le cuente cómo se sintió
después de lo sucedido.
Steve consideró la pregunta. Quería soltar que toda esa charla sobre
sentimientos era irrelevante; que las emociones venían y se iban y no se podían
controlar, por lo que no había motivos para preocuparse; que al final, la gente
debería de ser juzgada por sus acciones, ya que, finalmente, lo único que definía
a cada persona eran sus acciones.
Pero no fue eso lo que dijo. En su lugar, entrelazó los dedos.
—Quiere saber cómo me sentí.
—Sí, pero no me lo diga a mí. —Señaló hacia su esposa—. Dígaselo a Kim.
Él miró a su esposa, que lo miraba visiblemente nerviosa.
—Me sentí…
Estaba en una consulta con su esposa y una desconocida, atrapado en la clase
de interrogatorio que jamás habría imaginado tener que contestar. Pasaban unos
minutos de las diez de la mañana, y había regresado a Nueva York para estar sólo
unos días. Su gira lo había llevado a unas veinte ciudades diferentes. Kim
trabajaba como asistente legal en un bufete de abogados en Wall Street.
—Me sentí… —repitió.
Cuando el reloj tocó la una de la madrugada, Steve salió al porche y se quedó allí
de pie. La negra oscuridad de la noche había cedido un poco de espacio a la luz
violácea de la luna, por lo que podía recorrer con la vista la franja de la play a.
Hacía dieciséis horas que no la había visto y estaba intranquilo, o mejor dicho,
preocupado. Sabía que ella era lista y lo bastante sensata como para cuidar de sí
misma.
Bueno, quizá no debería preocuparse.
A pesar de su intento por mantener la calma, no pudo evitar preguntarse si
Ronnie desaparecería al día siguiente, como hoy, sin dejar rastro. Y si la historia
se repetiría día tras día, durante todo el verano.
Pasar el tiempo con Jonah había sido como descubrir un tesoro especial, y
también quería pasar tiempo con ella. Dio media vuelta y entró de nuevo en
casa.
Sentado en el taburete, frente al piano, volvió a sentir lo mismo, la misma
sensación que le había confesado a la consultora matrimonial aquel día, en aquel
sofá.
Se sentía vacío
Ronnie
Blaze la llevó hasta la cafetería que Ronnie había visto mientras se paseaba por la
zona comercial, y Ronnie tuvo que admitir que el local destilaba cierto encanto,
particularmente para alguien a quien le gustara el estilo de los años cincuenta.
Tenía una barra de las antiguas, flanqueada por taburetes, el suelo de baldosas
formaba un mosaico de cuadros blancos y negros, y los deteriorados bancos y
mesas de escay en color rojo estaban dispuestos como si fueran las cabinas de un
tren. Detrás de la barra, el menú estaba escrito en una pizarra de tiza, y por lo
que Ronnie dedujo, el único cambio en los últimos treinta años debía de haber
sido el incremento de precios.
Blaze pidió una hamburguesa con queso, un batido de chocolate y patatas
fritas; Ronnie no se decidía, y al final acabó por pedir únicamente una Coca-Cola
light. Tenía hambre, pero no estaba muy segura de qué tipo de aceite utilizaban
para freír, ni, por lo visto, tampoco nadie en la cafetería. Ser vegetariana no
siempre resultaba fácil, y en ocasiones deseaba abandonar su empeño.
Como cuando su estómago rugía. Justo como en aquellos momentos.
Pero no pensaba comer allí. No podía comer allí, y no porque fuera la clase
de persona « vegetariana por principios» , sino porque era la clase de persona
« vegetariana porque quería evitar problemas gastrointestinales» . Le importaba
un pito lo que los otros comían, pero sólo con pensar de dónde provenía aquella
carne…, se imaginaba a una vaca paciendo en un prado o al cerdito Babe, y
rápidamente le daban arcadas.
Blaze, sin embargo, parecía feliz. Después de pedir la comida, se arrellanó en
el banco de escay.
—¿Qué te parece este sitio? —le preguntó.
—Está bien. Es diferente.
—Vengo aquí desde que era pequeña. Mi padre solía traerme cada domingo
después de misa para tomar un batido de chocolate. Son los mejores. Compran el
helado en una pequeña granja de Georgia, y es delicioso. Deberías probarlo.
—No tengo hambre.
—No mientas —la contradijo Blaze—. Tu estómago no para de rugir, pero
bueno, haz lo que quieras. De todos modos, gracias por invitarme.
—De nada.
Blaze sonrió.
—Dime, ¿qué pasó anoche? ¿Eres algo así como… una chica famosa?
—¿Cómo se te ha ocurrido tal cosa?
—Por el poli y por cómo te trató. Tenía que haber una razón.
Ronnie esbozó una mueca de fastidio.
—Me parece que mi padre le pidió que fuera a buscarme. Si incluso sabía
dónde vivía…
—¡Qué chungo!
Ronnie se echó a reír. Blaze cogió el salero y le propinó unos golpecitos en la
tapa con los dedos; empezó a echar sal sobre la mesa al tiempo que con un dedo
de la otra mano se ponía a amontonarla en una pila.
—¿Qué te pareció Marcus? —se interesó.
—No hablé mucho con él. ¿Por qué?
Blaze pareció elegir las palabras con sumo cuidado.
—A Marcus nunca le gusté. Cuando éramos niños, me refiero. Y tampoco
puedo admitir que a mí me gustara mucho. Era esa clase de niño…, ¿cómo lo
diría?, malo, ¿me entiendes? Pero entonces…, no sé, hace un par de años, las
cosas cambiaron. Y cuando realmente necesitaba estar con alguien, sabía que
podía contar con él Ronnie contempló el montoncito de sal.
—¿Y?
—Sólo quería que lo supieras.
—Me da igual.
—Lo mismo digo.
—Pero ¿se puede saber de qué estás hablando?
Blaze empezó a rasparse la laca negra de las uñas.
—Hace tiempo me dedicaba a la gimnasia de competición. Durante unos
cuatro o cinco años eso fue lo más importante en mi vida. Acabé por dejarlo por
culpa de mi entrenador. Era un verdadero energúmeno, siempre diciéndote lo
que hacías mal, nunca te elogiaba. Cierto día, yo estaba ensayando un nuevo
salto para salir de la barra y él vino hacia mí gritándome que no sabía cómo
plantarme ni quedarme totalmente inmóvil, y me echó el mismo sermón que
había oído un millón de veces antes. Estaba harta de oírlo, ¿me entiendes? Así que
le contesté: « Me da igual» , y él me agarró por el brazo con tanta fuerza que me
dejó varios morados y me dijo: « ¿Sabes lo que dices cuando dices “me da
igual”? Indirectamente estás diciendo “jódete”. Así que, a tu edad, no contestes
así nunca. ¿Me has oído? Nunca, a nadie» . —Blaze se acomodó en el banco—.
Por eso, cuando alguien me lo dice a mí, yo simplemente respondo: « Lo mismo
digo» .
En ese momento, llegó la camarera con la comida y colocó cada cosa
delante de ellas con garbo y eficiencia. Cuando se marchó, Ronnie cogió su
bebida.
—Gracias por contarme esa historia tan ilustrativa.
—Lo mismo digo.
Ronnie se rió otra vez. Le gustaba el sentido del humor de su nueva amiga.
Blaze se inclinó sobre la mesa.
—¿Y qué es lo peor que has hecho en tu vida?
—¿Qué?
—Hablo en serio. Siempre le hago a la gente la misma pregunta. Lo
encuentro interesante.
—Muy bien. —Ronnie contraatacó—. ¿Qué es lo peor que has hecho tú?
—Eso es fácil. Cuando era pequeña, tenía una vecina, la señora Banderson,
que no era nada simpática, aunque tampoco es que fuera una verdadera bruja.
Quiero decir, no es que nos cerrara las puertas en las narices en Halloween ni
nada parecido. Pero siempre estaba metida en su jardín, ¿sabes? Obsesionada
con las plantas y el césped. Quiero decir que si por error pisábamos el césped de
camino al autocar escolar, ella salía como una bala detrás de nosotros,
gritándonos que le estropeábamos el césped. Bueno, pues una primavera, ella
había plantado un montón de flores en su jardín. Docenas y docenas. Estaba
precioso. Pues bien, había un niño al otro lado de la calle que se llamaba Billy; a
él tampoco le caía muy bien la señora Banderson, porque una vez se le coló la
pelota de béisbol en su jardín y ella no quiso devolvérsela. Cierto día, mientras
curioseábamos en el cobertizo lleno de herramientas que Billy tenía en su jardín,
encontramos una enorme botella con difusor llena de herbicida. Sí, herbicida.
Pues bien, él y yo nos colamos una noche en el jardín de la señora Banderson y
pulverizamos todas las flores recién plantadas, no me preguntes por qué. Supongo
que en aquel momento nos pareció algo divertido, y no una grave trastada. Ella
sólo tendría que volver a comprar nuevas plantas y ya está. Así de entrada no
sabíamos qué sucedería. Tienen que pasar unos días antes de que el herbicida
empiece a surtir efecto. Y la señora Banderson estaba cada día en el jardín,
regando y arrancando hierbajos, antes de que se diera cuenta de que todas sus
nuevas flores se empezaban a marchitar. Al principio, Billy y yo nos reímos con
picardía, pero entonces empecé a fijarme en que cada día ella estaba allí fuera,
cuando nos íbamos a la escuela, intentando averiguar qué había pasado, y que
seguía allí cuando volvíamos de la escuela. Al final de la semana, todas sus
plantas se habían muerto.
—¡Qué terrible! ¡Qué terrible! —exclamó Ronnie, sonriendo burlonamente, a
pesar de que sabía que no debería hacerlo.
—Lo sé. Y todavía me siento fatal por lo que hicimos. Es una de esas cosas
que desearía no haber hecho.
—¿Llegaste a confesárselo? ¿O le propusiste plantar flores nuevas?
—Mis padres me habrían matado. Pero nunca, nunca más volví a pisar su
césped.
—¡Vay a!
—Ya te lo he dicho: es lo peor que he hecho en mi vida. Ahora te toca a ti.
Ronnie ponderó la respuesta:
—He estado tres años sin dirigirle la palabra a mi padre.
—Eso y a lo sabía. Y tampoco es tan grave. Yo también te dije que intento no
hablar con mi padre. Y mi madre no tiene ni idea de por dónde ando la mayor
parte del tiempo.
Ronnie apartó la vista. Encima de la máquina de discos vio una foto de la
banda de rockand roll Bill Haley & His Comets.
—Solía robar en las tiendas —confesó, en voz baja—. Mucho. Nada
importante. Sólo por el reto de hacer algo prohibido.
—¿Solías hacerlo?
—Ya no. Me pillaron. La verdad es que me pillaron dos veces, pero la
segunda vez fue un accidente. Fui a juicio, pero no limpiarán mi expediente hasta
que no pase un año. Básicamente significa que si no me meto en líos otra vez,
retirarán los cargos.
Blaze bajó la hamburguesa.
—¿Y eso es todo? ¿Eso es lo peor que has hecho en tu vida?
—Nunca he exterminado las flores de nadie, si a eso te refieres. Ni he
provocado disturbios callejeros.
—¿No le has metido la cabeza en el retrete a tu hermano? ¿Ni has tenido
ningún accidente de coche por tu culpa? ¿Ni has depilado al gato ni nada
parecido?
Ronnie sonrió tímidamente.
—No.
—Me parece que eres la adolescente más aburrida habida y por haber sobre
la faz de la Tierra.
Ronnie volvió a sonreír modestamente antes de tomar un sorbo de su bebida.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Adelante.
—¿Por qué no te fuiste a casa, anoche?
Blaze tomó una pizca de sal y la apiló, luego la echó por encima de sus
patatas fritas.
—No quiero ir a casa.
—Pero ¿y tu madre? ¿No se enfada?
—Probablemente sí —respondió Blaze.
Cerca de ellas, la puerta de la cafetería se abrió. Ronnie se giró y vio a
Marcus, a Teddy y a Lance dirigiéndose hacia su mesa. Marcus lucía una
camiseta con la imagen de una calavera, y también llevaba una cadena atada a
la hebilla del cinturón de sus pantalones vaqueros.
Blaze dejó espacio para que Marcus se sentara a su lado; sin embargo, fue
Teddy el que ocupó ese sitio. Marcus se acomodó al lado de Ronnie. Lance
arrastró una silla de la mesa contigua y le dio la vuelta antes de sentarse. Marcus
agarró el plato de Blaze. Automáticamente, Teddy y Lance se abalanzaron sobre
las patatas fritas.
—¡Eh! ¡Que eso es de Blaze! —gritó Ronnie, intentando detenerlos—. ¡Id a
pedir lo vuestro en la barra!
Marcus miró primero a Teddy y a Lance con una mueca maliciosa y
después a Ronnie.
—¿Ah, sí? —la provocó, con un tonillo condescendiente.
—No pasa nada —dijo Blaze, empujando el plato hacia él—. De verdad,
tampoco me lo habría acabado todo.
Marcus cogió el bote de ketchup con cara de satisfacción, como si hubiera
demostrado que tenía razón.
—¿De qué estabais hablando? Desde el otro lado de la ventana parecía una
conversación muy profunda.
—De nada —contestó Blaze.
—A ver si lo adivino. Ella te estaba hablando del novio sexy de su mamá, y
de los numeritos acrobáticos que montan cada noche, ¿no?
Blaze se removió incómoda en el banco.
—No seas asqueroso.
Marcus miró a Ronnie directamente a los ojos.
—¿Te ha contado lo de esa noche en que uno de los novios de su madre entró
en su habitación? Blaze se puso hecha una furia, en plan: « Tienes quince minutos
para largarte de aquí» .
—¡Cállate! ¿Vale? No tiene gracia. Y no estábamos hablando de él.
—Me da igual —contestó el chico, que sonrió maliciosamente.
Blaze asió el batido mientras Marcus empezaba a comerse la hamburguesa.
Teddy y Lance continuaban picoteando más patatas fritas, y durante los
siguientes minutos, entre los tres devoraron la mayor parte del contenido del
plato. Muy a pesar de Ronnie, Blaze no dijo nada, y Ronnie se preguntó por qué
se mostraba tan sumisa.
Lo cierto era que no hacía falta ser un adivino para saber el motivo. Parecía
obvio que Blaze no quería que Marcus se enojara con ella, por lo que le dejaba
hacer todo lo que quería. Ya había visto una actitud semejante antes: Kayla, a
pesar de su imagen agresiva, se comportaba igual con los chicos. Y
generalmente, la trataban como si fuera escoria.
Pero no pensaba soltar ese comentario allí delante. Sabía que con ello sólo
conseguiría empeorar las cosas.
Blaze continuó dando sorbitos de su batido hasta que finalmente lo depositó de
nuevo sobre la mesa.
—¿Qué queréis hacer después?
—Nosotros no podemos salir —refunfuñó Teddy—. Nuestro viejo nos
necesita hoy para trabajar.
—Lance y Teddy son hermanos —explicó Blaze.
Ronnie los estudió, pero no vio ningún parecido.
—¿De verdad sois hermanos?
Marcus acabó la hamburguesa y empujó el plato hasta el borde de la mesa.
—Lo sé. Cuesta mucho creer que una madre haya podido parir a dos niños
tan feos, ¿verdad? Sus padres tienen un motel de mala muerte, al otro lado del
puente. Las cañerías tienen por lo menos cien años, y el trabajo de Teddy es
desatascar los retretes cada vez que se atascan.
Ronnie arrugó la nariz, intentando imaginar ese trabajo.
—¿De veras?
Marcus asintió.
—Repugnante, ¿verdad? Pero no te preocupes por Teddy. Lo hace encantado.
Es un verdadero prodigio. De hecho, le gusta ese trabajo. Y la labor de Lance es
limpiar las sábanas después de que los clientes perezosos, que no se despiertan
hasta las doce del mediodía, se larguen.
—Ah —murmuró Ronnie.
—Lo sé. Es asqueroso —añadió Blaze—. Y deberías ver a la chusma que
alquila una habitación por horas. Podrías pillar una infección con sólo atravesar
esa puerta.
Ronnie no estaba segura de cómo contestar a aquel comentario, así que en
lugar de decir algo se giró hacia Marcus.
—Y tú, ¿qué haces? —le preguntó.
—Lo que me da la gana —contestó él.
—¿Y eso qué significa? —lo pinchó Ronnie.
—¿A ti qué te importa?
—No me importa —replicó, manteniendo un tono de voz impasible—. Sólo
preguntaba.
Teddy agarró las últimas patatas fritas del plato de Blaze.
—Eso significa que mata las horas en el motel, con nosotros. En su habitación.
—¿Tienes una habitación en el motel?
—Vivo allí —afirmó él.
La pregunta obvia era por qué, y ella esperó más detalles, pero Marcus
permaneció callado. Ronnie sospechaba que deseaba que intentara sacarle más
información. Quizá le estaba dando demasiadas vueltas al asunto, pero tuvo la
súbita sensación de que Marcus quería que se interesara por él. Quería que se
sintiera atraída por él. A pesar de que Blaze estaba allí delante.
Sus sospechas se vieron confirmadas cuando él sacó un cigarrillo. Después de
encenderlo, le echó el humo a Blaze a la cara, luego se giró hacia Ronnie.
—¿Qué vas a hacer esta noche? —le preguntó.
Ronnie se movió en el asiento, sintiéndose de repente muy incómoda. Parecía
que todos, incluso Blaze, estuvieran expectantes ante su respuesta.
—¿Por qué?
—Hemos quedado en el Bower’s Point. No sólo nosotros, sino con un puñado
de gente. Me gustaría que vinieras. Esta vez sin polis.
Blaze clavó la vista en la superficie de la mesa y empezó a juguetear con la
pila de sal. Cuando Ronnie no contestó, Marcus se levantó de la mesa y se dirigió
hacia la puerta sin darse la vuelta.
9
Steve
—¡Papa! —lo llamó Jonah. Estaba de pie detrás del piano, en la salita,
mientras Steve llevaba los platos de espaguetis a la mesa—. En esta foto estás con
la abuela y el abuelo, ¿verdad?
—Sí, son mi madre y mi padre.
—No recuerdo esta foto. En casa, quiero decir.
—Durante mucho tiempo, la tuve en mi despacho, en el conservatorio.
—Ah —dijo Jonah. Se inclinó más hacia la foto, para estudiarla mejor—. Te
pareces bastante al abuelo.
Steve no estaba seguro de cómo interpretar el comentario.
—Quizás un poco.
—¿Lo echas de menos?
—Era mi padre. ¿Tú qué crees?
—Yo te echaría de menos.
Mientras Jonah se dirigía hacia la mesa, Steve pensó que, aunque no hubiera
sucedido nada excepcional, el día había estado bien. Habían pasado la mañana en
el taller, donde Steve le había enseñado a Jonah a cortar el cristal; habían
almorzado bocadillos en el porche y por la tarde habían recogido conchas
marinas. Y Steve había prometido que tan pronto como oscureciera, llevaría a
Jonah a pasear por la playa con linternas para ver la gran cantidad de cangrejos
araña que salían disparados y volvían a esconderse rápidamente en sus
madrigueras en la arena.
Jonah apartó la silla y se dejó caer pesadamente en ella.
Tomó un sorbo del vaso de leche, que le dibujó unos bigotes blancos.
—¿Crees que Ronnie vendrá pronto?
—Eso espero.
Jonah se limpió los labios con la palma de la mano.
—A veces se queda por ahí hasta muy tarde.
—Lo sé.
—¿Ese agente de Policía la traerá de nuevo a casa?
Steve desvió la vista hacia la ventana; estaba anocheciendo, y el agua se
estaba volviendo opaca. Se preguntó dónde y qué estaría haciendo Ronnie.
—No —contestó—. Esta noche no.
Después del paseo por la play a, Jonah se duchó antes de arrastrarse hasta la
cama. Steve lo cubrió con el edredón y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias por este día tan fantástico —susurró Steve.
—Sí, ha sido fantástico.
—Buenas noches, Jonah. Te quiero.
—Yo también te quiero, papá.
Steve se levantó y se dirigió hacia la puerta.
—¿Papá?
Steve se dio la vuelta.
—¿Sí?
—¿Tu padre te llevaba a ver cangrejos araña?
—No —contestó Steve.
—¿Por qué no? Si es alucinante.
—No era esa clase de padre.
—¿Y qué clase era?
Steve ponderó la pregunta.
—Era una persona complicada —sentenció finalmente.
Junto al piano, Steve recordó aquella tarde seis años antes, cuando cogió la mano
de su padre por primera vez en su vida. Le dijo a su padre que sabía que había
hecho lo mejor que había podido para criarlo, que no lo culpaba de nada, y que,
por encima de todo, lo quería.
Su padre se había girado hacia él y lo había mirado a los ojos. A pesar de las
grandes dosis de morfina que estaba tomando, tenía la mente clara. Miró
fijamente a Steve durante un largo rato antes de retirar la mano.
—¿Sabes? Pareces una mujer cuando hablas de ese modo —dijo.
Estaban en una habitación parcialmente privada en la cuarta planta del
hospital. Su padre llevaba tres días hospitalizado, con un tubo serpenteando por el
brazo por el que le suministraban suero intravenoso, y hacía más de un mes que
no ingería ningún alimento sólido. Tenía las mejillas hundidas y la piel traslúcida.
Así de cerca, Steve pensó que el aliento de su padre olía a decadencia, otro signo
de que el cáncer estaba ganando la batalla.
Steve se giró hacia la ventana. Fuera, lo único que veía era un brillante cielo
azul, como una inflexible burbuja que envolvía la habitación. No había pájaros ni
nubes, ni árboles visibles. Detrás de él, podía escuchar el pitido del monitor de
corazón. Sonaba fuerte y acompasado, con un ritmo regular, generando la ilusión
de que su padre viviría otros veinte años. Pero no era el corazón lo que lo estaba
matando.
—¿Cómo está? —le preguntó Kim aquella noche, cuando hablaron por
teléfono.
—No muy bien —contestó él—. No sé cuánto tiempo le queda, pero…
No pudo acabar la frase. Se imaginó a Kim al otro lado de la línea, de pie
cerca del horno, removiendo la pasta o troceando tomates, con el teléfono
atrapado entre el hombro y la oreja. Nunca había sido capaz de permanecer
sentada mientras hablaba por teléfono.
—¿Ha venido alguien más a verlo?
—No —contestó él. Lo que no le dijo fue que, según le habían contado las
enfermeras, nadie había ido a visitarlo en aquellos tres días.
—¿Has podido hablar con él? —le preguntó.
—Sí, aunque no mucho. Se ha pasado casi todo el día adormilado.
—¿Le has dicho lo que te dije que le dijeras?
—Sí.
—¿Y qué ha contestado? ¿Te ha dicho que él también te quiere?
Steve sabía la respuesta que ella quería escuchar. Se hallaba de pie en la casa
de su padre, inspeccionando las fotos sobre el mantel: la familia después de que
Steve fuera bautizado, una foto de la boda de Kim y Steve, Ronnie y Jonah de
bebés. Los marcos tenían un dedo de polvo; era evidente que nadie había tocado
esas fotografías durante muchos años. Sabía que su madre las había puesto allí;
mientras las miraba fijamente, se preguntó qué pensaba su padre cada vez que
las contemplaba, o si las veía siquiera, o si se daba cuenta de que estaban allí.
—Sí —dijo finalmente—. Me ha dicho que me quiere.
—Lo celebro —apuntó Kim. Su tono parecía aliviado y satisfecho, como si su
respuesta hubiera servido para corroborarle algo importante sobre el mundo—.
Sé que eso era muy importante para ti.
Steve se había criado en una casita blanca, en un vecindario de casitas blancas en
la zona del canal intracostero de la isla. Era pequeña, con dos habitaciones, un
único baño y un garaje separado en el que guardaban las herramientas de su
padre y que olía permanentemente a serrín. En el jardín que había en la parte
trasera de la casa, a la sombra de un enorme roble de hoja perenne con unas
ramas retorcidas, no penetraba la luz del sol, así que su madre decidió plantar el
huerto en el jardín que daba a la calle. Cultivaba tomates y cebollas, nabos y
judías, col y maíz; en verano era imposible ver la carretera que había delante de
la casa desde el comedor. A veces Steve oía a sus vecinos criticándolos en voz
baja, quejándose de cómo ese huerto afectaba negativamente al valor de sus
propiedades, pero su madre volvía a plantar hortalizas cada primavera, y nadie
se atrevía a decir ni una palabra a su padre. Todos sabían, al igual que él, que eso
sólo les habría traído problemas. Además, apreciaban a su esposa, y también
sabían que tarde o temprano necesitarían los servicios de su padre.
Su padre era un carpintero de oficio —y muy bueno—, pero además tenía
una portentosa habilidad para arreglar cualquier cosa estropeada. A lo largo de
los años, Steve lo había visto reparar radios, televisores, motores de coche y de
corta-césped, cañerías agujereadas, desagües rotos, ventanas quebradas, e
incluso, en una ocasión, las prensas hidráulicas de una pequeña planta donde
fabricaban herramientas cerca de la frontera del estado. Nunca había ido al
instituto, pero tenía una comprensión innata de la mecánica y de los conceptos de
construcción. Por la noche, cuando el teléfono sonaba, siempre era su padre
quien contestaba, puesto que normalmente era para él. Se pasaba la mayor parte
de aquellas llamadas sin decir nada, limitándose a escuchar la descripción de una
emergencia u otra; Steve lo observaba atentamente mientras él garabateaba la
dirección en unos trocitos de papel arrancados de viejos periódicos. Después de
colgar, su padre enfilaba hacia el garaje, preparaba la caja de herramientas con
lo necesario y salía, normalmente sin mencionar adonde iba ni cuándo
regresaría. Por la mañana, el cheque estaba sin falta debajo de la estatua de
Robert E. Lee que su padre había tallado de un madero que había encontrado en
la play a, y su madre le masajeaba la espalda y le prometía que iría a ingresarlo
en el banco mientras él se tomaba el desayuno. Esa era la única muestra de
afecto regular que él había visto entre ellos. No discutían y evitaban el conflicto
por norma. Parecían disfrutar de la compañía del otro cuando estaban juntos, y
una vez los pilló con las manos entrelazadas mientras miraban la tele: pero en los
dieciocho años que Steve había vivido en aquella casa, nunca vio que sus padres
se besaran ni una sola vez.
Si su padre tenía una obsesión en la vida, ésa era el póquer. En las noches en
que el teléfono no sonaba, se iba a una de las salas de póquer de la localidad. Era
miembro de esos clubes no por la camaradería, sino por el juego. Se sentaba a la
mesa con otros socios veteranos del club Freemason o del Elk o del Shriner y se
pasaba horas y horas jugando. El póquer lo transformaba; le encantaba calcular
las probabilidades de armar una escalera abierta o de tirarse un farol cuando lo
único que tenía era una pareja de seises. Cuando hablaba del juego, lo describía
como una ciencia, como si el azar no tuviera nada que ver con ganar. « El secreto
está en saber mentir y en saber cuándo alguien te está mintiendo» , solía decir. Al
cabo de los años, Steve concluy ó que su padre debía de haber sido un experto a la
hora de mentir. A los cincuenta años, tenía los dedos de las manos completamente
atrofiados después de haberse pasado más de treinta años trabajando como
carpintero. Entonces dejó de instalar molduras de corona y marcos de puertas en
las casas señoriales erigidas en la primera línea del océano que habían empezado
a extenderse por toda la isla; también empezó a no contestar al teléfono por las
noches. Sin embargo, continuó pagando las facturas sin ningún problema; al final
de su vida, tenía dinero más que suficiente en sus cuentas bancarias como para
pagarse los cuidados médicos que su compañía de seguros no cubría.
Jamás jugaba al póquer los sábados o los domingos. Los sábados los
reservaba a la casa; a pesar de que el huerto en el jardín molestaba a más de un
vecino, el interior era una obra maestra. A lo largo de los años, su padre había ido
agregando molduras de corona y rodapiés; había tallado la repisa de la chimenea
de dos bloques de arce. Había hecho todos los armarios de la cocina y había
instalado unos suelos de madera que eran tan lisos y firmes como una mesa de
billar. Había remodelado el cuarto de baño; ocho años después, lo había vuelto a
remodelar. Cada sábado por la noche, se ponía una americana y una corbata y
llevaba a su esposa a cenar al restaurante. Los domingos se los reservaba para él.
Después de comer, se encerraba en el taller, mientras su mujer horneaba
pastelitos o preparaba conservas de verduras en la cocina.
Los lunes, la rutina empezaba de nuevo.
Nunca le enseñó a jugar al póquer. Steve era lo bastante sagaz como para
aprender las bases por sí solo, y le gustaba pensar que era tan hábil como para
detectar si un jugador estaba tirándose un farol. Jugó varias veces con sus
compañeros en la universidad y descubrió que era uno más del montón, un
jugador normal, ni mejor ni peor que los demás. Después de licenciarse, se fue a
vivir a Nueva York, y de vez en cuando iba a visitar a sus padres al pueblo. La
primera vez que regresó, hacía dos años que no los veía; cuando atravesó el
umbral, su madre, desbordada por la alegría, lo abrazó y lo besó en la mejilla. Su
padre le estrechó la mano y dijo: « Tu madre te echaba de menos» . Tomaron
pastel de manzana y café; cuando acabaron de comer, su padre se levantó en
busca de la chaqueta y las llaves del coche. Era martes; eso quería decir que iba
a la sala de póquer de los Elks. El local cerraba a las diez y él regresaría a casa
quince minutos más tarde.
—No…, no vay as esta noche —le pidió su mujer, con el mismo acento
europeo tan marcado de siempre—. Steve ha venido a vernos.
Recordó que fue la única vez que vio a su madre suplicarle que no fuese al
club, pero si aquella petición sorprendió a su padre, no lo demostró. Se detuvo en
el umbral de la puerta; cuando se dio la vuelta, su cara era indescifrable.
—O llévatelo contigo —le sugirió ella.
Su padre se enroscó la chaqueta en el brazo.
—¿Quieres venir conmigo?
—Sí. —Steve propinó unos golpecitos con los dedos en la mesa—. ¿Por qué
no? Puede ser divertido.
Transcurrido un momento, su padre esbozó una mueca burlona, exhibiendo la
más pequeña y breve sonrisa posible. Steve pensó que si hubieran estado en la
mesa de póquer, su padre no habría dejado entrever tanto sus pensamientos.
—Estás mintiendo —dijo.
Su madre falleció repentinamente unos años después de aquella visita. Se le
reventó una arteria en el cerebro. Steve estaba precisamente pensando en su
inquebrantable afabilidad cuando su padre se despertó con un suave ronquido.
Giró la cabeza y vio a su hijo en la esquina. Desde aquel rincón, con las sombras
jugando con los afilados ángulos de su cara, daba la impresión de ser un
esqueleto.
—Todavía estás aquí.
Steve dejó la partitura sobre una mesita y arrastró la silla para sentarse más
cerca de su padre.
—Sí, todavía estoy aquí.
—¿Por qué?
—¿Qué quieres decir? Porque estás en el hospital.
—Estoy en el hospital porque me estoy muriendo. Y me moriré tanto si estás
como si no estás aquí. Deberías regresar a tu casa. Tienes esposa e hijos. No hay
nada que puedas hacer por mí.
—Quiero estar aquí —objetó Steve—. Eres mi padre. ¿Por qué? ¿No quieres
que me quede?
—Quizá lo que no quiero es que me veas morir.
—Me iré, si quieres.
Su padre hizo un ruido similar a un estornudo.
—¿Lo ves? Ese es tu problema. Quieres que tome la decisión por ti. Ese
siempre ha sido tu problema.
—Quizá sólo quiero pasar más tiempo contigo.
—¿De veras? ¿O eso es lo que quiere tu mujer?
—¿Acaso importa?
Su padre intentó sonreír, pero lo único que le salió fue una mueca grotesca.
—No lo sé. ¿Importa?
Desde su posición cerca del piano, Steve oy ó el motor de un coche que se
acercaba. Los faros enfocaron la ventana y recorrieron las paredes; por un
instante pensó que Ronnie había conseguido que alguien la llevase a casa. Pero
las luces se desvanecieron rápidamente y la calle volvió a quedar en silencio.
Ronnie todavía no había regresado.
Era más de medianoche. Se preguntó si debería salir a buscarla.
Unos años atrás, antes de que su hija decidiera dejar de dirigirle la palabra, él
y Kim habían ido a ver a una consejera matrimonial que tenía la consulta cerca
de Gramercy Park, en un edificio rehabilitado. Recordaba hallarse sentado al
lado de Kim en un sofá, contemplando a una mujer delgada y huesuda de unos
treinta años que llevaba unos pantalones elegantes de color gris y que
continuamente unía las y emas de los dedos de ambas manos hasta formar una
pirámide. Steve se fijó en que no lucía anillo de casada.
Se sentía incómodo; ir a ver a esa consejera había sido idea de Kim; ella y a
había asistido a un par de sesiones sola. Aquélla era la primera vez que iban
juntos. A modo de introducción, Kim le contó a la consejera que Steve jamás
expresaba sus sentimientos, pero que no era culpa de él, que tampoco sus padres
habían sido unas personas muy comunicativas, y que no se había criado en el
seno de una familia que discutiera sus problemas abiertamente. Remató la
descripción alegando que su marido se refugiaba en la música como una válvula
de escape y que sólo había aprendido a sentir algo a través del piano.
—¿Es eso cierto? —preguntó la consejera.
—Mis padres eran buenas personas —contestó él.
—No ha respondido a mi pregunta.
—No sé qué es lo que quiere que conteste.
La consejera suspiró.
—De acuerdo, veamos qué le parece esto: todos sabemos lo que pasó y por
qué está usted aquí. Creo que lo que Kim quiere es que le cuente cómo se sintió
después de lo sucedido.
Steve consideró la pregunta. Quería soltar que toda esa charla sobre
sentimientos era irrelevante; que las emociones venían y se iban y no se podían
controlar, por lo que no había motivos para preocuparse; que al final, la gente
debería de ser juzgada por sus acciones, ya que, finalmente, lo único que definía
a cada persona eran sus acciones.
Pero no fue eso lo que dijo. En su lugar, entrelazó los dedos.
—Quiere saber cómo me sentí.
—Sí, pero no me lo diga a mí. —Señaló hacia su esposa—. Dígaselo a Kim.
Él miró a su esposa, que lo miraba visiblemente nerviosa.
—Me sentí…
Estaba en una consulta con su esposa y una desconocida, atrapado en la clase
de interrogatorio que jamás habría imaginado tener que contestar. Pasaban unos
minutos de las diez de la mañana, y había regresado a Nueva York para estar sólo
unos días. Su gira lo había llevado a unas veinte ciudades diferentes. Kim
trabajaba como asistente legal en un bufete de abogados en Wall Street.
—Me sentí… —repitió.
Cuando el reloj tocó la una de la madrugada, Steve salió al porche y se quedó allí
de pie. La negra oscuridad de la noche había cedido un poco de espacio a la luz
violácea de la luna, por lo que podía recorrer con la vista la franja de la play a.
Hacía dieciséis horas que no la había visto y estaba intranquilo, o mejor dicho,
preocupado. Sabía que ella era lista y lo bastante sensata como para cuidar de sí
misma.
Bueno, quizá no debería preocuparse.
A pesar de su intento por mantener la calma, no pudo evitar preguntarse si
Ronnie desaparecería al día siguiente, como hoy, sin dejar rastro. Y si la historia
se repetiría día tras día, durante todo el verano.
Pasar el tiempo con Jonah había sido como descubrir un tesoro especial, y
también quería pasar tiempo con ella. Dio media vuelta y entró de nuevo en
casa.
Sentado en el taburete, frente al piano, volvió a sentir lo mismo, la misma
sensación que le había confesado a la consultora matrimonial aquel día, en aquel
sofá.
Se sentía vacío
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