36 y final 37

36
Steve
« La vida es como una canción» , entendió Steve.
Al principio está el misterio, al final está la confirmación, pero es en el medio
donde reside toda la emoción, lo que realmente hace que todo el proceso valga la
pena.
Por primera vez en meses, no sintió nada de dolor; por primera vez en años,
tuvo la certeza de que sus preguntas tenían respuestas. Mientras escuchaba la
canción que Ronnie había acabado, la canción que su hija había perfeccionado,
entornó los ojos con el absoluto convencimiento de que su búsqueda de La
presencia de Dios había concluido.
Finalmente había comprendido que la presencia de Dios estaba en todas
partes, a todas horas, y que cada persona la experimentaba en un momento u
otro. Había estado con él en el taller mientras elaboraba el vitral con Jonah; había
estado presente en las semanas que había pasado con Ronnie. Estaba presente allí
y en aquel momento, mientras su hija tocaba su canción, la última canción que
compartirían. Mirando hacia atrás, se preguntó cómo era posible que no se
hubiera dado cuenta antes de algo tan increíblemente obvio.
De repente comprendió que Dios era amor en su forma más pura, y en
aquellos últimos meses con sus hijos, eso era precisamente lo que había
experimentado. Aquello era la caricia de Dios. Ahora, mientras escuchaba la
música que se escapaba de los dedos de Ronnie, no le cabía la menor duda.
37
Ronnie
Steve murió menos de una semana después, mientras dormía, con Ronnie en el
suelo, a su lado. Ella no podía hablar sobre aquellos últimos momentos. Sabía que
su madre estaba esperando a que acabara; en las tres horas que había pasado
explicándole la historia, había permanecido en silencio, igual que solía escucharla
su padre. Pero esos últimos momentos con su padre, mientras él dejaba poco a
poco de respirar, le parecieron intensamente privados, y supo que jamás hablaría
de ello con nadie. Estar a su lado mientras él abandonaba este mundo era un
regalo que él le había hecho, sólo a ella, y nunca olvidaría la solemnidad y la
intimidad del momento.
Por eso permaneció con la vista fija en la lluvia helada de diciembre y habló
de su último recital, el recital más importante de su vida:
—Estuve tocando para él tanto rato como pude, mamá. Y me esforcé todo lo
posible para que fuera un momento único, precioso, porque sabía lo mucho que
significaba para él. Pero papá estaba tan débil… —susurró—. Al final, ni siquiera
estoy segura de si podía oírme. —Se restregó la nariz, preguntándose inútilmente
si le quedaban lágrimas por derramar. Había derramado tantas.
Su madre abrió los brazos y la invitó a fundirse en un abrazo. Sus propias
lágrimas brillaban intensamente en sus ojos.
—Sé que te oy ó, cielo. Y sé que fue precioso.
Ronnie se entregó al abrazo de su madre, apoyando la cabeza en su pecho
como solía hacer cuando era niña.
—Nunca olvides la felicidad que Jonah y tú le disteis —murmuró su madre,
acariciándole el pelo.
—Él también me hizo feliz —musitó ella—. Aprendí tanto de él. Cómo me
gustaría habérselo dicho. Eso, y un millón de cosas más —cerró los ojos—. Pero
ya es demasiado tarde.
—Él lo sabía —le aseguró su madre—. Siempre lo supo.
El funeral fue una ceremonia sencilla, celebrada en la iglesia que hacía poco
había vuelto a abrir sus puertas. Su padre había pedido ser incinerado, y sus
deseos se habían respetado.
El reverendo Harris dio el responso, que fue breve pero rebosante de
auténtica angustia y amor. Había querido a su padre como a un hijo, y a pesar de
que intentó contenerse, Ronnie acabó llorando con Jonah. Lo rodeó con el brazo
mientras él lloraba con los perturbadores sollozos de un niño. No quiso pensar en
cómo le afectaría aquella pérdida tan temprana en su vida.
Sólo un puñado de gente asistió a la misa. Al entrar en la iglesia, vio a
Galadriel y al agente Johnson, y escuchó la puerta abrirse una o dos veces más
después de tomar asiento, pero prácticamente la iglesia estaba vacía. Le dolía
pensar que tan poca gente supiera que su padre era una persona tan especial o lo
mucho que significaba para ella.
Después del servicio, continuó sentada en el banco con Jonah mientras Brian y su
madre salieron fuera a hablar con el reverendo Harris. Los cuatro tenían que
coger un avión hacia Nueva Yorkal cabo de unas pocas horas, y ella sabía que no
le quedaba mucho tiempo.
No obstante, no quería irse. La lluvia, que había descargado con fuerza
durante toda la mañana, había cesado, y el cielo empezaba a abrirse. Ronnie
había rezado para que eso sucediera, y sin poder remediarlo clavó los ojos en el
vitral, deseando que las nubes dieran paso al sol.
Y cuando lo hicieron, fue tal y como su padre lo había descrito. El sol inundó
la sala a través del cristal, fragmentándose en una infinidad de prismas que
resplandecían como joy as, con una luz gloriosa y de vivos colores. El piano se
iluminó en una cascada de esplendoroso color, y por un momento Ronnie pudo
ver a su padre sentado ante el teclado, con la cara mirando hacia arriba, hacia la
luz. El efecto no duró demasiado, pero Ronnie apretó la mano de Jonah en un
delirio silencioso. A pesar del gran dolor que sentía, de su pena, sonrió, consciente
de que Jonah estaba pensando lo mismo que ella.
—Hola, papá —susurró ella—. Sabía que vendrías.
Cuando la luz se desvaneció, Ronnie pronunció un silencioso adiós y se puso de
pie. Pero al darse la vuelta, vio que no estaban solos en la iglesia. Cerca de la
puerta, sentados en el último banco, se hallaban Tom y Susan Blakelee.
Ronnie apoyó la mano sobre el hombro de Jonah.
—¿Te importa salir un momento fuera y decirles a mamá y a Brian que
enseguida voy? Primero tengo que hablar con alguien.
—Vale —contestó él, frotándose los ojos hinchados con un puño mientras
salía hacia la puerta.
Cuando su hermano estuvo fuera, ella avanzó hacia la pareja, y vio que se
levantaban para saludarla.
Se sorprendió al ver que Susan fue la primera en hablar.
—Siento mucho la pérdida de tu padre. El reverendo Harris nos ha contado
que era un hombre maravilloso.
—Gracias —dijo ella. Ronnie miró primero a Susan y luego al padre de Will
y sonrió—. Les agradezco mucho que hayan venido. Y también quiero
agradecerles lo que han hecho por la iglesia. Era realmente importante para mi
padre.
Ante tales palabras, vio que Tom Blakelee desviaba la vista, y constató que no
se había equivocado.
—Se suponía que tenía que ser una donación anónima —murmuró.
—Lo sé. El reverendo Harris no dijo nada al respecto, ni a mí ni a mi padre.
Pero lo averigüé un día, cuando lo vi en las obras. Lo que han hecho ha sido
realmente loable.
El asintió casi con timidez. Ronnie lo vio parpadear al mirar hacia el vitral.
También él había presenciado cómo la luz había inundado la iglesia.
En el silencio, Susan hizo una señal con la mano hacia la puerta.
—Hay alguien que quiere verte.
—¿Estás lista? —preguntó su madre tan pronto como Ronnie salió de la iglesia
—. Se nos está haciendo tarde.
Ronnie apenas la oyó. En vez de eso, se quedó mirando a Will. Iba vestido
con un traje negro. Llevaba el pelo más largo; le confería un aspecto más adulto.
Estaba hablando con Galadriel, pero tan pronto como la vio, Ronnie se fijó en que
alzaba un dedo, como si le pidiera a Galadriel que esperase un momento.
—Dame unos minutos, ¿vale? —pidió Ronnie, sin apartar los ojos de Will.
No esperaba que él acudiera al funeral, no esperaba volver a verle. No sabía
qué significaba eso, que él estuviera allí, y no estaba segura de si debía sentirse
contenta o abatida o ambas cosas. Dio un paso hacia él y se detuvo.
No podía leer su expresión. Cuando él se encaminó hacia ella, de repente
recordó la forma etérea en que él parecía desplazarse sobre la arena la primera
vez que lo vio; recordó sus besos en el pequeño muelle la noche de la boda de su
hermana. Y nuevamente oyó las palabras que ella le había dicho el día que se
dijeron adiós. Se sentía atrapada entre un cúmulo de emociones contradictorias
—deseo, arrepentimiento, nostalgia, miedo, pesar, amor—. Había tanto que
decir, y sin embargo, ¿por dónde empezar, en aquella situación tan incómoda y
después de que hubiera pasado tanto tiempo?
« Lástima que no pueda leerte los pensamientos» , le dijo Ronnie con los ojos.
—Hola.
—¿Qué tal? —le respondió él. Will parecía estar escrutando su cara en busca
de alguna señal, aunque Ronnie no sabía para qué.
El no se acercó más, ni tampoco ella hizo el intento.
—Has venido —suspiró fatigada, incapaz de ocultar su sorpresa en el tono de
su voz.
—Tenía que hacerlo. Siento mucho lo de tu padre. Era… una gran persona. —
Por un momento, una sombra de pena pareció cruzar sus facciones, y agregó—:
Lo echaré mucho de menos.
Ronnie recordó fugazmente aquellos atardeceres juntos en casa de su padre,
el delicioso olor que inundaba la cocina mientras su padre cocinaba y las
carcajadas de Jonah mientras jugaban al póquer mentiroso. De repente se sintió
mareada. Le parecía todo tan surrealista, ver a Will allí, en aquel día tan terrible.
En parte deseaba lanzarse a sus brazos y pedirle perdón por la forma en que
había roto con él. Pero otra parte de ella, abatida y paralizada por la muerte de su
padre, se preguntaba si él sería todavía la misma persona, el mismo Will que una
vez había amado. Habían pasado demasiadas cosas desde el verano.
Ronnie se balanceó, incómoda, apoyando todo el peso de su cuerpo de un pie
al otro.
—¿Qué tal por Vanderbilt? —preguntó finalmente.
—Ah, como esperaba.
—¿Y eso es bueno o malo?
En vez de contestar, él señaló con la cabeza hacia el coche de alquiler.
—Supongo que regresas a Nueva York, ¿no?
—Dentro de poco he de coger el avión. —Se colocó un mechón de pelo
detrás de la oreja, deseando poder controlar su nerviosismo. Hablaban como si
fueran dos desconocidos—. ¿Has acabado y a el primer semestre?
—No, la semana que viene tengo los últimos exámenes, así que regreso esta
noche, en avión. Las clases son más duras de lo que suponía. Probablemente
tendré que pasarme más de una noche sin dormir, hincando los codos.
—Bueno, pero pronto estarás en casa, para las vacaciones de Navidad. Ya lo
verás, unos reconfortantes paseos por la playa y como nuevo. —Ronnie esbozó
una sonrisa de ánimo.
—No lo creo. Mis padres me quieren llevar a Europa tan pronto como acabe
los exámenes. Pasaremos las Navidades en Francia. Creen que es importante que
vea un poco de mundo.
—Seguro que te lo pasarás bien.
Will se encogió de hombros.
—¿Y tú?
Ronnie apartó la vista, y en su mente volvió a evocar los últimos días que
había pasado con su padre.
—Creo que me presentaré al examen de ingreso en Juilliard —dijo
lentamente—. Veremos si todavía me aceptan.
Por primera vez, él sonrió. Detectó un destello de la alegría espontánea que
Will había mostrado tan a menudo durante aquellos largos meses de verano.
Cómo había echado de menos su alegría, su cariño.
—¡No me digas! ¡Fantástico! Estoy seguro de que no tendrás ningún
problema.
Ronnie detestaba la forma en que se estaban hablando, sin profundizar en
nada. Le parecía simplemente… erróneo, después de todo lo que habían
compartido a lo largo del verano… de todo lo que habían pasado juntos. Soltó un
largo suspiro, intentando mantener las emociones bajo control. Pero le costaba
tanto en aquellos momentos, y se sentía tan cansada… Las siguientes palabras se
le escaparon casi automáticamente.
—Quiero pedirte perdón por lo que te dije. Lo siento, de veras. Pero es que no
podía con todo lo que me sucedía. No debería haberme desahogado contigo…
Él dio un paso hacia delante y la cogió suavemente por el brazo.
—No pasa nada. Lo comprendo.
Con tan sólo tocarla, Ronnie sintió que todas las emociones reprimidas durante
el día estallaban, sin poder hacer nada por evitar que emergieran a la superficie,
resquebrajando su frágil compostura. Cerró los ojos y apretó los párpados,
intentando contener las lágrimas.
—Si hubieras hecho lo que te pedí, Scott habría…
Will sacudió la cabeza.
—Scott está bien. Lo creas o no, acabó por conseguir la beca. Y Marcus está
en la cárcel…
—Ya, pero, de todos modos, no debería haberte dicho aquellas cosas tan
horribles —lo interrumpió—. El verano no debería haber acabado de esa
manera. Nuestra relación no debería haber acabado de ese modo, y y o fui la
culpable de que terminara así. No sabes cuánto me duele pensar que te aparté de
mí…
—No me apartaste de ti —apostilló él tiernamente—. Tenía que marcharme a
la universidad. Lo sabías.
—Ya, pero no hemos hablado, no nos hemos escrito, y era tan triste ver lo que
le sucedía a mi padre… Anhelaba tanto hablar contigo, pero sabía que tú estabas
enfadado conmigo y…
Ronnie rompió a llorar. Will la atrajo hacia sí y la estrechó entre sus brazos.
Su abrazo tuvo un efecto contradictorio: lo mejoró todo, pero a la vez también lo
empeoró todo.
—Vamos —murmuró Will—. No pasa nada. Nunca estuve tan enfadado
contigo como crees.
Ella lo apretó con fuerza entre sus brazos, intentando aferrarse a lo que habían
compartido.
—Pero sólo llamaste un par de veces.
—Porque sabía que tu padre te necesitaba, y quería que te concentraras en él,
y no en mí. Recuerdo lo que sucedió cuando Mikey murió, y también recuerdo
cómo deseé haber pasado más tiempo con él. No te podía hacer eso.
Ella hundió la cara en su hombro mientras él seguía abrazándola con ternura.
Lo único que sabía era que lo necesitaba. Necesitaba sus brazos alrededor de ella,
necesitaba que la abrazara y le susurrara que encontrarían una forma de estar
juntos.
Lo sintió inclinarse hacia ella al tiempo que murmuraba su nombre. Cuando
ella se apartó un poco, vio que él le sonreía.
—Llevas la pulsera —susurró, tocándole la muñeca.
—Siempre en mis pensamientos. —Ronnie le regaló una sonrisa nerviosa.
Will la agarró con dulzura por la barbilla, para poder mirar con más atención
en sus ojos.
—Te llamaré, ¿de acuerdo? Cuando regrese de Europa.
Ella asintió, consciente de que era todo lo que tenían; pero también sabía que
con eso no le bastaba. Sus vidas discurrirían por senderos separados, ahora y
siempre. El verano se había acabado; a partir de ese momento, cada uno tomaría
su propio camino.
Ronnie entornó los ojos. Le horrorizaba la verdad.
—De acuerdo —susurró.

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