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Ronnie
Ronnie salió fuera con su madre y con Jonah para despedirse de ellos, y para
hablar con ella a solas antes de que se marchara y pedirle que hiciera algo tan
pronto como llegara a Nueva York. Después regresó al hospital y se sentó al lado
de su padre, esperando hasta que él se quedó dormido. Durante un buen rato,
Steve permaneció en silencio, con la vista fija en la ventana. Ella le cogió la
mano, y ambos se quedaron sentados sin hablar, contemplando el paso lento de
las nubes al otro lado de la ventana.
Quería estirar las piernas y tomar un poco de aire fresco; la despedida de su
padre con Jonah la había dejado decaída y temblorosa. No quería imaginarse a
su hermano en el avión o entrando en el piso; no quería pensar en si todavía
seguiría llorando desconsoladamente.
Fuera, deambuló por la acera delante del hospital, sumida en sus
pensamientos. Casi ya había pasado por delante de él cuando lo oyó carraspear.
Estaba sentado en un banco; a pesar del calor, lucía la misma clase de camisa de
manga larga que siempre llevaba.
—Hola, Ronnie —la saludó el reverendo Harris.
—Ah…, hola.
—Me preguntaba si podía subir a ver a tu padre.
—Está durmiendo —respondió ella—. Pero suba, si quiere.
El reverendo dio unos golpearos en el suelo con su bastón, como si intentara
ganar tiempo.
—Siento mucho lo que estás pasando, Ronnie.
Ella asintió, a pesar de que le costaba mucho concentrarse en la
conversación. Incluso una charla tan simple como aquélla le suponía un esfuerzo
sobrehumano.
De algún modo, tuvo la impresión de que a él le pasaba lo mismo.
—¿Quieres que recemos juntos? —Sus ojos azules expresaban su súplica—.
Quiero rezar antes de ver a tu padre. Eso me…, me ayuda.
Su sorpresa se trocó en una inesperada sensación de alivio.
—Me encantaría —contestó.
Después de aquel encuentro, Ronnie empezó a rezar con asiduidad y descubrió
que el reverendo Harris tenía razón.
No es que creyera que su padre fuera a curarse. Había hablado con el
médico y había visto los resultados de las pruebas; tras esa dura entrevista,
abandonó el hospital y se fue a la playa, donde pasó una hora llorando mientras
el viento secaba las lágrimas de su cara.
No creía en los milagros. Sabía que algunas personas sí que creían, pero no
podía obligarse a sí misma a soñar que su padre tenía posibilidades de sobrevivir.
No después de los resultados de las pruebas que había visto, no después de la
forma en que el médico se lo había expuesto. Se había enterado de que el cáncer
había hecho metástasis en el páncreas y en los pulmones, y albergar esperanzas
le parecía… peligroso. No podía imaginarse la idea de hacer frente por segunda
vez a lo que le estaba sucediendo a su padre. Ya le resultaba sumamente duro,
especialmente por la noche, cuando la casa estaba en silencio y se quedaba sola
con sus pensamientos.
Por eso rezaba, para pedirle a Dios que le diera fuerzas para ayudar a su
padre; rezaba para no perder la capacidad de mostrarse positiva en su presencia,
en vez de romper a llorar cada vez que lo veía. Sabía que él necesitaba su risa y
necesitaba a la clase de hija en la que últimamente se había convertido.
Lo primero que hizo después de regresar a casa con él cuando le dieron el
alta en el hospital fue llevarlo a ver el vitral. Lo observó mientras él se acercaba
lentamente a la mesa, con los ojos bien abiertos —como si temiera perderse
algún detalle— y una expresión de incómodo recelo. Ronnie sabía que había
habido momentos en los que él se había preguntado si viviría bastante para ver
aquella obra acabada. Más que nada, deseó que Jonah estuviera allí con ellos, y
supo que su padre estaba pensando lo mismo. Había sido su proy ecto común, el
proyecto que habían compartido a lo largo del verano. Su padre echaba de
menos a Jonah, muchísimo, y a pesar de que le dio la espalda para que ella no
pudiera verle la cara, ella adivinó que había lágrimas en sus ojos mientras
regresaba de nuevo a la casa.
Steve llamó a Jonah tan pronto como entró. Desde el comedor, Ronnie pudo
oír que su padre le aseguraba que ya se encontraba mucho mejor, y a pesar de
que el crío probablemente interpretaría mal ese mensaje, pensó que era lo
adecuado. Quería que Jonah recordara los días felices del verano, y no que se
derrumbara por lo que se avecinaba.
Aquella noche, mientras él estaba sentado en el sofá, abrió la Biblia y empezó
a leer. Ronnie ahora entendía sus motivos. Tomó asiento a su lado y le hizo la
pregunta que se había estado formulando desde que había examinado el libro.
—¿Tienes algún pasaje favorito? —se interesó.
—Muchos —contestó él—. Siempre me han gustado los Salmos. Y siempre
he aprendido mucho de las cartas de Pablo.
—Pero no has subray ado nada —dijo ella. Cuando él enarcó una ceja, se
encogió de hombros—. Le he echado un vistazo mientras estabas en el hospital, y
no he visto nada.
Steve reflexionó antes de contestar.
—Si intentara subrayar algo importante, probablemente acabaría por
subray arlo casi todo. He leído la Biblia un sinfín de veces, y cada vez aprendo
algo nuevo.
Ronnie lo escrutó con curiosidad.
—Pero no recuerdo que leyeras la Biblia antes…
—Bueno, eso es porque eras una niña. Ya tenía esta Biblia en Nueva York, y
solía leer algún trozo una o dos veces por semana. Pregúntale a tu madre. Ella te
lo dirá.
—¿Has leído algo últimamente que te gustaría comentar?
—¿Quieres que lo haga?
Después de que ella asintiera, Steve sólo necesitó un minuto para encontrar el
pasaje que quería.
—Gálatas 5:22 —anunció, apoyando la Biblia totalmente abierta sobre su
regazo. Carraspeó antes de empezar a leer—: « Mas el fruto del Espíritu Santo es
amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» .
Ronnie lo observaba mientras él leía aquellos versículos, recordando cómo se
había portado al llegar a aquella casa y cómo había reaccionado su padre ante
tanta rabia. Recordó las veces que él se había negado a discutir con su madre,
incluso cuando ésta había intentado provocarlo. Antes había interpretado aquella
actitud como una debilidad y había deseado que su padre fuera distinto. Pero de
repente se daba cuenta de que se había equivocado en todos los sentidos.
Ahora se daba cuenta de que su padre nunca había estado solo. El Espíritu
Santo había estado a su lado, guiándolo a lo largo de toda su vida.
El paquete de su madre llegó al día siguiente; su madre había hecho lo que le
había pedido. Llevó el enorme sobre hasta la mesa de la cocina y lo rasgó por la
parte superior, luego vació su contenido sobre la mesa.
Diecinueve cartas, todas ellas enviadas por su padre, todas ellas sin abrir.
Ronnie se fijó en las diversas direcciones de correo desde donde él le había
escrito: Bloomington, Tulsa, Little Rock…
No podía creer que no las hubiera leído. ¿Realmente había sentido tanta rabia?
¿Tanta amargura? ¿Tanta… sordidez? Ahora, echando la vista atrás, sabía la
respuesta, aunque no le encontraba el sentido.
Rebuscó entre las cartas y separó la primera que él le había escrito. Como
casi todas las otras, la dirección estaba escrita en una caligrafía impecable y en
tinta negra, y el matasellos se había borrado ligeramente. Al otro lado de la
ventana de la cocina, su padre permanecía de pie en la playa, de espaldas a la
casa: como el reverendo Harris, había empezado a usar manga larga a pesar del
calor del verano.
Ronnie aspiró aire lentamente y abrió la carta. Bajo la luz del sol que se
filtraba en la cocina, empezó a leer.
Querida Ronnie:
Ni siquiera sé cómo empezar una carta como ésta, si no es por decir que lo
siento.
Por eso te pedí que te reunieras conmigo en la cafetería, y también es lo que
quería decirte más tarde aquella noche, cuando te llamé. Puedo comprender por
qué no te presentaste a la cita y por qué no atendiste mi llamada. Estás enfadada
conmigo, te he decepcionado, porque sientes y crees que os he abandonado, a ti
y a la familia.
No puedo negar que las cosas vayan a ser distintas a partir de ahora, pero
quiero que sepas que si y o estuviera en tu lugar, probablemente me sentiría igual
que tú. Tienes todo el derecho del mundo a estar enfadada conmigo. Tienes todo
el derecho del mundo a sentir que te he decepcionado. Supongo que me he
ganado esos sentimientos a pulso, y mi intención no es buscar excusas ni rechazar
cualquier culpa ni intentar convencerte de lo que es posible que algún día en el
futuro puedas entender.
Sé que quizás ese día no llegará, y eso me duele mucho más de lo que puedes
imaginar. Tú y Jonah habéis sido siempre tan importantes para mí que quiero que
comprendas que ni tú ni tu hermano tenéis la culpa de nada. A veces, por razones
que no siempre están claras, los matrimonios simplemente no funcionan. Pero
quiero que recuerdes una cosa: siempre te querré, y siempre querré a Jonah.
Siempre querré a tu madre, que siempre tendrá mi respeto. Ella me ha dado el
regalo más importante de mi vida: vosotros, y ha sido una madre maravillosa. En
muchos sentidos, a pesar de la tristeza que me inunda al pensar que tu madre y
y o y a no estaremos juntos, todavía creo que ha sido una bendición del Cielo el
hecho de haber estado casado con ella durante tanto tiempo.
Sé que quizás esta declaración no le parezca gran cosa, y seguramente no
bastará para que lo comprendas, pero quiero que sepas que todavía creo en el
amor. Y quiero que tú también creas en él. Mereces experimentarlo en tu vida,
y a que no hay nada más gratificante.
Espero que en tu corazón encuentres un espacio para perdonarme por
haberme marchado. No tiene que ser ahora, ni tampoco pronto. Pero quiero que
sepas una cosa: cuando finalmente estés lista para perdonarme, te estaré
esperando con los brazos abiertos en lo que será el día más feliz de mi vida.
Te quiero mucho,
Papá
—Siento como si debiera hacer más por él —se lamentó Ronnie.
Se hallaba sentada en el porche, delante del reverendo Harris. Su padre
estaba dentro durmiendo. El reverendo se había presentado con una cazuela de
lasaña que su esposa había preparado. Estaban a mediados de septiembre y el
calor todavía apretaba durante el día, aunque un par de días antes habían gozado
de un suave atardecer que anunciaba el otoño. Lamentablemente, sólo había
durado una noche; a la mañana siguiente, el sol amaneció implacable. Ronnie
salió a pasear por la play a, preguntándose si la noche anterior había sido
únicamente una ilusión.
—Estás haciendo todo lo que puedes —la reconfortó el reverendo—. No creo
que hay a nada más que puedas hacer.
—No me refiero a cuidar de él. De momento, tampoco es que me necesite
mucho. Sigue insistiendo en cocinar, y damos largos paseos por la playa. Ayer
incluso hicimos volar la cometa. De no ser por los efectos de la medicación para
paliar el dolor, que lo deja exhausto, está más o menos igual que antes de que
ingresara en el hospital. Sólo es que…
La mirada del reverendo Harris expresaba su comprensión.
—Quieres hacer algo especial. Algo que signifique mucho para él.
Ella asintió, contenta de que él estuviera allí. En las últimas semanas, el
reverendo Harris no sólo se había convertido en su amigo, sino que era la única
persona con la que podía hablar.
—Tengo fe en que Dios te mostrará la respuesta. Pero has de comprender
que, a veces, se necesita un poco de tiempo para reconocer lo que Dios quiere
que hagas. Suele pasar. La voz de Dios no acostumbra a ser nada más que un
susurro, y tienes que prestar atención para oírla. Sin embargo, otras veces, en las
ocasiones más inesperadas, la respuesta es obvia y repica tan fuerte como la
campana de una iglesia.
Ronnie sonrió, pensando que se había acostumbrado a la compañía del
reverendo y que le gustaban esas conversaciones.
—Parece que habla por experiencia propia.
—Yo también quiero mucho a tu padre. Y al igual que tú, también quería
hacer algo especial para él.
—¿Y Dios le contestó?
—Dios siempre responde.
—¿Fue un susurro o la campana de una iglesia?
Por primera vez en mucho tiempo, Ronnie divisó una señal de regocijo en sus
ojos.
—La campana de una iglesia, por supuesto. Dios sabe que me he ido
quedando un poco sordo en los últimos años.
—¿Y qué piensa hacer?
El reverendo irguió la espalda en la silla.
—Voy a colocar el vitral en la iglesia. La semana pasada se presentó un
benefactor inesperadamente, y no sólo se ofreció a pagar el resto de las
reparaciones por completo, sino que me mostró los esbozos con todos los pasos de
la reconstrucción. Mañana por la mañana reanudarán las obras.
A lo largo de los siguientes dos días, Ronnie estuvo atenta ante posibles
campanadas, pero lo único que oyó fue el graznido de las gaviotas. Cuando se
concentraba para escuchar susurros, no oía nada, absolutamente nada. En
realidad, no se sorprendió —el reverendo Harris tampoco había recibido la
respuesta en un abrir y cerrar de ojos—, pero esperaba que ésta llegara antes de
que fuera demasiado tarde.
Entre tanto, se dedicaba a continuar igual que había hecho hasta entonces.
Ay udaba a su padre cuando él precisaba ayuda, lo dejaba tranquilo cuando no la
necesitaba, e intentaba pasar tanto tiempo como podía con él. Aquel fin de
semana, y dado que su padre se sentía con más energía, decidieron ir de
excursión a Orton Plantation Gardens, cerca de Southport. No quedaba muy lejos
de Wilmington, y Ronnie nunca había estado antes allí. Cuando aparcaron en la
carretera de gravilla por la que se accedía a la mansión, construida en 1735, supo
instintivamente que iba a ser un día memorable. Era la clase de lugar que parecía
perdido en el tiempo. Las flores ya no estaban en su fase de esplendor, pero
mientras paseaban entre los imponentes robles con sus ramas más bajas caídas y
cubiertas de liquen, Ronnie pensó que nunca había visto nada tan hermoso.
Deambulando con paso tranquilo por debajo de los árboles, agarrada del
brazo de su padre, empezaron a conversar sobre el verano. Por primera vez,
Ronnie le habló de su relación con Will; le contó la primera vez que fueron a
pescar y las veces que habían ido a enlodarse, le describió su magnífica pirueta
desde el tejado de la choza y todo acerca del fiasco en la boda. Sin embargo, no
le contó nada acerca de lo que había pasado el día antes de que él se marchara a
Vanderbilt ni las cosas que ella le había dicho. Todavía no estaba preparada para
hacerlo; la herida seguía abierta. Y como siempre, cuando hablaban, su padre la
escuchó atentamente, prácticamente sin interrumpir, incluso cuando ella se iba
por las ramas. Le gustaba esa forma de ser de su padre. Mejor dicho, le
encantaba, y se preguntó en qué clase de chica se habría convertido si no hubiera
pasado aquel verano con él.
Después, fueron en coche hasta Southport y cenaron en uno de los pequeños
restaurantes con vistas al puerto. Sabía que su padre empezaba a acusar el
cansancio, pero la comida era deliciosa, y de postre compartieron un suculento
bollo caliente de chocolate.
Fue un día perfecto, la clase de día que sabía que nunca olvidaría. Pero
mientras se hallaba sola, sentada en el comedor, después de que su padre se
hubiera acostado, nuevamente empezó a pensar en que debía de haber algo más
que pudiera hacer por él.
La semana siguiente, la tercera de septiembre, Ronnie empezó a darse cuenta
del notable cambio en el estado de salud de su padre. Ahora no se despertaba
hasta media mañana y además dormía la siesta por la tarde. Aunque Steve se
había acostumbrado a dormir siestas, éstas empezaron a alargarse; además, se
acostaba temprano, al anochecer. Mientras Ronnie fregaba la cocina a falta de
nada más interesante que hacer, cayó en la cuenta de que, si sumaba todas las
horas, su padre se pasaba más de la mitad del día durmiendo.
A partir de aquel momento, su estado ya no dejó de empeorar. Cada día que
pasaba, Steve dormía un poco más. Y no comía bastante. Se limitaba a marear la
comida de un lado a otro del plato; después, cuando ella tiraba los restos a la
basura, constataba que sólo había probado uno o dos bocados. Steve empezó a
perder peso de un modo alarmante, y cada vez que Ronnie pestañeaba, tenía la
impresión de que su padre se había encogido más. Algunos días la aterraba el
pensamiento de que, tarde o temprano, no quedara nada de él.
Septiembre tocó a su fin. Por las mañanas, el olor salado del océano no resultaba
opresivo gracias al efecto de los vientos de las montañas en la parte más oriental
del estado. Todavía hacía calor; estaban en plena temporada de huracanes, pero
de momento la costa de Carolina del Norte se había librado del azote.
El día anterior, su padre se había pasado catorce horas durmiendo. Ronnie
sabía que él no podía remediarlo, que su cuerpo no le dejaba ninguna alternativa,
pero le dolía verlo pasar la may or parte del escaso tiempo que le quedaba
durmiendo. Cuando se despertaba, se mostraba mucho más silencioso, satisfecho
con la simple actividad de leer la Biblia o de pasear lentamente con ella en
silencio.
Más a menudo de lo que habría esperado, Ronnie empezó a pensar en Will.
Todavía llevaba la pulsera de macramé que le había regalado; cuando pasaba el
dedo por encima de la intrincada pauta, se preguntaba qué asignaturas estaría
estudiando y con quién estaría paseando por los jardines de la universidad
mientras iba de un edificio a otro. Sentía curiosidad por saber al lado de quién se
sentaba cuando comía en la cafetería y si pensaba en ella de vez en cuando,
antes de salir de fiesta los viernes o los sábados por la noche. En sus momentos
más bajos, incluso se preguntaba si habría conocido a alguna nueva chica.
—¿Quieres que hablemos de ello? —le preguntó un día su padre mientras
caminaban por la play a.
Se dirigían a la iglesia. Ahora que habían reanudado las tareas de
reconstrucción, los progresos eran notorios. Había un montón de trabajadores:
carpinteros, electricistas, ebanistas, estucadores… Por lo menos había cuarenta
furgonetas en la zona de las obras, y el hormigueo de gente que entraba y salía
del edificio era constante.
—¿Sobre qué? —preguntó ella, con cautela.
—Sobre Will —aclaró Steve—. Sobre la forma en que acabó vuestra
relación.
Ella lo miró con el semblante sorprendido.
—¿Cómo es posible que lo sepas?
Él se encogió de hombros.
—Porque sólo lo has mencionado de paso en las últimas semanas, y nunca
hablas con él por teléfono. No cuesta tanto deducir que algo pasó entre vosotros.
—Es complicado. —Ronnie intentó no ahondar en la cuestión.
Caminaron unos pocos pasos en silencio antes de que su padre volviera a
hablar.
—En mi modesta opinión, me parecía un muchacho excepcional.
Ronnie enredó su brazo con el de su padre.
—Sí, lo sé. Y y o también pensaba lo mismo.
En aquel preciso momento, llegaron a la iglesia. Ella podía ver a los
trabajadores cargados con pilas de tablones y latas de pintura, y como de
costumbre, sus ojos se posaron en el espacio vacío debajo de la torre del
campanario. Todavía no habían colocado el vitral —antes tenían que terminar la
mayor parte de las obras para evitar que las frágiles piezas de vidrio se
rompieran—, pero a su padre le seguía gustando pasearse por allí. Estaba
encantado con la nueva construcción, y no únicamente por el vitral. Hablaba todo
el rato de lo importante que aquella iglesia era para el reverendo Harris y sobre
cómo éste echaba de menos oficiar misa en el lugar que durante tanto tiempo
había considerado su segundo hogar.
El reverendo siempre estaba por allí; normalmente bajaba hasta la play a
para recibirlos cuando los veía llegar. Ronnie echó un vistazo a su alrededor y lo
vio de pie en el aparcamiento de gravilla. Estaba hablando con alguien al tiempo
que señalaba animadamente hacia el edificio. Incluso desde la distancia que los
separaba, pudo ver cómo sonreía ampliamente.
Ronnie estaba a punto de alzar la mano para saludar en un intento de captar su
atención cuando de repente reconoció al hombre con el que el reverendo estaba
hablando. La imagen le sorprendió. La última vez que lo había visto, ella estaba
muy alterada; la última vez que habían estado juntos, él ni siquiera se había
preocupado de despedirse de ella. Quizá Tom Blakelee simplemente pasaba por
allí en coche y se había detenido a charlar con el reverendo acerca de la
reconstrucción. Quizá sólo sentía curiosidad.
Durante el resto de la semana, buscó a Tom Blakelee cada vez que iba a la
iglesia, pero no volvió a verlo. En parte tenía que admitir que se sentía aliviada de
que sus mundos ya no confluyeran.
Después de sus paseos hasta la iglesia y de la siesta de su padre, normalmente
se ponían a leer juntos. Ronnie acabó Ana Karenina, cuatro meses después de que
hubiera empezado a leerlo. Tomó prestado Doctor Zhivago de la biblioteca
pública. Había algo en los escritores rusos que le atraía: la cualidad épica de sus
historias, quizá, la tragedia cruda y las pasiones amorosas con triste final
plasmadas con gran maestría en un inmenso lienzo; episodios que ahora le
parecían tan lejanos de su propia vida ordinaria.
Su padre seguía estudiando la Biblia, y a veces le leía algún pasaje o algún
verso en voz alta cuando ella se lo pedía. Algunos eran cortos y otros eran largos,
y casi todos parecían centrarse en el significado de la fe. No estaba segura del
motivo, pero a veces tenía la impresión de que, por el mero hecho de leerlos en
voz alta, lanzaban un poco de luz en algún matiz o significado que a él se le había
pasado por alto previamente.
Las cenas empezaron a convertirse en un acto sencillo. A principios de
octubre, Ronnie empezó a encargarse prácticamente siempre de cocinar, y Steve
aceptó aquel cambio con la misma facilidad con que había asumido cualquier
otro cambio a lo largo del verano. Se pasaban la may or parte del tiempo sentados
en la cocina, y se dedicaban a hablar plácidamente mientras ella hervía la pasta
o el arroz y freía un poco de pollo o un bistec en la sartén. Hacía muchos años
que Ronnie no cocinaba carne, y se sentía extraña por el hecho de animar a su
padre a comérsela después de ponerle el plato delante. Pero Steve había perdido
el apetito. Las comidas eran insípidas, pues cualquier clase de especia le irritaba
el estómago. Pero ella sabía que tenía que comer. A pesar de que su padre no
tenía una báscula en casa, ella podía ver cómo perdía más y más peso.
Una noche, después de cenar, finalmente le contó lo que había sucedido con
Will. Se lo contó todo: desde el incendio y sus intentos por encubrir a Scott, hasta
la pesadilla que habían tenido que soportar con Marcus. Su padre escuchaba con
gran atención mientras ella hablaba. Cuando al final él apartó a un lado el plato
que tenía delante, ella se fijó en que apenas había probado bocado.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto —dijo Ronnie—. Pregúntame lo que quieras.
—Cuando me dijiste que estabas enamorada de Will, ¿hablabas en serio?
Recordó que Megan le había formulado la misma cuestión.
—Sí.
—Entonces creo que has sido demasiado dura con él.
—Pero él estaba encubriendo un delito…
—Lo sé. Pero si lo piensas detenidamente, ahora tú estás en la misma
posición que estaba él. Sabes la verdad, igual que él lo sabía. Y no has dicho nada
a nadie, tampoco.
—Pero yo no lo hice…
—Él tampoco.
—¿Qué intentas decirme? ¿Qué debería explicárselo al reverendo Harris?
Steve sacudió la cabeza.
—No —contestó, sorprendiéndola con su respuesta—. No creo que debas
hacerlo.
—¿Por qué?
—Ronnie —empezó a decir él con dulzura—, hay más cosas en esta historia
de lo que se ve aparentemente.
—Pero…
—No digo que tenga razón. Soy el primero en admitir que me equivoco muy
a menudo. Pero si todo sucedió tal y como me lo has explicado, entonces quiero
que sepas una cosa: el reverendo Harris no desea saber la verdad. Porque si la
descubre, tendrá que hacer algo al respecto. Y te aseguro que él jamás querría
hacerle daño a Scott ni a su familia, especialmente si se trató de un accidente.
Simplemente no es de esa clase de hombres. Y otra cosa más. Y que conste que,
de todo lo que te he dicho, esto es la más importante.
—¿Qué?
—Tienes que aprender a perdonar.
Ronnie cruzó los brazos.
—Ya he perdonado a Will. Le he dejado mensajes…
Incluso antes de que pudiera acabar, su padre empezó a sacudir la cabeza.
—No estoy hablando de Will. Primero tienes que aprender a perdonarte a ti
misma.
Aquella noche, al final del montoncito de cartas que su padre había escrito,
Ronnie encontró otra, una que todavía no había abierto. Steve debía de haberla
añadido al rimero hacía poco, puesto que no llevaba sello ni matasellos.
No sabía si él quería que la abriera ahora o cuando él y a no estuviera con
ella. Supuso que debería de habérselo preguntado, pero no lo hizo. La verdad era
que no estaba segura de si quería leerla; el simple hecho de sostener el sobre
entre sus manos le provocaba escalofríos, porque sabía que era la última carta
que él le escribiría.
La enfermedad seguía su proceso. A pesar de que no se saltaban sus
actividades rutinarias —comer, leer y dar paseos por la playa—, su padre
tomaba cada vez más medicamentos para paliar el dolor. Había veces en que sus
ojos estaban acuosos y desenfocados, pero ella todavía tenía la desapacible
impresión de que la dosis no era lo bastante fuerte. De vez en cuando, lo veía
cerrar los ojos y apretar los párpados con fuerza mientras estaba sentado
leyendo en el sofá. Entonces se recostaba hacía atrás, y su cara era una máscara
de dolor. Cuando eso sucedía, él le agarraba la mano; pero a medida que los días
pasaban, Ronnie se dio cuenta de que aquel apretón de mano se debilitaba cada
vez más. Se le acababan las fuerzas; todo en él se acababa. Y pronto él también
se consumiría por completo.
Sabía que el reverendo Harris también se daba cuenta del bajón que había
experimentado su padre. En las últimas semanas, había pasado a visitarlos
prácticamente cada día, normalmente después de cenar. En la may oría de
aquellas ocasiones, el reverendo mantenía la chispa de la conversación; los ponía
al corriente de las tareas de reconstrucción o los deleitaba con anécdotas
divertidas sobre su mocedad, arrancando una sonrisa pasajera en la enjuta cara
de su padre. Pero había momentos en que parecía que a ambos no se les ocurría
nada que decirse. Disimular en aquellas circunstancias resultaba imposible, y
eran momentos en que la tristeza se instalaba de lleno en el comedor.
Cuando Ronnie tenía la impresión de que los dos querían estar un rato solos,
salía al porche e intentaba imaginar las cosas de las que estarían hablando. No
era difícil deducirlo, por supuesto: hablaban sobre la fe o sobre la familia, y quizá
sobre algunas cosas de las que se arrepentían, pero ella sabía que también
rezaban juntos. Una vez los había oído cuando entró para coger un vaso de agua:
en aquellos momentos tuvo la impresión de que la oración del reverendo Harris
parecía más una súplica. El reverendo parecía implorar fortaleza, como si su
propia vida dependiera de ello; mientras lo escuchaba, Ronnie entornó los ojos
para unirse a él en silencio con su propia oración.
A mediados de octubre, la temperatura cambió radicalmente durante tres
días, hasta tal punto que era necesario ponerse un jersey por las mañanas.
Después de meses de implacable calor, Ronnie disfrutó de la temperatura fresca,
pero aquellos tres días resultaron muy duros para su padre. A pesar de que de
todos modos salieron a pasear por la play a, él se movía incluso más despacio, y
sólo se detuvieron unos instantes fuera de la iglesia antes de dar media vuelta y
regresar a casa. Cuando llegó a la puerta, Steve estaba temblando. Una vez
dentro, ella le preparó un baño caliente, con la esperanza de que eso lo
reanimara, pero sintiendo las primeras estocadas de pánico ante las señales que
indicaban que la enfermedad avanzaba rápidamente.
Un viernes, una semana antes de Halloween, su padre insistió en que quería ir
a pescar al pequeño muelle donde Will la había llevado por primera vez. Pete, el
agente de Policía, les prestó unas cañas de pescar y una caja con todo lo
necesario. Aunque pareciera extraño, su padre nunca había pescado antes, así
que Ronnie tuvo que lanzar el sedal. Los primeros dos peces que mordieron el
anzuelo lograron escapar, pero finalmente consiguieron pescar un pececito
orondo de color rojo que aterrizó en el suelo del muelle. Era la misma clase de
pez que había pescado con Will. Al ver que el pez daba coletazos mientras Ronnie
intentaba soltarlo del anzuelo, súbitamente echó de menos a Will con una
intensidad dolorosa.
Cuando regresaron a casa después de pasar una apacible tarde en el muelle,
dos personas los aguardaban en el porche. Cuando Ronnie salió del coche,
reconoció a Blaze y a su madre. Blaze estaba sorprendentemente cambiada.
Llevaba el pelo bien peinado y recogido en una coleta, e iba vestida con unos
pantalones cortos de color blanco y una camisa de manga larga en unas
tonalidades aguamarinas. No llevaba joy as ni maquillaje.
Al ver a Blaze, Ronnie se acordó de algo en lo que había conseguido no
pensar debido a la preocupación por el estado de su padre: que antes de que se
acabara el mes, tendría que presentarse ante el juez. Se preguntó qué querían y
por qué estaban allí.
Se tomó su tiempo para ay udar a su padre a bajar del coche, ofreciéndole el
brazo como apoy o.
—¿Quiénes son? —murmuró su padre.
Ronnie se lo dijo, y él asintió. Mientras se acercaban, Blaze bajó del porche.
—Hola, Ronnie —la saludó, carraspeando con cierto nerviosismo. Pestañeó
ante el reflejo incómodo del sol en sus ojos—. He venido porque quería hablar
contigo.
Ronnie estaba sentada delante de Blaze en el comedor, con la vista fija en la otra
chica, que parecía estudiar el suelo. Sus padres se habían retirado a la cocina
para que pudieran hablar a solas.
—Siento muchísimo lo de tu padre —empezó a decir Blaze—. ¿Cómo está?
—Bien. —Ronnie se encogió de hombros—. ¿Y tú?
Blaze se tocó la parte frontal de la camisa.
—Siempre tendré cicatrices aquí —dijo, entonces señaló hacia los brazos y el
vientre—, y aquí. —Sonrió con tristeza—. Pero sé que tengo mucha suerte de
estar viva. —Se removió nerviosa en el asiento antes de mirar a Ronnie a los ojos
—. Quería darte las gracias por haberme llevado al hospital.
Ronnie asintió, todavía sin estar segura de adonde conducía aquella
conversación.
—De nada.
En el silencio, Blaze echó un vistazo al comedor. No sabía cómo proseguir.
Ronnie, que había aprendido de su padre, se limitó a esperar.
—Sé que tendría que haber pasado a verte antes, pero sé que has estado muy
ocupada.
—No pasa nada —dijo Ronnie—. Pero me alegro mucho de ver que estás
bien.
Blaze alzó la vista.
—¿De verdad?
—Sí —asintió Ronnie. Luego sonrió—. Aunque tengas toda la pinta de un
huevo de Pascua.
Blaze se estiró la camisa.
—Sí, lo sé. Parece extraño, ¿no? Mi madre me ha comprado un poco de ropa.
—Te queda bien. ¿Qué tal va la relación con tu madre? ¿Mejor?
Blaze la miró con el semblante arrepentido.
—Lo intento. Ahora vuelvo a vivir en casa, pero resulta duro. Cometí un
montón de estupideces. Con ella, con otras personas. Contigo.
Ronnie permaneció sentada sin moverse, con una expresión neutral.
—¿Por qué has venido, Blaze?
Ella retorció las manos; no podía ocultar su nerviosismo.
—He venido a pedirte perdón. Te hice una gran trastada. Y sé que no puedo
borrar el estrés que te he causado, pero quiero que sepas que esta mañana he
hablado con el fiscal del distrito. Le he contado que fui y o quien puso esos discos
en tu bolso porque estaba enfadada contigo, y he firmado una declaración jurada
en la que aseguro que tú no tenías ni idea de lo que pasaba. Probablemente te
llamarán hoy o mañana, pero el fiscal del distrito me ha prometido que retirarán
los cargos.
La confesión fue tan rápida que al principio Ronnie no estaba segura de si
había oído bien. Pero la mirada suplicante de Blaze bastó para confirmar todo lo
que necesitaba saber. Después de todos aquellos meses, de todos los innumerables
días y noches plagados de ansiedad, la pesadilla se había acabado súbitamente.
Ronnie estaba conmocionada.
—Lo siento mucho, de verdad —continuó Blaze con un hilito de voz—. Jamás
debí poner esas cosas en tu bolso.
Ronnie todavía estaba intentando digerir el hecho de que sus problemas con la
justicia se hubieran acabado. Estudió a Blaze, que ahora retorcía una hebra suelta
en el dobladillo de la camisa.
—¿Y qué pasará contigo? ¿Te denunciarán?
—No —respondió ella. Al contestar, levantó la cabeza, con la mandíbula
completamente rígida—. Tengo una información que les interesaba sobre otro
delito. Un delito más grave.
—¿Te refieres a lo que te sucedió en el muelle?
—No —contestó, y a Ronnie le pareció ver un destello duro y desafiante en
sus ojos—. Les conté lo del incendio en la iglesia y cómo empezó. —Blaze quería
estar segura de que Ronnie la escuchaba con toda su atención antes de continuar
—. Scott no provocó el incendio. Su cohete de botella no tuvo nada que ver con el
siniestro. Sí, es verdad que cay ó cerca de la iglesia, pero y a se había apagado.
Ronnie absorbió la información con un interés creciente. Por un momento, se
miraron fijamente; la tensión en el aire era palpable.
—Entonces, ¿cómo empezó?
Blaze se inclinó hacia delante y apoy ó los codos en las rodillas, sus antebrazos
se tensaron como si suplicaran clemencia por el esfuerzo.
—Estábamos de fiesta en la play a, Marcus, Teddy, Lance y y o. Un poco más
tarde, Scott apareció por allí, justo un poco más abajo de donde estábamos
nosotros. Hicimos como si no lo hubiéramos visto, y lo mismo hizo él, pero
podíamos ver que Scott encendía cohetes de botella. Will todavía estaba un poco
más abajo en la play a y Scott lanzó uno en su dirección, pero el viento lo desvió
y salió disparado hacia la iglesia. Will se asustó y se puso a correr hacia Scott. A
Marcus le pareció que la escena era muy cómica, y justo en el momento en que
el petardo cayó detrás de la iglesia, salió corriendo hacia la explanada de la
iglesia. Al principio yo no sabía lo que sucedía, ni siquiera después de seguirlo y
ver cómo prendía fuego a la maleza al lado del muro de la iglesia. Pero de
repente me di cuenta de que una parte del edificio estaba en llamas.
—¿Me estás diciendo que lo hizo Marcus? —Ronnie apenas podía hablar.
Ella asintió.
—Y fue él también quien provocó otros incendios. No me cabe la menor
duda. Le fascinaba el fuego. Supongo que siempre supe que estaba loco, pero
y o… —Se detuvo, como si se diera cuenta de que y a había estado en ese mismo
callejón sin salida muchas otras veces. Irguió la espalda antes de proseguir—.
Bueno, la cuestión es que he firmado que testificaré contra él.
Ronnie se echó hacia atrás en la silla, con una sensación de mareo, como si el
viento la hubiera derribado repentinamente. Recordó las cosas que le había dicho
a Will. De repente, fue consciente de que, si él hubiera hecho lo que le había
exigido, le habría destrozado la vida a Scott por nada.
Apenas podía contener las náuseas cuando Blaze continuó.
—De verdad, te pido perdón por todo. Y y a sé que puede que creas que estoy
loca, pero quiero que sepas que te consideré mi amiga hasta que fui una idiota y
lo eché todo a perder. —Por primera vez, la voz de Blaze se quebró—. Vales
mucho, Ronnie. Eres honesta y te portaste muy bien conmigo incluso cuando no
tenías ninguna razón para hacerlo. —Una lágrima se escapó de uno de sus ojos, y
se apresuró a secársela rápidamente—. Nunca olvidaré el día que me ofreciste tu
casa, incluso después de las cosas terribles que te había hecho. Me sentí tan…, tan
mal. Pero, no obstante, me sentí agradecida, ¿sabes? De que alguien todavía se
preocupara por mí.
Blaze hizo una pausa, intentando recuperar la compostura. Cuando consiguió
controlar las lágrimas que pujaban por escapársele de los ojos, tomó aire
lentamente y miró a Ronnie con una firme determinación.
—Así que y a sabes, si alguna vez necesitas algo, lo que sea, cuenta conmigo.
Haría cualquier cosa por ti, ¿sabes? Sé que no puedo reparar el daño que te he
causado, pero jamás olvidaré que me salvaste la vida. Lo que le ha pasado a tu
padre es tan injusto…, y a mí me gustaría hacer cualquier cosa con tal de
ayudarte.
Ronnie asintió.
—Y una última cosa —agregó Blaze—. No te pido que seamos amigas, pero
si alguna vez volvemos a vernos, llámame Galadriel, por favor. No soporto el
apodo de Blaze.
Ronnie sonrió.
—De acuerdo, Galadriel.
Tal y como Galadriel le había prometido, su abogada la llamó al día siguiente
para comunicarle que habían retirado los cargos contra ella por la acusación de
hurto.
Aquella noche, mientras su padre dormía en su cuarto, Ronnie encendió el
televisor para ver las noticias locales. No estaba segura de si saldría en la tele,
pero así fue: un espacio de treinta segundos justo antes de la previsión
meteorológica sobre « el arresto de un nuevo sospechoso en la investigación que
sigue abierta sobre el incendio de una iglesia en la localidad el año pasado» .
Cuando detallaron el historial delictivo de Marcus con una imagen suy a de fondo,
apagó la tele. Aquellos ojos fríos, letales, todavía lograban acobardarla.
Pensó en Will y en todo lo que él había hecho por proteger a Scott, por un
delito que al final se había descubierto que ni siquiera había cometido. Se
preguntó si realmente era tan terrible que la lealtad hacia su amigo le hubiera
nublado el juicio. Especialmente después del giro que había dado el caso. Ronnie
ya no estaba segura de nada. Se había equivocado en tantas cosas…, con su
padre, con Blaze, con su madre, incluso con Will. La vida era mucho más
complicada de lo que jamás habría imaginado una adolescente resentida de
Nueva York.
Sacudió la cabeza mientras deambulaba por la casa, apagando una a una
todas las luces. Aquella vida —un desfile de fiestas y cuchicheos de instituto y
riñas constantes con su madre— se le antojaba de otro mundo, una existencia que
sólo había soñado. Hoy sólo tenía la seguridad de unas pocas cosas: de los paseos
por la play a con su padre, del constante sonido de las olas en el océano, del olor
al invierno que se aproximaba.
Y del fruto del Espíritu Santo: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad,
fe, mansedumbre, templanza.
Halloween se marchó tal como había llegado. Su padre estaba más débil tras
cada día que pasaba.
Abandonaron los paseos por la play a cuando aquella actividad se volvió para
él un esfuerzo insostenible. Por las mañanas, cuando Ronnie le hacía la cama,
encontraba docenas de mechones de pelo en la almohada. Consciente de que la
enfermedad estaba acelerando su ritmo, decidió poner el colchón en la
habitación de su padre por si él necesitaba ay uda por las noches, y también para
estar tan cerca de él como fuera posible.
Steve tomaba ahora unas dosis de medicamentos tan grande para paliar el
dolor que su cuerpo no podía asimilarlos; sin embargo, no parecían suficientes.
Por la noche, mientras ella dormía en el suelo a su lado, él gemía por culpa del
dolor, unos gemidos sofocados que a Ronnie le partían el corazón. Tenía la
medicación justo al lado de su cama, y eso era lo primero que él buscaba al
levantarse. Ella se sentaba a su lado por las mañanas, sosteniéndolo, mientras a él
le temblaban los brazos y las piernas, hasta que la medicina surtía efecto.
Pero los efectos secundarios también hacían mella. Steve y a no se sostenía de
pie, y Ronnie tenía que ay udarlo a desplazarse, incluso para ir al otro extremo de
la habitación. A pesar de su pérdida de peso, a Ronnie le costaba mucho
sostenerlo para que no cay era al suelo cuando él se tambaleaba. Aunque Steve
jamás expresó con palabras su frustración, sus ojos denotaban su humillación,
como si crey era que le estaba fallando a su propia hija.
Ahora dormía un promedio de diecisiete horas diarias, y Ronnie se pasaba
prácticamente todos los días sola en casa, leyendo una y otra vez las cartas que él
le había enviado a Nueva York. Todavía no había leído la última carta que su
padre le había escrito —la idea le parecía aterradora—, pero a veces le gustaba
sostenerla entre los dedos, como si intentara reunir el suficiente coraje para
abrirla.
Llamaba a casa con más frecuencia, sobre todo a la hora en que Jonah había
regresado de la escuela o después de cenar. Su hermano parecía más conforme.
Cuando le preguntaba por su padre, a veces se sentía culpable de no decirle la
verdad. Pero no podía cargarle ese terrible peso encima. Cada vez que su padre
hablaba con él, intentaba utilizar el tono más animado que podía. Después, Steve
permanecía sentado en la silla al lado del teléfono, exhausto por el esfuerzo,
demasiado cansado incluso para moverse. Ella lo observaba en silencio, afligida
ante la certeza de que probablemente había algo más que podría hacer por él,
aunque no sabía el qué.
—¿Cuál es tu color favorito? —quiso saber Ronnie.
Estaban sentados a la mesa de la cocina, y Ronnie tenía una libreta abierta
delante de ella.
Steve esbozó una sonrisa incrédula.
—¿Eso es lo que querías preguntarme?
—No, ésta es sólo la primera pregunta. Tengo muchas más.
Steve asió la lata de Ensure que ella había colocado delante de él. Ya apenas
probaba alimentos sólidos. Lo observó mientras su padre tomaba un sorbo,
sabiendo que lo hacía para complacerla, no porque tuviera hambre.
—Verde —dijo.
Ronnie anotó la respuesta y pasó a la siguiente pregunta:
—¿Cuántos años tenías la primera vez que besaste a una chica?
—¿Lo dices en serio? —Esbozó una mueca incómoda.
—Por favor, papá. Es importante.
Él volvió a contestar, y ella anotó la respuesta. Llegaron hasta un cuarto de las
preguntas que ella había escrito, y a lo largo de la siguiente semana, Steve
contestó el resto. Ella anotaba las respuestas con esmero, no necesariamente con
las palabras literales que él utilizaba, pero sí con el deseo de plasmar suficientes
detalles como para poder recomponer las respuestas en el futuro. Era un
ejercicio divertido y a veces sorprendente, pero cuando llegaron al final, la
conclusión de Ronnie fue que su padre era prácticamente el mismo hombre que
ella había conocido durante aquel verano.
Aquello era bueno y malo a la vez. Bueno porque y a sospechaba que él sería
así, y malo porque eso no la dejaba más cerca de la respuesta que andaba
buscando.
La segunda semana de noviembre trajo las primeras lluvias de otoño, pero la
reconstrucción de la iglesia continuaba sin pausa. Es más, el ritmo de trabajo
pareció incrementarse. Su padre y a no la acompañaba; sin embargo, Ronnie
bajaba por la play a hasta la iglesia cada día para ver los progresos. Se había
convertido en parte de su rutina durante las horas tranquilas, cuando su padre
dormía la siesta. A pesar de que el reverendo Harris siempre la recibía con un
saludo, y a no bajaba a la playa a charlar con ella.
Al cabo de una semana, el vitral estaría colocado, y el reverendo Harris
tendría la seguridad de que había hecho algo por su padre que nadie más podía
hacer, algo que ella sabía que significaba tanto, tantísimo, para él. Se sentía feliz
por el logro del reverendo, a pesar de que seguía rezando en busca de una señal
que la guiara hacia su propio logro.
Un día gris de noviembre, su padre súbitamente insistió en que quería volver a ir
al muelle. Ronnie estaba inquieta por la distancia y el frío, pero él no cejaba en
su empeño. Le dijo que quería ver el océano desde el muelle. « Por última vez» ,
fueron las palabras que no necesitó pronunciar.
Se pusieron los abrigos. Ronnie incluso le puso una bufanda de lana alrededor
del cuello. El viento traía la primera dentellada del invierno, lo que hacía que la
sensación de frío se acentuara aún más. Ella insistió en conducir hasta el muelle
y aparcó el coche del reverendo Harris en el espacio vacío destinado a
aparcamiento, justo al lado del paseo entarimado.
Necesitaron un buen rato para llegar hasta la punta del muelle. Estaban solos,
bajo un cielo despejado de nubes; las olas, de un gris plomizo, eran visibles entre
las placas de cemento. Mientras avanzaban con paso lento, su padre mantenía el
brazo enredado en el de ella y se aferraba al tiempo que el viento azotaba sus
abrigos.
Cuando finalmente alcanzaron la punta del muelle, su padre apartó la mano
para buscar la barandilla y casi perdió el equilibrio. Bajo la luz plateada, sus
mejillas hundidas destacaban en un afilado relieve y sus ojos estaban un poco
vidriosos, pero Ronnie sabía que se sentía complacido.
El espectáculo del continuo movimiento de las olas que se abría ante él hasta
el horizonte pareció aportarle una sensación de serenidad. No había nada que ver
—ni barcas, ni marsopas, ni surfistas—, pero su expresión parecía relajada y
libre de dolor por primera vez en muchas semanas. Cerca de la orilla, las nubes
se comportaban como sí estuvieran vivas, plisándose y estirándose mientras el sol
invernal intentaba perforar sus masas gaseosas. Ronnie se quedó ensimismada
contemplando las nubes, con la misma cara de curiosidad que su padre,
preguntándose en qué estaría pensando él.
El viento empezaba a arreciar, y lo vio temblar. Por el modo en que mantenía
la vista fija en el horizonte, Ronnie podía adivinar que él quería quedarse. Tiró
con suavidad de su brazo, pero Steve sólo se aferró con más fuerza a la
barandilla.
Ella lo soltó y se quedó a su lado, inmóvil, hasta que él empezó a titiritar de
frío, finalmente listo para irse. Steve soltó la barandilla y permitió que ella lo
ay udara a darse la vuelta para, a continuación, iniciar la lenta marcha de regreso
al coche. De soslay o, Ronnie pudo ver que estaba sonriendo.
—Ha sido precioso, ¿verdad? —dijo ella.
Su padre dio unos pocos pasos antes de contestar.
—Sí. Pero lo que más me ha gustado ha sido poder compartir este momento
contigo.
Dos días más tarde, decidió leer la última carta. Prefería hacerlo antes de que él
y a no estuviera a su lado. No pensaba leerla aquella noche, pero se prometió a sí
misma que lo haría pronto. Ya era muy tarde, y aquel día con su padre había sido
el más duro de todos. Los medicamentos no parecían ayudarlo en absoluto. Las
lágrimas inundaban sus ojos vidriosos mientras los atroces espasmos de dolor
atormentaban su cuerpo. Ronnie le pidió que dejara que lo llevara al hospital,
pero él se negó.
—No —jadeó—. Todavía no.
—¿Cuándo? —preguntó ella desesperadamente, a punto de sucumbir a las
lágrimas.
Steve no contestó, sólo contuvo la respiración, esperando a que pasara el
dolor. Cuando finalmente éste cesó, su aspecto pareció súbitamente mucho más
debilitado, como si el esfuerzo hubiera barrido un poco más de la escasa vida que
le quedaba.
—Quiero que hagas una cosa por mí —le pidió él. Su voz era un susurro
rasgado.
Ronnie le besó la mano.
—Lo que quieras.
—Cuando me enteré del diagnóstico por primera vez, firmé una declaración
de voluntad, una orden de no reanimar. ¿Sabes qué es? —Escrutó la cara de su
hija—. Significa que no quiero que me apliquen ninguna medida extraordinaria
que pueda mantenerme con vida. Si voy al hospital, quiero decir.
Ronnie notó que se le encogía el estómago de miedo.
—¿Qué me intentas decir?
—Cuando llegue el momento, tendrás que permitir que me vaya.
—No —dijo ella, empezando a sacudir la cabeza—. No hables así.
La mirada de Steve era cariñosa pero insistente.
—Por favor —susurró—. Es lo que quiero. Cuando vay a al hospital, lleva esa
declaración. Está en el cajón superior del escritorio, en un sobre grande de color
marrón claro.
—No…, por favor, papá —sollozó ella—. No me obligues a eso. No puedo
hacerlo.
Él le sostuvo la mirada.
—¿Ni siquiera por mí?
Aquella noche, sus gemidos fueron interrumpidos por una respiración rápida
y fatigosa que la aterró. A pesar de que había prometido que haría lo que él le
pidiera, no estaba segura de poder hacerlo.
¿Cómo iba a decirles a los médicos que no hicieran nada? ¿Cómo iba a
dejarlo morir?
El lunes, el reverendo Harris los recogió y los llevó hasta la iglesia para que
fueran testigos de cómo instalaban el vitral. Como Steve estaba demasiado débil
para permanecer de pie, trajeron una silla de jardín con ellos. El reverendo
Harris la ay udó a sostener a su padre mientras lentamente se desplazaban por la
play a. Una multitud se había congregado allí; durante las siguientes horas,
presenciaron cómo los trabajadores colocaban cuidadosamente el vitral en su
sitio. Fue tan espectacular como Ronnie había imaginado que sería, y cuando
clavaron la última grapa en su sitio, la gente estalló en vítores de alegría. Ronnie
se giró para ver la reacción de su padre y vio que se había quedado dormido,
arropado entre las gruesas mantas con las que ella lo había abrigado.
Con la ay uda del reverendo Harris, lo llevó de vuelta a casa y lo metió en la
cama. Cuando se marchaba, el reverendo se giró hacia ella.
—Se le veía feliz —dijo, tanto para convencerse a sí mismo como para
convencerla a ella.
—Sí, sé que lo estaba —le aseguró Ronnie, al tiempo que le apretaba
cariñosamente el brazo—. Es justo lo que necesitaba.
Su padre se pasó el resto del día durmiendo. Mientras el mundo se quedaba a
oscuras al otro lado de la ventana, Ronnie supo que había llegado el momento de
leer la carta. Si no lo hacía ahora, quizá nunca hallaría el coraje suficiente.
La luz en la cocina era mortecina. Tras rasgar el sobre, desdobló la hoja
despacio. La letra era diferente de la de las cartas previas; y a no quedaba ningún
vestigio del estilo elegante y nítido de antaño. En su lugar había algo parecido a
unos garabatos. No quería ni imaginar el sobreesfuerzo que le habría llevado a su
padre escribir aquellas palabras, o cuánto tiempo le habría ocupado conseguirlo.
Aspiró hondo y empezó a leer.
Hola, cielo:
Me siento muy orgulloso de ti.
Sé que ya no te lo digo tan a menudo como solía. Y te lo digo ahora no porque
hayas elegido quedarte conmigo en estos momentos tan duros y delicados, sino
porque quiero que sepas que eres la persona tan especial que siempre soñé que
serías.
Gracias por quedarte. Sé que resulta duro para ti, seguramente mucho más
duro de lo que habías imaginado, y siento mucho las horas que inevitablemente
pasarás sola. Pero especialmente lo siento porque no siempre he sido el padre
que necesitabas que fuera. Sé que he cometido errores. ¡Me gustaría tanto poder
cambiar tantas cosas en mi vida! Supongo que eso es normal, teniendo en cuenta
mi estado, pero hay algo más que quiero que sepas.
A pesar de lo dura que sea la existencia y a pesar de todos mis pesares, ha
habido momentos en mi vida en los que me he sentido realmente afortunado. Me
sentí así el día en que naciste, y cuando te llevé al zoo de pequeña y vi tu cara de
estupor mientras mirabas las jirafas. Normalmente, esos momentos no suelen
durar mucho; vienen y se van como la brisa del océano. Pero a veces, se quedan
impresos en la mente para siempre.
Eso es lo que este verano ha sido para mí, y no sólo porque tú me hay as
perdonado. Este verano ha sido un regalo para mí porque he conseguido conocer
a la joven mujer en la que siempre supe que te convertirías.
Tal y como le dije a tu hermano, ha sido el mejor verano de mi vida; a
menudo, en esos días idílicos, me preguntaba cómo era posible que alguien como
y o pudiera ser tan afortunado de tener una hija tan maravillosa como tú.
Gracias por venir, Ronnie. Y gracias por cómo me has hecho sentir cada uno
de los días que hemos compartido.
Tú y Jonah habéis sido lo más grande en mi vida. Te quiero, Ronnie, y
siempre te he querido. Y nunca, nunca olvides que estoy, y siempre he estado,
orgulloso de ti. Ningún padre es tan afortunado como lo he sido y o.
Papá
El Día de Acción de Gracias pasó. A lo largo de la play a, la gente empezó a
poner los ornamentos de Navidad.
Su padre había perdido un tercio del peso de su cuerpo y se pasaba casi todo
el tiempo en la cama.
Ronnie tropezó con las hojas de papel una mañana, mientras estaba limpiando
la casa. Se habían caído del cajón de la mesita rinconera. Cuando las recogió,
sólo necesitó un momento para reconocer las notas musicales que su padre había
garabateado en la página.
Era la canción que había estado escribiendo, la canción que lo había oído
tocar aquella noche en la iglesia. Colocó las páginas encima de la mesa para
inspeccionarlas con más atención. Sus ojos saltaron por las series de notas
editadas, y de nuevo pensó que su padre había hecho un buen trabajo. Mientras
leía, en su cabeza podía escuchar los compases impetuosos de las primeras
líneas. Pero a medida que ojeaba la segunda y la tercera página, detectó que la
cadencia fallaba. A pesar de que los instintos iniciales de su padre habían sido
buenos, pensó que reconocía el punto de inflexión donde la composición
empezaba a decaer. Pescó un lápiz del cajón de la mesa y empezó a escribir sus
propias variaciones encima de la partitura, garabateando una rápida progresión
de acordes y tablaturas donde su padre lo había dejado.
Antes de que pudiera darse cuenta, habían pasado tres horas, y entonces oy ó
que su padre empezaba a moverse. Tras esconder las hojas de nuevo en el cajón,
se fue a la habitación, lista para enfrentarse a cualquier cosa que le deparase el
día.
Más tarde, al atardecer, cuando su padre volvió a quedarse medio dormido,
sacó las páginas, esta vez para trabajar hasta pasada la medianoche. Por la
mañana, se despertó animada y con ganas de mostrarle lo que había hecho. Pero
al entrar en la habitación, él no se movió, y a Ronnie se le heló la sangre al
constatar que apenas respiraba.
Con el corazón en un puño, llamó a la ambulancia, y se sintió desfallecer al
regresar de nuevo a la habitación. Se dijo a sí misma que no estaba lista, todavía
no le había enseñado la canción. Necesitaba otro día.
« Todavía no ha llegado la hora» .
Con manos temblorosas, abrió el cajón superior del escritorio y sacó el sobre
grande de color marrón claro.
En la cama del hospital, su padre parecía más pequeño que nunca. Su cara se
había contraído como una pasa, y su piel mostraba una palidez grisácea nada
natural. Su respiración era tan rápida y poco profunda como la de un bebé.
Ronnie cerró los ojos y apretó con fuerza los párpados, deseando no estar allí,
deseando estar en cualquier otro lugar salvo en aquella habitación.
—Todavía no, papá —susurró—. Dame un poco más de tiempo, por favor.
Al otro lado de la ventana del hospital, el cielo estaba nublado. Ya habían
caído prácticamente todas las hojas de los árboles, y las ramas nudosas y
desnudas le recordaban en cierta manera a unos huesos descarnados. El aire era
frío y nada se movía. Se presagiaba la tormenta.
El sobre reposaba en la repisa de la cabecera de la cama; a pesar de que le
había prometido que se lo entregaría al médico, todavía no lo había hecho. No
hasta que estuviera segura de que él no iba a despertarse más. No hasta que
estuviera segura de que y a nunca tendría la oportunidad de decirle adiós. No
hasta que estuviera segura de que no había nada más que ella pudiera hacer por
su padre.
Rezó con devoción, pidiendo un milagro, un pequeño milagro. Y como si Dios
la estuviera escuchando, el milagro sucedió veinte minutos más tarde.
Ronnie se había pasado casi toda la mañana sentada a su lado. Se había
acostumbrado tanto al sonido de su respiración y al continuo pitido del monitor de
su corazón que la más mínima alteración le parecía alarmante. Alzó la vista y vio
que su padre doblaba el brazo y abría los ojos como un par de naranjas. Steve
parpadeó varias veces seguidas para habituarse a la luz de los fluorescentes, y
ella instintivamente le cogió la mano.
—¿Papá? —a pesar de su pesimismo, se sintió invadida por un ray o de
esperanza; imaginó que él se incorporaría lentamente hasta quedarse sentado.
Pero no lo hizo. Ni siquiera parecía oírla. Cuando giró la cabeza con un
enorme esfuerzo para mirarla, ella vio la oscuridad en sus ojos, algo que no había
visto nunca. Pero entonces él parpadeó y lo oy ó suspirar.
—Hola, cielo —susurró Steve con voz ronca.
El fluido en sus pulmones hacía que al hablar sonara como si se estuviera
ahogando. Ronnie esbozó una sonrisa forzada.
—¿Cómo te encuentras?
—No muy bien. —Steve hizo una pausa, como si pretendiera reunir un poco
de fuerzas para continuar—. ¿Dónde estoy ?
—En el hospital. Te hemos traído esta mañana. Sé que tienes la declaración
de voluntad, pero…
Cuando él volvió a parpadear pesadamente, Ronnie pensó que quizás él se
sentiría más cómodo con los ojos cerrados. Pero al cabo de unos segundos, los
volvió a abrir.
—No te preocupes. Lo comprendo —susurró.
La indulgencia en su voz le rasgó el corazón.
—Por favor, no te enfades conmigo.
—No estoy enfadado.
Ella lo besó en la mejilla e intentó abrazar su figura consumida. Notó su
mano, que débilmente le acariciaba la espalda.
—¿Estás… bien? —le preguntó él.
—No —admitió ella, notando la presión de las lágrimas en los ojos—. No
estoy nada bien.
—Lo siento. —Steve respiró con dificultad.
—No, no digas eso —dijo ella, que procuró no perder la calma, deseando no
desmoronarse en aquel momento—. Soy y o la que lo siento. Nunca debería de
haber dejado de hablarte. Quería tan desesperadamente que todo volviera a ser
como antes…
Steve le dispensó una sonrisa marchita.
—¿Te he dicho alguna vez que creo que eres muy guapa?
—Sí —dijo ella, conteniendo las lágrimas—. Sí que me lo has dicho.
—Bueno, pues esta vez lo digo de todo corazón.
Ella se rió con tristeza a través de sus propias lágrimas.
—Gracias. —Se inclinó hacia delante y le besó la mano.
—¿Recuerdas cuando eras pequeña? —le preguntó, súbitamente con un
semblante muy serio—. Solías quedarte mirándome durante horas mientras
tocaba el piano. Un día, te encontré sentada delante del teclado, tocando una
melodía que habías aprendido sólo de oírmela tocar. Sólo tenías cuatro años.
Siempre has tenido tanto talento…
—Lo recuerdo.
—Quiero que sepas una cosa —le dijo su padre, agarrándole la mano con una
fuerza que la sorprendió—: Por más lejos que llegaste tocando el piano, la
música jamás me importó la mitad de lo que me importaste tú, mi hija…, quiero
que lo sepas.
Ella asintió.
—Te creo. Y y o también te quiero, papá.
Steve inspiró lentamente, sin apartar los ojos de su hija.
—Entonces, ¿me llevarás de vuelta a casa?
Las palabras la abordaron con todo su peso, inevitables y directas. Ella miró
el sobre, consciente de lo que le estaba pidiendo y de lo que necesitaba que ella le
contestara. Y en aquel instante, Ronnie recordó cada detalle de los últimos meses.
Las imágenes se precipitaron en su mente, una tras otra. Sólo se detuvieron
cuando lo vio sentado en la iglesia delante del teclado, bajo aquel espacio vacío
donde finalmente colocarían el vitral.
Y fue entonces cuando supo lo que su corazón le había estado pidiendo que
hiciera todo el tiempo.
—Sí —respondió—. Te llevaré a casa. Pero y o también necesito que tú hagas
algo por mí.
Su padre tragó saliva. Pareció necesitar toda la fuerza que le quedaba para
contestar:
—No estoy seguro de que pueda complacerte, de que pueda hacerlo.
Ella sonrió y cogió el sobre.
—¿Ni siquiera por mí?
El reverendo Harris le prestó el coche. Ronnie conducía tan veloz como
podía. Con el teléfono móvil pegado a la oreja, realizó la llamada mientras
cambiaba de carril. Rápidamente explicó lo que sucedía y lo que necesitaba;
Galadriel le ofreció su ay uda inmediatamente. Conducía como si pensara que la
vida de su padre dependía de ello, acelerando ante cada semáforo en ámbar.
Galadriel estaba esperándola en la casa cuando llegó. A su lado, en el porche,
había dos alzaprimas, que la chica alzó cuando Ronnie se acercó.
—¿Lista? —le preguntó Galadriel.
Ronnie apenas asintió con la cabeza, y las dos juntas entraron en la casa.
Gracias a la ay uda de Galadriel, tardaron menos de una hora en desmantelar
el trabajo de su padre. A Ronnie no le importaba el desbarajuste que habían
montado en el comedor; lo único en lo que pensaba era en el poco tiempo que le
quedaba a su padre y lo que todavía necesitaba hacer por él. Cuando la última
plancha de madera contrachapada cedió, Galadriel se giró hacia ella, sudando y
jadeando.
—Ve a buscar a tu padre. Yo limpiaré todo este desorden. Y te ay udaré a
traerlo hasta aquí cuando entréis.
Ronnie condujo incluso más rápido en su camino de vuelta al hospital. Antes
de abandonar la clínica, había hablado con el médico de su padre y le había
explicado lo que planeaba hacer. Con la ay uda de una enfermera, rellenó todos
los formularios que el hospital requería; cuando llamó al hospital desde el coche,
preguntó por la misma enfermera y le pidió que tuviera a su padre preparado en
la planta baja en una silla de ruedas.
Los neumáticos del coche chirriaron cuando entró en el aparcamiento del
hospital. Siguió el carril hasta la entrada a Urgencias e inmediatamente avistó a la
enfermera, que no había faltado a su palabra.
Ronnie y la enfermera ay udaron a su padre a montarse en el coche; en
cuestión de minutos, Ronnie volvía a estar de vuelta en la carretera. Su padre
parecía más alerta que lo que había estado en la habitación del hospital, pero ella
sabía que su estado podría cambiar en cualquier momento. Necesitaba llevarlo a
casa antes de que fuera demasiado tarde. Mientras conducía por las calles de una
localidad a la que había llegado a considerar, aunque fuera eventualmente, su
propio pueblo, sintió un ataque de miedo y de esperanza. Todo parecía tan simple,
tan claro ahora. Cuando llegó a casa, Galadriel la estaba esperando. Su amiga
había arrastrado el sofá hasta la posición conveniente, y juntas ay udaron a su
padre a reclinarse en él.
A pesar de su estado, poco a poco Steve pareció comprender lo que Ronnie
había hecho. De una forma gradual, ella pudo ver cómo su mueca de sorpresa se
trocaba en una clara expresión de ilusión. Mientras Steve contemplaba el piano
expuesto en la salita, supo que había hecho lo correcto. Inclinándose hacia
delante, lo besó en la mejilla.
—He acabado tu canción —anunció—. Nuestra última canción. Y quiero
tocarla para ti.

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