33 y 34
33
Ronnie
—¿De verdad has acabado el vitral?
Ronnie observó a su padre mientras éste hablaba con Jonah en la habitación
del hospital, pensando que tenía mejor aspecto. Todavía parecía cansado, pero
sus mejillas habían recobrado un poco de color, y se movía por la estancia con
mucha más facilidad.
—Es alucinante, papá —dijo Jonah—. Me muero de ganas de que lo veas.
—Pero todavía quedarán algunas piezas por acabar.
—Ronnie y Will me ay udaron un poco —admitió Jonah.
—¿De veras?
—Tuve que enseñarles cómo hacerlo. No sabían nada de nada. Pero no te
preocupes, fui paciente incluso cuando se equivocaban.
Su padre sonrió.
—Me alegra oírlo.
—Sí, creo que soy un buen maestro.
—Seguro que sí.
Jonah arrugó la nariz.
—Huele un poco raro, aquí, ¿no?
—Sí, un poco.
Jonah asintió.
—Eso pensaba yo. —Señaló hacia la tele—. ¿Has visto alguna película?
Su padre sacudió la cabeza.
—No muchas.
—¿Para qué sirve eso?
Su padre desvió la vista hasta la bolsa de suero intravenoso.
—Ah, es para administrarme medicamentos.
—¿Y con eso te pondrás bien?
—Ya me siento mucho mejor.
—Entonces, ¿cuándo volverás a casa?
—Muy pronto.
—¿Hoy?
—Quizá mañana. Pero ¿sabes lo que me encantaría precisamente ahora?
—¿Qué?
—Beber algo. ¿Te acuerdas de dónde está la cafetería? ¿En la planta baja, en
la esquina del vestíbulo?
—Sé donde está. No soy tan pequeño. ¿Qué quieres que te traiga?
—Una lata de Sprite o de Seven Up.
—Pero no tengo dinero.
Cuando su padre miró a Ronnie, ella lo interpretó como una señal para que
buscara en su bolsillo trasero de los pantalones vaqueros.
—Yo sí que tengo algo —dijo ella. Sacó un billete de un dólar y se lo entregó
a Jonah mientras éste se dirigía hacia la puerta.
Tan pronto como se hubo marchado, notó que su padre la miraba fijamente.
—La abogada ha venido a verme esta mañana. Han retrasado tu juicio hasta
finales de octubre.
Ronnie desvió la vista hacia la ventana.
—En estos momentos no puedo pensar en ese tema.
—Lo siento —suspiró Steve. Se quedó un momento callado, y ella notó que la
miraba fijamente—. ¿Cómo se lo ha tomado Jonah?
Ronnie se encogió de hombros.
—Está perdido, confuso, asustado; no comprende qué es lo que sucede
realmente.
« Como yo» , le habría gustado confesar.
Su padre le hizo una señal para que se acercara. Ronnie se sentó en la silla
que Jonah había ocupado unos instantes antes. Steve le cogió la mano y se la
apretó tiernamente.
—Siento mucho no haber tenido la fuerza necesaria para no acabar en el
hospital. Nunca quise que me vierais así.
Ella empezó a sacudir lentamente la cabeza.
—Ni se te ocurra volver a disculparte por eso.
—Pero…
—No hay peros que valgan, ¿vale? Necesitaba saberlo. Me alegro de saberlo.
Él pareció aceptar su argumento. Pero entonces la tomó por sorpresa.
—¿Quieres hablar de lo que ha pasado con Will?
—¿Qué te hace pensar que ha pasado algo? —le preguntó ella.
—Te conozco. Sé cuando hay algo que te preocupa. Y sé lo mucho que él
significa para ti.
Ronnie irguió la espalda. No quería mentirle.
—Se ha ido a su casa a hacer el equipaje.
Ella podía notar cómo su padre la estudiaba.
—¿Alguna vez te he contado que mi padre era jugador de póquer?
—Sí, ¿por qué? ¿Quieres jugar al póquer?
—No. Simplemente lo digo porque sé que hay algo más sobre Will que no me
estás contando, pero si no quieres hablar de ello, no pasa nada.
Ronnie titubeó. Sabía que él se mostraría comprensivo, pero todavía no se
sentía preparada para afrontar aquella cuestión.
—Es lo que te he dicho: se está preparando para marcharse —concluy ó.
Steve asintió con la cabeza y decidió zanjar el tema.
—Pareces cansada. Deberías irte a casa y descansar.
—Lo haré. Pero antes quiero quedarme un rato aquí contigo.
Steve cubrió las manos de su hija con las suyas.
—Muy bien.
Ronnie fijó los ojos en la bolsa de suero intravenoso que había llamado la
atención de Jonah previamente. Pero a diferencia de su hermano, ella sabía que
no existía ninguna medicina capaz de curar a su padre.
—¿Aún sientes dolor? —quiso saber.
Steve hizo una pausa antes de contestar.
—No, no mucho.
—Pero ¿te dolía?
Su padre empezó a sacudir la cabeza.
—Cielo…
—Quiero saber la verdad. ¿Te dolía antes de venir aquí? Dime la verdad,
¿vale?
Él se rascó el pecho antes de contestar.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—No sé a qué te refieres…
—Quiero saber cuándo empezó el dolor —le exigió Ronnie, apoyándose en la
barandilla de la cama y obligándolo a mirarla a los ojos.
Nuevamente, Steve sacudió la cabeza.
—Eso no importa. Ahora me siento mucho mejor. Y los médicos saben lo que
tienen que hacer para ayudarme.
—Por favor —le suplicó ella—. ¿Cuándo empezó el dolor?
Steve bajó la vista hasta sus manos, entrelazadas tensamente sobre la cama.
—No lo sé. ¿En marzo? ¿En abril? Pero no me dolía cada día…
—Cuando notabas el dolor, ¿qué hacías? —continuó ella, con la determinación
de averiguar la verdad.
—Antes el dolor no era tan fuerte —contestó.
—Ya, pero te dolía, ¿no?
—Sí.
—¿Qué hacías?
—No lo sé. Supongo que intentaba no pensar en ello, me concentraba en otras
cosas.
Ronnie podía notar la tensión en sus hombros, odiando lo que seguramente él
le iba a decir, poro con la necesidad de saberlo:
—¿En qué te concentrabas?
Su padre alisó una arruga en la sábana con la mano libre.
—¿Por qué es tan importante para ti?
—Porque quiero saber si te concentrabas en otras cosas aparte de tocar el
piano.
Tan pronto como lo dijo, Ronnie supo que no se equivocaba.
—Vi cómo tocabas el piano aquella noche en la iglesia, la noche que sufriste
el ataque de tos. Y Jonah dijo que habías empezado a ir a la iglesia tan pronto
como llevaron el piano.
—Cariño…
—¿Recuerdas cuando dijiste que tocar el piano hacía que te sintieras mejor?
Su padre asintió. Podía adivinar lo que se avecinaba, y ella estaba segura de
que él no querría contestar. Pero tenía que saberlo.
—¿Te referías a que no sentías tanto el dolor? Y por favor, dime la verdad.
Sabré si mientes. —Ronnie no pensaba dar el brazo a torcer, esta vez no.
Steve entornó los ojos, luego los abrió para mirarla.
—Sí.
—Y sin embargo, ¿erigiste la pared alrededor del piano?
—Sí —volvió a repetir.
Ronnie notó que su frágil compostura se desmoronaba. Su mandíbula empezó
a temblar mientras bajaba la cabeza hacia el pecho de su padre.
Steve le acarició el pelo.
—No llores. Por favor, no llores…
Pero Ronnie no podía parar. Los recuerdos de cómo había actuado con su
padre al principio y la constatación de cómo había contribuido a fulminar las
pocas energías que le quedaban con sus berrinches…
—Papá…
—No, hija mía… Por favor, no llores. De verdad, al principio el dolor no era
tan intenso. Pensé que podría soportarlo, y creo que lo conseguí. No ha sido hasta
esta última semana, más o menos…
Steve puso un dedo en su mandíbula, obligándola a levantar la cara y a
mirarlo a los ojos, pero lo que Ronnie vio reflejado en los ojos de su padre casi le
partió el corazón, y tuvo que apartar la vista.
—De verdad, era soportable —le repitió, y por el tono de su voz ella supo a
qué se refería—. Sí, dolía, pero no era lo único en lo que pensaba, porque tenía
otras válvulas de escape. Como, por ejemplo, trabajar en el vitral con Jonah, o
simplemente disfrutar de la clase de verano que había soñado cuando le pedí a tu
madre que os dejara venir conmigo.
Sus palabras la machacaron; su indulgencia era mucho más de lo que ella
podía soportar.
—Lo siento mucho, papá…
—Mírame —le pidió él.
Pero Ronnie no podía. Sólo lograba pensar en la necesidad de su padre de
tocar el piano, algo que ella le había obligado a abandonar. Porque sólo había
pensado en sí misma. Porque había querido hacerle daño. Porque había sido
mezquina.
—Mírame —volvió a pedirle. Su voz era suave pero insistente.
A duras penas, consiguió alzar la cabeza.
—He pasado el verano más maravilloso de mi vida —susurró—. He tenido la
oportunidad de ver cómo salvabas a aquellas tortugas, y también de ver cómo te
enamorabas, aunque ese sentimiento no dure para siempre. Y lo mejor de todo,
he tenido la oportunidad de conocerte en esta etapa de tu vida, como una joven
mujer, y no como una niña. Y no puedo expresar con palabras la felicidad que
todo eso me ha proporcionado. Eso es lo que me ha mantenido con ganas de vivir
todo el verano.
Ronnie sabía que sus palabras eran sinceras, por lo que aún se sintió peor.
Estaba a punto de decir algo cuando Jonah entró corriendo por la puerta.
—¡Mira a quién me acabo de encontrar! —exclamó, señalando con la lata de
Sprite.
Ronnie alzó la vista y vio a su madre, de pie junto a Jonah.
—Hola, cielo —le dijo.
Ronnie se giró hacia su padre. Él se encogió de hombros.
—Tenía que llamarla —se defendió.
—¿Qué tal estás, Steve? —le preguntó Kim.
—Estoy bien.
Su ex mujer interpretó la respuesta como una invitación para entrar en la
habitación.
—Creo que todos necesitamos hablar —anunció ella.
A la mañana siguiente, Ronnie había tomado una decisión y estaba esperando en
su habitación cuando entró su madre.
—¿Has acabado de hacer la maleta?
Miró a su madre con ojos sosegados, pero con una firme determinación.
—No pienso regresar contigo a Nueva York.
Kim puso los brazos en jarras.
—Creía que y a habíamos hablado de eso.
—No —respondió Ronnie con un tono tranquilo—. Tú habías hablado, yo no.
Pero no me marcharé contigo.
Su madre ignoró su comentario.
—No seas ridícula. Por supuesto que nos iremos juntas.
—Te digo que no pienso irme a Nueva York. —Ronnie se cruzó de brazos,
pero no alzó la voz.
—Ronnie…
Ella sacudió la cabeza, consciente de que jamás había hablado más en serio
en su vida.
—Me quedo, y no pienso discutir contigo por esa cuestión. Ahora tengo
dieciocho años y no puedes obligarme a irme contigo. Soy una persona adulta y
puedo hacer lo que quiera.
Mientras asimilaba las palabras de Ronnie, Kim empezó a balancearse con
porte nervioso, apoy ando todo el peso del cuerpo primero en un pie y después en
el otro.
—No te…, no te corresponde esta responsabilidad —dijo finalmente,
señalando hacia el comedor, intentando mostrarse razonable.
Ronnie dio un paso hacia ella.
—¿Ah, no? Entonces, ¿a quién le corresponde? ¿Quién se ocupará de él?
—Tu padre y yo hemos hablado de…
—¿Te refieres al reverendo Harris? —la interrumpió Ronnie—. Sí, claro,
como si él pudiera hacerse cargo de papá si se cae al suelo o empieza a vomitar
sangre de nuevo. El reverendo Harris no puede, físicamente no puede.
—Ronnie… —empezó a decir su madre.
La chica alzó los brazos con frustración, pero decidida a no desistir en su
empeño.
—Mira, sólo porque tú todavía estés enfadada con él no significa que yo
también tenga que estarlo, ¿vale? Sé lo que hizo y siento mucho que te hiciera
daño, pero se trata de mi padre. Está enfermo y necesita mi ayuda, y pienso
quedarme aquí con él. No me importa si tuvo una aventura amorosa, no me
importa si nos abandonó. Pero me importa él.
Por primera vez, su madre pareció realmente impresionada. Cuando volvió a
hablar, su voz era suave.
—¿Qué es exactamente lo que tu padre te ha contado?
Ronnie iba a protestar, aquello no importaba, pero algo la detuvo. La
expresión de su madre era tan extraña, casi como de… culpabilidad. Como si…,
como si…
Se quedó mirando a su madre, anticipándose a la puñalada, antes de
preguntar:
—No fue papá quien tuvo la aventura amorosa, ¿verdad? —declaró
lentamente—. Fuiste tú.
Su madre no cambió de postura, pero parecía más abatida. Esa verdad golpeó
a Ronnie con una fuerza casi física.
Era su madre la que había tenido una aventura amorosa, y no su padre. Y…
De repente, mientras todo el puzle encajaba, le pareció que el aire en la
habitación se había enrarecido.
—Por eso él se marchó, ¿no es cierto? Porque lo descubrió. Pero tú has
permitido durante todo este tiempo que y o creyera que la culpa fue suy a, que
nos abandonó sin ninguna razón. Fingiste que era él, cuando en realidad fuiste tú.
¿Cómo pudiste hacerlo? —Ronnie apenas podía respirar.
Su madre parecía incapaz de hablar. ¿Conocía realmente a su madre?
—¿Fue con Brian? —le exigió súbitamente—. ¿Le pusiste los cuernos a papá
con Brian?
Su madre permaneció en silencio, y nuevamente Ronnie supo que había
acertado.
Había permitido que creyera que su padre los había abandonado sin motivos.
« Y me he pasado tres años sin hablarle a causa de eso…» .
—¿Sabes qué? —espetó Ronnie—. No me importa. No me importa lo que
sucedió entre vosotros dos, no me importa lo que sucedió en el pasado. Pero no
pienso irme y abandonar a mi padre, y no puedes obligarme a…
—¿Quién no se va? —las interrumpió Jonah. Acababa de entrar en la
habitación con un vaso de leche en la mano. Empezó a mirar primero a su madre
y luego a su hermana. Ronnie podía detectar el pánico en su voz—. ¿Te vas a
quedar aquí? —le preguntó él.
Necesitó un momento para contestar, mientras luchaba por controlar el
sentimiento de rabia que se había apoderado de ella.
—Sí —asintió, esperando que su voz no delatara su estado alterado—. Me
quedo.
Jonah puso el vaso de leche sobre la cómoda.
—Entonces yo también me quedo —anunció.
De repente, su madre pareció incluso más abatida, y a pesar de que Ronnie
todavía podía notar la rabia que bullía en su interior, de ninguna manera iba a
permitir que su hermano presenciara la muerte de su padre. Atravesó la
habitación y se inclinó hacia él.
—Sé que quieres quedarte, pero no puedes —le habló con suavidad.
—¿Por qué no? Tú te quedas.
—Pero yo no tengo que ir a la escuela.
—¿Y qué? Puedo ir al cole aquí. Papá y y o ya habíamos hablado de eso.
Su madre se les acercó.
—Jonah…
De repente, el niño retrocedió unos pasos. Ronnie pudo detectar el pánico que
surgía de su voz cuando él se dio cuenta de que estaba en minoría.
—¡Me importa un bledo la escuela! ¡No es justo! ¡Quiero quedarme aquí!
34
Steve
Él quería darle una sorpresa. Por lo menos, ésa había sido su intención.
Había dado un concierto en Albany; su próxima actuación estaba
programada para Richmond dos días más tarde. Normalmente, nunca pasaba por
casa cuando estaba de gira; era más fácil mantener una especie de ritmo
mientras viajaba de ciudad en ciudad. Pero puesto que disponía de un poco de
tiempo libre y no había visto a su familia desde hacía dos semanas, tomó un tren
y llegó a la ciudad justo al mediodía, cuando un batallón de gente salía de las
impresionantes moles de edificios de oficinas en busca de algo para comer.
La vio por pura casualidad. Incluso ahora pensaba que las probabilidades eran
demasiado remotas como para darse. Aquélla era una ciudad de millones de
habitantes. Estaba cerca de Penn Station y pasaba por delante de un restaurante
lleno a rebosar.
Lo primero que pensó al verla fue que aquella mujer se parecía muchísimo a
su esposa. Estaba sentada en una mesita arrinconada contra la pared, frente a un
hombre con el pelo cano que parecía unos pocos años mayor que ella. La mujer
iba vestida con una falda negra y una blusa de seda roja, y estaba pasando un
dedo por el borde de la copa de vino. Steve se fijó en todos los detalles antes de
constatar que no se equivocaba. Era Kim, y estaba almorzando con un hombre al
que nunca había visto antes. A través de la ventana, la vio reír, y con una
abrumadora opresión en el pecho, se dijo que ya había visto antes esa actitud.
Era la misma risa de muchos años atrás, cuando las cosas iban mejor entre los
dos. Ella se levantó de la mesa. Steve se fijó en que el desconocido también se
levantó y puso la mano en la parte baja de la espalda de Kim, de una forma
tierna, casi familiar, como si lo hubiera hecho cientos de veces antes. Pensó que
probablemente a ella le gustaba esa muestra de afecto, y vio que el sujeto besaba
a su esposa en los labios.
No estaba seguro de cómo debía reaccionar, pero ahora, mirando hacia atrás,
no podía recordar qué era lo que había sentido. Era consciente de que se habían
distanciado, sabía que habían discutido más de la cuenta, y suponía que muchos
hombres en su lugar habrían entrado en el restaurante y se habrían enfrentado
directamente a la situación. Quizás incluso habrían montado una escena. Pero él
no era como la mayoría de los hombres. Así que se pasó la pequeña maleta que
había preparado la noche anterior de una mano a la otra, dio media vuelta y
volvió a recorrer a pie el camino de regreso a Penn Station.
Dos horas más tarde, tomó un tren y llegó a Richmond al atardecer. Como
siempre, cogió el teléfono para llamar a su esposa, y ella contestó al segundo
timbre. Steve podía oír la televisión de fondo y ella lo saludó con desgana.
—¡Ah! Ya has llegado. Me preguntaba si llamarías.
Mientras él permanecía sentado en la cama, recordó la mano del
desconocido en la espalda de Kim.
—Acabo de llegar —dijo.
—¿Y qué tal? ¿Ha ido todo bien? ¿Alguna noticia interesante?
Steve estaba en un hotel barato; el edredón de la cama tenía las puntas
deshilachadas. El aparato del aire acondicionado debajo de la ventana vibraba y
movía levemente las cortinas. Podía ver un dedo de polvo encima del televisor.
—No —contestó—. Nada interesante.
En la habitación del hospital, evocó aquellas imágenes con una nitidez que lo
sorprendió. Supuso que era porque sabía que Kim llegaría pronto, junto con
Ronnie y Jonah.
Ronnie lo había llamado un poco antes para comunicarle que no pensaba
regresar a Nueva York. Él sabía que no iba a ser fácil. Recordaba cómo su padre
se había ido consumiendo hasta convertirse en una figurita de porcelana al final,
y no quería que su hija lo viera en aquel estado. Pero ella había tomado una
determinación. Sabía que no podría convencerla para que cambiase de idea. Eso
le asustaba.
Todo lo que estaba pasando le asustaba.
Se había pasado las dos últimas semanas rezando con regularidad. O, por lo
menos, el reverendo Harris lo había descrito así un día. No juntaba las manos ni
inclinaba la cabeza; no pedía una cura milagrosa. Sin embargo, compartía con
Dios sus preocupaciones por sus hijos.
Pensó que seguramente no era muy diferente a la mayoría de los padres en
la forma en que se preocupaba por sus hijos. Ronnie y Jonah todavía eran muy
jóvenes, ambos tenían toda una vida por delante, y se preguntó cómo les irían las
cosas en el futuro. No anhelaba nada espectacular: le preguntó a Dios si creía que
serían felices, o si seguirían viviendo en Nueva York, o si algún día se casarían y
tendrían hijos. Lo básico, nada más; pero fue entonces, en aquel momento,
cuando finalmente comprendió lo que el reverendo Harris había querido decir
cuando afirmaba que paseaba y hablaba con Dios.
Sin embargo, a diferencia del reverendo, todavía le faltaba escuchar las
respuestas en su corazón o experimentar la presencia de Dios en su vida, y sabía
que no le quedaba demasiado tiempo.
Echó un vistazo al reloj. El avión de Kim despegaría al cabo de menos de tres
horas. Ella pensaba marcharse directamente al aeropuerto desde el hospital, con
Jonah, y eso lo aterraba.
Dentro de muy poco, abrazaría a su hijo por última vez; hoy iba a despedirse
de él.
Jonah lloraba cuando entró atropelladamente en la habitación y corrió
directamente hacia la cama. Steve apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes
de que su hijo se le echara encima. Sus hombros temblaban. Steve sintió que se le
partía el corazón. Se concentró en los sentimientos que su hijo sentía por él,
intentando memorizar la impresión.
Quería a sus hijos más que a sí mismo, pero más que eso, sabía que Jonah lo
necesitaba, y una vez más, se sintió descorazonado al darse cuenta de que le
estaba fallando como padre.
El niño continuaba llorando inconsolablemente. Steve lo abrazó con fuerza,
como si no pensara soltarlo nunca más. Ronnie y Kim permanecieron en el
umbral de la puerta, manteniendo la distancia.
—¡Quieren que me vaya a casa, papá! —lloriqueó Jonah—. Les he dicho que
podría quedarme contigo, pero no me escuchan. Seré bueno, papá, te prometo
que seré bueno. Me iré a la cama cuando me lo pidas, y ordenaré mi cuarto y no
comeré galletas a deshora. ¡Diles que puedo quedarme! ¡Te prometo que seré
bueno!
—Sé que serías muy bueno —murmuró Steve—. Siempre has sido muy
bueno.
—¡Entonces díselo, papá! ¡Diles que quieres que me quede! ¡Por favor! ¡No
es justo!
Steve intentó encontrar el tono adecuado, a pesar de la creciente tensión que
le oprimía la garganta.
—Quiero que me escuches, ¿de acuerdo? ¿Harás eso por mí?
Jonah alzó la cabeza con un visible esfuerzo. A pesar de que intentó no perder
la compostura, Steve sabía que su voz empezaba a mostrar cómo se sentía de
verdad. Tuvo que sacar todo el coraje que le quedaba para no desmoronarse
delante de su hijo.
—Quiero que sepas que eres el mejor hijo que un padre podría tener.
Siempre me he sentido muy orgulloso de ti, y sé que crecerás y que harás cosas
maravillosas. Te quiero muchísimo.
—Yo también te quiero, papá. Y te echaré mucho de menos.
De soslay o, Steve podía ver a Ronnie y a Kim, llorando en silencio.
—Yo también te echaré de menos. Pero siempre te protegeré, ¿me oy es? Te
lo prometo. ¿Recuerdas el vitral que hemos hecho juntos?
Jonah asintió, con su pequeña mandíbula temblando.
—Lo llamo la Luz de Dios, porque me recuerda al reino celestial. Cada vez
que la luz brille a través de ese vitral, o a través de cualquier otro vitral, piensa
que y o estaré allí, a tu lado, ¿de acuerdo? Seré yo. Seré la luz en el vitral.
Jonah asintió, sin ni siquiera intentar secarse las lágrimas. Steve continuó
abrazando a su hijo, deseando de todo corazón poder cambiar el curso de las
cosas.
Ronnie
—¿De verdad has acabado el vitral?
Ronnie observó a su padre mientras éste hablaba con Jonah en la habitación
del hospital, pensando que tenía mejor aspecto. Todavía parecía cansado, pero
sus mejillas habían recobrado un poco de color, y se movía por la estancia con
mucha más facilidad.
—Es alucinante, papá —dijo Jonah—. Me muero de ganas de que lo veas.
—Pero todavía quedarán algunas piezas por acabar.
—Ronnie y Will me ay udaron un poco —admitió Jonah.
—¿De veras?
—Tuve que enseñarles cómo hacerlo. No sabían nada de nada. Pero no te
preocupes, fui paciente incluso cuando se equivocaban.
Su padre sonrió.
—Me alegra oírlo.
—Sí, creo que soy un buen maestro.
—Seguro que sí.
Jonah arrugó la nariz.
—Huele un poco raro, aquí, ¿no?
—Sí, un poco.
Jonah asintió.
—Eso pensaba yo. —Señaló hacia la tele—. ¿Has visto alguna película?
Su padre sacudió la cabeza.
—No muchas.
—¿Para qué sirve eso?
Su padre desvió la vista hasta la bolsa de suero intravenoso.
—Ah, es para administrarme medicamentos.
—¿Y con eso te pondrás bien?
—Ya me siento mucho mejor.
—Entonces, ¿cuándo volverás a casa?
—Muy pronto.
—¿Hoy?
—Quizá mañana. Pero ¿sabes lo que me encantaría precisamente ahora?
—¿Qué?
—Beber algo. ¿Te acuerdas de dónde está la cafetería? ¿En la planta baja, en
la esquina del vestíbulo?
—Sé donde está. No soy tan pequeño. ¿Qué quieres que te traiga?
—Una lata de Sprite o de Seven Up.
—Pero no tengo dinero.
Cuando su padre miró a Ronnie, ella lo interpretó como una señal para que
buscara en su bolsillo trasero de los pantalones vaqueros.
—Yo sí que tengo algo —dijo ella. Sacó un billete de un dólar y se lo entregó
a Jonah mientras éste se dirigía hacia la puerta.
Tan pronto como se hubo marchado, notó que su padre la miraba fijamente.
—La abogada ha venido a verme esta mañana. Han retrasado tu juicio hasta
finales de octubre.
Ronnie desvió la vista hacia la ventana.
—En estos momentos no puedo pensar en ese tema.
—Lo siento —suspiró Steve. Se quedó un momento callado, y ella notó que la
miraba fijamente—. ¿Cómo se lo ha tomado Jonah?
Ronnie se encogió de hombros.
—Está perdido, confuso, asustado; no comprende qué es lo que sucede
realmente.
« Como yo» , le habría gustado confesar.
Su padre le hizo una señal para que se acercara. Ronnie se sentó en la silla
que Jonah había ocupado unos instantes antes. Steve le cogió la mano y se la
apretó tiernamente.
—Siento mucho no haber tenido la fuerza necesaria para no acabar en el
hospital. Nunca quise que me vierais así.
Ella empezó a sacudir lentamente la cabeza.
—Ni se te ocurra volver a disculparte por eso.
—Pero…
—No hay peros que valgan, ¿vale? Necesitaba saberlo. Me alegro de saberlo.
Él pareció aceptar su argumento. Pero entonces la tomó por sorpresa.
—¿Quieres hablar de lo que ha pasado con Will?
—¿Qué te hace pensar que ha pasado algo? —le preguntó ella.
—Te conozco. Sé cuando hay algo que te preocupa. Y sé lo mucho que él
significa para ti.
Ronnie irguió la espalda. No quería mentirle.
—Se ha ido a su casa a hacer el equipaje.
Ella podía notar cómo su padre la estudiaba.
—¿Alguna vez te he contado que mi padre era jugador de póquer?
—Sí, ¿por qué? ¿Quieres jugar al póquer?
—No. Simplemente lo digo porque sé que hay algo más sobre Will que no me
estás contando, pero si no quieres hablar de ello, no pasa nada.
Ronnie titubeó. Sabía que él se mostraría comprensivo, pero todavía no se
sentía preparada para afrontar aquella cuestión.
—Es lo que te he dicho: se está preparando para marcharse —concluy ó.
Steve asintió con la cabeza y decidió zanjar el tema.
—Pareces cansada. Deberías irte a casa y descansar.
—Lo haré. Pero antes quiero quedarme un rato aquí contigo.
Steve cubrió las manos de su hija con las suyas.
—Muy bien.
Ronnie fijó los ojos en la bolsa de suero intravenoso que había llamado la
atención de Jonah previamente. Pero a diferencia de su hermano, ella sabía que
no existía ninguna medicina capaz de curar a su padre.
—¿Aún sientes dolor? —quiso saber.
Steve hizo una pausa antes de contestar.
—No, no mucho.
—Pero ¿te dolía?
Su padre empezó a sacudir la cabeza.
—Cielo…
—Quiero saber la verdad. ¿Te dolía antes de venir aquí? Dime la verdad,
¿vale?
Él se rascó el pecho antes de contestar.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—No sé a qué te refieres…
—Quiero saber cuándo empezó el dolor —le exigió Ronnie, apoyándose en la
barandilla de la cama y obligándolo a mirarla a los ojos.
Nuevamente, Steve sacudió la cabeza.
—Eso no importa. Ahora me siento mucho mejor. Y los médicos saben lo que
tienen que hacer para ayudarme.
—Por favor —le suplicó ella—. ¿Cuándo empezó el dolor?
Steve bajó la vista hasta sus manos, entrelazadas tensamente sobre la cama.
—No lo sé. ¿En marzo? ¿En abril? Pero no me dolía cada día…
—Cuando notabas el dolor, ¿qué hacías? —continuó ella, con la determinación
de averiguar la verdad.
—Antes el dolor no era tan fuerte —contestó.
—Ya, pero te dolía, ¿no?
—Sí.
—¿Qué hacías?
—No lo sé. Supongo que intentaba no pensar en ello, me concentraba en otras
cosas.
Ronnie podía notar la tensión en sus hombros, odiando lo que seguramente él
le iba a decir, poro con la necesidad de saberlo:
—¿En qué te concentrabas?
Su padre alisó una arruga en la sábana con la mano libre.
—¿Por qué es tan importante para ti?
—Porque quiero saber si te concentrabas en otras cosas aparte de tocar el
piano.
Tan pronto como lo dijo, Ronnie supo que no se equivocaba.
—Vi cómo tocabas el piano aquella noche en la iglesia, la noche que sufriste
el ataque de tos. Y Jonah dijo que habías empezado a ir a la iglesia tan pronto
como llevaron el piano.
—Cariño…
—¿Recuerdas cuando dijiste que tocar el piano hacía que te sintieras mejor?
Su padre asintió. Podía adivinar lo que se avecinaba, y ella estaba segura de
que él no querría contestar. Pero tenía que saberlo.
—¿Te referías a que no sentías tanto el dolor? Y por favor, dime la verdad.
Sabré si mientes. —Ronnie no pensaba dar el brazo a torcer, esta vez no.
Steve entornó los ojos, luego los abrió para mirarla.
—Sí.
—Y sin embargo, ¿erigiste la pared alrededor del piano?
—Sí —volvió a repetir.
Ronnie notó que su frágil compostura se desmoronaba. Su mandíbula empezó
a temblar mientras bajaba la cabeza hacia el pecho de su padre.
Steve le acarició el pelo.
—No llores. Por favor, no llores…
Pero Ronnie no podía parar. Los recuerdos de cómo había actuado con su
padre al principio y la constatación de cómo había contribuido a fulminar las
pocas energías que le quedaban con sus berrinches…
—Papá…
—No, hija mía… Por favor, no llores. De verdad, al principio el dolor no era
tan intenso. Pensé que podría soportarlo, y creo que lo conseguí. No ha sido hasta
esta última semana, más o menos…
Steve puso un dedo en su mandíbula, obligándola a levantar la cara y a
mirarlo a los ojos, pero lo que Ronnie vio reflejado en los ojos de su padre casi le
partió el corazón, y tuvo que apartar la vista.
—De verdad, era soportable —le repitió, y por el tono de su voz ella supo a
qué se refería—. Sí, dolía, pero no era lo único en lo que pensaba, porque tenía
otras válvulas de escape. Como, por ejemplo, trabajar en el vitral con Jonah, o
simplemente disfrutar de la clase de verano que había soñado cuando le pedí a tu
madre que os dejara venir conmigo.
Sus palabras la machacaron; su indulgencia era mucho más de lo que ella
podía soportar.
—Lo siento mucho, papá…
—Mírame —le pidió él.
Pero Ronnie no podía. Sólo lograba pensar en la necesidad de su padre de
tocar el piano, algo que ella le había obligado a abandonar. Porque sólo había
pensado en sí misma. Porque había querido hacerle daño. Porque había sido
mezquina.
—Mírame —volvió a pedirle. Su voz era suave pero insistente.
A duras penas, consiguió alzar la cabeza.
—He pasado el verano más maravilloso de mi vida —susurró—. He tenido la
oportunidad de ver cómo salvabas a aquellas tortugas, y también de ver cómo te
enamorabas, aunque ese sentimiento no dure para siempre. Y lo mejor de todo,
he tenido la oportunidad de conocerte en esta etapa de tu vida, como una joven
mujer, y no como una niña. Y no puedo expresar con palabras la felicidad que
todo eso me ha proporcionado. Eso es lo que me ha mantenido con ganas de vivir
todo el verano.
Ronnie sabía que sus palabras eran sinceras, por lo que aún se sintió peor.
Estaba a punto de decir algo cuando Jonah entró corriendo por la puerta.
—¡Mira a quién me acabo de encontrar! —exclamó, señalando con la lata de
Sprite.
Ronnie alzó la vista y vio a su madre, de pie junto a Jonah.
—Hola, cielo —le dijo.
Ronnie se giró hacia su padre. Él se encogió de hombros.
—Tenía que llamarla —se defendió.
—¿Qué tal estás, Steve? —le preguntó Kim.
—Estoy bien.
Su ex mujer interpretó la respuesta como una invitación para entrar en la
habitación.
—Creo que todos necesitamos hablar —anunció ella.
A la mañana siguiente, Ronnie había tomado una decisión y estaba esperando en
su habitación cuando entró su madre.
—¿Has acabado de hacer la maleta?
Miró a su madre con ojos sosegados, pero con una firme determinación.
—No pienso regresar contigo a Nueva York.
Kim puso los brazos en jarras.
—Creía que y a habíamos hablado de eso.
—No —respondió Ronnie con un tono tranquilo—. Tú habías hablado, yo no.
Pero no me marcharé contigo.
Su madre ignoró su comentario.
—No seas ridícula. Por supuesto que nos iremos juntas.
—Te digo que no pienso irme a Nueva York. —Ronnie se cruzó de brazos,
pero no alzó la voz.
—Ronnie…
Ella sacudió la cabeza, consciente de que jamás había hablado más en serio
en su vida.
—Me quedo, y no pienso discutir contigo por esa cuestión. Ahora tengo
dieciocho años y no puedes obligarme a irme contigo. Soy una persona adulta y
puedo hacer lo que quiera.
Mientras asimilaba las palabras de Ronnie, Kim empezó a balancearse con
porte nervioso, apoy ando todo el peso del cuerpo primero en un pie y después en
el otro.
—No te…, no te corresponde esta responsabilidad —dijo finalmente,
señalando hacia el comedor, intentando mostrarse razonable.
Ronnie dio un paso hacia ella.
—¿Ah, no? Entonces, ¿a quién le corresponde? ¿Quién se ocupará de él?
—Tu padre y yo hemos hablado de…
—¿Te refieres al reverendo Harris? —la interrumpió Ronnie—. Sí, claro,
como si él pudiera hacerse cargo de papá si se cae al suelo o empieza a vomitar
sangre de nuevo. El reverendo Harris no puede, físicamente no puede.
—Ronnie… —empezó a decir su madre.
La chica alzó los brazos con frustración, pero decidida a no desistir en su
empeño.
—Mira, sólo porque tú todavía estés enfadada con él no significa que yo
también tenga que estarlo, ¿vale? Sé lo que hizo y siento mucho que te hiciera
daño, pero se trata de mi padre. Está enfermo y necesita mi ayuda, y pienso
quedarme aquí con él. No me importa si tuvo una aventura amorosa, no me
importa si nos abandonó. Pero me importa él.
Por primera vez, su madre pareció realmente impresionada. Cuando volvió a
hablar, su voz era suave.
—¿Qué es exactamente lo que tu padre te ha contado?
Ronnie iba a protestar, aquello no importaba, pero algo la detuvo. La
expresión de su madre era tan extraña, casi como de… culpabilidad. Como si…,
como si…
Se quedó mirando a su madre, anticipándose a la puñalada, antes de
preguntar:
—No fue papá quien tuvo la aventura amorosa, ¿verdad? —declaró
lentamente—. Fuiste tú.
Su madre no cambió de postura, pero parecía más abatida. Esa verdad golpeó
a Ronnie con una fuerza casi física.
Era su madre la que había tenido una aventura amorosa, y no su padre. Y…
De repente, mientras todo el puzle encajaba, le pareció que el aire en la
habitación se había enrarecido.
—Por eso él se marchó, ¿no es cierto? Porque lo descubrió. Pero tú has
permitido durante todo este tiempo que y o creyera que la culpa fue suy a, que
nos abandonó sin ninguna razón. Fingiste que era él, cuando en realidad fuiste tú.
¿Cómo pudiste hacerlo? —Ronnie apenas podía respirar.
Su madre parecía incapaz de hablar. ¿Conocía realmente a su madre?
—¿Fue con Brian? —le exigió súbitamente—. ¿Le pusiste los cuernos a papá
con Brian?
Su madre permaneció en silencio, y nuevamente Ronnie supo que había
acertado.
Había permitido que creyera que su padre los había abandonado sin motivos.
« Y me he pasado tres años sin hablarle a causa de eso…» .
—¿Sabes qué? —espetó Ronnie—. No me importa. No me importa lo que
sucedió entre vosotros dos, no me importa lo que sucedió en el pasado. Pero no
pienso irme y abandonar a mi padre, y no puedes obligarme a…
—¿Quién no se va? —las interrumpió Jonah. Acababa de entrar en la
habitación con un vaso de leche en la mano. Empezó a mirar primero a su madre
y luego a su hermana. Ronnie podía detectar el pánico en su voz—. ¿Te vas a
quedar aquí? —le preguntó él.
Necesitó un momento para contestar, mientras luchaba por controlar el
sentimiento de rabia que se había apoderado de ella.
—Sí —asintió, esperando que su voz no delatara su estado alterado—. Me
quedo.
Jonah puso el vaso de leche sobre la cómoda.
—Entonces yo también me quedo —anunció.
De repente, su madre pareció incluso más abatida, y a pesar de que Ronnie
todavía podía notar la rabia que bullía en su interior, de ninguna manera iba a
permitir que su hermano presenciara la muerte de su padre. Atravesó la
habitación y se inclinó hacia él.
—Sé que quieres quedarte, pero no puedes —le habló con suavidad.
—¿Por qué no? Tú te quedas.
—Pero yo no tengo que ir a la escuela.
—¿Y qué? Puedo ir al cole aquí. Papá y y o ya habíamos hablado de eso.
Su madre se les acercó.
—Jonah…
De repente, el niño retrocedió unos pasos. Ronnie pudo detectar el pánico que
surgía de su voz cuando él se dio cuenta de que estaba en minoría.
—¡Me importa un bledo la escuela! ¡No es justo! ¡Quiero quedarme aquí!
34
Steve
Él quería darle una sorpresa. Por lo menos, ésa había sido su intención.
Había dado un concierto en Albany; su próxima actuación estaba
programada para Richmond dos días más tarde. Normalmente, nunca pasaba por
casa cuando estaba de gira; era más fácil mantener una especie de ritmo
mientras viajaba de ciudad en ciudad. Pero puesto que disponía de un poco de
tiempo libre y no había visto a su familia desde hacía dos semanas, tomó un tren
y llegó a la ciudad justo al mediodía, cuando un batallón de gente salía de las
impresionantes moles de edificios de oficinas en busca de algo para comer.
La vio por pura casualidad. Incluso ahora pensaba que las probabilidades eran
demasiado remotas como para darse. Aquélla era una ciudad de millones de
habitantes. Estaba cerca de Penn Station y pasaba por delante de un restaurante
lleno a rebosar.
Lo primero que pensó al verla fue que aquella mujer se parecía muchísimo a
su esposa. Estaba sentada en una mesita arrinconada contra la pared, frente a un
hombre con el pelo cano que parecía unos pocos años mayor que ella. La mujer
iba vestida con una falda negra y una blusa de seda roja, y estaba pasando un
dedo por el borde de la copa de vino. Steve se fijó en todos los detalles antes de
constatar que no se equivocaba. Era Kim, y estaba almorzando con un hombre al
que nunca había visto antes. A través de la ventana, la vio reír, y con una
abrumadora opresión en el pecho, se dijo que ya había visto antes esa actitud.
Era la misma risa de muchos años atrás, cuando las cosas iban mejor entre los
dos. Ella se levantó de la mesa. Steve se fijó en que el desconocido también se
levantó y puso la mano en la parte baja de la espalda de Kim, de una forma
tierna, casi familiar, como si lo hubiera hecho cientos de veces antes. Pensó que
probablemente a ella le gustaba esa muestra de afecto, y vio que el sujeto besaba
a su esposa en los labios.
No estaba seguro de cómo debía reaccionar, pero ahora, mirando hacia atrás,
no podía recordar qué era lo que había sentido. Era consciente de que se habían
distanciado, sabía que habían discutido más de la cuenta, y suponía que muchos
hombres en su lugar habrían entrado en el restaurante y se habrían enfrentado
directamente a la situación. Quizás incluso habrían montado una escena. Pero él
no era como la mayoría de los hombres. Así que se pasó la pequeña maleta que
había preparado la noche anterior de una mano a la otra, dio media vuelta y
volvió a recorrer a pie el camino de regreso a Penn Station.
Dos horas más tarde, tomó un tren y llegó a Richmond al atardecer. Como
siempre, cogió el teléfono para llamar a su esposa, y ella contestó al segundo
timbre. Steve podía oír la televisión de fondo y ella lo saludó con desgana.
—¡Ah! Ya has llegado. Me preguntaba si llamarías.
Mientras él permanecía sentado en la cama, recordó la mano del
desconocido en la espalda de Kim.
—Acabo de llegar —dijo.
—¿Y qué tal? ¿Ha ido todo bien? ¿Alguna noticia interesante?
Steve estaba en un hotel barato; el edredón de la cama tenía las puntas
deshilachadas. El aparato del aire acondicionado debajo de la ventana vibraba y
movía levemente las cortinas. Podía ver un dedo de polvo encima del televisor.
—No —contestó—. Nada interesante.
En la habitación del hospital, evocó aquellas imágenes con una nitidez que lo
sorprendió. Supuso que era porque sabía que Kim llegaría pronto, junto con
Ronnie y Jonah.
Ronnie lo había llamado un poco antes para comunicarle que no pensaba
regresar a Nueva York. Él sabía que no iba a ser fácil. Recordaba cómo su padre
se había ido consumiendo hasta convertirse en una figurita de porcelana al final,
y no quería que su hija lo viera en aquel estado. Pero ella había tomado una
determinación. Sabía que no podría convencerla para que cambiase de idea. Eso
le asustaba.
Todo lo que estaba pasando le asustaba.
Se había pasado las dos últimas semanas rezando con regularidad. O, por lo
menos, el reverendo Harris lo había descrito así un día. No juntaba las manos ni
inclinaba la cabeza; no pedía una cura milagrosa. Sin embargo, compartía con
Dios sus preocupaciones por sus hijos.
Pensó que seguramente no era muy diferente a la mayoría de los padres en
la forma en que se preocupaba por sus hijos. Ronnie y Jonah todavía eran muy
jóvenes, ambos tenían toda una vida por delante, y se preguntó cómo les irían las
cosas en el futuro. No anhelaba nada espectacular: le preguntó a Dios si creía que
serían felices, o si seguirían viviendo en Nueva York, o si algún día se casarían y
tendrían hijos. Lo básico, nada más; pero fue entonces, en aquel momento,
cuando finalmente comprendió lo que el reverendo Harris había querido decir
cuando afirmaba que paseaba y hablaba con Dios.
Sin embargo, a diferencia del reverendo, todavía le faltaba escuchar las
respuestas en su corazón o experimentar la presencia de Dios en su vida, y sabía
que no le quedaba demasiado tiempo.
Echó un vistazo al reloj. El avión de Kim despegaría al cabo de menos de tres
horas. Ella pensaba marcharse directamente al aeropuerto desde el hospital, con
Jonah, y eso lo aterraba.
Dentro de muy poco, abrazaría a su hijo por última vez; hoy iba a despedirse
de él.
Jonah lloraba cuando entró atropelladamente en la habitación y corrió
directamente hacia la cama. Steve apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes
de que su hijo se le echara encima. Sus hombros temblaban. Steve sintió que se le
partía el corazón. Se concentró en los sentimientos que su hijo sentía por él,
intentando memorizar la impresión.
Quería a sus hijos más que a sí mismo, pero más que eso, sabía que Jonah lo
necesitaba, y una vez más, se sintió descorazonado al darse cuenta de que le
estaba fallando como padre.
El niño continuaba llorando inconsolablemente. Steve lo abrazó con fuerza,
como si no pensara soltarlo nunca más. Ronnie y Kim permanecieron en el
umbral de la puerta, manteniendo la distancia.
—¡Quieren que me vaya a casa, papá! —lloriqueó Jonah—. Les he dicho que
podría quedarme contigo, pero no me escuchan. Seré bueno, papá, te prometo
que seré bueno. Me iré a la cama cuando me lo pidas, y ordenaré mi cuarto y no
comeré galletas a deshora. ¡Diles que puedo quedarme! ¡Te prometo que seré
bueno!
—Sé que serías muy bueno —murmuró Steve—. Siempre has sido muy
bueno.
—¡Entonces díselo, papá! ¡Diles que quieres que me quede! ¡Por favor! ¡No
es justo!
Steve intentó encontrar el tono adecuado, a pesar de la creciente tensión que
le oprimía la garganta.
—Quiero que me escuches, ¿de acuerdo? ¿Harás eso por mí?
Jonah alzó la cabeza con un visible esfuerzo. A pesar de que intentó no perder
la compostura, Steve sabía que su voz empezaba a mostrar cómo se sentía de
verdad. Tuvo que sacar todo el coraje que le quedaba para no desmoronarse
delante de su hijo.
—Quiero que sepas que eres el mejor hijo que un padre podría tener.
Siempre me he sentido muy orgulloso de ti, y sé que crecerás y que harás cosas
maravillosas. Te quiero muchísimo.
—Yo también te quiero, papá. Y te echaré mucho de menos.
De soslay o, Steve podía ver a Ronnie y a Kim, llorando en silencio.
—Yo también te echaré de menos. Pero siempre te protegeré, ¿me oy es? Te
lo prometo. ¿Recuerdas el vitral que hemos hecho juntos?
Jonah asintió, con su pequeña mandíbula temblando.
—Lo llamo la Luz de Dios, porque me recuerda al reino celestial. Cada vez
que la luz brille a través de ese vitral, o a través de cualquier otro vitral, piensa
que y o estaré allí, a tu lado, ¿de acuerdo? Seré yo. Seré la luz en el vitral.
Jonah asintió, sin ni siquiera intentar secarse las lágrimas. Steve continuó
abrazando a su hijo, deseando de todo corazón poder cambiar el curso de las
cosas.
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