29 y 30

29
Ronnie
La siguiente semana resultó tensa para ambos. Ronnie no se sentía cómoda con la
faceta violenta que había presenciado de Will, ni tampoco se sentía totalmente a
gusto con el modo en que eso la hacía sentirse. Aborrecía las peleas, no soportaba
ver a gente herida, y sabía que aquellas actitudes casi nunca servían para
mejorar la situación. Sin embargo, no estaba enfadada con Will por lo que había
hecho. Aunque no quería olvidarse de lo que había sucedido, ver cómo Will había
desmantelado a esos tres le hacía sentirse un poco más segura cuando estaba con
él.
Por su parte, Will sí que acusaba el estrés. Tenía la certeza de que Marcus
denunciaría los hechos y que la Policía se presentaría en cualquier momento en
su casa, aunque ella presentía que había alguna cosa más que lo angustiaba, algo
que él no quería contarle. Por alguna razón, él y Scott ahora no se hablaban, y se
preguntó si eso tenía algo que ver con el estado taciturno de su novio.
Pero claro, además estaba la cuestión familiar. En particular, la actitud de la
madre de Will. Ronnie la había visto un par de veces desde la boda: una un día
que esperaba en la furgoneta en casa de Will mientras éste entraba corriendo
para recoger una camiseta limpia, y otra en un restaurante en la zona comercial
de Wilmington, adonde Will la había llevado para celebrar su cumpleaños con
antelación. Mientras se acomodaban en las sillas, Susan entró en el local con un
grupo de amigos. Desde su posición, Ronnie disponía de una vista privilegiada de
la entrada, pero Will miraba en dirección contraria. En ambas ocasiones, Susan
le dio la espalda premeditadamente.
No le había contado a Will ninguno de los dos encuentros, ni tampoco el que
habían tenido en la sala de espera del hospital. Mientras Will estaba perdido en su
propio mundo de castigo y preocupación, Ronnie se fijó en que Susan parecía
creer que Ronnie era de algún modo la responsable directa de la tragedia que se
había ensañado con Blaze.
De pie, en su habitación, contempló la figura dormida de Will a distancia.
Estaba acurrucado cerca del nido de las tortugas. En algunos de los otros nidos y a
habían empezado a nacer las tortuguitas, por lo que aquella tarde habían quitado
la jaula de protección, y el nido había quedado completamente expuesto.
Ninguno de los dos se sentía cómodo con la idea de dejarlo desatendido durante
la noche, y puesto que Will pasaba cada vez menos tiempo en su casa, se ofreció
voluntario para vigilarlo.
Ella no quería pensar en los nuevos problemas que nublaban sus vidas, pero,
sin poder remediarlo, empezó a repasar todo lo que había sucedido aquel verano.
Apenas reconocía a la chica que era cuando llegó al pueblo. Y el verano todavía
no había tocado a su fin; al día siguiente, cumpliría dieciocho años, y después de
una última semana juntos, Will se marcharía a la universidad. La nueva cita
judicial estaba programada para unos días después de la marcha de Will, y luego
tendría que regresar a Nueva York. ¡Tantas cosas hechas y todavía tantas por
hacer!
Sacudió la cabeza. ¿Quién era ella? ¿Y qué clase de vida llevaba? Y lo más
importante: ¿hacia dónde quería ir?
Aquellos días, nada —y a la vez, todo— parecía real, más real que ninguna
otra experiencia por la que hubiera pasado antes: su amor por Will, el vínculo
restablecido con su padre, la moderación en el ritmo de su vida. A veces tenía la
impresión de que todo aquello le estaba sucediendo a otra persona, a alguien que
ella todavía no conocía completamente. Nunca se habría imaginado que una
plácida localidad costera en el sur del país pudiera llenarla con mucha más…
« vida» y más « desdichas» que Manhattan.
Sonriendo para sí, tuvo que admitir que, salvo por poquísimas excepciones, el
verano no había sido tan malo, después de todo. Dormía en una habitación
silenciosa junto a su hermano, separada únicamente por un trozo de cristal y unos
metros de arena del hombre que amaba, y afortunadamente su amor era
correspondido. Se preguntó si podía existir algo más importante en la vida. Y a
pesar de todo lo que había sucedido —o quizás a causa de ello—, Ronnie sabía
que jamás olvidaría aquel verano que habían pasado juntos, sin importar lo que
les deparara el futuro.
Tumbada en la cama, empezó a quedarse dormida. Su último pensamiento
consciente fue que todavía no se había acabado todo. A pesar de que aquella
sensación a menudo era un indicador de lo peor, ella sabía que eso no era posible,
no después de todo lo que había experimentado.
Por la mañana, sin embargo, se despertó con una desapacible sensación de
ansiedad. Como siempre, era absolutamente consciente de que había pasado otro
día, y eso significaba que le quedaba un día menos para estar con Will.
Pero mientras se hallaba tumbada en la cama, intentando encontrarle el
sentido a aquella sensación de ansiedad, se dio cuenta de que no se trataba
únicamente de Will. Sí, la semana siguiente él se marcharía a la universidad.
Incluso Kay la también se marcharía aquel año a la universidad. Sin embargo,
Ronnie no tenía ni idea de qué era lo que ella quería hacer. Ahora ya casi tenía
dieciocho años, y… sí, asumiría cualquier decisión que tomara el tribunal, pero,
después… ¿qué? ¿Pensaba vivir toda la vida con su madre? ¿Debería solicitar
trabajo en Starbucks?
Era la primera vez que encaraba su futuro de una forma tan directa. Siempre
había mantenido la esperanza de que todo saliera bien, sin importar lo que
decidiera. Y así sería, lo sabía…, a corto plazo. Pero… ¿quería continuar viviendo
con su madre cuando tuviera diecinueve años? ¿O a los veintiuno? ¿O —Dios no
lo quisiera— a los veintinueve?
¿Y cómo diantre se suponía que ganaría suficiente dinero para poder vivir en
Manhattan sin un título universitario?
No lo sabía. De lo único que estaba segura era de que no estaba preparada
para que el verano tocara a su fin. No estaba preparada para volver a casa. No
estaba preparada para imaginarse a Will paseando por los jardines de Vanderbilt
con alguna de sus compañeras de clase, ataviada con el maillot de animadora de
algún club deportivo. No quería pensar en nada de eso.
—¿Va todo bien? Estás más callada que de costumbre —dijo Will.
—Lo siento —contestó ella—. Es que tengo muchas cosas en la cabeza.
Estaban sentados en el muelle, compartiendo unos panecillos y el café que
habían comprado por el camino. Normalmente aquel lugar estaba abarrotado de
pescadores con caña, pero aquella mañana encontraron un lugar tranquilo donde
sentarse. Una grata sorpresa, teniendo en cuenta que él tenía el día libre.
—¿Has pensado en lo que quieres hacer?
—Algo que no tenga nada que ver con elefantes ni palas.
Will colocó su panecillo sobre el vasito de poliestireno que contenía el café
caliente.
—No sé si realmente quiero saber a qué te refieres…
—Probablemente no —respondió ella, con una mueca burlona.
—De acuerdo —asintió Will—. Pero y o me refería a qué querías hacer
mañana, para celebrar tu cumpleaños.
Ronnie se encogió de hombros.
—No tiene que ser nada especial.
—Pero cumples dieciocho años. Te guste o no, es un gran día. Legalmente te
convertirás en una persona adulta.
« Genial» , pensó ella. Sin embargo, era otro recordatorio de que el tiempo
pasaba y que tenía que decidir qué quería hacer con su vida. Will debió de leer su
expresión, porque se inclinó hacia ella y emplazó una mano sobre su rodilla.
—¿He dicho algo indebido?
—No. No sé… Me siento un poco triste hoy.
En la distancia, una manada de marsopas rompía el oleaje. La primera vez
que las vio, Ronnie se quedó fascinada; ahora, después de haberlas visto unas
veinte veces, le seguía sucediendo lo mismo. Se habían convertido en parte del
paisaje, y sabía que las echaría de menos cuando regresara a Nueva York, a
hacer lo que finalmente decidiera hacer. Probablemente acabaría convirtiéndose
en una adicta a los dibujos animados como Jonah e insistiría en verlos boca
abajo.
—¿Y si te invito a cenar?
No, mejor olvidarse de eso. Probablemente acabaría convirtiéndose en una
adicta a la Game Boy.
—Vale.
—O quizá podríamos ir a bailar.
O quizás a Guitar Hero. A Jonah le encantaba jugar a eso durante horas. Igual
que a Rick, ahora que lo pensaba. Casi todo el mundo sin una vida interesante
acababa adicto a ese juego.
—Me parece bien.
—¿O qué te parece si nos pintamos la cara e intentamos invocar a las antiguas
diosas incas?
Adicta a una de esa birria de juegos, probablemente continuaría viviendo en
casa de su madre cuando Jonah se marchara a la universidad a los dieciocho
años.
—Lo que quieras.
Las sonoras carcajadas de Will consiguieron sacarla de su ensimismamiento.
—¿Has dicho algo?
—Tu cumpleaños. Estaba intentando averiguar qué es lo que te apetece hacer
el día de tu cumpleaños, pero obviamente tú estás en Babia. Me iré el lunes, y
quiero prepararte algo especial.
Ronnie consideró su propuesta antes de desviar la vista hacia su casa. Se fijó
de nuevo en lo fuera de lugar que parecía, en aquella franja de la playa.
—¿Sabes lo que realmente quiero? ¿De verdad, de verdad?
El día de su cumpleaños no pudo ser, pero dos noches más tarde, el viernes 22 de
agosto, sí. El personal del acuario demostró que la ciencia es infalible: a primera
hora de la tarde, los empleados y los voluntarios del acuario habían empezado a
preparar el área para que las tortugas pudieran alcanzar el agua sanas y salvas.
Ella y Will habían ay udado a aplanar la arena en la zanja poco profunda que
comunicaba el nido con el océano; otros se habían dedicado a colocar unas vallas
de protección para mantener a una distancia segura a la gente que poco a poco se
iba congregando. A su padre y a Jonah les permitieron entrar en el área vallada,
y ambos permanecían de pie a un lado, para no interferir en el ajetreo de los del
acuario.
Ronnie no tenía ni idea de lo que se suponía que tenía que hacer, aparte de
asegurarse de que nadie se acercara demasiado al nido. No era una experta, pero
puesto que lucía el uniforme de huevo de Pascua del acuario, la gente asumía
que era una experta en tortugas. En la última hora, debía de haber contestado a
un centenar de preguntas. Estaba orgullosa de haber sido capaz de recordar todo
lo que Will le había contado al principio acerca de las tortugas y también se
sentía aliviada de haber dedicado unos minutos a revisar el folleto sobre las
tortugas bobas que los del acuario habían imprimido para los curiosos.
Prácticamente todo lo que la gente quería saber estaba explicado en aquellas
cartulinas, pero ella suponía que era más fácil preguntar que echar un vistazo al
folleto que sostenían entre sus manos.
Eso también ayudaba a pasar el rato. Llevaban muchas horas allí fuera. A
pesar de que les habían asegurado que las tortugas nacerían de un momento a
otro, Ronnie no estaba tan convencida. A las tortugas les traía sin cuidado que un
puñado de niños pequeños empezara a exhibir muestras de cansancio o que
algunos de los presentes tuvieran que levantarse temprano a la mañana siguiente
para ir a trabajar.
Sin saber por qué, había imaginado que sólo se concentraría media docena de
personas, y no los cientos que se amontonaban a lo largo de las vallas de
protección. No estaba segura de si le gustaba lo que veía; tenía la impresión de
estar asistiendo a un espectáculo de circo.
Mientras tomaba asiento en la duna, Will se le acercó.
—¿Qué te parece? —preguntó, señalando la escena.
—Aún no estoy segura. De momento no ha pasado nada.
—Ya no tardará.
—Hace mucho rato que oigo lo mismo.
Will se sentó a su lado.
—Tienes que aprender a ser más paciente, pequeña saltamontes.
—Lo soy. Sólo quiero que las tortugas nazcan de una vez.
Él se echó a reír.
—¿No deberías estar trabajando? —le preguntó ella.
—Sólo soy un voluntario. Tú eres la que en realidad trabaja en el acuario.
—Sí, pero no me pagan horas extras, y técnicamente, puesto que tú eres un
voluntario, creo que deberías vigilar la valla de seguridad durante un rato.
—A ver si lo adivino… La mitad de la gente te pregunta qué es lo que pasa, y
la otra mitad te hace preguntas que y a están contestadas en las cartulinas que les
entregas.
—Más o menos.
—¿Estás cansada?
—Digamos que no resulta tan divertido como la cena de la otra noche.
Will la había llevado a un restaurante italiano íntimo y acogedor el día de su
cumpleaños; también le había regalado un collar de plata con un colgante en
forma de tortuga; a Ronnie le había encantado y no se lo quitaba ni para dormir.
—¿Cómo sabremos cuándo ha llegado el momento?
Él señaló hacia el jefe del acuario y hacia uno de los biólogos del equipo.
—Cuando Elliot y Todd empiecen a ponerse nerviosos.
—¡Vaya! Una respuesta muy científica.
—Oh, lo es. Te lo aseguro.
—¿Te importa si me siento contigo?
Después de que Will se hubiera marchado a buscar más linternas a la
furgoneta, su padre se le acercó.
—No tienes que preguntar, papá. Claro que puedes.
—No quería molestarte. Pareces preocupada.
—Sólo estoy esperando, igual que el resto de la gente —dijo Ronnie. Se retiró
un poco, dejando espacio mientras él tomaba asiento a su lado.
La multitud había aumentado considerablemente en la última media hora, por
lo que Ronnie estaba contenta de que los del acuario hubieran dejado a su padre
y a Jonah pasar dentro de la zona vallada. Últimamente parecía estar muy
cansado.
—Lo creas o no, de niño nunca conseguí ver cómo nacían tortugas de un nido.
—¿Por qué no?
—Simplemente porque no suponía la gran noticia que es ahora. Quiero decir,
a veces me topaba con un nido y pensaba que estaba vacío, pero nunca presté
demasiada atención. Lo más cerca que he estado de ver nacer tortugas fue un día
que encontré un nido a la mañana siguiente de que nacieran. Vi todos los
cascarones rotos alrededor del nido, pero eso formaba parte de la vida aquí. De
todos modos, me apuesto lo que quieras a que esto no es lo que esperabas, con
tanta gente, ¿eh?
—¿A qué te refieres?
—Will y tú os habéis dedicado a vigilar y a proteger el nido cada noche. Y
ahora que la parte más interesante está a punto de suceder, tenéis que
compartirlo con un montón de personas.
—No pasa nada. No me importa.
—¿Ni siquiera un poco?
Ella sonrió. Era sorprendente cómo su padre había llegado a conocerla y a
comprenderla.
—¿Qué tal va tu canción?
—En proceso. Probablemente he escrito un centenar de variaciones hasta
ahora, pero todavía no me acaba de sonar bien. Sé que es un ejercicio
infructuoso. Si a estas alturas todavía no he averiguado qué es lo que falla,
probablemente nunca lo conseguiré…, pero me mantiene ocupado.
—Esta mañana he visto el vitral. Ya está casi acabado.
Su padre asintió con la cabeza.
—Sí, y a casi está listo.
—¿Han decidido cuándo lo colocarán?
—No —contestó Steve—. Todavía están esperando a recibir el resto del
dinero de la subvención. No quieren colocarlo hasta que el edificio esté acabado.
Al reverendo Harris le preocupa que algunos gamberros lo rompan a pedradas.
Desde el incendio, se ha vuelto mucho más cauto.
Ronnie asintió.
—Probablemente yo también sería más cauta.
Steve estiró las piernas sobre la arena, pero rápidamente las encogió con un
movimiento instintivo, al tiempo que esbozaba una mueca de dolor.
—¿Estás bien?
—Me parece que estos últimos días he estado demasiado rato de pie. Jonah
quiere acabar el vitral antes de marcharse.
—Se lo ha pasado en grande este verano.
—¿Tú crees?
—La otra noche me dijo que no quería volver a Nueva York. Que quería
quedarse contigo.
—Es un niño encantador —comentó Steve, con aire satisfecho. Súbitamente
su semblante adoptó un gesto dudoso antes de girarse hacia su hija—. Supongo
que la siguiente pregunta es si tú te lo has pasado bien este verano.
—Sí.
—¿Gracias a Will?
—Gracias a todo —lo rectificó ella—. Me alegro de haber pasado tanto
tiempo contigo.
—Yo también.
—Así pues…, ¿cuándo planeas venir a vernos a Nueva York?
—¡Uf! No lo sé. De momento tendremos que conformarnos con el teléfono.
Ella sonrió.
—¿Demasiado ocupado estos días?
—La verdad es que no mucho, pero ¿quieres saber una cosa?
—¿Qué?
—Creo que eres una jovencita maravillosa. No quiero que nunca olvides lo
orgulloso que me siento de ti.
—¿A qué viene eso?
—No estaba seguro de si te lo había dicho últimamente.
Ronnie apoyó la cabeza en el hombro de su padre.
—Tú tampoco estás mal, papá.
—¡Mira! —exclamó él, señalando hacia el nido—. ¡Creo que y a empieza!
Ella se dio la vuelta hacia el nido y de un brinco se puso de pie. Tal y como
Will había predicho, Elliot y Tod se movían alrededor del nido con un visible
nerviosismo mientras que entre la multitud algunos empezaban a pedir silencio.
Todo se desarrolló de la forma que Will había descrito, salvo que las palabras no
le hacían realmente justicia. Puesto que Ronnie estaba tan cerca, consiguió verlo
todo: el primer huevo que empezaba a romperse, seguido por otro y después otro;
en todos los huevos se repitió la misma acción hasta que la primera tortuga
emergió y empezó a moverse enloquecidamente por encima de los otros huevos
que se movían sin parar.
Sin embargo, lo más sorprendente fue la siguiente parte del proceso: primero
un pequeño movimiento, seguido de otro; después, tanto movimiento que
resultaba imposible que la retina lo captara todo mientras cinco y luego diez y
luego veinte y luego muchas más tortuguitas imposibles de contar se unieron en
una masiva actividad frenética.
Como una colmena de abejas bajo los efectos de unas setas alucinógenas…
Y además, estaba la imagen de aquellas diminutas tortuguitas, con aspecto
prehistórico, que intentaban salir del hoyo, moviendo frenéticamente sus patitas,
intentando trepar y resbalando para caer nuevamente dentro del hoy o, trepando
una por encima de las otras… hasta que finalmente una lo logró, seguida por una
segunda, y después una tercera, todas corriendo a lo largo de la zanja de arena
hacia la luz de la linterna que Todd, de pie en la orilla, sostenía en sus manos.
Una a una, Ronnie las vio pasar con movimientos rápidos y torpes, pensando
que eran tan increíblemente pequeñas que parecía imposible que pudieran
sobrevivir. El océano simplemente las engulliría, las haría desaparecer, y eso fue
exactamente lo que sucedió cuando las diminutas criaturas alcanzaron el agua y
fueron arrastradas por las olas, primero hacia la orilla y luego hacia el océano,
flotando por unos instantes en la superficie antes de desaparecer de la vista.
Ronnie permanecía de pie al lado de Will, apretándole la mano con emoción,
arrebolada de alegría al pensar que había pasado todas aquellas noches junto al
nido y que con ello había desempeñado un pequeño papel en el milagro de
aquellas nuevas formas de vida. Resultaba increíble pensar que, después de tantas
semanas en las que no había pasado absolutamente nada, todo lo que había estado
esperando se acabara en cuestión de minutos.
Mientras seguía de pie al lado del chico que amaba, tuvo la certeza de que
nunca volvería a compartir otros momentos tan mágicos como aquéllos con
nadie.
Una hora más tarde, después de revivir con excitación todos los detalles del
nacimiento del batallón de tortugas, Ronnie y Will se despidieron del resto del
equipo del acuario mientras éstos se dirigían a sus coches. Aparte de la zanja, no
quedaba rastro alguno de lo que acababa de suceder. Incluso los cascarones
habían desaparecido; Todd los había recogido porque quería estudiar el grosor de
las cáscaras y analizar la posible presencia de sustancias químicas.
Mientras Ronnie caminaba al lado de Will, él deslizó un brazo alrededor de su
cintura.
—Espero que lo que has visto no te haya defraudado.
—Al revés, ha sido incluso mejor —afirmó ella—. Pero no puedo dejar de
pensar en esas tortuguitas tan indefensas…
—No te preocupes, estarán bien.
—Pero no todas sobrevivirán.
—No —admitió Will—. No todas. Cuando son tan pequeñas, tienen que
sortear muchísimas adversidades.
Avanzaron unos pasos en silencio.
—Qué pena.
—Es el círculo de la vida.
—Mira, no me vengas con la filosofía de El rey león justo ahora. —Ronnie
alzó la barbilla con petulancia—. Lo que necesito es todo lo contrario: que me
mientas.
—Ah, en ese caso…, todas las tortuguitas sobrevivirán —se apresuró a
contestar Will—. Las cincuenta y seis tortuguitas. Se harán muuuuuy grandes, se
casarán y tendrán muuuuuchas tortuguitas, hasta que finalmente morirán de
viejas, pero no te preocupes, porque habrán vivido muuuuuuchos más años que la
may oría de las tortugas.
—¿De verdad lo crees?
—Claro —confirmó, con absoluta seguridad—. Son nuestros hijitos. Son
especiales.
Ella todavía estaba riendo cuando vio a su padre, que salía del porche con
Jonah.
—Vale, después de toda esa historieta infumable —empezó a decir Jonah— y
después de haber sido testigo de todo el proceso desde el principio hasta el final,
sólo tengo una cosa que añadir.
—¿Qué? —se interesó Will.
Jonah sonrió abiertamente.
—Ha sido a-lu-ci-nan-te.
Ronnie se echó a reír, al pensar en la palabra favorita de su hermano aquel
verano. Al ver la expresión desconcertada de Will, simplemente se encogió de
hombros.
—Es una broma entre nosotros —explicó.
En aquel instante, su padre empezó a toser.
Era una tos densa, húmeda, una tos de persona… enferma…, y al igual que
había sucedido aquella noche en la iglesia, su padre parecía no poder controlarla.
Steve tosía y tosía sin parar, y el pitido en su pecho era cada vez más audible.
Ronnie vio que su padre se agarraba a la barandilla para no perder el
equilibrio; también vio que Jonah fruncía el ceño con preocupación y miedo;
incluso Will se había quedado paralizado en su sitio.
Vio que su padre intentaba mantenerse erguido, luchando por controlar el
ataque de tos, pero empezó a arquear la espalda hacia delante. Steve se llevó
ambas manos a la boca y tosió una vez más, y cuando por fin recuperó el aliento,
el fuerte pitido en su pecho y los siguientes jadeos sonaron como si estuviera
respirando bajo el agua.
Volvió a jadear, luego bajó las manos. Por unos segundos que le parecieron el
intervalo más largo de su vida, Ronnie se quedó petrificada, súbitamente más
asustada de lo que jamás había estado. La cara de su padre estaba bañada en
sangre.
30
Steve
Recibió su sentencia de muerte en febrero, en la consulta de un médico, sólo una
hora después de dar su última clase de piano.
Había empezado a dar clases de nuevo cuando se instaló en Wrightsville
Beach, tras su estrepitoso fracaso como concertista de piano. El reverendo
Harris, sin consultárselo previamente, se presentó un día con una prometedora
alumna en su casa poco después de que Steve se hubiera instalado y le pidió que
le hiciera un favor. Era como si el reverendo se hubiera dado cuenta de que, al
regresar a su pueblo natal, Steve anunciara de una forma innegable que estaba
solo y perdido; la única forma de ay udarlo era aportando un sentido, un objetivo
a su vida.
La alumna se llamaba Chan Lee. Sus padres enseñaban música en la
Universidad de Wilmington, y a los diecisiete años su técnica era admirable; sin
embargo, le faltaba la habilidad de sentir la música en su interior, de una forma
genuina. Era seria y aplicada, y a Steve le gustó desde el primer momento;
escuchaba con interés y se esforzaba mucho en asimilar todas las sugerencias de
su maestro. Él esperaba con ansia sus visitas. En Navidad, Steve le regaló un libro
sobre la fabricación de pianos clásicos, un regalo que pensó que le gustaría. Pero
a pesar de la alegría que lo invadía al dar lecciones de piano de nuevo, empezó a
sentirse cada vez más y más cansado. Las clases lo dejaban extenuado, cuando
en realidad deberían haberle insuflado energía. Por primera vez en su vida,
empezó a dormir la siesta con regularidad.
Con el tiempo, incrementó la duración de sus siestas, hasta dos horas al día, y
cuando se despertaba, a menudo notaba un dolor en el abdomen. Una noche,
mientras cocinaba chili para cenar, sintió súbitamente una aguda punzada de
dolor que lo obligó a doblegarse; al hacerlo, derribó la sartén y los tomates: las
judías y la carne de ternera quedaron desparramados por el suelo de la cocina.
Mientras intentaba recuperar el aliento, tuvo el presentimiento de que algo iba
mal.
Pidió visita al médico. Fue al hospital para someterse a más pruebas y
hacerse más radiografías. Más tarde, mientras Steve observaba los viales llenos
de la sangre necesaria para las pruebas recomendadas, pensó en su padre y en el
cáncer que acabó con su vida. Y de repente supo lo que iban a comunicarle.
En la tercera visita al médico, descubrió que no se había equivocado.
—Tiene cáncer de estómago —anunció el médico. Suspiró hondo antes de
continuar—. Y, por los resultados de las pruebas, sabemos que es un cáncer que
ha hecho metástasis en el páncreas y el pulmón. —Su voz era neutral, pero no
desagradable—. Estoy seguro de que tendrá muchas preguntas, aunque, para
empezar, déjeme decirle que no pinta nada bien.
El oncólogo se mostraba compasivo; sin embargo, lo que le estaba diciendo
era que no había nada que pudiera hacer. Steve lo sabía, igual que sabía que el
médico quería que le hiciera preguntas específicas, con la esperanza de allanar el
terreno.
Cuando su padre se estaba muriendo, Steve había llevado a cabo su propia
investigación. Sabía lo que significaba un cáncer metastásico, sabía lo que
significaba tener cáncer no sólo en el estómago, sino también en el páncreas.
Sabía que las probabilidades de sobrevivir eran casi nulas, y en lugar de
preguntar nada, se giró hacia la ventana. En la repisa, una paloma descansaba
cerca del cristal, ajena a lo que sucedía dentro de la salita.
« Me acaban de comunicar que me estoy muriendo —pensó sin apartar los
ojos del ave—, y el médico quiere que hable de ello. Pero en realidad no hay
nada que decir, ¿no te parece?» .
Esperó a que la paloma asintiera con un movimiento de cabeza, pero, por
supuesto, no obtuvo ninguna respuesta por parte del pájaro.
« Me estoy muriendo» , volvió a pensar.
Steve recordó que había entrelazado las manos, sorprendido al ver que no le
temblaban.
« Si han de temblar alguna vez, debería ser en un momento como éste» ,
pensó. Tenía el pulso tan firme como de costumbre.
—¿Cuánto tiempo me queda?
El médico pareció aliviado de que finalmente se hubiera roto el silencio.
—Antes de hablar de eso, quiero comentarle algunas de las opciones…
—No hay ninguna opción —lo atajó Steve—. Lo sabe tan bien como y o.
Si el médico se sorprendió con su respuesta, no lo demostró.
—Siempre hay opciones —apuntó.
—Pero ninguna que pueda curarme. Usted se refiere a la calidad de vida.
El médico dejó sobre la mesa la ficha del paciente y asintió con la cabeza.
—¿Cómo podemos hablar de calidad de vida si no sé cuánto tiempo me
queda? Si sólo tengo unos pocos días, entonces será mejor que me ponga a
realizar llamadas telefónicas.
—Le quedan más que unos pocos días.
—¿Semanas?
—Sí, por supuesto…
—¿Meses?
El médico vaciló. Debió de haber apreciado alguna señal en la cara de Steve
que le indicaba que no cesaría de insistir hasta que averiguara la verdad.
Carraspeó antes de hablar.
—Llevo mucho tiempo en esta profesión, y he llegado a la conclusión de que
las predicciones no sirven de mucho. Demasiadas mentiras extrínsecas a la
esfera de conocimientos médicos. Gran parte de lo que le sucederá a
continuación dependerá de usted y de su disposición genética, de su acritud. No,
no hay nada que podamos hacer para detener lo inevitable, pero ésa no es la
cuestión. Lo que intento decirle es que debería disfrutar de todo el tiempo que le
queda.
Steve estudió la cara del médico mientras le respondía, plenamente
consciente de que no había contestado a su pregunta.
—¿Me queda un año?
Esta vez, el médico no contestó, pero su silencio lo delató. Al abandonar la
consulta, Steve aspiró aire lentamente, armado con el conocimiento de que le
quedaban menos de doce meses de vida.
La realidad lo golpeó duramente más tarde, en la playa.
Tenía un cáncer en estado avanzado, y no existía ninguna cura conocida.
Dentro de menos de un año, se moriría.
Antes de salir de la consulta, el médico le había dado bastante información.
Unos folletos y una lista de páginas web útiles si lo que se pretendía era realizar
una reseña de libro, pero no para otra cosa. Steve tiró los folletos en un
contenedor de basura de camino al coche. Mientras permanecía de pie bajo el
sol invernal en la play a desierta, metió las manos en el abrigo, y empezó a
caminar hacia el muelle. A pesar de que su vista y a no era tan buena como lo
había sido, podía distinguir a la gente que se movía o que pescaba en la
barandilla, y se quedó sorprendido de la naturalidad que todos mostraban. Como
si nada extraordinario hubiera pasado.
Se estaba muriendo, y le quedaba poco —muy poco— tiempo de vida. Con
esa cruda verdad, se dio cuenta de que muchas de las cosas que tanto le habían
quitado el sueño, de repente, ya no le importaban. ¿Su plan 401(k)? No lo
necesitaría. ¿Una forma de ganarse la vida a los cincuenta años? Ya no
importaba. ¿Su deseo de conocer a alguien y volverse a enamorar? No sería justo
para ella, y, con toda franqueza, de todos modos, aquel deseo se había esfumado
con el diagnóstico.
—Se acabó —se repitió a sí mismo.
Al cabo de menos de un año, ya no existiría. Sí, había presentido que algo iba
mal, y quizás incluso había deseado que el médico le comunicara lo que tenía.
Pero el recuerdo del médico pronunciando las palabras fatídicas empezó a
repetirse constantemente en su mente, como un viejo disco rayado. En la playa,
empezó a temblar. Tenía miedo y estaba solo. Cabizbajo, hundió la cara entre las
manos y se preguntó por qué tenía que pasarle a él.
Al día siguiente, llamó a Chan y le dijo que no podría continuar dándole lecciones
de piano. A continuación, fue a ver al reverendo Harris para contarle lo que
sucedía. En aquel momento, el reverendo todavía se estaba recuperando de las
heridas que había sufrido en el incendio, y a pesar de que Steve sabía que era
egoísta cargar a su amigo con aquello, no se le ocurría con quién más podía
hablar. Fue a verlo a su casa. Sentados en el porche, le contó el diagnóstico.
Intentó no mostrar sus emociones en el tono de voz, pero no lo consiguió y, al
final, acabaron llorando juntos.
Más tarde, Steve se paseó por la playa, preguntándose qué iba a hacer con el
poco tiempo que le quedaba. Se preguntó qué era lo más importante en su vida.
Al pasar por delante de la iglesia —en aquellos días, los trabajos de reparación
y a habían empezado— clavó la vista en el triste agujero que una vez había
enmarcado el vitral, pensando en el reverendo Harris y en las numerosas
mañanas que él había pasado bajo el halo de luz solar que se filtraba a través de
la ventana. Fue entonces cuando supo que tenía que componer otro vitral.
Un día más tarde, llamó a Kim. Cuando se lo contó, ella se derrumbó al otro
lado del hilo telefónico, sin poder dejar de llorar. Steve notó un nudo en la
garganta, pero no lloró con ella; sin saber por qué, tuvo la certeza de que nunca
más lloraría por su enfermedad.
Más tarde, la llamó de nuevo para preguntarle si los niños podrían pasar el
verano con él. A pesar de que la idea la aterraba, Kim accedió. Steve le pidió que
no les contara nada sobre su estado de salud. Sería un verano cargado de
mentiras, pero ¿qué opción le quedaba si quería retomar la relación con ellos?
En primavera, cuando las azaleas empezaron a florecer, Steve se puso a
meditar más a menudo acerca de la naturaleza de Dios. Supuso que era
inevitable tener esa clase de pensamientos en aquellos momentos tan delicados.
O bien Dios existía, o bien no existía; o bien Steve pasaría la eternidad en el Cielo,
o bien no habría nada. En cierto modo, encontró alivio al formularse aquella
pregunta; respondía a un deseo que había perseguido sin éxito toda la vida. Al
final llegó a la conclusión de que Dios era real, pero Steve también deseaba
experimentar la presencia de Dios en este mundo, en términos mortales. Y por
eso empezó su búsqueda.
Era el último año de su vida. Llovía casi cada día; aquella primavera se
convirtió en la más lluviosa que se recordaba. Mayo, sin embargo, fue
absolutamente seco, como si alguien hubiera decidido cerrar el grifo en el cielo.
Steve compró los trozos de vidrio que necesitaba y empezó a trabajar en el vitral;
en junio, llegaron sus hijos. Había paseado por la play a en busca de Dios y se
daba cuenta de que había conseguido volver a unir los frágiles hilos que se habían
roto en la relación con ellos. Ahora, en aquella oscura noche de agosto, unas
tortuguitas acababan de alcanzar la vasta superficie del océano, y él tosía y
esputaba sangre. No podía seguir mintiendo; había llegado la hora de contar la
verdad.
Sus hijos estaban asustados. Sabía que ellos querían que dijera o hiciera algo
que les quitara el miedo del cuerpo. Pero sentía que su estómago estaba siendo
perforado por un millar de agujas retorcidas. Se secó la sangre de la cara con el
reverso de la mano e intentó mostrarse calmado:
—Creo que será mejor que vay a al hospital

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