27 y 28
27
Marcus
Mientras propinaba patadas a la arena en el Bower’s Point, Marcus pensó que
debería estar saboreando el desbarajuste que había organizado la noche anterior.
Todo había salido a pedir de boca, como había planeado. La casa había sido
decorada exactamente tal y como se detallaba en numerosos artículos de prensa,
y aflojar las clavijas de la pérgola —no del todo, sólo lo necesario para
asegurarse de que saltaran con facilidad cuando él chocara contra las cuerdas—
había sido pan comido, había aprovechado el momento en que los invitados
estaban cenando. Se había entusiasmado al ver a Ronnie pasear por el muelle, y
a Will ir detrás de ella; no lo habían defraudado. Y el bueno de Will había
interpretado su papel a la perfección; tenía claro que no había nadie más
predecible que ese niño rico. Sólo tenía que pulsar el botón X para que Will
reaccionara de una manera, y pulsar el botón Y para que reaccionara de otra. Si
no hubiera sido todo tan hilarante, la verdad es que se habría aburrido.
Marcus no era como el resto de la gente; hacía mucho tiempo que era
plenamente consciente de eso. De niño, nunca había sentido remordimientos por
ninguna de las fechorías que había cometido, y estaba orgulloso de ser así. Podía
hacer lo que le venía en gana, y eso le hacía sentir poderoso; pero ese placer
normalmente duraba poco.
La noche anterior se había sentido mucho más excitado que en los últimos
meses; aquello había sido increíble. Normalmente, después de llevar a cabo uno
de sus « proyectos» —así era como le gustaba pensar en ellos—, la satisfacción
le duraba varias semanas. Pero era consciente de que si no remataba cada caso
correctamente, acabarían por pillarlo. No era tan idiota. Sabía cómo funcionaban
las cosas, y por eso precisamente siempre actuaba con mucha, muchísima
cautela.
Ahora, sin embargo, estaba preocupado porque presentía que había cometido
un fallo. Quizás había tentado demasiado a la suerte al escoger a la familia
Blakelee como el objetivo de su último proyecto. Después de todo, eran lo más
parecido a la realeza en Wilmington —tenían poder, contactos influyentes, y
dinero—. Y sabía que si descubrían que él estaba metido en aquel embrollo, no
cesarían hasta desterrarlo de la localidad. Por consiguiente, Marcus se había
quedado con una desagradable duda: Will había encubierto a Scott en el pasado,
pero ¿accedería a seguir haciéndolo incluso cuando podía enturbiar la boda de su
hermana?
No le gustaba esa incertidumbre. Le provocaba una sensación casi de…
« miedo» . No quería ir a la cárcel. Perdería el tiempo allí. Tenía cosas mejores
que hacer. Era demasiado listo para desperdiciar su vida en la cárcel, no podía
imaginarse encerrado entre rejas, teniendo que soportar que una panda de
carceleros palafreneros le dieran órdenes todo el día, o convertirse en el objetivo
amoroso de un neonazi que pesara casi ciento cincuenta kilos, ni comer bazofia
regada con excrementos de cucaracha o cualquier otro horror que fácilmente
podía imaginar.
Los edificios que había incendiado y la gente a la que había hecho daño le
importaban un bledo, pero la idea de ir a dar con los huesos en la cárcel lo
ponía… enfermo. Y nunca antes se había sentido tan cerca de aquella posibilidad
que en la noche anterior.
Se recordó a sí mismo que hasta aquel momento todo parecía en calma.
Obviamente, Will no lo había delatado; de haberlo hecho, el Bower’s Point estaría
plagado de polis. Sin embargo, lo mejor era estarse quietecito durante una
temporada, muy quietecito. Ninguna fiesta más en las casas de la playa, ningún
incendio en edificios; tampoco pensaba acercarse a Will o a Ronnie. Además
tenía claro que no le diría ni una sola palabra de lo sucedido a Teddy ni a Lance,
tampoco a Blaze. Lo mejor era dejar que la gente se olvidara del asunto.
Amenos que Will cambiara de parecer.
Esa posibilidad lo sacudió con la fuerza de una bofetada en plena cara. Hasta
ese momento, Marcus había gozado de tener pleno poder sobre Will, pero de
repente sus papeles se habían invertido… o como mínimo se habían equilibrado.
Pensó que quizá sería mejor marcharse del pueblo una temporada. Ir al sur, a
My rtle Beach, a Fort Lauderdale o a Miami, hasta que todo el mundo se olvidara
de lo que había pasado en aquella boda tan fastuosa.
Consideró que era la decisión más acertada, pero para hacerlo, necesitaba
dinero. Mucho dinero. Y pronto. Eso significaba que tendría que hacer bastantes
espectáculos, y delante de mucha gente. Afortunadamente, el torneo de vóley
play a empezaba ese mismo día. Will estaría compitiendo, seguro, pero no había
ninguna necesidad de acercarse a las pistas. Montaría su espectáculo en el
muelle…, sí, un gran espectáculo.
Detrás de él, Blaze se hallaba sentada, tomando el sol, vestida únicamente con
sus pantalones vaqueros y el sujetador; su camiseta, hecha un ovillo, estaba cerca
de la fogata.
—Blaze —la llamó—. Hoy harán falta nueve bolas de fuego. Habrá mucha
gente y necesitamos dinero.
Ella no le contestó, pero Marcus apretó los dientes al oír su suspiro plañidero.
Estaba harto y asqueado de esa chica. Desde que su madre la había echado de
casa, no había sido más que una carga día tras día. La observó mientras se
levantaba y asía la botella con el líquido inflamable. Bueno. Por lo menos hacía
algo para ganarse el sustento.
Nueve bolas de fuego. No todas a la vez, por supuesto; normalmente usaban
seis en cada espectáculo. Pero si añadía una más por aquí y otra por allá, algo
inesperado, seguro que los espectadores le darían más dinero. Dentro de un par
de días estaría en Florida. Él solo. Teddy, Lance y Blaze se quedarían solitos una
temporada, y eso le parecía fantástico. Estaba harto de ellos.
Marcus estaba tan concentrado pensando en su viaje que no se dio cuenta de
que Blaze empapaba varias bolas de tela con el líquido inflamable justo encima
de la camiseta que más tarde utilizaría en el espectáculo.
28
Will
Ganar la primera ronda en el torneo fue bastante fácil; Will y Scott apenas
tuvieron que sudar la camiseta. En la segunda ronda, el partido resultó incluso
más fácil, y sus adversarios únicamente lograron anotarse un tanto. En la tercera
ronda, tanto él como Scott tuvieron que esforzarse para ganar. A pesar de que al
final sacaron una gran ventaja, Will abandonó la pista con la sensación de que el
equipo al que acababan de derrotar era mucho mejor de lo que indicaba el
marcador.
A las dos de la tarde, empezaron los cuartos de final; la final estaba
programada para las seis. Mientras Will apoyaba las manos sobre las rodillas,
aguardando a que el equipo adversario sacara, tuvo la certeza de que ganarían.
Iban cinco a dos a favor del otro equipo, pero no estaba agobiado. Se sentía en
plena forma, con todos los reflejos alerta, y cada vez que golpeaba el balón, lo
enviaba exactamente al punto preciso que quería. Cuando su adversario lanzó el
balón al aire para sacar, Will se sintió infalible.
La pelota llegó veloz tras formar un arco por encima de la red; anticipando su
caída, Will corrió hacia delante y con un golpe la lanzó hacia arriba. Sin perder ni
un segundo, Scott dio un salto rápidamente y remató la jugada por encima de la
red, enviando el balón con fuerza al campo del equipo adversario. Ganaron los
siguientes seis puntos antes de que le tocara al otro equipo sacar de nuevo;
mientras se preparaba en su posición, Will echó un rápido vistazo hacia las
gradas, buscando a Ronnie. Ella estaba sentada justo en el lado opuesto a sus
padres y a Megan, una buena idea, probablemente.
Qué rabia le había dado no poder contarle a su madre la verdad sobre
Marcus, pero ¿qué podía hacer? Si ella se enteraba de quién había sido el
verdadero culpable, removería cielo y tierra para que castigaran a Marcus… y
eso únicamente acarrearía unas consecuencias que Will no deseaba. Estaba
seguro de que lo primero que Marcus haría si lo arrestaban sería conseguir una
reducción de la pena a cambio de « información privilegiada» sobre otro delito
más grave: el de Scott. Y eso le causaría a su amigo muchos problemas en un
momento crítico en que necesitaba obtener una beca para la universidad, sin
olvidar el revés que supondría para los padres de Scott —que, además, eran muy
buenos amigos de sus padres—. Por eso había mentido, y lamentablemente su
madre había elegido echarle a Ronnie toda la culpa.
Pero ella se había presentado aquella mañana y le había dicho que lo quería
y le había prometido que hablarían más tarde. Además, le había pedido que, por
encima de todo, pusiera toda la carne en el asador en aquel torneo, y eso era
exactamente lo que estaba haciendo.
Cuando el jugador del equipo adversario volvió a sacar, Will atravesó el
campo como una flecha para contraatacar; Scott lo siguió con una sincronización
perfecta, y Will ganó el punto. A partir de aquel momento, el equipo contrario
sólo se anotó un tanto más antes de que se acabara el set; en el siguiente,
consiguieron únicamente dos tantos.
Él y Scott avanzaron imparables hasta las semifinales. En las gradas, Ronnie
lanzaba gritos de alegría.
La semifinal fue realmente dura; habían ganado el primer set sin ninguna
dificultad, pero perdieron el segundo.
Will se hallaba en la línea de saque, esperando que el arbitro diera la señal
para empezar el tercer set, cuando posó la mirada primero en las gradas y
después en el muelle, y pensó que había mucha más gente que el año anterior.
Había chicos y chicas del instituto arracimados por todos lados, al igual que otra
gente que conocía de vista. En las gradas no quedaba ni un solo asiento libre.
El árbitro dio la señal y, tras lanzar el balón por encima de su cabeza, Will
emprendió una serie de pasos veloces antes de elevarse por el aire y enviar el
balón directamente a la línea base, buscando un punto entre los tres cuartos del
límite posterior de la pista. Aterrizó y rápidamente se colocó en su posición,
aunque y a sabía que eso no era necesario. La increíble precisión de su saque
había dejado al equipo adversario paralizado por un instante demasiado largo; el
balón levantó una polvareda de arena antes de salir disparado de la pista.
Uno a cero.
Sacó siete veces seguidas, y consiguieron una cómoda ventaja; a partir de
aquel momento, acabaron alternando puntos hasta llegar a una victoria
relativamente fácil.
Al abandonar la pista, Scott le propinó una palmada en la espalda.
—¡La victoria es nuestra! —gritó, sin poder contener su alegría—. ¡Hoy
estamos imparables! ¡Vamos! ¡Que nos echen a los leones de Tyson y Landry
encima!
Tyson y Landry, un par de fortachones de dieciocho años de Hermosa Beach,
California, formaban el equipo dominante en la categoría júnior. El año anterior
habían quedado en la posición undécima en el ranking mundial, lo cual habría
sido lo bastante bueno para representar virtualmente a cualquier otro país en los
Juegos Olímpicos. Llevaban jugando juntos desde que tenían doce años y sólo
habían perdido un partido en dos años. Scott y Will habían jugado contra ellos
sólo una vez antes de la semifinal del año pasado del mismo torneo, y habían
abandonado la pista con la cola entre las piernas. Ni siquiera habían conseguido
ganar un set.
Pero aquel día la historia era absolutamente diferente: habían ganado el
primer set por tres puntos; Ty son y Landry habían ganado el siguiente por
exactamente el mismo margen; y en el set final, iban empatados a siete.
Will llevaba nueve horas expuesto al sol. A pesar de los litros de agua y de
Gatorade que había ingerido, el sol y el calor deberían haberlo agotado por lo
menos un poquito, y quizás era así. Pero él no lo notaba. No ahora. No cuando se
daba cuenta de que tenían posibilidades de ganar el torneo.
Les tocaba sacar, lo cual siempre supone una desventaja, y a que en el tercer
set el equipo que gana la jugada se anota un punto, y el que devuelve el servicio
siempre tiene más posibilidades de rematar el balón. Sin embargo, Scott sacó con
tanta fuerza que obligó a Tyson a desplazarse de su posición. El chico consiguió
llegar al balón a tiempo, pero lo envió volando en dirección a la multitud. Landry
no perdió ni un segundo y logró alcanzar la pelota, pero la golpeó mal; el balón
acabó en las gradas, entre la gente, y Will pensó que tardarían como mínimo otro
minuto antes de recuperarlo. Él y Scott ganaban por un punto.
Como de costumbre, primero se giró hacia Ronnie y vio que lo saludaba con
la mano alzada; después desvió la vista hacia el otro grupo de gradas y sonrió y
saludó con la cabeza a su familia. Detrás de ellos, en el muelle, podía ver a la
multitud apelotonada en el área más cercana a las pistas, pero un poco más lejos
se fijó en una zona despejada. Se estaba preguntando por qué no había nadie en
aquel círculo cuando vislumbró el arco que describía una bola de fuego en el
aire. Girándose automáticamente hacia la ráfaga de luz, avistó a Blaze en la otra
punta, que recogía la bola y la volvía a lanzar con agilidad.
El marcador estaba empatado a diez cuando sucedió.
El balón había ido a parar nuevamente a las gradas, esta vez por culpa de
Scott; mientras Will regresaba a su posición en el campo, no pudo evitar volver a
mirar hacia el muelle, seguramente porque Marcus estaba allí.
El hecho de que aquel tipo estuviera tan cerca lo ponía tenso, con la misma
rabia que había sentido la noche anterior.
Sabía que debería olvidarse del tema, tal y como Megan le había aconsejado.
No debería haberla importunado contándole toda aquella historia; después de
todo, era el día de su boda, y sus padres habían reservado una suite en el
legendario Wilmingtonian Hotel para los novios. Pero Megan había insistido, y él
se había desahogado. A pesar de que no lo había criticado por su decisión, Will
sabía que se sentía decepcionada con él por haber mantenido el silencio respecto
al delito que Scott había cometido. Sin embargo, ella le había mostrado su apoyo
incondicional aquella mañana. Mientras Will esperaba a que el árbitro diera la
señal con el silbato, fue plenamente consciente de que estaba jugando tanto por
ella como por él mismo.
Posó la mirada en las bolas de fuego que danzaban en el aire en el muelle; la
concurrencia había ido formando un amplio corro alrededor de una zona cercana
a la barandilla; pudo distinguir a Teddy y a Lance bailando breakdance, como de
costumbre. Lo que realmente le sorprendió fue ver a Blaze realizando
malabarismos con las bolas de fuego, junto con Marcus. Cogía una y después se
la volvía a pasar a Marcus. A Will le pareció que las bolas de fuego se movían de
un extremo al otro más veloces que de costumbre. Blaze se iba retirando hacia
atrás lentamente, probablemente intentando aminorar el ritmo de los
lanzamientos, hasta que su espalda topó con la barandilla del muelle.
El sobresalto probablemente le hizo perder la concentración, pero las bolas no
dejaron de volar hacia ella, por lo que calculó mal la tray ectoria de una de ellas
y acabó apresándola entre una mano y la camiseta. La siguiente bola de fuego
llegaba a toda velocidad; para agarrarla, Blaze tuvo que realizar un movimiento
brusco y apretó la primera bola contra su pecho. En cuestión de segundos, la
parte delantera de su camiseta se convirtió en una cortina de fuego, alimentada
por el exceso de líquido inflamable.
En un ataque de pánico, ella intentó sofocar las llamas, obviamente olvidando
que todavía sostenía otra bola de fuego…
Un momento más tarde, sus manos también estaban ardiendo, y sus gritos
desgarradores consiguieron acallar el resto de ruidos en el estadio. La multitud
que rodeaba el espectáculo de fuego debió de haberse quedado conmocionada,
porque nadie reaccionó para ayudarla. Incluso desde la distancia, Will podía ver
cómo las llamas la consumían como un ciclón.
Instintivamente, salió disparado de la pista, corriendo por la arena en
dirección al muelle. Al notar que le resbalaban los pies, alzó las rodillas para
incrementar la velocidad mientras que los chillidos de Blaze seguían llenando el
aire.
Se abrió paso entre el gentío, moviéndose en zigzag desde una entrada a la
siguiente y rápidamente alcanzó los peldaños; los saltó de tres en tres,
agarrándose a uno de los pilares para no tener que frenar la marcha, y después
siguió corriendo como una bala hasta que llegó al muelle.
Volvió a abrirse paso entre la gente, incapaz de ver a Blaze hasta que alcanzó
el círculo despejado. En ese momento, un hombre estaba agazapado al lado de la
figura que se retorcía sin parar de chillar; no había señales de Marcus, de Teddy
o de Lance…
Will se detuvo en seco al ver la camiseta de Blaze, que se había fundido con
su piel quemada y lacerada. Ella gemía y gritaba de forma incoherente, sin
embargo, nadie a su alrededor parecía tener ni idea de qué hacer a continuación.
Will sabía que tenía que hacer algo. Una ambulancia tardaría como mínimo
quince minutos en atravesar el puente y llegar por la play a, incluso sin aquel
gentío. Cuando Blaze chilló agónicamente una vez más, él se inclinó hacia delante
y la cogió con cuidado entre sus brazos. Su furgoneta no estaba muy lejos; había
sido uno de los primeros en llegar por la mañana, y se dispuso a llevar a Blaze en
esa dirección. Todos los presentes estaban tan sobrecogidos por lo que acababan
de presenciar que nadie intentó detenerlo.
La chica se debatía entre un estado de conciencia y de inconsciencia. Will
avanzaba tan rápido como podía, con cuidado de no sacudirla innecesariamente.
Ronnie llegó como una flecha y se detuvo en lo alto de los peldaños mientras él
pasaba por delante de ella con Blaze. El chico no tenía ni idea de cómo había sido
capaz de bajar de las gradas y llegar hasta ellos tan rápidamente, pero se sintió
aliviado al verla.
—¡Las llaves están sobre la rueda de atrás! —gritó él—. ¡Tenemos que
tumbarla en el asiento trasero! ¡Mientras conduzco, llama a Urgencias y diles
que vamos hacia allá, para que estén preparados!
Ronnie se adelantó corriendo hacia la furgoneta y fue capaz de abrir la puerta
antes de que llegara Will. No fue fácil colocar a Blaze en el asiento, pero al final
lo consiguieron; entonces, de un salto, Will se sentó detrás del volante. Arrancó
sin perder ni un segundo y voló hacia el hospital, consciente de que estaba
infringiendo una docena de normas de tráfico durante el tray ecto.
El Servicio de Urgencias del hospital estaba saturado. Will se hallaba sentado
cerca de la puerta, mirando cómo oscurecía. Ronnie estaba a su lado. Sus padres,
junto con Megan y Daniel, habían pasado unos momentos por el hospital, pero
hacía horas que se habían marchado.
En las últimas cuatro horas, Will había contado la historia un montón de veces
a innumerables personas diferentes, incluida la madre de Blaze, que en aquellos
momentos se hallaba dentro con su hija. Cuando había aparecido
atropelladamente en la sala de espera, Will distinguió el tremendo terror escrito
en su cara antes de que una de las enfermeras le pidiera que la siguiera.
Aparte de enterarse de que se habían llevado a Blaze corriendo para
intervenirla quirúrgicamente, todavía no sabía nada sobre su estado. La noche
empezaba a extender su manto sobre ellos, pero él no podía imaginar marcharse
de allí. Sin poderlo remediar, sus recuerdos lo llevaban a la carita de Blaze
cuando se sentaban uno al lado de otro en tercero de primaria y luego a la
imagen de la criatura desfigurada que había llevado entre sus brazos unas horas
antes. Blaze ahora era una desconocida, pero una vez había sido su amiga, y con
eso le bastaba.
Se preguntó si la Policía volvería a pasar por el hospital. Los agentes habían
llegado unas horas antes con los padres de Will, y él les había contado lo que
había visto, aunque ellos se habían mostrado más interesados en saber por qué
había decidido traer a Blaze al hospital en vez de permitir que interviniera el
equipo de urgencias médicas. Will había contestado con absoluta sinceridad: en
aquellos momentos ni pensó que ellos estaban allí; lo único que se le ocurrió fue
que Blaze necesitaba llegar al hospital inmediatamente. Por suerte, los agentes
comprendieron su declaración. Incluso le pareció ver al agente Johnson asentir
levemente con la cabeza. Tuvo la impresión de que, en la misma situación, aquel
policía habría reaccionado del mismo modo.
Cada vez que se abría la puerta de la sección de enfermería, buscaba con la
mirada a alguna de las enfermeras que había asistido a Blaze al llegar. En el
coche, Ronnie había conseguido establecer comunicación con el hospital, y un
equipo del departamento de traumatología los aguardaba en la puerta; al cabo de
menos de un minuto, colocaron a Blaze en una camilla y desaparecieron detrás
de unas puertas oscilantes. Eso fue casi diez minutos antes de que él o Ronnie
pudieran pensar en algo que decirse. Permanecieron sentados sin moverse, con
las manos cogidas, temblando ante el espeluznante recuerdo de Blaze chillando
en la furgoneta.
La puerta oscilante volvió a abrirse. Will reconoció a la madre de Blaze, que
caminaba hacia ellos.
Tanto Will como Ronnie se pusieron de pie. Cuando ella estuvo más cerca,
Will vio las líneas de tensión alrededor de su boca.
—Una de las enfermeras me ha dicho que todavía estabais aquí. Quería daros
las gracias por lo que habéis hecho.
A la mujer se le quebró la voz. Will intentó tragar saliva, pero se dio cuenta de
que tenía la garganta seca.
—¿Cómo está? —consiguió preguntar, con una voz ronca.
—Todavía no lo sé. Aún la están operando. —La madre de Blaze centró la
atención en Ronnie—. Soy Margaret Conway. No sé si Galadriel te habrá hablado
de mí.
—Lo siento muchísimo, señora Conway. —Ronnie adelantó la mano para
apretarle el brazo afectuosamente.
La mujer soltó un suspiro; aunque procuró no perder la compostura, no lo
consiguió.
—Yo también —empezó a decir. Su voz se trocó en un balbuceo a medida que
continuaba—. Le dije un millón de veces que se alejara de Marcus, pero ella se
negaba a escucharme, y ahora mi niñita…
Se derrumbó, incapaz de contener los sollozos. Will la observaba, paralizado.
Ronnie avanzó un paso hacia ella, y ambas acabaron abrazadas, llorando
inconsolablemente.
Mientras Will conducía por las calles de Wrightsville Beach, le parecía que todo a
su alrededor brillaba con un resplandor excesivo. Conducía deprisa, aunque sabía
que aún podría ir más rápido. Sin ningún esfuerzo, podía distinguir un montón de
detalles que normalmente le habrían pasado desapercibidos: el halo suave y
nebuloso alrededor de las farolas de la calle, un contenedor de basura volcado en
el callejón aledaño al Burger King, la pequeña abolladura en la matrícula de un
Nissan Sentra de color crema.
A su lado, Ronnie lo observaba con inquietud, pero sin decir nada. No le había
preguntado adonde iban, pero no tenía que hacerlo. Tan pronto como la madre de
Blaze abandonó la sala de espera, Will se giró hacia la puerta y sin mediar
palabra salió con paso expeditivo hacia la furgoneta. Ronnie lo siguió y se subió
en el asiento de al lado.
Un poco más adelante, el semáforo se puso ámbar, pero en lugar de
aminorar la marcha, Will pisó el acelerador. El motor rugió y la furgoneta
avanzó veloz, hacia el Bower’s Point.
Conocía la ruta más rápida y tomaba cada esquina con una gran habilidad.
Dejó atrás la zona comercial. La furgoneta rugió al pasar por delante de las
silenciosas casas situadas en la primera línea de la playa. Después llegaron al
muelle, y a continuación pasaron por delante de la casa de Ronnie; pero Will no
aminoró la marcha, sino que apretó el acelerador hasta unos límites peligrosos.
A su lado, Ronnie se aferraba al asidero con dedos crispados hasta que él hizo
un último giro de volante antes de entrar en una zona de gravilla que hacía las
veces de aparcamiento y que quedaba prácticamente oculta entre los árboles. La
furgoneta patinó por la gravilla hasta detenerse en seco. Fue entonces cuando
Ronnie reunió el coraje para hablar.
—Por favor, no lo hagas.
Will la oy ó y comprendió lo que le pedía, pero igualmente saltó de la
furgoneta. El Bower’s Point no quedaba demasiado lejos. Sólo se podía acceder
desde la play a, estaba justo al torcer la esquina, a unos doscientos metros de la
caseta de los vigilantes de la play a.
Will empezó a correr. Sabía que Marcus estaría allí; lo presentía. Aceleró el
ritmo, mientras las imágenes seguían bombardeándole la mente: el incendio en la
iglesia, la noche de la feria, la forma violenta en la que Marcus había
inmovilizado a Ronnie por los brazos…, y Blaze, consumiéndose en una pira
humana.
Marcus no había intentado auxiliarla. Había huido corriendo cuando ella lo
necesitaba, cuando podría haber muerto.
A Will no le importaba lo que pudiera sucederle. Ni tampoco le importaba lo
que pudiera pasarle a Scott. Ahora esos miedos habían quedado atrás. Esta vez,
Marcus se había pasado de la ray a. Al torcer la esquina, lo avistó a lo lejos,
sentado sobre unos trozos de madera alrededor de una pequeña fogata.
Fuego. Bolas de fuego. Blaze…
Aceleró la marcha, preparándose para lo que pudiera pasar a continuación.
Se acercó lo suficiente como para fijarse en las botellas de cerveza vacías
esparcidas alrededor de la fogata, pero sabía que la oscuridad lo protegía y que
no podían verlo.
Marcus se estaba llevando una botella de cerveza a los labios cuando Will
tomó carrerilla y lo embistió por la espalda. Sintió cómo Marcus se asustaba a
causa del fuerte impacto y lanzaba un gemido de dolor mientras Will lo
empujaba contra la arena.
Sabía que tenía que actuar con presteza, para llegar a Teddy antes de que él o
su hermano pudieran reaccionar. La visión de Marcus súbitamente tumbado en el
suelo tuvo un efecto paralizador; sin embargo, y después de que Will colocara la
rodilla sobre la espalda de Marcus, arremetió contra Teddy, moviendo las piernas
como pistones, y lo lanzó por encima de los trozos de madera. Will estaba ahora
sobre Teddy pero en lugar de usar los puños, se echó hacia atrás y lo agredió con
un cabezazo en la nariz.
Sintió el crujido del cartílago nasal a causa del impacto. Will se levantó
rápidamente, ignorando la imagen de Teddy revolcándose por el suelo,
cubriéndose la cara con las manos, con los dedos manchados de sangre, mientras
que sus gritos enloquecidos quedaban en cierta manera amortiguados por el
sonido de sus propios jadeos.
Lance y a había reaccionado y se disponía a atacar a Will cuando éste dio un
gran paso hacia atrás, para mantener la distancia. Lance se abalanzó sobre él
cuando, repentinamente, Will alzó la rodilla y le propinó un rodillazo en plena
cara. Lance se tambaleó y perdió la consciencia antes de caer de bruces en el
suelo.
Dos fuera de combate; sólo quedaba uno.
En ese momento, Marcus consiguió ponerse de pie. Asió un trozo de madera
y retrocedió mientras Will avanzaba hacia él. Pero lo último que Will quería era
que Marcus recuperase totalmente el equilibrio sobre sus piernas. Will se preparó
para un ataque rápido. Marcus blandió el trozo de madera, pero sólo consiguió
asestarle a Will un golpe débil; de un manotazo, lo desarmó antes de embestirlo.
Lo rodeó con sus brazos, inmovilizándolo; lo alzó unos centímetros del suelo,
sacando ventaja de la posición para derribar a su contrincante. Era la imagen
perfecta de una técnica violenta de fútbol americano, y Marcus cay ó al suelo de
espaldas.
Will se abalanzó entonces sobre él, apoy ando sobre su enemigo todo el peso
de su cuerpo para inmovilizarlo. Acto seguido, igual que había hecho con Teddy,
le propinó un cabezazo con toda la fuerza que pudo.
Sintió otra vez el desagradable crujido del cartílago nasal, pero esta vez no se
detuvo allí. Enloquecido, empezó a golpear a Marcus con el puño. Una y otra vez,
desahogándose de toda la rabia que lo consumía, soltando su furia ante la
impotencia que había sentido desde el incendio. Le pegó un puñetazo en la oreja,
y luego otro en el mismo sitio. Los gritos de Marcus sólo consiguieron sulfurarlo
más. Volvió a atizarle con saña, esta vez en la nariz, que ya estaba rota. Entonces,
de repente, notó que alguien le agarraba el brazo.
Se giró enérgicamente, pensando que era Teddy, pero se encontró con
Ronnie, que lo miraba con una expresión aterrorizada.
—¡Para! ¡No mereces ir a la cárcel por una rata como Marcus! —gritó—.
¡No arruines tu vida por él!
Will apenas la oía, pero notó cómo ella tiraba de su brazo con insistencia.
—Por favor, Will —suplicó, con voz temblorosa—. Tú no eres como él. Tú
tienes un futuro por delante. No lo eches a perder.
Mientras Ronnie aflojaba su garra gradualmente, Will notó cómo toda su
energía se diluía rápidamente. Se puso de pie con esfuerzo; la adrenalina le había
provocado temblores y no se sostenía en pie. Ronnie pasó un brazo alrededor de
su cintura, y lentamente emprendieron el camino de regreso a la furgoneta.
A la mañana siguiente, Will fue a trabajar con la mano entumecida. Al entrar se
encontró a Scott, que lo esperaba en el pequeño vestuario del taller. Mientras su
amigo se quitaba la sudadera, miró a Will con el ceño fruncido antes de
enfundarse el mono de trabajo.
—No tenías que abandonar el partido —lo amonestó, al tiempo que se subía la
cremallera del mono—. El equipo médico estaba allí por algo.
—Lo sé —dijo Will—. Se me nubló la cabeza. Sé que los había visto antes,
pero lo olvidé. Siento no haber acabado el partido.
—Ya, bueno, yo también —espetó Scott. Asió un trapo y se lo colgó del
cinturón—. Habríamos ganado, pero claro, tú tuviste que salir corriendo para
hacerte el héroe.
—Scott, ella necesitaba ayuda…
—¿Ah, sí? ¿Y por qué tenías que ser tú? ¿Por qué no podías esperar a recibir
ayuda? ¿Por qué no llamaste al 112? ¿Por qué tuviste que meterla en tu
furgoneta?
—Ya te lo he dicho, me olvidé del equipo médico que había en el torneo.
Pensé que una ambulancia tardaría demasiado en llegar y…
Scott propinó un puñetazo contra la taquilla.
—¡Pero si ni siquiera te cae bien! —gritó azorado—. ¡Hace tiempo que no
sois amigos! Vale, si se tratara de Ashley o de Cassie o incluso de Ronnie, podría
comprenderlo. Por Dios, si fuera una desconocida, podría comprenderlo. Pero
¿Blaze? ¿Blaze? ¿Esa desequilibrada que está dispuesta a enviar a tu novia a la
cárcel? ¿La loca que sale con Marcus? —Scott avanzó un paso hacia él—. ¿Acaso
crees que ella habría hecho lo mismo por ti si estuvieras herido y necesitaras
ay uda? ¡Ni por asomo!
—Sólo era un juego —se defendió Will, notando cómo nuevamente la rabia
se apoderaba de él.
—¡Para ti! —ladró Scott—. ¡Para ti era sólo un juego! Pero, claro, para ti,
todo se reduce a un juego. ¿No te das cuenta? ¡Porque nada te importa! ¡No
necesitas ganarte tu puesto, porque aunque pierdas, te seguirán sirviendo toda la
vida en una bandeja de plata! ¡Pero yo sí que lo necesito! ¡Es mi futuro lo que
está en juego!
—¡Lo que estaba en juego era la vida de una persona! —bramó Will—. ¡Y si
pudieras dejar de ser tan egocéntrico por una puñetera vez, te darías cuenta de
que salvar la vida de alguien es mucho más importante que tu maldita beca de
voleibol!
Scott sacudió la cabeza con desaprobación.
—Hemos sido amigos durante mucho tiempo…, pero ¿sabes qué?, siempre he
sido yo quien ha tenido que claudicar. Todo siempre tiene que ser tal y como tú
quieres. ¿Quieres romper con Ashley ? ¿Quieres salir con Ronnie? ¿Quieres echar
a perder el duro entrenamiento de estas últimas semanas? ¿Quieres hacerte el
héroe? Pues, ¿sabes qué? ¡Que te equivocas! Hablé con el equipo médico, y ellos
también opinan que te equivocaste. Con tu genial idea de meter a Blaze en la
furgoneta tal y como hiciste, podrías haberla matado. ¿Y qué has conseguido? ¿Te
ha dado las gracias? No, ¡por supuesto que no! ¡Y no lo hará! Pero estás
totalmente decidido a arruinar nuestra amistad porque lo único que te importa es
lo que tú quieres hacer.
Las palabras de Scott lo asaltaron como puñaladas en el estómago, y sólo
consiguieron desatar su furia.
—¡Mira, déjame en paz! —rugió Will—. ¡Esta vez no se trata de ti!
—¡Me lo debes! —gritó Scott, propinando otro puñetazo a la taquilla—. ¡Sólo
te pedí una cosa la mar de sencilla! ¡Sabías lo importante que eso era para mí!
—¡No te debo nada! —replicó Will, apretando los dientes—. ¡Llevo ocho
meses encubriéndote! ¡Estoy harto de que Marcus nos haga bailar al son que él
quiere! ¡Se acabó! ¡Las cosas han cambiado! ¡Tienes que contar la verdad!
Will se giró y se dirigió hacia la puerta a grandes zancadas. Mientras la abría,
oy ó a Scott a su espalda.
—¿Qué has dicho?
Will se giró, sosteniendo la puerta entreabierta y clavando una mirada gélida
en la cara consternada de Scott.
—He dicho que tienes que contar la verdad.
Esperó hasta que Scott asimiló sus palabras, después salió por la puerta y la
cerró con un fuerte portazo tras él. Mientras pasaba por debajo de los coches
situados en los elevadores, podía oír a Scott:
—¿Quieres arruinar mi vida? ¿Quieres que vay a a la cárcel por un accidente?
¡No pienso hacerlo!
Incluso cuando y a estaba cerca del vestíbulo, todavía podía oír que Scott se
desahogaba a puñetazos contra las taquillas.
Marcus
Mientras propinaba patadas a la arena en el Bower’s Point, Marcus pensó que
debería estar saboreando el desbarajuste que había organizado la noche anterior.
Todo había salido a pedir de boca, como había planeado. La casa había sido
decorada exactamente tal y como se detallaba en numerosos artículos de prensa,
y aflojar las clavijas de la pérgola —no del todo, sólo lo necesario para
asegurarse de que saltaran con facilidad cuando él chocara contra las cuerdas—
había sido pan comido, había aprovechado el momento en que los invitados
estaban cenando. Se había entusiasmado al ver a Ronnie pasear por el muelle, y
a Will ir detrás de ella; no lo habían defraudado. Y el bueno de Will había
interpretado su papel a la perfección; tenía claro que no había nadie más
predecible que ese niño rico. Sólo tenía que pulsar el botón X para que Will
reaccionara de una manera, y pulsar el botón Y para que reaccionara de otra. Si
no hubiera sido todo tan hilarante, la verdad es que se habría aburrido.
Marcus no era como el resto de la gente; hacía mucho tiempo que era
plenamente consciente de eso. De niño, nunca había sentido remordimientos por
ninguna de las fechorías que había cometido, y estaba orgulloso de ser así. Podía
hacer lo que le venía en gana, y eso le hacía sentir poderoso; pero ese placer
normalmente duraba poco.
La noche anterior se había sentido mucho más excitado que en los últimos
meses; aquello había sido increíble. Normalmente, después de llevar a cabo uno
de sus « proyectos» —así era como le gustaba pensar en ellos—, la satisfacción
le duraba varias semanas. Pero era consciente de que si no remataba cada caso
correctamente, acabarían por pillarlo. No era tan idiota. Sabía cómo funcionaban
las cosas, y por eso precisamente siempre actuaba con mucha, muchísima
cautela.
Ahora, sin embargo, estaba preocupado porque presentía que había cometido
un fallo. Quizás había tentado demasiado a la suerte al escoger a la familia
Blakelee como el objetivo de su último proyecto. Después de todo, eran lo más
parecido a la realeza en Wilmington —tenían poder, contactos influyentes, y
dinero—. Y sabía que si descubrían que él estaba metido en aquel embrollo, no
cesarían hasta desterrarlo de la localidad. Por consiguiente, Marcus se había
quedado con una desagradable duda: Will había encubierto a Scott en el pasado,
pero ¿accedería a seguir haciéndolo incluso cuando podía enturbiar la boda de su
hermana?
No le gustaba esa incertidumbre. Le provocaba una sensación casi de…
« miedo» . No quería ir a la cárcel. Perdería el tiempo allí. Tenía cosas mejores
que hacer. Era demasiado listo para desperdiciar su vida en la cárcel, no podía
imaginarse encerrado entre rejas, teniendo que soportar que una panda de
carceleros palafreneros le dieran órdenes todo el día, o convertirse en el objetivo
amoroso de un neonazi que pesara casi ciento cincuenta kilos, ni comer bazofia
regada con excrementos de cucaracha o cualquier otro horror que fácilmente
podía imaginar.
Los edificios que había incendiado y la gente a la que había hecho daño le
importaban un bledo, pero la idea de ir a dar con los huesos en la cárcel lo
ponía… enfermo. Y nunca antes se había sentido tan cerca de aquella posibilidad
que en la noche anterior.
Se recordó a sí mismo que hasta aquel momento todo parecía en calma.
Obviamente, Will no lo había delatado; de haberlo hecho, el Bower’s Point estaría
plagado de polis. Sin embargo, lo mejor era estarse quietecito durante una
temporada, muy quietecito. Ninguna fiesta más en las casas de la playa, ningún
incendio en edificios; tampoco pensaba acercarse a Will o a Ronnie. Además
tenía claro que no le diría ni una sola palabra de lo sucedido a Teddy ni a Lance,
tampoco a Blaze. Lo mejor era dejar que la gente se olvidara del asunto.
Amenos que Will cambiara de parecer.
Esa posibilidad lo sacudió con la fuerza de una bofetada en plena cara. Hasta
ese momento, Marcus había gozado de tener pleno poder sobre Will, pero de
repente sus papeles se habían invertido… o como mínimo se habían equilibrado.
Pensó que quizá sería mejor marcharse del pueblo una temporada. Ir al sur, a
My rtle Beach, a Fort Lauderdale o a Miami, hasta que todo el mundo se olvidara
de lo que había pasado en aquella boda tan fastuosa.
Consideró que era la decisión más acertada, pero para hacerlo, necesitaba
dinero. Mucho dinero. Y pronto. Eso significaba que tendría que hacer bastantes
espectáculos, y delante de mucha gente. Afortunadamente, el torneo de vóley
play a empezaba ese mismo día. Will estaría compitiendo, seguro, pero no había
ninguna necesidad de acercarse a las pistas. Montaría su espectáculo en el
muelle…, sí, un gran espectáculo.
Detrás de él, Blaze se hallaba sentada, tomando el sol, vestida únicamente con
sus pantalones vaqueros y el sujetador; su camiseta, hecha un ovillo, estaba cerca
de la fogata.
—Blaze —la llamó—. Hoy harán falta nueve bolas de fuego. Habrá mucha
gente y necesitamos dinero.
Ella no le contestó, pero Marcus apretó los dientes al oír su suspiro plañidero.
Estaba harto y asqueado de esa chica. Desde que su madre la había echado de
casa, no había sido más que una carga día tras día. La observó mientras se
levantaba y asía la botella con el líquido inflamable. Bueno. Por lo menos hacía
algo para ganarse el sustento.
Nueve bolas de fuego. No todas a la vez, por supuesto; normalmente usaban
seis en cada espectáculo. Pero si añadía una más por aquí y otra por allá, algo
inesperado, seguro que los espectadores le darían más dinero. Dentro de un par
de días estaría en Florida. Él solo. Teddy, Lance y Blaze se quedarían solitos una
temporada, y eso le parecía fantástico. Estaba harto de ellos.
Marcus estaba tan concentrado pensando en su viaje que no se dio cuenta de
que Blaze empapaba varias bolas de tela con el líquido inflamable justo encima
de la camiseta que más tarde utilizaría en el espectáculo.
28
Will
Ganar la primera ronda en el torneo fue bastante fácil; Will y Scott apenas
tuvieron que sudar la camiseta. En la segunda ronda, el partido resultó incluso
más fácil, y sus adversarios únicamente lograron anotarse un tanto. En la tercera
ronda, tanto él como Scott tuvieron que esforzarse para ganar. A pesar de que al
final sacaron una gran ventaja, Will abandonó la pista con la sensación de que el
equipo al que acababan de derrotar era mucho mejor de lo que indicaba el
marcador.
A las dos de la tarde, empezaron los cuartos de final; la final estaba
programada para las seis. Mientras Will apoyaba las manos sobre las rodillas,
aguardando a que el equipo adversario sacara, tuvo la certeza de que ganarían.
Iban cinco a dos a favor del otro equipo, pero no estaba agobiado. Se sentía en
plena forma, con todos los reflejos alerta, y cada vez que golpeaba el balón, lo
enviaba exactamente al punto preciso que quería. Cuando su adversario lanzó el
balón al aire para sacar, Will se sintió infalible.
La pelota llegó veloz tras formar un arco por encima de la red; anticipando su
caída, Will corrió hacia delante y con un golpe la lanzó hacia arriba. Sin perder ni
un segundo, Scott dio un salto rápidamente y remató la jugada por encima de la
red, enviando el balón con fuerza al campo del equipo adversario. Ganaron los
siguientes seis puntos antes de que le tocara al otro equipo sacar de nuevo;
mientras se preparaba en su posición, Will echó un rápido vistazo hacia las
gradas, buscando a Ronnie. Ella estaba sentada justo en el lado opuesto a sus
padres y a Megan, una buena idea, probablemente.
Qué rabia le había dado no poder contarle a su madre la verdad sobre
Marcus, pero ¿qué podía hacer? Si ella se enteraba de quién había sido el
verdadero culpable, removería cielo y tierra para que castigaran a Marcus… y
eso únicamente acarrearía unas consecuencias que Will no deseaba. Estaba
seguro de que lo primero que Marcus haría si lo arrestaban sería conseguir una
reducción de la pena a cambio de « información privilegiada» sobre otro delito
más grave: el de Scott. Y eso le causaría a su amigo muchos problemas en un
momento crítico en que necesitaba obtener una beca para la universidad, sin
olvidar el revés que supondría para los padres de Scott —que, además, eran muy
buenos amigos de sus padres—. Por eso había mentido, y lamentablemente su
madre había elegido echarle a Ronnie toda la culpa.
Pero ella se había presentado aquella mañana y le había dicho que lo quería
y le había prometido que hablarían más tarde. Además, le había pedido que, por
encima de todo, pusiera toda la carne en el asador en aquel torneo, y eso era
exactamente lo que estaba haciendo.
Cuando el jugador del equipo adversario volvió a sacar, Will atravesó el
campo como una flecha para contraatacar; Scott lo siguió con una sincronización
perfecta, y Will ganó el punto. A partir de aquel momento, el equipo contrario
sólo se anotó un tanto más antes de que se acabara el set; en el siguiente,
consiguieron únicamente dos tantos.
Él y Scott avanzaron imparables hasta las semifinales. En las gradas, Ronnie
lanzaba gritos de alegría.
La semifinal fue realmente dura; habían ganado el primer set sin ninguna
dificultad, pero perdieron el segundo.
Will se hallaba en la línea de saque, esperando que el arbitro diera la señal
para empezar el tercer set, cuando posó la mirada primero en las gradas y
después en el muelle, y pensó que había mucha más gente que el año anterior.
Había chicos y chicas del instituto arracimados por todos lados, al igual que otra
gente que conocía de vista. En las gradas no quedaba ni un solo asiento libre.
El árbitro dio la señal y, tras lanzar el balón por encima de su cabeza, Will
emprendió una serie de pasos veloces antes de elevarse por el aire y enviar el
balón directamente a la línea base, buscando un punto entre los tres cuartos del
límite posterior de la pista. Aterrizó y rápidamente se colocó en su posición,
aunque y a sabía que eso no era necesario. La increíble precisión de su saque
había dejado al equipo adversario paralizado por un instante demasiado largo; el
balón levantó una polvareda de arena antes de salir disparado de la pista.
Uno a cero.
Sacó siete veces seguidas, y consiguieron una cómoda ventaja; a partir de
aquel momento, acabaron alternando puntos hasta llegar a una victoria
relativamente fácil.
Al abandonar la pista, Scott le propinó una palmada en la espalda.
—¡La victoria es nuestra! —gritó, sin poder contener su alegría—. ¡Hoy
estamos imparables! ¡Vamos! ¡Que nos echen a los leones de Tyson y Landry
encima!
Tyson y Landry, un par de fortachones de dieciocho años de Hermosa Beach,
California, formaban el equipo dominante en la categoría júnior. El año anterior
habían quedado en la posición undécima en el ranking mundial, lo cual habría
sido lo bastante bueno para representar virtualmente a cualquier otro país en los
Juegos Olímpicos. Llevaban jugando juntos desde que tenían doce años y sólo
habían perdido un partido en dos años. Scott y Will habían jugado contra ellos
sólo una vez antes de la semifinal del año pasado del mismo torneo, y habían
abandonado la pista con la cola entre las piernas. Ni siquiera habían conseguido
ganar un set.
Pero aquel día la historia era absolutamente diferente: habían ganado el
primer set por tres puntos; Ty son y Landry habían ganado el siguiente por
exactamente el mismo margen; y en el set final, iban empatados a siete.
Will llevaba nueve horas expuesto al sol. A pesar de los litros de agua y de
Gatorade que había ingerido, el sol y el calor deberían haberlo agotado por lo
menos un poquito, y quizás era así. Pero él no lo notaba. No ahora. No cuando se
daba cuenta de que tenían posibilidades de ganar el torneo.
Les tocaba sacar, lo cual siempre supone una desventaja, y a que en el tercer
set el equipo que gana la jugada se anota un punto, y el que devuelve el servicio
siempre tiene más posibilidades de rematar el balón. Sin embargo, Scott sacó con
tanta fuerza que obligó a Tyson a desplazarse de su posición. El chico consiguió
llegar al balón a tiempo, pero lo envió volando en dirección a la multitud. Landry
no perdió ni un segundo y logró alcanzar la pelota, pero la golpeó mal; el balón
acabó en las gradas, entre la gente, y Will pensó que tardarían como mínimo otro
minuto antes de recuperarlo. Él y Scott ganaban por un punto.
Como de costumbre, primero se giró hacia Ronnie y vio que lo saludaba con
la mano alzada; después desvió la vista hacia el otro grupo de gradas y sonrió y
saludó con la cabeza a su familia. Detrás de ellos, en el muelle, podía ver a la
multitud apelotonada en el área más cercana a las pistas, pero un poco más lejos
se fijó en una zona despejada. Se estaba preguntando por qué no había nadie en
aquel círculo cuando vislumbró el arco que describía una bola de fuego en el
aire. Girándose automáticamente hacia la ráfaga de luz, avistó a Blaze en la otra
punta, que recogía la bola y la volvía a lanzar con agilidad.
El marcador estaba empatado a diez cuando sucedió.
El balón había ido a parar nuevamente a las gradas, esta vez por culpa de
Scott; mientras Will regresaba a su posición en el campo, no pudo evitar volver a
mirar hacia el muelle, seguramente porque Marcus estaba allí.
El hecho de que aquel tipo estuviera tan cerca lo ponía tenso, con la misma
rabia que había sentido la noche anterior.
Sabía que debería olvidarse del tema, tal y como Megan le había aconsejado.
No debería haberla importunado contándole toda aquella historia; después de
todo, era el día de su boda, y sus padres habían reservado una suite en el
legendario Wilmingtonian Hotel para los novios. Pero Megan había insistido, y él
se había desahogado. A pesar de que no lo había criticado por su decisión, Will
sabía que se sentía decepcionada con él por haber mantenido el silencio respecto
al delito que Scott había cometido. Sin embargo, ella le había mostrado su apoyo
incondicional aquella mañana. Mientras Will esperaba a que el árbitro diera la
señal con el silbato, fue plenamente consciente de que estaba jugando tanto por
ella como por él mismo.
Posó la mirada en las bolas de fuego que danzaban en el aire en el muelle; la
concurrencia había ido formando un amplio corro alrededor de una zona cercana
a la barandilla; pudo distinguir a Teddy y a Lance bailando breakdance, como de
costumbre. Lo que realmente le sorprendió fue ver a Blaze realizando
malabarismos con las bolas de fuego, junto con Marcus. Cogía una y después se
la volvía a pasar a Marcus. A Will le pareció que las bolas de fuego se movían de
un extremo al otro más veloces que de costumbre. Blaze se iba retirando hacia
atrás lentamente, probablemente intentando aminorar el ritmo de los
lanzamientos, hasta que su espalda topó con la barandilla del muelle.
El sobresalto probablemente le hizo perder la concentración, pero las bolas no
dejaron de volar hacia ella, por lo que calculó mal la tray ectoria de una de ellas
y acabó apresándola entre una mano y la camiseta. La siguiente bola de fuego
llegaba a toda velocidad; para agarrarla, Blaze tuvo que realizar un movimiento
brusco y apretó la primera bola contra su pecho. En cuestión de segundos, la
parte delantera de su camiseta se convirtió en una cortina de fuego, alimentada
por el exceso de líquido inflamable.
En un ataque de pánico, ella intentó sofocar las llamas, obviamente olvidando
que todavía sostenía otra bola de fuego…
Un momento más tarde, sus manos también estaban ardiendo, y sus gritos
desgarradores consiguieron acallar el resto de ruidos en el estadio. La multitud
que rodeaba el espectáculo de fuego debió de haberse quedado conmocionada,
porque nadie reaccionó para ayudarla. Incluso desde la distancia, Will podía ver
cómo las llamas la consumían como un ciclón.
Instintivamente, salió disparado de la pista, corriendo por la arena en
dirección al muelle. Al notar que le resbalaban los pies, alzó las rodillas para
incrementar la velocidad mientras que los chillidos de Blaze seguían llenando el
aire.
Se abrió paso entre el gentío, moviéndose en zigzag desde una entrada a la
siguiente y rápidamente alcanzó los peldaños; los saltó de tres en tres,
agarrándose a uno de los pilares para no tener que frenar la marcha, y después
siguió corriendo como una bala hasta que llegó al muelle.
Volvió a abrirse paso entre la gente, incapaz de ver a Blaze hasta que alcanzó
el círculo despejado. En ese momento, un hombre estaba agazapado al lado de la
figura que se retorcía sin parar de chillar; no había señales de Marcus, de Teddy
o de Lance…
Will se detuvo en seco al ver la camiseta de Blaze, que se había fundido con
su piel quemada y lacerada. Ella gemía y gritaba de forma incoherente, sin
embargo, nadie a su alrededor parecía tener ni idea de qué hacer a continuación.
Will sabía que tenía que hacer algo. Una ambulancia tardaría como mínimo
quince minutos en atravesar el puente y llegar por la play a, incluso sin aquel
gentío. Cuando Blaze chilló agónicamente una vez más, él se inclinó hacia delante
y la cogió con cuidado entre sus brazos. Su furgoneta no estaba muy lejos; había
sido uno de los primeros en llegar por la mañana, y se dispuso a llevar a Blaze en
esa dirección. Todos los presentes estaban tan sobrecogidos por lo que acababan
de presenciar que nadie intentó detenerlo.
La chica se debatía entre un estado de conciencia y de inconsciencia. Will
avanzaba tan rápido como podía, con cuidado de no sacudirla innecesariamente.
Ronnie llegó como una flecha y se detuvo en lo alto de los peldaños mientras él
pasaba por delante de ella con Blaze. El chico no tenía ni idea de cómo había sido
capaz de bajar de las gradas y llegar hasta ellos tan rápidamente, pero se sintió
aliviado al verla.
—¡Las llaves están sobre la rueda de atrás! —gritó él—. ¡Tenemos que
tumbarla en el asiento trasero! ¡Mientras conduzco, llama a Urgencias y diles
que vamos hacia allá, para que estén preparados!
Ronnie se adelantó corriendo hacia la furgoneta y fue capaz de abrir la puerta
antes de que llegara Will. No fue fácil colocar a Blaze en el asiento, pero al final
lo consiguieron; entonces, de un salto, Will se sentó detrás del volante. Arrancó
sin perder ni un segundo y voló hacia el hospital, consciente de que estaba
infringiendo una docena de normas de tráfico durante el tray ecto.
El Servicio de Urgencias del hospital estaba saturado. Will se hallaba sentado
cerca de la puerta, mirando cómo oscurecía. Ronnie estaba a su lado. Sus padres,
junto con Megan y Daniel, habían pasado unos momentos por el hospital, pero
hacía horas que se habían marchado.
En las últimas cuatro horas, Will había contado la historia un montón de veces
a innumerables personas diferentes, incluida la madre de Blaze, que en aquellos
momentos se hallaba dentro con su hija. Cuando había aparecido
atropelladamente en la sala de espera, Will distinguió el tremendo terror escrito
en su cara antes de que una de las enfermeras le pidiera que la siguiera.
Aparte de enterarse de que se habían llevado a Blaze corriendo para
intervenirla quirúrgicamente, todavía no sabía nada sobre su estado. La noche
empezaba a extender su manto sobre ellos, pero él no podía imaginar marcharse
de allí. Sin poderlo remediar, sus recuerdos lo llevaban a la carita de Blaze
cuando se sentaban uno al lado de otro en tercero de primaria y luego a la
imagen de la criatura desfigurada que había llevado entre sus brazos unas horas
antes. Blaze ahora era una desconocida, pero una vez había sido su amiga, y con
eso le bastaba.
Se preguntó si la Policía volvería a pasar por el hospital. Los agentes habían
llegado unas horas antes con los padres de Will, y él les había contado lo que
había visto, aunque ellos se habían mostrado más interesados en saber por qué
había decidido traer a Blaze al hospital en vez de permitir que interviniera el
equipo de urgencias médicas. Will había contestado con absoluta sinceridad: en
aquellos momentos ni pensó que ellos estaban allí; lo único que se le ocurrió fue
que Blaze necesitaba llegar al hospital inmediatamente. Por suerte, los agentes
comprendieron su declaración. Incluso le pareció ver al agente Johnson asentir
levemente con la cabeza. Tuvo la impresión de que, en la misma situación, aquel
policía habría reaccionado del mismo modo.
Cada vez que se abría la puerta de la sección de enfermería, buscaba con la
mirada a alguna de las enfermeras que había asistido a Blaze al llegar. En el
coche, Ronnie había conseguido establecer comunicación con el hospital, y un
equipo del departamento de traumatología los aguardaba en la puerta; al cabo de
menos de un minuto, colocaron a Blaze en una camilla y desaparecieron detrás
de unas puertas oscilantes. Eso fue casi diez minutos antes de que él o Ronnie
pudieran pensar en algo que decirse. Permanecieron sentados sin moverse, con
las manos cogidas, temblando ante el espeluznante recuerdo de Blaze chillando
en la furgoneta.
La puerta oscilante volvió a abrirse. Will reconoció a la madre de Blaze, que
caminaba hacia ellos.
Tanto Will como Ronnie se pusieron de pie. Cuando ella estuvo más cerca,
Will vio las líneas de tensión alrededor de su boca.
—Una de las enfermeras me ha dicho que todavía estabais aquí. Quería daros
las gracias por lo que habéis hecho.
A la mujer se le quebró la voz. Will intentó tragar saliva, pero se dio cuenta de
que tenía la garganta seca.
—¿Cómo está? —consiguió preguntar, con una voz ronca.
—Todavía no lo sé. Aún la están operando. —La madre de Blaze centró la
atención en Ronnie—. Soy Margaret Conway. No sé si Galadriel te habrá hablado
de mí.
—Lo siento muchísimo, señora Conway. —Ronnie adelantó la mano para
apretarle el brazo afectuosamente.
La mujer soltó un suspiro; aunque procuró no perder la compostura, no lo
consiguió.
—Yo también —empezó a decir. Su voz se trocó en un balbuceo a medida que
continuaba—. Le dije un millón de veces que se alejara de Marcus, pero ella se
negaba a escucharme, y ahora mi niñita…
Se derrumbó, incapaz de contener los sollozos. Will la observaba, paralizado.
Ronnie avanzó un paso hacia ella, y ambas acabaron abrazadas, llorando
inconsolablemente.
Mientras Will conducía por las calles de Wrightsville Beach, le parecía que todo a
su alrededor brillaba con un resplandor excesivo. Conducía deprisa, aunque sabía
que aún podría ir más rápido. Sin ningún esfuerzo, podía distinguir un montón de
detalles que normalmente le habrían pasado desapercibidos: el halo suave y
nebuloso alrededor de las farolas de la calle, un contenedor de basura volcado en
el callejón aledaño al Burger King, la pequeña abolladura en la matrícula de un
Nissan Sentra de color crema.
A su lado, Ronnie lo observaba con inquietud, pero sin decir nada. No le había
preguntado adonde iban, pero no tenía que hacerlo. Tan pronto como la madre de
Blaze abandonó la sala de espera, Will se giró hacia la puerta y sin mediar
palabra salió con paso expeditivo hacia la furgoneta. Ronnie lo siguió y se subió
en el asiento de al lado.
Un poco más adelante, el semáforo se puso ámbar, pero en lugar de
aminorar la marcha, Will pisó el acelerador. El motor rugió y la furgoneta
avanzó veloz, hacia el Bower’s Point.
Conocía la ruta más rápida y tomaba cada esquina con una gran habilidad.
Dejó atrás la zona comercial. La furgoneta rugió al pasar por delante de las
silenciosas casas situadas en la primera línea de la playa. Después llegaron al
muelle, y a continuación pasaron por delante de la casa de Ronnie; pero Will no
aminoró la marcha, sino que apretó el acelerador hasta unos límites peligrosos.
A su lado, Ronnie se aferraba al asidero con dedos crispados hasta que él hizo
un último giro de volante antes de entrar en una zona de gravilla que hacía las
veces de aparcamiento y que quedaba prácticamente oculta entre los árboles. La
furgoneta patinó por la gravilla hasta detenerse en seco. Fue entonces cuando
Ronnie reunió el coraje para hablar.
—Por favor, no lo hagas.
Will la oy ó y comprendió lo que le pedía, pero igualmente saltó de la
furgoneta. El Bower’s Point no quedaba demasiado lejos. Sólo se podía acceder
desde la play a, estaba justo al torcer la esquina, a unos doscientos metros de la
caseta de los vigilantes de la play a.
Will empezó a correr. Sabía que Marcus estaría allí; lo presentía. Aceleró el
ritmo, mientras las imágenes seguían bombardeándole la mente: el incendio en la
iglesia, la noche de la feria, la forma violenta en la que Marcus había
inmovilizado a Ronnie por los brazos…, y Blaze, consumiéndose en una pira
humana.
Marcus no había intentado auxiliarla. Había huido corriendo cuando ella lo
necesitaba, cuando podría haber muerto.
A Will no le importaba lo que pudiera sucederle. Ni tampoco le importaba lo
que pudiera pasarle a Scott. Ahora esos miedos habían quedado atrás. Esta vez,
Marcus se había pasado de la ray a. Al torcer la esquina, lo avistó a lo lejos,
sentado sobre unos trozos de madera alrededor de una pequeña fogata.
Fuego. Bolas de fuego. Blaze…
Aceleró la marcha, preparándose para lo que pudiera pasar a continuación.
Se acercó lo suficiente como para fijarse en las botellas de cerveza vacías
esparcidas alrededor de la fogata, pero sabía que la oscuridad lo protegía y que
no podían verlo.
Marcus se estaba llevando una botella de cerveza a los labios cuando Will
tomó carrerilla y lo embistió por la espalda. Sintió cómo Marcus se asustaba a
causa del fuerte impacto y lanzaba un gemido de dolor mientras Will lo
empujaba contra la arena.
Sabía que tenía que actuar con presteza, para llegar a Teddy antes de que él o
su hermano pudieran reaccionar. La visión de Marcus súbitamente tumbado en el
suelo tuvo un efecto paralizador; sin embargo, y después de que Will colocara la
rodilla sobre la espalda de Marcus, arremetió contra Teddy, moviendo las piernas
como pistones, y lo lanzó por encima de los trozos de madera. Will estaba ahora
sobre Teddy pero en lugar de usar los puños, se echó hacia atrás y lo agredió con
un cabezazo en la nariz.
Sintió el crujido del cartílago nasal a causa del impacto. Will se levantó
rápidamente, ignorando la imagen de Teddy revolcándose por el suelo,
cubriéndose la cara con las manos, con los dedos manchados de sangre, mientras
que sus gritos enloquecidos quedaban en cierta manera amortiguados por el
sonido de sus propios jadeos.
Lance y a había reaccionado y se disponía a atacar a Will cuando éste dio un
gran paso hacia atrás, para mantener la distancia. Lance se abalanzó sobre él
cuando, repentinamente, Will alzó la rodilla y le propinó un rodillazo en plena
cara. Lance se tambaleó y perdió la consciencia antes de caer de bruces en el
suelo.
Dos fuera de combate; sólo quedaba uno.
En ese momento, Marcus consiguió ponerse de pie. Asió un trozo de madera
y retrocedió mientras Will avanzaba hacia él. Pero lo último que Will quería era
que Marcus recuperase totalmente el equilibrio sobre sus piernas. Will se preparó
para un ataque rápido. Marcus blandió el trozo de madera, pero sólo consiguió
asestarle a Will un golpe débil; de un manotazo, lo desarmó antes de embestirlo.
Lo rodeó con sus brazos, inmovilizándolo; lo alzó unos centímetros del suelo,
sacando ventaja de la posición para derribar a su contrincante. Era la imagen
perfecta de una técnica violenta de fútbol americano, y Marcus cay ó al suelo de
espaldas.
Will se abalanzó entonces sobre él, apoy ando sobre su enemigo todo el peso
de su cuerpo para inmovilizarlo. Acto seguido, igual que había hecho con Teddy,
le propinó un cabezazo con toda la fuerza que pudo.
Sintió otra vez el desagradable crujido del cartílago nasal, pero esta vez no se
detuvo allí. Enloquecido, empezó a golpear a Marcus con el puño. Una y otra vez,
desahogándose de toda la rabia que lo consumía, soltando su furia ante la
impotencia que había sentido desde el incendio. Le pegó un puñetazo en la oreja,
y luego otro en el mismo sitio. Los gritos de Marcus sólo consiguieron sulfurarlo
más. Volvió a atizarle con saña, esta vez en la nariz, que ya estaba rota. Entonces,
de repente, notó que alguien le agarraba el brazo.
Se giró enérgicamente, pensando que era Teddy, pero se encontró con
Ronnie, que lo miraba con una expresión aterrorizada.
—¡Para! ¡No mereces ir a la cárcel por una rata como Marcus! —gritó—.
¡No arruines tu vida por él!
Will apenas la oía, pero notó cómo ella tiraba de su brazo con insistencia.
—Por favor, Will —suplicó, con voz temblorosa—. Tú no eres como él. Tú
tienes un futuro por delante. No lo eches a perder.
Mientras Ronnie aflojaba su garra gradualmente, Will notó cómo toda su
energía se diluía rápidamente. Se puso de pie con esfuerzo; la adrenalina le había
provocado temblores y no se sostenía en pie. Ronnie pasó un brazo alrededor de
su cintura, y lentamente emprendieron el camino de regreso a la furgoneta.
A la mañana siguiente, Will fue a trabajar con la mano entumecida. Al entrar se
encontró a Scott, que lo esperaba en el pequeño vestuario del taller. Mientras su
amigo se quitaba la sudadera, miró a Will con el ceño fruncido antes de
enfundarse el mono de trabajo.
—No tenías que abandonar el partido —lo amonestó, al tiempo que se subía la
cremallera del mono—. El equipo médico estaba allí por algo.
—Lo sé —dijo Will—. Se me nubló la cabeza. Sé que los había visto antes,
pero lo olvidé. Siento no haber acabado el partido.
—Ya, bueno, yo también —espetó Scott. Asió un trapo y se lo colgó del
cinturón—. Habríamos ganado, pero claro, tú tuviste que salir corriendo para
hacerte el héroe.
—Scott, ella necesitaba ayuda…
—¿Ah, sí? ¿Y por qué tenías que ser tú? ¿Por qué no podías esperar a recibir
ayuda? ¿Por qué no llamaste al 112? ¿Por qué tuviste que meterla en tu
furgoneta?
—Ya te lo he dicho, me olvidé del equipo médico que había en el torneo.
Pensé que una ambulancia tardaría demasiado en llegar y…
Scott propinó un puñetazo contra la taquilla.
—¡Pero si ni siquiera te cae bien! —gritó azorado—. ¡Hace tiempo que no
sois amigos! Vale, si se tratara de Ashley o de Cassie o incluso de Ronnie, podría
comprenderlo. Por Dios, si fuera una desconocida, podría comprenderlo. Pero
¿Blaze? ¿Blaze? ¿Esa desequilibrada que está dispuesta a enviar a tu novia a la
cárcel? ¿La loca que sale con Marcus? —Scott avanzó un paso hacia él—. ¿Acaso
crees que ella habría hecho lo mismo por ti si estuvieras herido y necesitaras
ay uda? ¡Ni por asomo!
—Sólo era un juego —se defendió Will, notando cómo nuevamente la rabia
se apoderaba de él.
—¡Para ti! —ladró Scott—. ¡Para ti era sólo un juego! Pero, claro, para ti,
todo se reduce a un juego. ¿No te das cuenta? ¡Porque nada te importa! ¡No
necesitas ganarte tu puesto, porque aunque pierdas, te seguirán sirviendo toda la
vida en una bandeja de plata! ¡Pero yo sí que lo necesito! ¡Es mi futuro lo que
está en juego!
—¡Lo que estaba en juego era la vida de una persona! —bramó Will—. ¡Y si
pudieras dejar de ser tan egocéntrico por una puñetera vez, te darías cuenta de
que salvar la vida de alguien es mucho más importante que tu maldita beca de
voleibol!
Scott sacudió la cabeza con desaprobación.
—Hemos sido amigos durante mucho tiempo…, pero ¿sabes qué?, siempre he
sido yo quien ha tenido que claudicar. Todo siempre tiene que ser tal y como tú
quieres. ¿Quieres romper con Ashley ? ¿Quieres salir con Ronnie? ¿Quieres echar
a perder el duro entrenamiento de estas últimas semanas? ¿Quieres hacerte el
héroe? Pues, ¿sabes qué? ¡Que te equivocas! Hablé con el equipo médico, y ellos
también opinan que te equivocaste. Con tu genial idea de meter a Blaze en la
furgoneta tal y como hiciste, podrías haberla matado. ¿Y qué has conseguido? ¿Te
ha dado las gracias? No, ¡por supuesto que no! ¡Y no lo hará! Pero estás
totalmente decidido a arruinar nuestra amistad porque lo único que te importa es
lo que tú quieres hacer.
Las palabras de Scott lo asaltaron como puñaladas en el estómago, y sólo
consiguieron desatar su furia.
—¡Mira, déjame en paz! —rugió Will—. ¡Esta vez no se trata de ti!
—¡Me lo debes! —gritó Scott, propinando otro puñetazo a la taquilla—. ¡Sólo
te pedí una cosa la mar de sencilla! ¡Sabías lo importante que eso era para mí!
—¡No te debo nada! —replicó Will, apretando los dientes—. ¡Llevo ocho
meses encubriéndote! ¡Estoy harto de que Marcus nos haga bailar al son que él
quiere! ¡Se acabó! ¡Las cosas han cambiado! ¡Tienes que contar la verdad!
Will se giró y se dirigió hacia la puerta a grandes zancadas. Mientras la abría,
oy ó a Scott a su espalda.
—¿Qué has dicho?
Will se giró, sosteniendo la puerta entreabierta y clavando una mirada gélida
en la cara consternada de Scott.
—He dicho que tienes que contar la verdad.
Esperó hasta que Scott asimiló sus palabras, después salió por la puerta y la
cerró con un fuerte portazo tras él. Mientras pasaba por debajo de los coches
situados en los elevadores, podía oír a Scott:
—¿Quieres arruinar mi vida? ¿Quieres que vay a a la cárcel por un accidente?
¡No pienso hacerlo!
Incluso cuando y a estaba cerca del vestíbulo, todavía podía oír que Scott se
desahogaba a puñetazos contra las taquillas.
Comentarios
Publicar un comentario