24 y25
24
Ronnie
Ronnie se quedó contemplando a Will mientras éste se alejaba. Reflexionaba
sobre las cosas que él le había dicho y se preguntaba si tenía razón respecto a
Blaze. Su próxima cita en el juzgado había sido una angustiosa carga mental
durante todo el verano: a veces se preguntaba si pensar en el posible castigo era
peor que el castigo en sí. A medida que pasaban las semanas, había empezado a
despertarse por la noche y a no conseguir conciliar el sueño después. No es que
la aterrorizara la idea de ir a la cárcel —dudaba mucho de que fueran a
encerrarla—, pero tenía miedo de que esos delitos la marcaran y persiguieran
durante toda su vida. ¿Tendría que exponer otra vez la historia antes de acceder a
la universidad? ¿Se lo tendría que contar a sus futuros jefes? ¿Le darían un trabajo
como maestra? Todavía no había decidido si quería ir a la universidad o ser
maestra, pero el temor siempre estaba presente. ¿Sería una lacra para toda la
vida?
Su abogada opinaba que no, pero tampoco podía prometerle nada.
Y la boda. Para Will era fácil pedirle que asistiera, asumir que no había para
tanto. Pero Ronnie sabía que Susan no quería que fuera, y lo último que deseaba
era convertirse en un incordio. Se suponía que tenía que ser el día más feliz de
Megan.
Al llegar al porche posterior, estaba a punto de entrar en casa cuando oyó el
chirrido de la mecedora. Sobresaltada, dio un brinco hacia atrás, y entonces vio a
Jonah, que la estaba mirando.
—¡Puaj! ¡Qué asco!
—¿Qué haces aquí? —lo regañó, con el corazón todavía desbocado.
—Mirándoos a ti y a Will. Y tal y como te he dicho: ¡qué asco! —Sacudió los
hombros y la cabeza con un escalofrío.
—¿Nos estabas espiando?
—Era imposible no hacerlo. Tú y Will estabais ahí, junto al taller. Parecía que
él iba a estrujarte hasta matarte.
—No me estaba haciendo daño —le aseguró Ronnie.
—Sólo digo que lo parecía.
Ella sonrió.
—Ya lo comprenderás cuando seas más mayor.
Jonah sacudió la cabeza.
—Entiendo perfectamente lo que estabais haciendo. Lo he visto en las
películas. Pero creo que era asqueroso.
—Eso ya lo habías dicho —señaló ella.
Su comentario pareció frenar a Jonah por un segundo.
—¿Y adonde va ahora?
—A su casa. Mañana tiene que trabajar.
—¿Vas a quedarte aquí fuera vigilando el nido de tortugas esta noche? Porque
no hará falta que lo hagas. Papá ha dicho que lo podemos vigilar nosotros dos,
esta noche.
—¿Has convencido a papá para que durmáis fuera?
—Él también quiere. Cree que será divertido.
« Lo dudo» , pensó Ronnie, pero en cambio dijo:
—Vale. Por mí no hay ningún problema.
—Ya he preparado todas las cosas. El saco de dormir, la linterna, zumos,
bocadillos, una caja de galletitas saladas, golosinas, patatas fritas, galletas y una
raqueta de tenis.
—¿Piensas jugar al tenis?
—No, es por si viene el mapache. Ya me comprendes, por si intenta
atacarnos.
—No os atacará.
—¿De veras? —Jonah parecía decepcionado.
—Bueno, de todos modos, quizá sea una buena idea —convino Ronnie—. Sólo
por si acaso. Nunca se sabe.
Su hermano se rascó la cabeza.
—Sí, eso mismo pensaba yo.
Ronnie señaló hacia el taller.
—Por cierto, el vitral está quedando muy bonito.
—Gracias —dijo Jonah—. Papá quiere que cada pieza quede perfecta. Me
hace repetir las piezas dos o tres veces. Pero le estoy cogiendo el tranquillo.
—Eso parece.
—Pero allí dentro hace mucho calor. Especialmente cuando enciende el
horno. Es como estar dentro de un horno.
« Claro, es un horno» , pensó Ronnie, pero en cambio dijo:
—¡Vaya! ¡Cuánto lo siento! ¿Y cómo va el asunto de las galletas?
—Bien. He de comérmelas mientras papá duerme la siesta.
—Papá no duerme la siesta.
—Ahora sí. Cada tarde, durante un par de horas. A veces, para despertarlo, he
de zarandearlo con fuerza.
Ella se quedó mirando a su hermano fijamente antes de echar un vistazo al
interior de la casa a través de la ventana.
—¿Y dónde está papá ahora?
—En la iglesia. El reverendo Harris pasó por aquí hace un rato. Últimamente
viene mucho. Se ve que le gusta hablar con papá.
—Son amigos.
—Lo sé. Pero creo que papá utiliza eso como escusa. Me padece que ha ido a
tocar el piano.
—¿De veras?
—Espera, espera… Ahora que recuerdo, no estoy seguro de si debía
contártelo. Quizá será mejor que lo olvides.
—¿Y por qué no debías contármelo?
—Porque igual te enfadas otra vez con él, como aquel día.
—No voy a enfadarme con él —protestó Ronnie—. ¿Cuándo me has visto
enfadarme con papá?
—La última vez que tocó el piano, ¿no te acuerdas?
« Ah, sí» , pensó Ronnie. Ese niño tenía una memoria portentosa.
—No te preocupes. No pienso enfadarme de nuevo.
—Me alegro. Porque no quiero que le chilles. Mañana tenemos que ir a Fort
Fisher a pescar, y quiero que papá esté de buen humor.
—¿Cuánto rato hace que se ha marchado a la iglesia?
—No lo sé. Diría que un par de horas. Por eso estaba aquí fuera, esperándolo.
Y entonces apareciste tú con Will y empezasteis a daros el lote.
—¡Oye! ¡Sólo nos estábamos besando!
—No, no me convences. Definitivamente, os estabais dando el lote —alegó
Jonah, con absoluta convicción.
—¿Has cenado? —le preguntó ella, intentando cambiar de tema.
—Estaba esperando a papá.
—¿Quieres que te prepare un par de perritos calientes?
—¿Sólo con ketchup? —le pidió él, con carita de circunstancias.
Ronnie suspiró.
—Vaaaaale.
—Pensaba que ni siquiera te atrevías a tocar la carne.
—Aunque te parezca increíble, últimamente he tenido que tocar un montón
de peces muertos, así que un perrito caliente ya no me parece algo tan
repugnante.
Él sonrió.
—¿Me llevarás al acuario un día, para que vea cómo das de comer a las
nutrias?
—Si quieres, incluso podría conseguir que les dieras de comer tú.
—¿De verdad? —Jonah alzó la voz, emocionado.
—Supongo que sí. Tendré que pedir permiso, claro, pero a veces dejan que lo
hagan los grupos de estudiantes que vienen de visita, así que no creo que haya
ningún inconveniente.
Su pequeña cara se iluminó.
—¡Caramba! ¡Gracias! —Acto seguido, se levantó de la mecedora y agregó
—: Ah, por cierto, me debes diez pavos.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? Para que no le cuente a papá lo que estabais haciendo
tú y Will.
—¿Hablas en serio? ¿A pesar de que he ofrecido prepararte la cena?
—Vamos, tú trabajas y yo soy pobre.
—Por lo visto crees que gano más de lo que realmente me pagan. No tengo
diez dólares. Todo lo que he ganado lo he invertido en ay udar a pagar a la
abogada.
Jonah consideró la explicación.
—¿Qué tal cinco?
—¿Aceptarías que te diera cinco dólares incluso cuando te he dicho que no
dispongo ni de diez dólares para mí? —Ronnie puso cara de ofendida.
Jonah volvió a pensárselo unos segundos.
—¿Y qué tal dos?
—¿Qué tal uno?
—Trato hecho. —Sonrió él.
Después de prepararle la cena a su hermano —quería los perritos calientes
hervidos, y no hechos en el microondas—, Ronnie se marchó a la iglesia, por la
play a. No quedaba muy lejos, pero estaba en la dirección opuesta a la ruta que
solía tomar, y ni siquiera se había fijado en el edificio las pocas veces que había
pasado por allí.
Mientras se acercaba, vio la silueta del capitel, que sobresalía en el cielo
nocturno. De no ser por aquel detalle, la iglesia se hubiera fundido por completo
con el entorno, básicamente porque era mucho más pequeña que cualquiera de
las casas que la flanqueaban y porque en ella no destacaba ningún ornamento
lujoso. Las paredes estaban hechas de tablas horizontales, y a pesar de que se
trataba de una nueva edificación, la construcción ya mostraba un aspecto
deteriorado.
Ronnie tuvo que pasar por encima de la duna para llegar al aparcamiento
situado a un lado del edificio, y desde allí sí que detectó más pruebas de la
reciente actividad: un contenedor lleno de escombros, una pila de planchas de
madera contrachapada apoy adas al lado de la puerta y una camioneta cargada
con materiales de construcción aparcada cerca de la entrada. La puerta principal
estaba entreabierta, iluminada por un suave hilillo de luz, a pesar de que el resto
del edificio parecía hallarse completamente a oscuras.
Se dirigió hacia la puerta y entró. Al echar un vistazo a su alrededor, constató
que todavía faltaba mucho trabajo por hacer. El suelo era de cemento, la pared
eny esada no parecía completamente acabada y tampoco había ni sillas ni bancos
para que los feligreses pudieran sentarse. Una capa de polvo cubría básicamente
todos los tablones apilados en el suelo; sin embargo, allí delante, donde Ronnie
podía imaginarse al reverendo Harris dando el sermón los domingos, vio a su
padre sentado detrás de un piano nuevo que parecía absolutamente fuera de
lugar. Una vieja lámpara de aluminio, enchufada a un cable eléctrico que se
extendía por el suelo, dispensaba la única iluminación.
Steve no la había oído entrar, y continuó tocando. Ronnie no reconoció la
canción. Parecía contemporánea, a diferencia de la música que solía tocar, pero
tuvo la impresión de que estaba como… inacabada. Su padre pareció pensar lo
mismo, porque se detuvo un momento, por lo visto había decidido añadir unas
nuevas notas, y volvió a empezar desde el principio.
Esta vez, Ronnie escuchó los cambios sutiles que él acababa de aplicar. Sin
lugar a dudas, enriquecían la canción, pero la melodía seguía sin sonar del todo
perfecta. Ronnie sintió una enorme alegría al constatar que todavía tenía la
habilidad no sólo de interpretar música, sino de imaginar posibles variaciones.
Cuando era más pequeña, ése era el talento que más había sorprendido a su
padre, por encima de los demás.
Steve volvió a empezar, aplicando más cambios; mientras ella lo miraba,
supo que él se sentía feliz. A pesar de que la música ya no formaba parte de la
vida de Ronnie, siempre había formado parte de la vida de su padre, y de repente
se sintió culpable por habérsela arrancado. Recordó que se había enfadado
porque había pensado que él trataba de convencerla para que volviera a tocar,
pero ¿ésa había sido su intención, en realidad? ¿Lo hacía por ella? ¿O en cambio
tocaba porque era una parte esencial de su personalidad?
No estaba segura, pero al observarlo, se sintió conmovida por el sacrificio que
su padre había hecho. La seriedad con que él analizaba cada nota y la facilidad
con que aplicaba cambios a la canción le hizo comprender todo lo que él había
tenido que renunciar para satisfacer su exigencia infantil.
Mientras tocaba, tosió una vez, y después otra, antes de dejar de tocar. Siguió
tosiendo, cada vez más violentamente, y al ver que el ataque de tos no mermaba,
Ronnie echó a correr hacia él.
—¡Papá! —gritó—. ¿Estás bien?
Steve levantó la cabeza y, sin saber cómo, la tos empezó a calmarse. Cuando
ella finalmente se inclinó a su lado, él volvía a respirar casi con normalidad,
únicamente soltando un ligero silbido imposible de controlar.
—Estoy bien —le aseguró, con la voz debilitada—. Aquí dentro hay
demasiado polvo. Me molestaba en la garganta y tengo estos ataques de tos.
Siempre me pasa lo mismo.
Ella lo miró sin pestañear, y pensó que estaba un poco pálido.
—¿Seguro que sólo se trata de eso?
—Sí, seguro. —Le propinó una palmadita en la mano—. ¿Qué haces aquí?
—Jonah me dijo dónde estabas.
—Me temo que me has pillado con las manos en la masa, ¿eh?
Ronnie sacudió la cabeza lentamente.
—No pasa nada, papá. Es una necesidad, ¿no?
Cuando él no contestó, ella señaló hacia el teclado, recordando todas las
canciones que habían escrito juntos.
—¿Qué melodía estabas tocando? ¿Estás practicando una nueva canción?
—Ah, eso… Más bien diría que lo que intento es escribirla. Sólo es una
música que tengo en la cabeza. Nada importante.
—Pues parecía buena…
—No. No sé qué es lo que falla. Quizá tú sí que lo sepas, siempre habías sido
mejor compositora que y o, pero no sé por qué no consigo que suene
completamente bien. Es como si lo estuviera haciendo todo al revés.
—Era buena —insistió ella—. Y era… más moderna que lo que sueles tocar.
Steve sonrió.
—Te has fijado, ¿eh? No la empecé así, pero la verdad es que no sé qué me
pasa.
—Quizás has estado escuchando mi iPod.
Él sonrió.
—No, te aseguro que no.
Ronnie miró a su alrededor.
—¿Cuándo estará acabada la iglesia?
—No lo sé. La compañía de seguros no puede cubrir todos los desperfectos.
De momento, las obras están paradas.
—¿Y el vitral?
—Todavía tengo la intención de acabarlo. —Steve señaló hacia una apertura
tapada con una plancha de madera en la pared detrás de él—. Lo colocarán ahí,
aunque tenga que hacerlo yo mismo.
—¿Sabes cómo hacerlo? —preguntó Ronnie, con un manifiesto escepticismo.
—Todavía no.
Ella sonrió.
—¿Por qué hay un piano aquí, si la iglesia no está acabada? ¿No tienen miedo
de que venga alguien y se lo lleve?
—En teoría no debían haberlo traído hasta que la iglesia hubiera estado
acabada, y técnicamente se supone que no debería estar aquí. El reverendo
Harris espera encontrar a alguien que acepte guardarlo, pero puesto que todavía
no hay fecha de finalización de las obras, no es tan fácil como parece. —Se dio
la vuelta para mirar hacia la puerta principal y se mostró sorprendido al ver que
y a era de noche—. ¿Qué hora es?
—Un poco más de las nueve.
—¡Cielos! —exclamó, al tiempo que se levantaba precipitadamente—. ¡No
me había dado cuenta de la hora! Le he dicho a Jonah que acamparíamos esta
noche al lado del nido de tortugas. Y, además, he de prepararle la cena.
—De eso ya me he encargado yo.
Él sonrió, pero mientras recogía la partitura y apagaba la luz de la iglesia,
Ronnie se quedó sobrecogida al ver su aspecto, tan cansado y frágil.
25
Steve
Steve pensó que Ronnie tenía razón. La canción era definitivamente moderna.
No le había mentido cuando le había dicho que no había empezado por esa
línea. En la primera semana, había intentado aproximarse a los ritmos de
Schumann; unos pocos días después, se había inspirado más en Grieg. Y luego
habían sido las notas de Saint-Saëns las que había oído en su cabeza. Pero al final
nada parecía correcto; nada de lo que hacía conseguía proyectar el mismo
sentimiento que él había sentido cuando había plasmado aquellas primeras notas
tan simples en aquel trozo de papel.
En el pasado, había intentado crear música que trascendiera generaciones —
por lo menos ésa había sido su fantasía—. Pero esta vez no. Esta vez su intención
era experimentar. Intentó que la música adoptara forma por sí sola, y poco a
poco se dio cuenta de que había dejado de plagiar a los grandes compositores y
que estaba contento con fiarse de su instinto. Pero aún no había conseguido su
objetivo; la canción no estaba acabada. No era perfecta, y existían posibilidades
de que nunca fuera perfecta, aunque, de algún modo, eso no lo molestaba.
Se preguntó si ése había sido precisamente el problema durante toda su vida
—el hecho de haberse pasado la vida emulando lo que a otros les había
funcionado—. Tocaba música que otros habían escrito cientos de años antes;
buscaba a Dios en sus paseos por la playa porque al reverendo Harris eso le
había funcionado. En aquel preciso momento, con su hijo sentado a su lado sobre
una duna fuera de su casa y mirando a través de unos binoculares, a pesar de que
prácticamente no podía ver nada, se preguntó si había optado por eso porque
pensaba que los otros tenían las respuestas que él buscaba, y también por miedo a
fiarse de sus propios instintos. Quizá sus maestros se habían convertido tanto en su
bastón de apoyo que al final había tenido miedo de ser él mismo.
—¿Papá?
—¿Sí, Jonah?
—¿Vendrás a vernos a Nueva York?
—Nada me haría más feliz.
—Porque creo que Ronnie y a no te dará la espalda.
—Me alegro.
—Ha cambiado un montón, ¿no te parece?
Steve bajó los binoculares.
—Me parece que todos hemos cambiado mucho este verano.
—Sí —asintió Jonah—. Estoy seguro de que ahora soy más alto.
—Sí que has crecido. Y además has aprendido a montar un vitral.
Su hijo pareció reflexionar sobre la cuestión.
—Oye, papá…
—¿Sí?
—Creo que quiero aprender a hacer el pino.
Steve dudó, preguntándose de dónde habría sacado aquello.
—¿Puedo preguntarte por qué?
—Me gusta estar boca abajo. No sé por qué. Pero creo que necesitaré que
me sostengas las piernas. Por lo menos al principio.
—Estaré encantado de ayudarte.
Los dos se quedaron en silencio durante un buen rato. Era una noche suave y
estrellada, y mientras Steve se fijaba en la belleza que lo rodeaba, se sintió
súbitamente invadido por una sensación de bienestar. Por pasar el verano con sus
hijos, por estar sentado en la duna con su hijo, hablando sobre trivialidades. Se
había ido acostumbrando a esa clase de días y temía que pronto tocaran a su fin.
—Oye, papá.
—¿Sí, Jonah?
—¿No crees que es un poco aburrido estar aquí fuera?
—La verdad es que a mí me parece la mar de relajante —contestó Steve.
—Pero apenas puedo ver nada.
—Puedes ver las estrellas. Y escuchar el ruido de las olas.
—Pero eso y a lo oigo todo el tiempo. Es el mismo ruido cada día.
—¿Cuándo quieres empezar a practicar el pino?
—Quizá mañana.
Steve rodeó a su hijo con el brazo.
—¿Qué te pasa? Pareces un poco decaído.
—No es nada. —La voz de Jonah apenas era audible.
—¿Estás seguro?
—¿Puedo ir al colegio aquí? ¿Y quedarme a vivir contigo?
Steve sabía que tenía que elegir las palabras adecuadas para contestar.
—¿Y qué pasa con tu madre?
—La quiero mucho. Y la echo de menos. Pero me gusta estar aquí. Me gusta
pasar el día contigo, ¿sabes? Montando la vidriera, haciendo volar la cometa…
Simplemente pasar el rato juntos. Me lo estoy pasando tan bien que no quiero que
esto se acabe.
Steve lo estrechó amorosamente.
—A mí también me gusta estar contigo. Es el mejor verano de mi vida. Pero
cuando vay as a la escuela no podremos estar juntos todo el rato, como ahora.
—Quizá podrías ser mi maestro.
La voz de Jonah era suave, casi asustada; sonaba como la voz del niño que
era. Aquello hizo que se le hiciera un nudo en la garganta. Odiaba lo que tenía
que decir a continuación, aunque no le quedaba ninguna otra alternativa.
—Creo que tu madre se moriría de pena si te quedaras aquí a vivir conmigo.
—Quizá podrías ir a vivir a Nueva York otra vez. Quizá mamá y tú podríais
volver a casaros.
Steve aspiró aire profundamente, odiando la verdad.
—Sé que es duro y que no te parece justo. Me encantaría que existiera una
fórmula para cambiar la vida, pero no puedo. Tienes que estar con tu madre. Ella
te quiere muchísimo, y no sabría qué hacer sin ti. Pero yo también te quiero. Y
no quiero que lo olvides nunca.
Jonah asintió como si ya hubiera esperado la respuesta de Steve.
—¿Todavía te apetece ir a pescar a Fort Fisher mañana?
—Si tú quieres, sí. Y luego, quizá podríamos ir a un parque acuático, a tirarnos
por los toboganes.
—¿Hay parques acuáticos por aquí?
—Hay uno que no está muy lejos. Lo único que tenemos que hacer es
acordarnos de llevar los trajes de baño.
—Vale —convino Jonah, con un tono más animado.
—Y quizá luego podamos ir a comer a alguna pizzería chula.
—¿De veras?
—Si quieres, ¿por qué no?
—¡De acuerdo! ¡Sí que quiero!
Jonah se quedó callado otra vez antes de desviar finalmente la mano hacia la
tapa de la nevera portátil. Cuando sacó una bolsa de plástico llena de galletas,
Steve sabía que lo más conveniente era no decir nada.
—Oy e, papá.
—¿Sí?
—¿Crees que las tortugas nacerán esta noche?
—No creo que estén listas todavía, pero ha sido un verano muy caluroso, por
lo que no tardarán.
Jonah se mordió el labio inferior, pero no dijo nada; Steve supo que su hijo
estaba pensando de nuevo en el día en que tendría que regresar a Nueva York. Lo
estrechó nuevamente con ternura, aunque en su interior notó una suerte de
desgarro, una sensación que sabía que nunca llegaría a curarse del todo.
A la mañana siguiente, muy temprano, Steve contempló la playa en toda su
extensión, con la certeza de que si se iba a dar un paseo, la mañana sería
simplemente perfecta.
Había llegado a la conclusión de que Dios no estaba presente en aquel lugar.
Por lo menos, no para él. Sin embargo, ahora que lo pensaba con detenimiento, le
encontraba el sentido. Si fuera tan fácil ubicar a Dios, entonces las playas
estarían abarrotadas de gente por la mañana. Estarían llenas de personas, cada
una con su propia petición, en vez de estar llenas de gente practicando deporte,
paseando a sus perros o pescando en la orilla.
Ahora comprendía que la búsqueda de la presencia de Dios era un misterio
tan grande como Dios mismo, ¿y, en realidad qué era Dios, sino un misterio?
Sin embargo, le pareció curioso haber tardado tanto tiempo en darse cuenta.
Pasó el día con Jonah, tal y como habían planeado la noche anterior. El fuerte
era probablemente más interesante para él que para Jonah, puesto que Steve
comprendía parte de la historia de la Guerra de Independencia y sabía que
Wilmington había sido el último puerto de may or envergadura en
funcionamiento en los Estados Confederados. El parque acuático, sin embargo,
resultó más emocionante para Jonah que para él. Cada persona que se tiraba por
uno de los toboganes tenía que subir su esterilla por las escaleras hasta arriba de
todo. Steve se mostró en forma durante las primeras dos veces, pero pronto tuvo
que abandonar el intento.
Realmente se sentía como si estuviera agonizando.
La pizzería que eligieron consistía en una sala enorme llena de videojuegos,
que mantuvieron a Jonah ocupado durante otro par de horas. Jugaron tres partidos
de Air Hockey, y acumularon un montón de papeletas; después de
intercambiarlas por los premios, salieron con dos pistolas de agua, tres balones
hinchables, una caja de lápices de colores y dos gomas. Steve no quería ni pensar
en cuánto se había gastado en todo eso.
Fue un día fantástico, lleno de risas saludables, pero acabó muy cansado.
Después de pasar un rato con Ronnie, se fue a dormir. Exhausto, se quedó
dormido al cabo de tan sólo unos minutos
Ronnie
Ronnie se quedó contemplando a Will mientras éste se alejaba. Reflexionaba
sobre las cosas que él le había dicho y se preguntaba si tenía razón respecto a
Blaze. Su próxima cita en el juzgado había sido una angustiosa carga mental
durante todo el verano: a veces se preguntaba si pensar en el posible castigo era
peor que el castigo en sí. A medida que pasaban las semanas, había empezado a
despertarse por la noche y a no conseguir conciliar el sueño después. No es que
la aterrorizara la idea de ir a la cárcel —dudaba mucho de que fueran a
encerrarla—, pero tenía miedo de que esos delitos la marcaran y persiguieran
durante toda su vida. ¿Tendría que exponer otra vez la historia antes de acceder a
la universidad? ¿Se lo tendría que contar a sus futuros jefes? ¿Le darían un trabajo
como maestra? Todavía no había decidido si quería ir a la universidad o ser
maestra, pero el temor siempre estaba presente. ¿Sería una lacra para toda la
vida?
Su abogada opinaba que no, pero tampoco podía prometerle nada.
Y la boda. Para Will era fácil pedirle que asistiera, asumir que no había para
tanto. Pero Ronnie sabía que Susan no quería que fuera, y lo último que deseaba
era convertirse en un incordio. Se suponía que tenía que ser el día más feliz de
Megan.
Al llegar al porche posterior, estaba a punto de entrar en casa cuando oyó el
chirrido de la mecedora. Sobresaltada, dio un brinco hacia atrás, y entonces vio a
Jonah, que la estaba mirando.
—¡Puaj! ¡Qué asco!
—¿Qué haces aquí? —lo regañó, con el corazón todavía desbocado.
—Mirándoos a ti y a Will. Y tal y como te he dicho: ¡qué asco! —Sacudió los
hombros y la cabeza con un escalofrío.
—¿Nos estabas espiando?
—Era imposible no hacerlo. Tú y Will estabais ahí, junto al taller. Parecía que
él iba a estrujarte hasta matarte.
—No me estaba haciendo daño —le aseguró Ronnie.
—Sólo digo que lo parecía.
Ella sonrió.
—Ya lo comprenderás cuando seas más mayor.
Jonah sacudió la cabeza.
—Entiendo perfectamente lo que estabais haciendo. Lo he visto en las
películas. Pero creo que era asqueroso.
—Eso ya lo habías dicho —señaló ella.
Su comentario pareció frenar a Jonah por un segundo.
—¿Y adonde va ahora?
—A su casa. Mañana tiene que trabajar.
—¿Vas a quedarte aquí fuera vigilando el nido de tortugas esta noche? Porque
no hará falta que lo hagas. Papá ha dicho que lo podemos vigilar nosotros dos,
esta noche.
—¿Has convencido a papá para que durmáis fuera?
—Él también quiere. Cree que será divertido.
« Lo dudo» , pensó Ronnie, pero en cambio dijo:
—Vale. Por mí no hay ningún problema.
—Ya he preparado todas las cosas. El saco de dormir, la linterna, zumos,
bocadillos, una caja de galletitas saladas, golosinas, patatas fritas, galletas y una
raqueta de tenis.
—¿Piensas jugar al tenis?
—No, es por si viene el mapache. Ya me comprendes, por si intenta
atacarnos.
—No os atacará.
—¿De veras? —Jonah parecía decepcionado.
—Bueno, de todos modos, quizá sea una buena idea —convino Ronnie—. Sólo
por si acaso. Nunca se sabe.
Su hermano se rascó la cabeza.
—Sí, eso mismo pensaba yo.
Ronnie señaló hacia el taller.
—Por cierto, el vitral está quedando muy bonito.
—Gracias —dijo Jonah—. Papá quiere que cada pieza quede perfecta. Me
hace repetir las piezas dos o tres veces. Pero le estoy cogiendo el tranquillo.
—Eso parece.
—Pero allí dentro hace mucho calor. Especialmente cuando enciende el
horno. Es como estar dentro de un horno.
« Claro, es un horno» , pensó Ronnie, pero en cambio dijo:
—¡Vaya! ¡Cuánto lo siento! ¿Y cómo va el asunto de las galletas?
—Bien. He de comérmelas mientras papá duerme la siesta.
—Papá no duerme la siesta.
—Ahora sí. Cada tarde, durante un par de horas. A veces, para despertarlo, he
de zarandearlo con fuerza.
Ella se quedó mirando a su hermano fijamente antes de echar un vistazo al
interior de la casa a través de la ventana.
—¿Y dónde está papá ahora?
—En la iglesia. El reverendo Harris pasó por aquí hace un rato. Últimamente
viene mucho. Se ve que le gusta hablar con papá.
—Son amigos.
—Lo sé. Pero creo que papá utiliza eso como escusa. Me padece que ha ido a
tocar el piano.
—¿De veras?
—Espera, espera… Ahora que recuerdo, no estoy seguro de si debía
contártelo. Quizá será mejor que lo olvides.
—¿Y por qué no debías contármelo?
—Porque igual te enfadas otra vez con él, como aquel día.
—No voy a enfadarme con él —protestó Ronnie—. ¿Cuándo me has visto
enfadarme con papá?
—La última vez que tocó el piano, ¿no te acuerdas?
« Ah, sí» , pensó Ronnie. Ese niño tenía una memoria portentosa.
—No te preocupes. No pienso enfadarme de nuevo.
—Me alegro. Porque no quiero que le chilles. Mañana tenemos que ir a Fort
Fisher a pescar, y quiero que papá esté de buen humor.
—¿Cuánto rato hace que se ha marchado a la iglesia?
—No lo sé. Diría que un par de horas. Por eso estaba aquí fuera, esperándolo.
Y entonces apareciste tú con Will y empezasteis a daros el lote.
—¡Oye! ¡Sólo nos estábamos besando!
—No, no me convences. Definitivamente, os estabais dando el lote —alegó
Jonah, con absoluta convicción.
—¿Has cenado? —le preguntó ella, intentando cambiar de tema.
—Estaba esperando a papá.
—¿Quieres que te prepare un par de perritos calientes?
—¿Sólo con ketchup? —le pidió él, con carita de circunstancias.
Ronnie suspiró.
—Vaaaaale.
—Pensaba que ni siquiera te atrevías a tocar la carne.
—Aunque te parezca increíble, últimamente he tenido que tocar un montón
de peces muertos, así que un perrito caliente ya no me parece algo tan
repugnante.
Él sonrió.
—¿Me llevarás al acuario un día, para que vea cómo das de comer a las
nutrias?
—Si quieres, incluso podría conseguir que les dieras de comer tú.
—¿De verdad? —Jonah alzó la voz, emocionado.
—Supongo que sí. Tendré que pedir permiso, claro, pero a veces dejan que lo
hagan los grupos de estudiantes que vienen de visita, así que no creo que haya
ningún inconveniente.
Su pequeña cara se iluminó.
—¡Caramba! ¡Gracias! —Acto seguido, se levantó de la mecedora y agregó
—: Ah, por cierto, me debes diez pavos.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? Para que no le cuente a papá lo que estabais haciendo
tú y Will.
—¿Hablas en serio? ¿A pesar de que he ofrecido prepararte la cena?
—Vamos, tú trabajas y yo soy pobre.
—Por lo visto crees que gano más de lo que realmente me pagan. No tengo
diez dólares. Todo lo que he ganado lo he invertido en ay udar a pagar a la
abogada.
Jonah consideró la explicación.
—¿Qué tal cinco?
—¿Aceptarías que te diera cinco dólares incluso cuando te he dicho que no
dispongo ni de diez dólares para mí? —Ronnie puso cara de ofendida.
Jonah volvió a pensárselo unos segundos.
—¿Y qué tal dos?
—¿Qué tal uno?
—Trato hecho. —Sonrió él.
Después de prepararle la cena a su hermano —quería los perritos calientes
hervidos, y no hechos en el microondas—, Ronnie se marchó a la iglesia, por la
play a. No quedaba muy lejos, pero estaba en la dirección opuesta a la ruta que
solía tomar, y ni siquiera se había fijado en el edificio las pocas veces que había
pasado por allí.
Mientras se acercaba, vio la silueta del capitel, que sobresalía en el cielo
nocturno. De no ser por aquel detalle, la iglesia se hubiera fundido por completo
con el entorno, básicamente porque era mucho más pequeña que cualquiera de
las casas que la flanqueaban y porque en ella no destacaba ningún ornamento
lujoso. Las paredes estaban hechas de tablas horizontales, y a pesar de que se
trataba de una nueva edificación, la construcción ya mostraba un aspecto
deteriorado.
Ronnie tuvo que pasar por encima de la duna para llegar al aparcamiento
situado a un lado del edificio, y desde allí sí que detectó más pruebas de la
reciente actividad: un contenedor lleno de escombros, una pila de planchas de
madera contrachapada apoy adas al lado de la puerta y una camioneta cargada
con materiales de construcción aparcada cerca de la entrada. La puerta principal
estaba entreabierta, iluminada por un suave hilillo de luz, a pesar de que el resto
del edificio parecía hallarse completamente a oscuras.
Se dirigió hacia la puerta y entró. Al echar un vistazo a su alrededor, constató
que todavía faltaba mucho trabajo por hacer. El suelo era de cemento, la pared
eny esada no parecía completamente acabada y tampoco había ni sillas ni bancos
para que los feligreses pudieran sentarse. Una capa de polvo cubría básicamente
todos los tablones apilados en el suelo; sin embargo, allí delante, donde Ronnie
podía imaginarse al reverendo Harris dando el sermón los domingos, vio a su
padre sentado detrás de un piano nuevo que parecía absolutamente fuera de
lugar. Una vieja lámpara de aluminio, enchufada a un cable eléctrico que se
extendía por el suelo, dispensaba la única iluminación.
Steve no la había oído entrar, y continuó tocando. Ronnie no reconoció la
canción. Parecía contemporánea, a diferencia de la música que solía tocar, pero
tuvo la impresión de que estaba como… inacabada. Su padre pareció pensar lo
mismo, porque se detuvo un momento, por lo visto había decidido añadir unas
nuevas notas, y volvió a empezar desde el principio.
Esta vez, Ronnie escuchó los cambios sutiles que él acababa de aplicar. Sin
lugar a dudas, enriquecían la canción, pero la melodía seguía sin sonar del todo
perfecta. Ronnie sintió una enorme alegría al constatar que todavía tenía la
habilidad no sólo de interpretar música, sino de imaginar posibles variaciones.
Cuando era más pequeña, ése era el talento que más había sorprendido a su
padre, por encima de los demás.
Steve volvió a empezar, aplicando más cambios; mientras ella lo miraba,
supo que él se sentía feliz. A pesar de que la música ya no formaba parte de la
vida de Ronnie, siempre había formado parte de la vida de su padre, y de repente
se sintió culpable por habérsela arrancado. Recordó que se había enfadado
porque había pensado que él trataba de convencerla para que volviera a tocar,
pero ¿ésa había sido su intención, en realidad? ¿Lo hacía por ella? ¿O en cambio
tocaba porque era una parte esencial de su personalidad?
No estaba segura, pero al observarlo, se sintió conmovida por el sacrificio que
su padre había hecho. La seriedad con que él analizaba cada nota y la facilidad
con que aplicaba cambios a la canción le hizo comprender todo lo que él había
tenido que renunciar para satisfacer su exigencia infantil.
Mientras tocaba, tosió una vez, y después otra, antes de dejar de tocar. Siguió
tosiendo, cada vez más violentamente, y al ver que el ataque de tos no mermaba,
Ronnie echó a correr hacia él.
—¡Papá! —gritó—. ¿Estás bien?
Steve levantó la cabeza y, sin saber cómo, la tos empezó a calmarse. Cuando
ella finalmente se inclinó a su lado, él volvía a respirar casi con normalidad,
únicamente soltando un ligero silbido imposible de controlar.
—Estoy bien —le aseguró, con la voz debilitada—. Aquí dentro hay
demasiado polvo. Me molestaba en la garganta y tengo estos ataques de tos.
Siempre me pasa lo mismo.
Ella lo miró sin pestañear, y pensó que estaba un poco pálido.
—¿Seguro que sólo se trata de eso?
—Sí, seguro. —Le propinó una palmadita en la mano—. ¿Qué haces aquí?
—Jonah me dijo dónde estabas.
—Me temo que me has pillado con las manos en la masa, ¿eh?
Ronnie sacudió la cabeza lentamente.
—No pasa nada, papá. Es una necesidad, ¿no?
Cuando él no contestó, ella señaló hacia el teclado, recordando todas las
canciones que habían escrito juntos.
—¿Qué melodía estabas tocando? ¿Estás practicando una nueva canción?
—Ah, eso… Más bien diría que lo que intento es escribirla. Sólo es una
música que tengo en la cabeza. Nada importante.
—Pues parecía buena…
—No. No sé qué es lo que falla. Quizá tú sí que lo sepas, siempre habías sido
mejor compositora que y o, pero no sé por qué no consigo que suene
completamente bien. Es como si lo estuviera haciendo todo al revés.
—Era buena —insistió ella—. Y era… más moderna que lo que sueles tocar.
Steve sonrió.
—Te has fijado, ¿eh? No la empecé así, pero la verdad es que no sé qué me
pasa.
—Quizás has estado escuchando mi iPod.
Él sonrió.
—No, te aseguro que no.
Ronnie miró a su alrededor.
—¿Cuándo estará acabada la iglesia?
—No lo sé. La compañía de seguros no puede cubrir todos los desperfectos.
De momento, las obras están paradas.
—¿Y el vitral?
—Todavía tengo la intención de acabarlo. —Steve señaló hacia una apertura
tapada con una plancha de madera en la pared detrás de él—. Lo colocarán ahí,
aunque tenga que hacerlo yo mismo.
—¿Sabes cómo hacerlo? —preguntó Ronnie, con un manifiesto escepticismo.
—Todavía no.
Ella sonrió.
—¿Por qué hay un piano aquí, si la iglesia no está acabada? ¿No tienen miedo
de que venga alguien y se lo lleve?
—En teoría no debían haberlo traído hasta que la iglesia hubiera estado
acabada, y técnicamente se supone que no debería estar aquí. El reverendo
Harris espera encontrar a alguien que acepte guardarlo, pero puesto que todavía
no hay fecha de finalización de las obras, no es tan fácil como parece. —Se dio
la vuelta para mirar hacia la puerta principal y se mostró sorprendido al ver que
y a era de noche—. ¿Qué hora es?
—Un poco más de las nueve.
—¡Cielos! —exclamó, al tiempo que se levantaba precipitadamente—. ¡No
me había dado cuenta de la hora! Le he dicho a Jonah que acamparíamos esta
noche al lado del nido de tortugas. Y, además, he de prepararle la cena.
—De eso ya me he encargado yo.
Él sonrió, pero mientras recogía la partitura y apagaba la luz de la iglesia,
Ronnie se quedó sobrecogida al ver su aspecto, tan cansado y frágil.
25
Steve
Steve pensó que Ronnie tenía razón. La canción era definitivamente moderna.
No le había mentido cuando le había dicho que no había empezado por esa
línea. En la primera semana, había intentado aproximarse a los ritmos de
Schumann; unos pocos días después, se había inspirado más en Grieg. Y luego
habían sido las notas de Saint-Saëns las que había oído en su cabeza. Pero al final
nada parecía correcto; nada de lo que hacía conseguía proyectar el mismo
sentimiento que él había sentido cuando había plasmado aquellas primeras notas
tan simples en aquel trozo de papel.
En el pasado, había intentado crear música que trascendiera generaciones —
por lo menos ésa había sido su fantasía—. Pero esta vez no. Esta vez su intención
era experimentar. Intentó que la música adoptara forma por sí sola, y poco a
poco se dio cuenta de que había dejado de plagiar a los grandes compositores y
que estaba contento con fiarse de su instinto. Pero aún no había conseguido su
objetivo; la canción no estaba acabada. No era perfecta, y existían posibilidades
de que nunca fuera perfecta, aunque, de algún modo, eso no lo molestaba.
Se preguntó si ése había sido precisamente el problema durante toda su vida
—el hecho de haberse pasado la vida emulando lo que a otros les había
funcionado—. Tocaba música que otros habían escrito cientos de años antes;
buscaba a Dios en sus paseos por la playa porque al reverendo Harris eso le
había funcionado. En aquel preciso momento, con su hijo sentado a su lado sobre
una duna fuera de su casa y mirando a través de unos binoculares, a pesar de que
prácticamente no podía ver nada, se preguntó si había optado por eso porque
pensaba que los otros tenían las respuestas que él buscaba, y también por miedo a
fiarse de sus propios instintos. Quizá sus maestros se habían convertido tanto en su
bastón de apoyo que al final había tenido miedo de ser él mismo.
—¿Papá?
—¿Sí, Jonah?
—¿Vendrás a vernos a Nueva York?
—Nada me haría más feliz.
—Porque creo que Ronnie y a no te dará la espalda.
—Me alegro.
—Ha cambiado un montón, ¿no te parece?
Steve bajó los binoculares.
—Me parece que todos hemos cambiado mucho este verano.
—Sí —asintió Jonah—. Estoy seguro de que ahora soy más alto.
—Sí que has crecido. Y además has aprendido a montar un vitral.
Su hijo pareció reflexionar sobre la cuestión.
—Oye, papá…
—¿Sí?
—Creo que quiero aprender a hacer el pino.
Steve dudó, preguntándose de dónde habría sacado aquello.
—¿Puedo preguntarte por qué?
—Me gusta estar boca abajo. No sé por qué. Pero creo que necesitaré que
me sostengas las piernas. Por lo menos al principio.
—Estaré encantado de ayudarte.
Los dos se quedaron en silencio durante un buen rato. Era una noche suave y
estrellada, y mientras Steve se fijaba en la belleza que lo rodeaba, se sintió
súbitamente invadido por una sensación de bienestar. Por pasar el verano con sus
hijos, por estar sentado en la duna con su hijo, hablando sobre trivialidades. Se
había ido acostumbrando a esa clase de días y temía que pronto tocaran a su fin.
—Oye, papá.
—¿Sí, Jonah?
—¿No crees que es un poco aburrido estar aquí fuera?
—La verdad es que a mí me parece la mar de relajante —contestó Steve.
—Pero apenas puedo ver nada.
—Puedes ver las estrellas. Y escuchar el ruido de las olas.
—Pero eso y a lo oigo todo el tiempo. Es el mismo ruido cada día.
—¿Cuándo quieres empezar a practicar el pino?
—Quizá mañana.
Steve rodeó a su hijo con el brazo.
—¿Qué te pasa? Pareces un poco decaído.
—No es nada. —La voz de Jonah apenas era audible.
—¿Estás seguro?
—¿Puedo ir al colegio aquí? ¿Y quedarme a vivir contigo?
Steve sabía que tenía que elegir las palabras adecuadas para contestar.
—¿Y qué pasa con tu madre?
—La quiero mucho. Y la echo de menos. Pero me gusta estar aquí. Me gusta
pasar el día contigo, ¿sabes? Montando la vidriera, haciendo volar la cometa…
Simplemente pasar el rato juntos. Me lo estoy pasando tan bien que no quiero que
esto se acabe.
Steve lo estrechó amorosamente.
—A mí también me gusta estar contigo. Es el mejor verano de mi vida. Pero
cuando vay as a la escuela no podremos estar juntos todo el rato, como ahora.
—Quizá podrías ser mi maestro.
La voz de Jonah era suave, casi asustada; sonaba como la voz del niño que
era. Aquello hizo que se le hiciera un nudo en la garganta. Odiaba lo que tenía
que decir a continuación, aunque no le quedaba ninguna otra alternativa.
—Creo que tu madre se moriría de pena si te quedaras aquí a vivir conmigo.
—Quizá podrías ir a vivir a Nueva York otra vez. Quizá mamá y tú podríais
volver a casaros.
Steve aspiró aire profundamente, odiando la verdad.
—Sé que es duro y que no te parece justo. Me encantaría que existiera una
fórmula para cambiar la vida, pero no puedo. Tienes que estar con tu madre. Ella
te quiere muchísimo, y no sabría qué hacer sin ti. Pero yo también te quiero. Y
no quiero que lo olvides nunca.
Jonah asintió como si ya hubiera esperado la respuesta de Steve.
—¿Todavía te apetece ir a pescar a Fort Fisher mañana?
—Si tú quieres, sí. Y luego, quizá podríamos ir a un parque acuático, a tirarnos
por los toboganes.
—¿Hay parques acuáticos por aquí?
—Hay uno que no está muy lejos. Lo único que tenemos que hacer es
acordarnos de llevar los trajes de baño.
—Vale —convino Jonah, con un tono más animado.
—Y quizá luego podamos ir a comer a alguna pizzería chula.
—¿De veras?
—Si quieres, ¿por qué no?
—¡De acuerdo! ¡Sí que quiero!
Jonah se quedó callado otra vez antes de desviar finalmente la mano hacia la
tapa de la nevera portátil. Cuando sacó una bolsa de plástico llena de galletas,
Steve sabía que lo más conveniente era no decir nada.
—Oy e, papá.
—¿Sí?
—¿Crees que las tortugas nacerán esta noche?
—No creo que estén listas todavía, pero ha sido un verano muy caluroso, por
lo que no tardarán.
Jonah se mordió el labio inferior, pero no dijo nada; Steve supo que su hijo
estaba pensando de nuevo en el día en que tendría que regresar a Nueva York. Lo
estrechó nuevamente con ternura, aunque en su interior notó una suerte de
desgarro, una sensación que sabía que nunca llegaría a curarse del todo.
A la mañana siguiente, muy temprano, Steve contempló la playa en toda su
extensión, con la certeza de que si se iba a dar un paseo, la mañana sería
simplemente perfecta.
Había llegado a la conclusión de que Dios no estaba presente en aquel lugar.
Por lo menos, no para él. Sin embargo, ahora que lo pensaba con detenimiento, le
encontraba el sentido. Si fuera tan fácil ubicar a Dios, entonces las playas
estarían abarrotadas de gente por la mañana. Estarían llenas de personas, cada
una con su propia petición, en vez de estar llenas de gente practicando deporte,
paseando a sus perros o pescando en la orilla.
Ahora comprendía que la búsqueda de la presencia de Dios era un misterio
tan grande como Dios mismo, ¿y, en realidad qué era Dios, sino un misterio?
Sin embargo, le pareció curioso haber tardado tanto tiempo en darse cuenta.
Pasó el día con Jonah, tal y como habían planeado la noche anterior. El fuerte
era probablemente más interesante para él que para Jonah, puesto que Steve
comprendía parte de la historia de la Guerra de Independencia y sabía que
Wilmington había sido el último puerto de may or envergadura en
funcionamiento en los Estados Confederados. El parque acuático, sin embargo,
resultó más emocionante para Jonah que para él. Cada persona que se tiraba por
uno de los toboganes tenía que subir su esterilla por las escaleras hasta arriba de
todo. Steve se mostró en forma durante las primeras dos veces, pero pronto tuvo
que abandonar el intento.
Realmente se sentía como si estuviera agonizando.
La pizzería que eligieron consistía en una sala enorme llena de videojuegos,
que mantuvieron a Jonah ocupado durante otro par de horas. Jugaron tres partidos
de Air Hockey, y acumularon un montón de papeletas; después de
intercambiarlas por los premios, salieron con dos pistolas de agua, tres balones
hinchables, una caja de lápices de colores y dos gomas. Steve no quería ni pensar
en cuánto se había gastado en todo eso.
Fue un día fantástico, lleno de risas saludables, pero acabó muy cansado.
Después de pasar un rato con Ronnie, se fue a dormir. Exhausto, se quedó
dormido al cabo de tan sólo unos minutos
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