23
23
Will
Will tenía la sensación de que el verano se le estaba pasando demasiado rápido.
Entre trabajar en el taller y pasar casi todo el resto de su tiempo libre con Ronnie,
los días parecían esfumarse volando. A medida que se acercaba el mes de
agosto, empezó a ponerse más nervioso al pensar que dentro de unas pocas
semanas ella regresaría a Nueva Yorky él empezaría sus estudios en Vanderbilt.
Ronnie se había convertido en parte de su vida —en muchos aspectos, la
mejor parte—. A pesar de que no siempre la comprendía, en cierto modo era
como si sus diferencias ay udaran a consolidar su relación. Cuando él le pidió que
dejara que la acompañara al juzgado, ella se negó rotundamente; sin embargo,
Will recordaba su cara de sorpresa cuando lo encontró esperándola fuera del
juzgado con un ramo de flores. Sabía que estaba muy angustiada por que no
hubieran retirado los cargos —debía comparecer nuevamente ante el juez el 28
de agosto, tres días antes de que él se marchara a la universidad—, pero Will
estuvo seguro de que no se había equivocado al presentarse en la puerta del
juzgado cuando ella aceptó el ramo con un beso tímido.
Ronnie lo sorprendió cuando le comunicó que la habían contratado en el
acuario para un trabajo de media jornada. No le había comentado sus planes
previamente, ni tampoco le pidió que diera referencias de ella. Ni siquiera sabía
que deseara trabajar. Cuando después le preguntó al respecto, ella le respondió:
—Tú trabajas todo el día, y mi padre y Jonah están ocupados con el vitral.
Necesito hacer algo; además, quiero pagarme el abogado. No es que a mi padre
le sobre el dinero.
Cuando la recogió después de su primer día de trabajo, sin embargo, se fijó
en que su piel tenía un tono cetrino.
—He tenido que dar de comer a las nutrias —le explicó—. ¿Alguna vez has
tenido que meter la mano en un cubo lleno de peces muertos y pegajosos? ¡Es
asqueroso!
Hablaban largo y tendido. No parecían tener bastante tiempo para compartir
todo lo que querían. A veces era una charla distendida, para llenar los momentos
de silencio —cuando comentaban sus películas favoritas, por ejemplo, o cuando
ella le contaba que, a pesar de ser vegetariana, todavía no había decidido si los
huevos o la leche contaban—. Le explicó más anécdotas de la época en que
tocaba el piano y de su relación con su padre; Will confesó que a veces le
molestaba sentir la responsabilidad de ser la clase de persona que su madre
insistía en que fuera. Hablaron de su hermano, Jonah, y de su hermana, Megan,
y especularon y soñaron sobre qué les depararía el futuro. Para Will, su futuro
parecía estar indiscutiblemente escrito: cuatro años en Vanderbilt; después de
graduarse, adquiriría experiencia trabajando en alguna otra empresa antes de
volver para dirigir el negocio familiar. Cada vez que recitaba el plan de memoria,
podía escuchar la voz de su madre susurrándole que se sentía totalmente
satisfecha, y a menudo se preguntaba si eso era lo que él realmente quería. En
cuanto a Ronnie, ella admitió que no estaba segura de lo que pensaba hacer al
año siguiente. La incertidumbre no parecía asustarla, y eso hacía que Will aún la
admirase más. Una noche, mientras él reflexionaba acerca de sus respectivos
planes, se quedó sorprendido al constatar que ella tenía más libertad de escoger
su destino que él.
A pesar de las jaulas que habían puesto para resguardar todos los nidos de
tortugas a lo largo de la playa, los mapaches habían excavados túneles por
debajo de los alambres y habían destrozado seis nidos. Tan pronto como Ronnie
se enteró de lo que había sucedido, insistió en que hicieran turnos para vigilar el
nido detrás de la casa. No existía ninguna razón para que los dos estuvieran de
centinelas toda la noche, pero acabaron por pasar casi todos los días allí juntos,
tumbados, besándose y hablando en voz baja hasta pasada la medianoche.
Scott, por supuesto, no podía comprenderlo. En más de una ocasión, Will
llegaba tarde al entrenamiento; Scott deambulaba entonces arriba y abajo
visiblemente nervioso, preguntándose qué mosca le había picado a su amigo. En
el taller, cuando Scott le preguntaba qué tal le iba con Ronnie, Will no era muy
explícito —sabía que no se lo preguntaba porque realmente le interesara—. De
hecho, hizo todo lo que pudo por mantener la atención de Will centrada en el
próximo torneo de vóley-playa, comportándose como si no dudara de que su
amigo pronto acabaría por poner toda la carne en el asador, o como si su novia
no existiera.
Lamentablemente, Ronnie no se había equivocado en cuanto a la madre de
Will. A pesar de que no le había dicho nada directamente acerca de su nueva
amiga, él podía adivinar su disconformidad en su sonrisa forzada cada vez que
mencionaba el nombre de Ronnie y en la actitud desdeñosa que adoptaba cuando
traía a Ronnie a casa. Nunca le preguntaba por ella; cuando Will hacía algún
comentario sobre su novia —sobre lo bien que se lo habían pasado juntos, o lo
ingeniosa que era, o sobre cómo ella parecía comprenderlo mejor que nadie—,
su madre solía replicar con algún comentario negativo como: « Pronto irás a
Vanderbilt, y una relación a distancia resulta muy dura de mantener» . Incluso a
veces ella se planteaba en voz alta si no « pasaban demasiado tiempo juntos» .
Will la detestaba cuando decía esas cosas. Tenía que contenerse para no
replicarle con algún comentario desagradable, porque sabía que ella estaba
siendo injusta. A diferencia de prácticamente el resto de la gente que Will
conocía, Ronnie no bebía alcohol ni decía palabrotas ni chismorreaba, y tampoco
habían pasado de darse unos pocos besos, pero él sabía intuitivamente que a su
madre no le importaban aquellos detalles. Ella estaba encorsetada en sus
prejuicios, por lo que cualquier intento de hacerla cambiar de opinión al respecto
era inútil. Frustrado, empezó a poner excusas para estar cada vez más tiempo
fuera de casa. No sólo por la incomodidad que su madre sentía ante Ronnie, sino
por la incomodidad que él empezaba a sentir ante su madre.
Y por la incomodidad consigo mismo, por supuesto, por fallarle a su madre
de nuevo.
Salvo la preocupación de Ronnie a causa del juicio que tenía pendiente, la
única mancha en su increíblemente idílico verano era la abominable presencia
de Marcus. A pesar de que casi siempre lograban esquivarlo, a veces resultaba
del todo imposible. Cuando se topaban con él, Marcus siempre parecía encontrar
una forma de provocar a Will, normalmente soltándole algo sobre Scott. Will se
quedaba paralizado. Si reaccionaba enfadándose, Marcus podría ir a hablar con
la Policía; si no hacía nada, se sentía avergonzado. Allí estaba él, saliendo con una
chica que había comparecido ante un juez y que había admitido su culpa
abiertamente; que él no pudiera reunir el coraje para hacer lo mismo empezaba
a atormentarlo. Había intentado hablar con Scott sobre la posibilidad de aclararlo
todo e ir a hablar con la Policía, pero su amigo se había negado en rotundo. Y con
sus indirectas, nunca dejaba que Will se olvidara de lo que había hecho por él y
por su familia aquel horrible día en que Mike falleció. Will admitía que Scott se
había comportado como un verdadero héroe, pero a medida que transcurría el
verano, empezó a cuestionarse si una buena acción justificaba hacer la vista
gorda ante aquel desatino que había acabado en el incendio; en sus momentos de
may or abatimiento, era consciente del precio que tenía que pagar por la amistad
de Scott.
Una noche, a principios de agosto, Will quedó con Ronnie para ir a la playa a
coger cangrejos araña.
—¡Te dije que no me gustan los cangrejos! —refunfuñó Ronnie, aferrándose
al brazo de Will con los dedos crispados y con la cara aterrada.
Él se echó a reír.
—¡Pero si sólo son cangrejos araña! No te harán nada.
Ronnie arrugó la nariz.
—Parecen unos bichos horripilantes de otro planeta, que se arrastran por el
suelo, listos para atacar.
—Olvidas que fue idea tuya salir a coger cangrejos.
—No, fue idea de Jonah. Dijo que era divertido. Pero me lo tengo merecido,
por hacer caso de alguien que cree que la vida es como los dibujos animados que
ve a todas horas.
—Pensé que una persona que se atreve a dar de comer peces pegajosos a las
nutrias no se asustaría por unos poquitos cangrejos inofensivos.
Will barrió la arena con la luz de su linterna, iluminando a las criaturas que se
movían sigilosamente.
Ella examinó el terreno con cara de angustia, temiendo que algún cangrejo se
le acercara.
—En primer lugar, no son unos poquitos cangrejos inofensivos. ¡Hay cientos
de ellos! Y en segundo lugar, si hubiera sabido que esto es lo que pasa en la playa
por la noche, te habría hecho dormir al lado del nido de las tortugas cada día. Así
que, para que lo sepas, estoy un poco enojada contigo por haberme ocultado este
detalle. Y en tercer lugar, que trabaje en el acuario no significa que me guste que
los cangrejos se paseen por encima de mis pies.
Will se esforzó por mantener el semblante serio, pero le costaba demasiado.
Cuando ella alzó la cabeza, lo pilló sonriendo.
—Deja de burlarte de mí. No es divertido.
—Sí que lo es…, quiero decir, debe de haber unos veinte niños pequeños por
aquí con sus padres haciendo lo mismo que nosotros.
—No es culpa mía que sus padres no tengan ni una pizca de sentido común.
—¿Quieres que regresemos a tu casa?
—No. Puesto que has conseguido meterme en medio de este enjambre de
bichos, intentaré aguantarme.
—¿Sabes que en otras ocasiones hemos estado paseando por la playa incluso
más tarde?
—Lo sé. Pero de nuevo te doy las gracias por traer la linterna y echar a
perder los buenos recuerdos que tenía respecto a esos momentos.
—Muy bien —dijo él, y apagó la linterna.
Ronnie le clavó las uñas en el brazo.
—¿Qué haces? ¡Enciéndela enseguida!
—Acabas de decir que no quieres la linterna.
—¡Pero si no la enciendes, no puedo ver los cangrejos!
—Bueno, no pasa nada.
—¡Sí que pasa! ¡Eso significa que puedo estar rodeada de esos bichos
horripilantes justo en este preciso instante! ¡Haz el favor de encender la linterna!
—le suplicó.
Él obedeció. Mientras reanudaban el paseo por la playa, se echó a reír.
—Espero que un día pueda comprenderte.
—No lo creo. Si no lo has conseguido todavía, quizá no seas capaz de hacerlo
nunca.
—A lo mejor tienes razón —admitió él, rodeándola con un brazo—. Todavía
no me has dicho si piensas venir a la boda de mi hermana.
—Es que todavía no lo he decidido.
—Quiero que conozcas a Megan. Es fantástica.
—No es tu hermana la que me preocupa. La verdad es que creo que a tu
madre no le hará gracia que vaya.
—¿Y qué? No es su boda. Mi hermana sí que quiere que vayas.
—¿Le has hablado de mí?
—Por supuesto.
—¿Y qué le has dicho?
—La verdad.
—¿Que crees que soy paliducha?
Él la miró a los ojos.
—¿Todavía piensas en eso?
—No. Lo tengo absolutamente superado.
Will resopló, divertido.
—Muy bien, contestando a tu pregunta, no. No le he dicho que eres paliducha.
Le he dicho que « eras» paliducha.
Ella le propinó un codazo en las costillas, y él fingió implorar clemencia.
—Era broma, era broma… Nunca diría una cosa así.
—Entonces, ¿qué le has contado?
Will se detuvo y se giró para mirarla.
—Ya te lo he dicho: la verdad. Que eres ingeniosa y divertida, y que es muy
fácil estar contigo y que eres preciosa.
—Ah, vale.
—¿No piensas decirme que me quieres?
—No estoy segura de si puedo querer a una persona tan perversa —bromeó
ella, al tiempo que lo rodeaba con ambos brazos—. Esta es mi forma de pagarte
por haber permitido que los cangrejos se paseen por encima de mis pies. Por
supuesto que te quiero.
Se besaron antes de reanudar la marcha. Ya casi habían llegado al muelle y
estaban a punto de dar la vuelta cuando divisaron a Scott, junto a Ashley y
Cassie; se acercaban en dirección contraria. Ronnie se puso tensa bajo el brazo
de Will al ver que Scott se desviaba para ir a su encuentro.
—¡Por fin te encuentro! —exclamó Scott cuando estuvo más cerca. Se
detuvo delante de ellos—. Llevo toda la noche enviándote mensajes al móvil.
Will estrechó a Ronnie con más fuerza.
—Lo siento. Me he dejado el móvil en casa de Ronnie. ¿Qué pasa?
Mientras Scott contestaba, Will podía notar cómo Ashley fulminaba a Ronnie
con una mirada asesina.
—He recibido llamadas de cinco de los equipos que participarán en el torneo,
y nos han propuesto unos encuentros amistosos previos, a modo de
entrenamiento. Todos ellos son muy buenos, y quieren jugar unos partidos para
prepararnos para ganar a Landry y a Tyson. O sea, mucha práctica, muchos
partidos, muchas horas de entrenamiento. Incluso estamos pensando en hacer
intercambios de parejas de vez en cuando para mejorar nuestros tiempos de
reacción, puesto que todos tenemos estilos diferentes.
—¿Y cuándo vendrán?
—Cuando les confirmemos que estamos listos, pero estábamos pensando en
esta misma semana.
—¿Y cuánto tiempo se quedarán?
—No lo sé. ¿Tres o cuatro días? Supongo que apurarán hasta el torneo. Sé que
tienes la boda de tu hermana y los ensayos, pero podrías encontrar unas horas
para entrenar.
Will pensó de nuevo en los pocos días que le quedaban para estar con Ronnie.
—¿Tres o cuatro días?
Scott frunció el ceño.
—¡Vamos, hombre! Es justo lo que necesitamos para poder ganar.
—¿No crees que estamos listos?
—Pero ¿se puede saber qué diantre te pasa? ¿Sabes cuántos entrenadores de
la costa oeste vendrán a ver el torneo? —Con un dedo acusador, señaló a Will—.
Probablemente tú no necesites una beca de vóley-playa para que te acepten en
la universidad, pero yo sí. Y ésta es la única oportunidad que tengo de que me
vean jugar.
Will titubeó.
—Deja que lo piense, ¿vale?
—¿Quieres « pensártelo» ?
—Primero tengo que hablar con mi padre. No puedo decidir saltarme cuatro
días de trabajo sin pedirle permiso. Y de todos modos, no creo que pueda.
Scott miró a Ronnie con cara de pocos amigos.
—¿Estás seguro de que es el trabajo lo único que se interpone?
Will reconoció el tono provocador, pero no quería pelearse con Scott, que
también pareció pensárselo mejor, y antes de continuar por esa vía, retrocedió
un paso.
—Muy bien, de acuerdo. Habla con tu padre. Me da igual —dijo—. Quizá
puedas encontrar, en tu apretada agenda, « un poco de tiempo» para entrenar.
Con ese alegato, se dio la vuelta y se alejó sin mirar hacia atrás ni una sola
vez. Will, sin estar seguro de qué más podía hacer, decidió reanudar la marcha
con Ronnie hacia su casa.
Cuando estuvieron lo bastante lejos de Scott como para que éste no pudiera
oírlos, Ronnie lo rodeó por la espalda con el brazo y le preguntó:
—¿Se refiere al torneo del que me habías hablado?
Will asintió.
—El próximo fin de semana. El día después de la boda de mi hermana.
—¿En un domingo?
Él asintió.
—El torneo dura dos días, pero las mujeres juegan el sábado.
Ronnie se quedó pensativa.
—¿Y Scott necesita una beca de vóley-play a para ir a la universidad?
—Le sería de gran ay uda.
Ronnie lo obligó a detenerse.
—Entonces saca tiempo para entrenar. Practicad todo lo que haga falta.
Haced lo que sea necesario para estar listos. Es tu amigo, ¿no? Ya nos
apañaremos para encontrar momentos para estar juntos. Aunque eso implique
que tengamos que pasarnos las horas sentados junto al nido de tortugas. No me
importa ir a trabajar cansada.
Mientras ella hablaba, Will sólo podía pensar en lo bonita que era y en lo
mucho que la iba a echar de menos.
—¿Qué pasará con nuestra relación, Ronnie? ¿Al final del verano? —le
preguntó al tiempo que escrutaba su cara.
—Tú irás a la universidad —contestó Ronnie, desviando la vista—. Y y o
regresaré a Nueva York.
Will la cogió por la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Sí, sé perfectamente a qué te refieres. Pero no sé qué es lo que quieres que
te diga. No sé qué es lo que podemos decir.
—¿Qué tal un… « no quiero que lo nuestro se acabe» ?
Los ojos de Ronnie adoptaron un tono verde oscuro y se llenaron de ternura,
como si le pidieran disculpas.
—No quiero que lo nuestro se acabe —repitió suavemente.
A pesar de que eso era lo que él deseaba oír y de que obviamente ella lo
decía de corazón, Will se dio cuenta de que ella sabía que las palabras, aunque
fueran ciertas, no podían cambiar lo inevitable, podían lograr que él se sintiera
mejor.
—Iré a Nueva York a visitarte —le prometió Will.
—Eso espero.
—Y quiero que tú vengas a Tennessee.
—Supongo que podré soportar otro viajecito al sur, si tengo un buen motivo
para hacerlo.
Él sonrió mientras retomaban el paseo por la playa.
—¿Sabes qué? Haré todo lo que Scott me pida que hagamos para prepararnos
para el torneo si me prometes que vendrás a la boda de mi hermana.
—En otras palabras, harás lo que se suponía que tenías que hacer, y a
cambio, obtendrás lo que quieres.
Will no lo habría expresado en esos términos. Pero, pensándolo
detenidamente, Ronnie tenía razón.
—Sí. Supongo que sí —admitió.
—¿Alguna cosa más, puesto que estás de ese talante negociador agresivo?
—Ahora que lo dices, sí, hay otra cosa. Quiero que intentes hablar con Blaze.
—Pero ¿qué dices? Ya lo he intentado.
—Lo sé, pero ¿cuándo? ¿Hace seis semanas? Nos ha visto juntos, así que sabe
que no estás interesada en Marcus. Y ya ha tenido tiempo para que se le pase el
enfado.
—No funcionará. No confesará la verdad —se rindió Ronnie—. Eso
significaría que se metería en un buen lío.
—¿Cómo? ¿Qué cargos le imputarían? La cuestión es que no quiero que
tengas que pagar por algo que no has hecho. La propietaria y el fiscal del distrito
se niegan a escucharte; no digo que Blaze vaya a hacerte caso, pero no veo qué
otra alternativa te queda si quieres salir bien parada de este problema.
—No funcionará —insistió Ronnie.
—Quizá no. Pero creo que vale la pena probarlo. Conozco a Blaze desde que
éramos niños, y no siempre ha sido así. A lo mejor todavía le queda un poco de
sentido común, y en el fondo sabe que está haciendo algo malo y lo único que
necesita es una buena razón para intentar reparar el daño que ha hecho.
Ronnie no parecía estar del todo de acuerdo, pero tampoco se negó en
redondo. Regresaron a casa inmersos cada uno en su propio silencio. Cuando
estuvieron cerca, Will vio la luz encendida y la puerta del taller entreabierta.
—¿Tu padre todavía está trabajando en el vitral, a estas horas?
—Eso parece.
—¿Puedo verlo?
—¿Por qué no?
Juntos, se encaminaron hacia el edificio destartalado. Una vez dentro, Will vio
una simple bombilla, sin pantalla, que colgaba de un cable eléctrico, encima de
una gran mesa de trabajo que ocupaba el centro de la sala.
—Vay a, no está —dijo Ronnie, mirando a su alrededor.
—¿Es el vitral? —preguntó Will, que se acercó a la mesa de trabajo—. Es
enorme.
Ronnie se colocó a su lado.
—Es sorprendente, ¿no te parece? Es para la iglesia que están reconstruyendo
un poco más abajo, en esta misma calle.
—No me lo habías dicho. —Su voz parecía tensa, incluso Will fue consciente
de ello.
—No pensé que fuera importante —contraatacó ella automáticamente—.
¿Por qué? ¿Acaso es importante?
Will intentó apartar de su mente las imágenes de Scott y del incendio.
—No, la verdad es que no —se apresuró a responder, fingiendo inspeccionar
el cristal—. Simplemente es que no sabía que tu padre tuviera la habilidad de
montar algo tan complejo.
—Yo tampoco lo sabía. Ni él tampoco, hasta que empezó. Pero me dijo que
era muy importante para él, así que puede que eso tenga algo que ver.
—¿Por qué es tan importante para él?
Mientras Ronnie relataba la historia que su padre le había contado, Will
permanecía con los ojos fijos en la vidriera, recordando lo que Scott había hecho.
Y, por supuesto, lo que « él» no había hecho. Ronnie debió de detectar algo en su
cara porque, cuando acabó, lo escrutó con curiosidad.
—¿En qué estás pensando?
Will pasó la mano por encima del vitral antes de contestar.
—¿Alguna vez te has preguntado qué significa la amistad?
—¿A qué te refieres?
Él giró la cara para mirarla a los ojos.
—¿Hasta dónde serías capaz de llegar para proteger a un amigo?
Ella reflexionó.
—Supongo que eso dependería de lo que hubiera hecho mi amigo. Y de la
gravedad del delito. —Apoy ó la mano en la espalda de Will—. ¿Qué intentas
decirme?
Cuando él no contestó, Ronnie lo miró sin pestañear.
—Tarde o temprano, tendrás que hacer lo que es correcto, aunque te cueste.
Sé que mi consejo quizá no te sirva de ayuda, y también sé que no siempre es
fácil decidir qué es lo correcto. Por lo menos, de entrada. Pero incluso cuando
me estaba justificando a mí misma que robar no era un delito tan grave, sabía
que me estaba engañando. Y eso hacía que me sintiera… mal, muy mal
conmigo misma. —Se acercó más a Will hasta que su cara quedó a escasos
centímetros de la de él. Will notó el aroma a arena y a mar en su piel—. Acepté
los cargos sin rechistar porque algo en mi interior me decía que lo que había
hecho estaba mal. Algunas personas pueden vivir con esa carga, si son capaces
de escapar airosas del castigo. Allí donde yo veo blanco y negro, ellas ven
matices grises. Pero yo no soy así… Y tampoco creo que tú seas así.
Will apartó la mirada. Quería contárselo, se moría de ganas de confesarlo
todo, ya que sabía que ella tenía razón, pero no parecía capaz de encontrar las
palabras apropiadas. Ronnie lo comprendía como nadie. Pensó que tenía mucho
que aprender de esa chica. Con ella a su lado, lograría ser una persona mejor. En
muchos sentidos, la necesitaba. Se obligó a sí mismo a asentir, y Ronnie apoy ó la
cabeza en su hombro.
Cuando finalmente salieron del cobertizo, Will la detuvo antes de que ella se
encaminara a la casa. La atrajo hacia sí y empezó a besarla. Primero en los
labios, luego en la mejilla, y por último en el cuello. La piel de Ronnie era como
fuego, como si se hubiera pasado horas tumbada bajo el sol; cuando volvió a
besarla en los labios, notó que ella arqueaba la espalda para pegarse más a su
cuerpo. Will hundió los dedos en su melena y continuó besándola al tiempo que la
iba acorralando contra la pared del taller. La quería, la deseaba. Mientras seguían
besándose, podía notar los brazos de ella recorriéndole la espalda y los hombros.
Aquel tacto era una descarga eléctrica en su piel, aquel aliento cálido contra el
suyo… Will sintió cómo lentamente se dejaba arrastrar hasta un lugar gobernado
sólo por los sentidos.
Will empezó a acariciarle la espalda y el vientre hasta que al final notó que
Ronnie ponía las manos en su pecho para apartarlo.
—Por favor —suspiró ella—. Será mejor que no sigamos.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que nos pille mi padre. Podría estar viéndonos ahora
mismo, a través de la ventana.
—Sólo nos estamos besando.
—Ya. Y es evidente que nos sentimos atraídos el uno por el otro. —Rió ella.
Una lánguida sonrisa se perfiló en los labios de Will.
—¿Cómo? ¿No nos estábamos besando únicamente?
—Sólo digo que parecía que… lo que hacíamos conducía inevitablemente
hacia algo más —explicó ella, alisándose la camiseta.
—¿Y dónde está el problema?
Con su expresión, Ronnie le estaba implorando que se dejara de juegos. Sabía
que ella se estaba mostrando sensata, a pesar de que el resultado no fuera el que
él deseaba.
—Tienes razón —resopló, deslizando la mano hasta colocarla sobre el hueco
de la cintura de Ronnie—. Intentaré controlarme.
Ella lo besó en la mejilla.
—Confío plenamente en ti.
—¡Vay a! Gracias —le replicó, con un tono disconforme.
—Iré a ver cómo está mi padre, ¿vale? —dijo ella, y le guiñó el ojo.
—Vale. De todos modos, mañana he de estar temprano en el trabajo.
Ronnie sonrió.
—Qué pena. Yo mañana no empiezo hasta las diez.
—¿Todavía tienes que dar de comer a las nutrias?
—Se morirían de hambre sin mí. Diría que ahora me he vuelto indispensable.
Will soltó una carcajada.
—¿Te había dicho que creo que eres una buena guardiana?
—No creo que nadie me lo haya dicho antes. Y para que lo sepas, no me
molesta tenerte cerca.
Will
Will tenía la sensación de que el verano se le estaba pasando demasiado rápido.
Entre trabajar en el taller y pasar casi todo el resto de su tiempo libre con Ronnie,
los días parecían esfumarse volando. A medida que se acercaba el mes de
agosto, empezó a ponerse más nervioso al pensar que dentro de unas pocas
semanas ella regresaría a Nueva Yorky él empezaría sus estudios en Vanderbilt.
Ronnie se había convertido en parte de su vida —en muchos aspectos, la
mejor parte—. A pesar de que no siempre la comprendía, en cierto modo era
como si sus diferencias ay udaran a consolidar su relación. Cuando él le pidió que
dejara que la acompañara al juzgado, ella se negó rotundamente; sin embargo,
Will recordaba su cara de sorpresa cuando lo encontró esperándola fuera del
juzgado con un ramo de flores. Sabía que estaba muy angustiada por que no
hubieran retirado los cargos —debía comparecer nuevamente ante el juez el 28
de agosto, tres días antes de que él se marchara a la universidad—, pero Will
estuvo seguro de que no se había equivocado al presentarse en la puerta del
juzgado cuando ella aceptó el ramo con un beso tímido.
Ronnie lo sorprendió cuando le comunicó que la habían contratado en el
acuario para un trabajo de media jornada. No le había comentado sus planes
previamente, ni tampoco le pidió que diera referencias de ella. Ni siquiera sabía
que deseara trabajar. Cuando después le preguntó al respecto, ella le respondió:
—Tú trabajas todo el día, y mi padre y Jonah están ocupados con el vitral.
Necesito hacer algo; además, quiero pagarme el abogado. No es que a mi padre
le sobre el dinero.
Cuando la recogió después de su primer día de trabajo, sin embargo, se fijó
en que su piel tenía un tono cetrino.
—He tenido que dar de comer a las nutrias —le explicó—. ¿Alguna vez has
tenido que meter la mano en un cubo lleno de peces muertos y pegajosos? ¡Es
asqueroso!
Hablaban largo y tendido. No parecían tener bastante tiempo para compartir
todo lo que querían. A veces era una charla distendida, para llenar los momentos
de silencio —cuando comentaban sus películas favoritas, por ejemplo, o cuando
ella le contaba que, a pesar de ser vegetariana, todavía no había decidido si los
huevos o la leche contaban—. Le explicó más anécdotas de la época en que
tocaba el piano y de su relación con su padre; Will confesó que a veces le
molestaba sentir la responsabilidad de ser la clase de persona que su madre
insistía en que fuera. Hablaron de su hermano, Jonah, y de su hermana, Megan,
y especularon y soñaron sobre qué les depararía el futuro. Para Will, su futuro
parecía estar indiscutiblemente escrito: cuatro años en Vanderbilt; después de
graduarse, adquiriría experiencia trabajando en alguna otra empresa antes de
volver para dirigir el negocio familiar. Cada vez que recitaba el plan de memoria,
podía escuchar la voz de su madre susurrándole que se sentía totalmente
satisfecha, y a menudo se preguntaba si eso era lo que él realmente quería. En
cuanto a Ronnie, ella admitió que no estaba segura de lo que pensaba hacer al
año siguiente. La incertidumbre no parecía asustarla, y eso hacía que Will aún la
admirase más. Una noche, mientras él reflexionaba acerca de sus respectivos
planes, se quedó sorprendido al constatar que ella tenía más libertad de escoger
su destino que él.
A pesar de las jaulas que habían puesto para resguardar todos los nidos de
tortugas a lo largo de la playa, los mapaches habían excavados túneles por
debajo de los alambres y habían destrozado seis nidos. Tan pronto como Ronnie
se enteró de lo que había sucedido, insistió en que hicieran turnos para vigilar el
nido detrás de la casa. No existía ninguna razón para que los dos estuvieran de
centinelas toda la noche, pero acabaron por pasar casi todos los días allí juntos,
tumbados, besándose y hablando en voz baja hasta pasada la medianoche.
Scott, por supuesto, no podía comprenderlo. En más de una ocasión, Will
llegaba tarde al entrenamiento; Scott deambulaba entonces arriba y abajo
visiblemente nervioso, preguntándose qué mosca le había picado a su amigo. En
el taller, cuando Scott le preguntaba qué tal le iba con Ronnie, Will no era muy
explícito —sabía que no se lo preguntaba porque realmente le interesara—. De
hecho, hizo todo lo que pudo por mantener la atención de Will centrada en el
próximo torneo de vóley-playa, comportándose como si no dudara de que su
amigo pronto acabaría por poner toda la carne en el asador, o como si su novia
no existiera.
Lamentablemente, Ronnie no se había equivocado en cuanto a la madre de
Will. A pesar de que no le había dicho nada directamente acerca de su nueva
amiga, él podía adivinar su disconformidad en su sonrisa forzada cada vez que
mencionaba el nombre de Ronnie y en la actitud desdeñosa que adoptaba cuando
traía a Ronnie a casa. Nunca le preguntaba por ella; cuando Will hacía algún
comentario sobre su novia —sobre lo bien que se lo habían pasado juntos, o lo
ingeniosa que era, o sobre cómo ella parecía comprenderlo mejor que nadie—,
su madre solía replicar con algún comentario negativo como: « Pronto irás a
Vanderbilt, y una relación a distancia resulta muy dura de mantener» . Incluso a
veces ella se planteaba en voz alta si no « pasaban demasiado tiempo juntos» .
Will la detestaba cuando decía esas cosas. Tenía que contenerse para no
replicarle con algún comentario desagradable, porque sabía que ella estaba
siendo injusta. A diferencia de prácticamente el resto de la gente que Will
conocía, Ronnie no bebía alcohol ni decía palabrotas ni chismorreaba, y tampoco
habían pasado de darse unos pocos besos, pero él sabía intuitivamente que a su
madre no le importaban aquellos detalles. Ella estaba encorsetada en sus
prejuicios, por lo que cualquier intento de hacerla cambiar de opinión al respecto
era inútil. Frustrado, empezó a poner excusas para estar cada vez más tiempo
fuera de casa. No sólo por la incomodidad que su madre sentía ante Ronnie, sino
por la incomodidad que él empezaba a sentir ante su madre.
Y por la incomodidad consigo mismo, por supuesto, por fallarle a su madre
de nuevo.
Salvo la preocupación de Ronnie a causa del juicio que tenía pendiente, la
única mancha en su increíblemente idílico verano era la abominable presencia
de Marcus. A pesar de que casi siempre lograban esquivarlo, a veces resultaba
del todo imposible. Cuando se topaban con él, Marcus siempre parecía encontrar
una forma de provocar a Will, normalmente soltándole algo sobre Scott. Will se
quedaba paralizado. Si reaccionaba enfadándose, Marcus podría ir a hablar con
la Policía; si no hacía nada, se sentía avergonzado. Allí estaba él, saliendo con una
chica que había comparecido ante un juez y que había admitido su culpa
abiertamente; que él no pudiera reunir el coraje para hacer lo mismo empezaba
a atormentarlo. Había intentado hablar con Scott sobre la posibilidad de aclararlo
todo e ir a hablar con la Policía, pero su amigo se había negado en rotundo. Y con
sus indirectas, nunca dejaba que Will se olvidara de lo que había hecho por él y
por su familia aquel horrible día en que Mike falleció. Will admitía que Scott se
había comportado como un verdadero héroe, pero a medida que transcurría el
verano, empezó a cuestionarse si una buena acción justificaba hacer la vista
gorda ante aquel desatino que había acabado en el incendio; en sus momentos de
may or abatimiento, era consciente del precio que tenía que pagar por la amistad
de Scott.
Una noche, a principios de agosto, Will quedó con Ronnie para ir a la playa a
coger cangrejos araña.
—¡Te dije que no me gustan los cangrejos! —refunfuñó Ronnie, aferrándose
al brazo de Will con los dedos crispados y con la cara aterrada.
Él se echó a reír.
—¡Pero si sólo son cangrejos araña! No te harán nada.
Ronnie arrugó la nariz.
—Parecen unos bichos horripilantes de otro planeta, que se arrastran por el
suelo, listos para atacar.
—Olvidas que fue idea tuya salir a coger cangrejos.
—No, fue idea de Jonah. Dijo que era divertido. Pero me lo tengo merecido,
por hacer caso de alguien que cree que la vida es como los dibujos animados que
ve a todas horas.
—Pensé que una persona que se atreve a dar de comer peces pegajosos a las
nutrias no se asustaría por unos poquitos cangrejos inofensivos.
Will barrió la arena con la luz de su linterna, iluminando a las criaturas que se
movían sigilosamente.
Ella examinó el terreno con cara de angustia, temiendo que algún cangrejo se
le acercara.
—En primer lugar, no son unos poquitos cangrejos inofensivos. ¡Hay cientos
de ellos! Y en segundo lugar, si hubiera sabido que esto es lo que pasa en la playa
por la noche, te habría hecho dormir al lado del nido de las tortugas cada día. Así
que, para que lo sepas, estoy un poco enojada contigo por haberme ocultado este
detalle. Y en tercer lugar, que trabaje en el acuario no significa que me guste que
los cangrejos se paseen por encima de mis pies.
Will se esforzó por mantener el semblante serio, pero le costaba demasiado.
Cuando ella alzó la cabeza, lo pilló sonriendo.
—Deja de burlarte de mí. No es divertido.
—Sí que lo es…, quiero decir, debe de haber unos veinte niños pequeños por
aquí con sus padres haciendo lo mismo que nosotros.
—No es culpa mía que sus padres no tengan ni una pizca de sentido común.
—¿Quieres que regresemos a tu casa?
—No. Puesto que has conseguido meterme en medio de este enjambre de
bichos, intentaré aguantarme.
—¿Sabes que en otras ocasiones hemos estado paseando por la playa incluso
más tarde?
—Lo sé. Pero de nuevo te doy las gracias por traer la linterna y echar a
perder los buenos recuerdos que tenía respecto a esos momentos.
—Muy bien —dijo él, y apagó la linterna.
Ronnie le clavó las uñas en el brazo.
—¿Qué haces? ¡Enciéndela enseguida!
—Acabas de decir que no quieres la linterna.
—¡Pero si no la enciendes, no puedo ver los cangrejos!
—Bueno, no pasa nada.
—¡Sí que pasa! ¡Eso significa que puedo estar rodeada de esos bichos
horripilantes justo en este preciso instante! ¡Haz el favor de encender la linterna!
—le suplicó.
Él obedeció. Mientras reanudaban el paseo por la playa, se echó a reír.
—Espero que un día pueda comprenderte.
—No lo creo. Si no lo has conseguido todavía, quizá no seas capaz de hacerlo
nunca.
—A lo mejor tienes razón —admitió él, rodeándola con un brazo—. Todavía
no me has dicho si piensas venir a la boda de mi hermana.
—Es que todavía no lo he decidido.
—Quiero que conozcas a Megan. Es fantástica.
—No es tu hermana la que me preocupa. La verdad es que creo que a tu
madre no le hará gracia que vaya.
—¿Y qué? No es su boda. Mi hermana sí que quiere que vayas.
—¿Le has hablado de mí?
—Por supuesto.
—¿Y qué le has dicho?
—La verdad.
—¿Que crees que soy paliducha?
Él la miró a los ojos.
—¿Todavía piensas en eso?
—No. Lo tengo absolutamente superado.
Will resopló, divertido.
—Muy bien, contestando a tu pregunta, no. No le he dicho que eres paliducha.
Le he dicho que « eras» paliducha.
Ella le propinó un codazo en las costillas, y él fingió implorar clemencia.
—Era broma, era broma… Nunca diría una cosa así.
—Entonces, ¿qué le has contado?
Will se detuvo y se giró para mirarla.
—Ya te lo he dicho: la verdad. Que eres ingeniosa y divertida, y que es muy
fácil estar contigo y que eres preciosa.
—Ah, vale.
—¿No piensas decirme que me quieres?
—No estoy segura de si puedo querer a una persona tan perversa —bromeó
ella, al tiempo que lo rodeaba con ambos brazos—. Esta es mi forma de pagarte
por haber permitido que los cangrejos se paseen por encima de mis pies. Por
supuesto que te quiero.
Se besaron antes de reanudar la marcha. Ya casi habían llegado al muelle y
estaban a punto de dar la vuelta cuando divisaron a Scott, junto a Ashley y
Cassie; se acercaban en dirección contraria. Ronnie se puso tensa bajo el brazo
de Will al ver que Scott se desviaba para ir a su encuentro.
—¡Por fin te encuentro! —exclamó Scott cuando estuvo más cerca. Se
detuvo delante de ellos—. Llevo toda la noche enviándote mensajes al móvil.
Will estrechó a Ronnie con más fuerza.
—Lo siento. Me he dejado el móvil en casa de Ronnie. ¿Qué pasa?
Mientras Scott contestaba, Will podía notar cómo Ashley fulminaba a Ronnie
con una mirada asesina.
—He recibido llamadas de cinco de los equipos que participarán en el torneo,
y nos han propuesto unos encuentros amistosos previos, a modo de
entrenamiento. Todos ellos son muy buenos, y quieren jugar unos partidos para
prepararnos para ganar a Landry y a Tyson. O sea, mucha práctica, muchos
partidos, muchas horas de entrenamiento. Incluso estamos pensando en hacer
intercambios de parejas de vez en cuando para mejorar nuestros tiempos de
reacción, puesto que todos tenemos estilos diferentes.
—¿Y cuándo vendrán?
—Cuando les confirmemos que estamos listos, pero estábamos pensando en
esta misma semana.
—¿Y cuánto tiempo se quedarán?
—No lo sé. ¿Tres o cuatro días? Supongo que apurarán hasta el torneo. Sé que
tienes la boda de tu hermana y los ensayos, pero podrías encontrar unas horas
para entrenar.
Will pensó de nuevo en los pocos días que le quedaban para estar con Ronnie.
—¿Tres o cuatro días?
Scott frunció el ceño.
—¡Vamos, hombre! Es justo lo que necesitamos para poder ganar.
—¿No crees que estamos listos?
—Pero ¿se puede saber qué diantre te pasa? ¿Sabes cuántos entrenadores de
la costa oeste vendrán a ver el torneo? —Con un dedo acusador, señaló a Will—.
Probablemente tú no necesites una beca de vóley-playa para que te acepten en
la universidad, pero yo sí. Y ésta es la única oportunidad que tengo de que me
vean jugar.
Will titubeó.
—Deja que lo piense, ¿vale?
—¿Quieres « pensártelo» ?
—Primero tengo que hablar con mi padre. No puedo decidir saltarme cuatro
días de trabajo sin pedirle permiso. Y de todos modos, no creo que pueda.
Scott miró a Ronnie con cara de pocos amigos.
—¿Estás seguro de que es el trabajo lo único que se interpone?
Will reconoció el tono provocador, pero no quería pelearse con Scott, que
también pareció pensárselo mejor, y antes de continuar por esa vía, retrocedió
un paso.
—Muy bien, de acuerdo. Habla con tu padre. Me da igual —dijo—. Quizá
puedas encontrar, en tu apretada agenda, « un poco de tiempo» para entrenar.
Con ese alegato, se dio la vuelta y se alejó sin mirar hacia atrás ni una sola
vez. Will, sin estar seguro de qué más podía hacer, decidió reanudar la marcha
con Ronnie hacia su casa.
Cuando estuvieron lo bastante lejos de Scott como para que éste no pudiera
oírlos, Ronnie lo rodeó por la espalda con el brazo y le preguntó:
—¿Se refiere al torneo del que me habías hablado?
Will asintió.
—El próximo fin de semana. El día después de la boda de mi hermana.
—¿En un domingo?
Él asintió.
—El torneo dura dos días, pero las mujeres juegan el sábado.
Ronnie se quedó pensativa.
—¿Y Scott necesita una beca de vóley-play a para ir a la universidad?
—Le sería de gran ay uda.
Ronnie lo obligó a detenerse.
—Entonces saca tiempo para entrenar. Practicad todo lo que haga falta.
Haced lo que sea necesario para estar listos. Es tu amigo, ¿no? Ya nos
apañaremos para encontrar momentos para estar juntos. Aunque eso implique
que tengamos que pasarnos las horas sentados junto al nido de tortugas. No me
importa ir a trabajar cansada.
Mientras ella hablaba, Will sólo podía pensar en lo bonita que era y en lo
mucho que la iba a echar de menos.
—¿Qué pasará con nuestra relación, Ronnie? ¿Al final del verano? —le
preguntó al tiempo que escrutaba su cara.
—Tú irás a la universidad —contestó Ronnie, desviando la vista—. Y y o
regresaré a Nueva York.
Will la cogió por la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Sí, sé perfectamente a qué te refieres. Pero no sé qué es lo que quieres que
te diga. No sé qué es lo que podemos decir.
—¿Qué tal un… « no quiero que lo nuestro se acabe» ?
Los ojos de Ronnie adoptaron un tono verde oscuro y se llenaron de ternura,
como si le pidieran disculpas.
—No quiero que lo nuestro se acabe —repitió suavemente.
A pesar de que eso era lo que él deseaba oír y de que obviamente ella lo
decía de corazón, Will se dio cuenta de que ella sabía que las palabras, aunque
fueran ciertas, no podían cambiar lo inevitable, podían lograr que él se sintiera
mejor.
—Iré a Nueva York a visitarte —le prometió Will.
—Eso espero.
—Y quiero que tú vengas a Tennessee.
—Supongo que podré soportar otro viajecito al sur, si tengo un buen motivo
para hacerlo.
Él sonrió mientras retomaban el paseo por la playa.
—¿Sabes qué? Haré todo lo que Scott me pida que hagamos para prepararnos
para el torneo si me prometes que vendrás a la boda de mi hermana.
—En otras palabras, harás lo que se suponía que tenías que hacer, y a
cambio, obtendrás lo que quieres.
Will no lo habría expresado en esos términos. Pero, pensándolo
detenidamente, Ronnie tenía razón.
—Sí. Supongo que sí —admitió.
—¿Alguna cosa más, puesto que estás de ese talante negociador agresivo?
—Ahora que lo dices, sí, hay otra cosa. Quiero que intentes hablar con Blaze.
—Pero ¿qué dices? Ya lo he intentado.
—Lo sé, pero ¿cuándo? ¿Hace seis semanas? Nos ha visto juntos, así que sabe
que no estás interesada en Marcus. Y ya ha tenido tiempo para que se le pase el
enfado.
—No funcionará. No confesará la verdad —se rindió Ronnie—. Eso
significaría que se metería en un buen lío.
—¿Cómo? ¿Qué cargos le imputarían? La cuestión es que no quiero que
tengas que pagar por algo que no has hecho. La propietaria y el fiscal del distrito
se niegan a escucharte; no digo que Blaze vaya a hacerte caso, pero no veo qué
otra alternativa te queda si quieres salir bien parada de este problema.
—No funcionará —insistió Ronnie.
—Quizá no. Pero creo que vale la pena probarlo. Conozco a Blaze desde que
éramos niños, y no siempre ha sido así. A lo mejor todavía le queda un poco de
sentido común, y en el fondo sabe que está haciendo algo malo y lo único que
necesita es una buena razón para intentar reparar el daño que ha hecho.
Ronnie no parecía estar del todo de acuerdo, pero tampoco se negó en
redondo. Regresaron a casa inmersos cada uno en su propio silencio. Cuando
estuvieron cerca, Will vio la luz encendida y la puerta del taller entreabierta.
—¿Tu padre todavía está trabajando en el vitral, a estas horas?
—Eso parece.
—¿Puedo verlo?
—¿Por qué no?
Juntos, se encaminaron hacia el edificio destartalado. Una vez dentro, Will vio
una simple bombilla, sin pantalla, que colgaba de un cable eléctrico, encima de
una gran mesa de trabajo que ocupaba el centro de la sala.
—Vay a, no está —dijo Ronnie, mirando a su alrededor.
—¿Es el vitral? —preguntó Will, que se acercó a la mesa de trabajo—. Es
enorme.
Ronnie se colocó a su lado.
—Es sorprendente, ¿no te parece? Es para la iglesia que están reconstruyendo
un poco más abajo, en esta misma calle.
—No me lo habías dicho. —Su voz parecía tensa, incluso Will fue consciente
de ello.
—No pensé que fuera importante —contraatacó ella automáticamente—.
¿Por qué? ¿Acaso es importante?
Will intentó apartar de su mente las imágenes de Scott y del incendio.
—No, la verdad es que no —se apresuró a responder, fingiendo inspeccionar
el cristal—. Simplemente es que no sabía que tu padre tuviera la habilidad de
montar algo tan complejo.
—Yo tampoco lo sabía. Ni él tampoco, hasta que empezó. Pero me dijo que
era muy importante para él, así que puede que eso tenga algo que ver.
—¿Por qué es tan importante para él?
Mientras Ronnie relataba la historia que su padre le había contado, Will
permanecía con los ojos fijos en la vidriera, recordando lo que Scott había hecho.
Y, por supuesto, lo que « él» no había hecho. Ronnie debió de detectar algo en su
cara porque, cuando acabó, lo escrutó con curiosidad.
—¿En qué estás pensando?
Will pasó la mano por encima del vitral antes de contestar.
—¿Alguna vez te has preguntado qué significa la amistad?
—¿A qué te refieres?
Él giró la cara para mirarla a los ojos.
—¿Hasta dónde serías capaz de llegar para proteger a un amigo?
Ella reflexionó.
—Supongo que eso dependería de lo que hubiera hecho mi amigo. Y de la
gravedad del delito. —Apoy ó la mano en la espalda de Will—. ¿Qué intentas
decirme?
Cuando él no contestó, Ronnie lo miró sin pestañear.
—Tarde o temprano, tendrás que hacer lo que es correcto, aunque te cueste.
Sé que mi consejo quizá no te sirva de ayuda, y también sé que no siempre es
fácil decidir qué es lo correcto. Por lo menos, de entrada. Pero incluso cuando
me estaba justificando a mí misma que robar no era un delito tan grave, sabía
que me estaba engañando. Y eso hacía que me sintiera… mal, muy mal
conmigo misma. —Se acercó más a Will hasta que su cara quedó a escasos
centímetros de la de él. Will notó el aroma a arena y a mar en su piel—. Acepté
los cargos sin rechistar porque algo en mi interior me decía que lo que había
hecho estaba mal. Algunas personas pueden vivir con esa carga, si son capaces
de escapar airosas del castigo. Allí donde yo veo blanco y negro, ellas ven
matices grises. Pero yo no soy así… Y tampoco creo que tú seas así.
Will apartó la mirada. Quería contárselo, se moría de ganas de confesarlo
todo, ya que sabía que ella tenía razón, pero no parecía capaz de encontrar las
palabras apropiadas. Ronnie lo comprendía como nadie. Pensó que tenía mucho
que aprender de esa chica. Con ella a su lado, lograría ser una persona mejor. En
muchos sentidos, la necesitaba. Se obligó a sí mismo a asentir, y Ronnie apoy ó la
cabeza en su hombro.
Cuando finalmente salieron del cobertizo, Will la detuvo antes de que ella se
encaminara a la casa. La atrajo hacia sí y empezó a besarla. Primero en los
labios, luego en la mejilla, y por último en el cuello. La piel de Ronnie era como
fuego, como si se hubiera pasado horas tumbada bajo el sol; cuando volvió a
besarla en los labios, notó que ella arqueaba la espalda para pegarse más a su
cuerpo. Will hundió los dedos en su melena y continuó besándola al tiempo que la
iba acorralando contra la pared del taller. La quería, la deseaba. Mientras seguían
besándose, podía notar los brazos de ella recorriéndole la espalda y los hombros.
Aquel tacto era una descarga eléctrica en su piel, aquel aliento cálido contra el
suyo… Will sintió cómo lentamente se dejaba arrastrar hasta un lugar gobernado
sólo por los sentidos.
Will empezó a acariciarle la espalda y el vientre hasta que al final notó que
Ronnie ponía las manos en su pecho para apartarlo.
—Por favor —suspiró ella—. Será mejor que no sigamos.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que nos pille mi padre. Podría estar viéndonos ahora
mismo, a través de la ventana.
—Sólo nos estamos besando.
—Ya. Y es evidente que nos sentimos atraídos el uno por el otro. —Rió ella.
Una lánguida sonrisa se perfiló en los labios de Will.
—¿Cómo? ¿No nos estábamos besando únicamente?
—Sólo digo que parecía que… lo que hacíamos conducía inevitablemente
hacia algo más —explicó ella, alisándose la camiseta.
—¿Y dónde está el problema?
Con su expresión, Ronnie le estaba implorando que se dejara de juegos. Sabía
que ella se estaba mostrando sensata, a pesar de que el resultado no fuera el que
él deseaba.
—Tienes razón —resopló, deslizando la mano hasta colocarla sobre el hueco
de la cintura de Ronnie—. Intentaré controlarme.
Ella lo besó en la mejilla.
—Confío plenamente en ti.
—¡Vay a! Gracias —le replicó, con un tono disconforme.
—Iré a ver cómo está mi padre, ¿vale? —dijo ella, y le guiñó el ojo.
—Vale. De todos modos, mañana he de estar temprano en el trabajo.
Ronnie sonrió.
—Qué pena. Yo mañana no empiezo hasta las diez.
—¿Todavía tienes que dar de comer a las nutrias?
—Se morirían de hambre sin mí. Diría que ahora me he vuelto indispensable.
Will soltó una carcajada.
—¿Te había dicho que creo que eres una buena guardiana?
—No creo que nadie me lo haya dicho antes. Y para que lo sepas, no me
molesta tenerte cerca.
Comentarios
Publicar un comentario