21 y22
21
Ronnie
De acuerdo, tenía que admitir que no le costaría nada acostumbrarse a vivir de
aquella manera: tumbada todo el día, apalancada en el trampolín junto a la
piscina del jardín, con un vaso de té dulce helado a su lado y una bandeja de
fruta que le serviría el chef con unos cubiertos de plata, en un plato adornado con
menta fresca.
Sin embargo, no alcanzaba a imaginar lo que debía de haber sido para Will
crecer en un mundo como aquél. Pero claro, y a que él no había conocido otra
forma de vivir diferente, probablemente no era capaz de apreciar las ventajas.
Mientras tomaba el sol tumbada en el trampolín, miró de reojo a Will, que estaba
de pie en el tejado de la choza, preparándose para saltar. Había trepado como un
gimnasta; incluso desde aquella distancia, ella podía apreciar los músculos
flexionándose en sus brazos y en su vientre.
—¡Eh! —gritó él—. ¿Quieres ver cómo hago una voltereta?
—¿Una voltereta? ¿Eso es todo? ¿Te subes hasta ahí arriba para ofrecerme
sólo una voltereta?
—¿Y qué hay de malo en una voltereta? —quiso saber él.
—Sólo digo que todo el mundo puede hacer una voltereta. Incluso yo.
—¡Ja! ¡Ya me gustaría verlo! —la retó él, con escepticismo.
—Ahora no me apetece bañarme.
—¡Pero si te he invitado para que te bañaras en la piscina!
—Así es como nos bañamos las chicas como yo. También se llama « tomar
baños de sol» .
Will se echó a reír.
—La verdad es que no es una mala idea que tomes un poco el sol. Supongo
que no veis demasiado el sol en Nueva York, ¿no?
—¿Me estás diciendo que estoy blanca? —Ronnie frunció el ceño.
—No —contestó él, sacudiendo la cabeza—. No estaba pensando en esa
palabra. Creo que « paliducha» es algo más acertado.
—¡Caramba! ¡Qué adulador! A menudo me pregunto qué es lo que he visto
en ti.
—¿Ah, sí? ¿Te lo preguntas a menudo?
—Sí, y he de admitir que si continúas usando palabras como « paliducha»
para describirme, no creo que podamos soñar con un futuro esperanzador entre
nosotros.
Él pareció evaluarla.
—¿Y si hago dos volteretas? ¿Me perdonarás?
—Sólo si acabas las volteretas con una perfecta inmersión de cabeza. Pero si
dos volteretas acabadas en plancha es lo único que puedes hacer, fingiré estar
impresionada, siempre y cuando no me salpiques.
Will enarcó una ceja antes de retroceder unos pocos pasos y después, tras
tomar impulso, se lanzó al aire. Se encogió de rodillas, dio un par de volteretas
rápidas y precisas, y se sumergió, tocando el agua primero con los brazos y
luego con el resto del cuerpo, casi perfectamente recto.
« Eso sí que ha sido impresionante» , pensó Ronnie, aunque no
completamente sorprendida, dada la soltura con que ya lo había visto moverse en
la pista de vóley playa. Cuando Will asomó la cabeza por la punta del trampolín,
chorreando agua, ella sabía que él estaba satisfecho con su actuación.
—No está mal —sentenció ella.
—¿Cómo que no está mal?
—Te doy un 4,6.
—¿De cinco en total?
—De diez.
—¡Pero qué dices! ¡Por lo menos me merezco un ocho!
—Eso es lo que tú crees. Pero claro, aquí yo soy la que puntúa.
—¿Qué he de hacer para apelar? —protestó él, apoyando los codos en el
extremo del trampolín.
—No puedes apelar. Es una decisión final.
—¿Y si no estoy de acuerdo?
—Entonces, quizás en la próxima ocasión te lo pensarás dos veces antes de
utilizar la palabra « paliducha» .
Will se echó a reír y empezó a mover el trampolín con brío. Ronnie se agarró
a ambos lados de la tabla.
—¡Eh… para! ¡No hagas eso! —lo avisó.
—¿Te refieres a… esto? —dijo él, moviendo el trampolín hacia arriba y hacia
abajo con más fuerza.
—¡Ya te he dicho que no me apetece bañarme! —chilló ella.
—Ya, pero en cambio y o sí que quiero que te bañes conmigo.
Sin previo aviso, la agarró por el brazo y tiró de ella. Ronnie perdió el
equilibrio y cay ó al agua. Tan pronto como sacó la cabeza para tomar aire, él
intentó besarla, pero ella lo apartó con un empujón.
—¡No! —gritó, riendo, saboreando la agradable temperatura del agua y la
sedosa sensación de la piel de Will contra la suy a—. ¡No te perdono!
Mientras forcejeaba juguetonamente con él, Ronnie se dio cuenta de que
Susan los observaba desde el porche. Por la expresión de su cara, era obvio que
no estaba contenta. Nada contenta.
Más tarde, mientras regresaban a la play a para examinar el nido de las tortugas,
se pararon a comprar un helado. Ronnie caminaba al lado de Will, lamiendo el
cucurucho de nata que se derretía rápidamente, pensando que era sorprendente
que sólo hiciera un día desde que se habían besado por primera vez. Si la noche
anterior había sido casi perfecta, hoy todavía había sido mejor. Le encantaba la
forma en que pasaban de la seriedad a la broma, y que él fuera tan ingenioso
tomándole el pelo y que aceptara tan bien cuando ella se burlaba de él.
Pero no le perdonaba que la hubiera tirado a la piscina. Ronnie necesitaba
controlar más su capacidad de reacción. No le resultó tan difícil vengarse: tan
pronto como Will se llevó el cucurucho de nata a la boca, ella le propinó un
manotazo y se lo estampó en la cara. Sin parar de reír burlonamente, huyó
corriendo hacia la siguiente esquina, para caer directamente en… los brazos de
Marcus.
Blaze estaba con él, y también Teddy y Lance.
—¡Vay a, vaya! ¡Menuda sorpresa! —pronunció Marcus, arrastrando las
sílabas, al tiempo que agarraba a Ronnie con fuerza.
—¡Suéltame! —gritó ella, odiando el repentino pánico en su voz.
—Suéltala —añadió Will detrás de ella. Su voz era firme, seria—. Ahora.
Marcus parecía sorprendido.
—Deberías tener más cuidado por dónde andas, Ronnie.
—¡Ahora! —le exigió Will, con un tono imperativo.
—Tranquilo, niño rico. Ha sido ella la que se me ha echado encima; y o sólo
me he limitado a evitar que se dé de bruces contra el suelo. Y por cierto, ¿cómo
le va a Scott? ¿Ha estado jugando últimamente con más cohetes de botella?
Ante la sorpresa de Ronnie, Will se quedó paralizado. Con una risita
desdeñosa, Marcus volvió a fijar toda su atención en ella. Le apretó el brazo con
más fuerza antes de soltarla. Mientras Ronnie retrocedía, Blaze encendió una bola
de fuego, con una expresión de absoluta impasibilidad.
—Me alegro de haber evitado que te dieras un batacazo —dijo Marcus—. No
te ay udaría en absoluto presentarte llena de moratones ante el juez, el próximo
martes, ¿no crees? No querrás que el juez crea que eres una chica violenta,
además de una ladrona.
Ronnie se lo quedó mirando con la mandíbula desencajada, sin poder
articular ni una palabra, hasta que Marcus se dio la vuelta. Mientras se alejaban,
vio que Blaze le lanzaba la pelota encendida, que él cazó al vuelo con una
increíble agilidad, y acto seguido volvió a lanzársela a Blaze.
Sentado en la duna al lado de su casa, Will permanecía callado mientras ella le
contaba todo lo que le había sucedido desde que había llegado, incluido el
incidente en la tienda de música. Cuando acabó, retorció las manos sobre el
regazo, visiblemente nerviosa.
—Y eso es todo. En cuanto a lo que robé en aquella tienda en Nueva York, ni
siquiera sé por qué lo hice. No es que me hiciera falta. Simplemente lo cogí
porque mis amigos también lo estaban haciendo. Cuando fui a juicio, lo admití
todo porque sabía que había obrado mal y que no lo volvería a hacer nunca más.
Y no lo he hecho, ni aquí ni allí. Pero a menos que la propietaria de la tienda
retire los cargos o que Blaze admita que fue ella, no sólo tendré graves problemas
aquí, sino también cuando regrese a Nueva York. Sé que parece surrealista y
estoy segura de que no me crees, pero te juro que no te estoy mintiendo.
Will cubrió sus manos crispadas con la suya.
—Te creo —admitió—. Y te aseguro que no hay nada que me sorprenda
tratándose de Marcus. No está bien de la cabeza, y eso lo he tenido claro desde
que éramos niños. Mi hermana iba con él a la misma clase y me dijo que una
vez la profesora encontró una rata muerta en el cajón de su mesa. Todo el mundo
sabía quién lo había hecho, incluso el director, pero no pudieron probarlo, ¿sabes?
Y sigue igual, con sus típicas bravuconadas, pero ahora tiene a Teddy y a Lance
que le hacen el trabajo sucio. Últimamente he oído cosas bastante desagradables
sobre él. Pero Galadriel… era la chica más simpática de la escuela. La conozco
desde que éramos niños, y no sé qué es lo que le pasa últimamente. Sé que su
madre y su padre se divorciaron, y he oído que se lo tomó muy mal. No sé qué
ve en Marcus, pero lo que te está haciendo no está bien.
Ronnie se sintió súbitamente abatida.
—La semana que viene tendré que presentarme ante el juez.
—No importa…
—Sí que importa. Si tu madre lo descubre… Estoy totalmente segura de que
no le gusto.
—¿Por qué dices eso?
« Porque he visto cómo me miraba antes» , podría haber contestado.
—Sólo es un presentimiento —contestó.
—Todo el mundo se siente igual al principio, cuando la conoce —le aseguró él
—. Pero y a te lo dije ay er: a medida que la conozcas más, todo irá mejor.
Ronnie no estaba tan segura. A su espalda, el sol iniciaba su lento descenso,
llenando el cielo de un intenso color naranja.
—¿Qué pasa entre Scott y Marcus? —quiso saber.
Will se puso rígido.
—¿A qué te refieres?
—¿Recuerdas aquella noche en la feria? Después de acabar su numerito con
las bolas de fuego, Marcus parecía tener unas intensas ganas de bronca o de
juerga, así que intenté mantenerme a distancia de él. Tuve la impresión de que
empezaba a sondear detenidamente a todos los que pasaban, y cuando vio a
Scott, puso esa… cara tan extraña que suele poner, como si acabara de encontrar
lo que necesitaba. Lo siguiente que recuerdo es que Marcus agarró su cajita de
patatas fritas vacía y que se dirigió directamente hacia él.
—Yo también estaba allí, ¿recuerdas?
—Pero ¿recuerdas lo que dijo? Fue muy raro. Pinchó a Scott preguntándole si
pensaba lanzarle un cohete de botella. Y cuando Marcus te ha dicho más o menos
lo mismo hace un rato, te has quedado paralizado.
Will apartó la vista.
—No es nada —insistió, apretándole ambas manos—. Y no habría permitido
que te hiciera daño, te lo aseguro. —Se echó hacia atrás, apoyándose en los
codos—. ¿Puedo hacerte una pregunta que no tiene nada que ver con este tema?
Ronnie enarcó una ceja, descontenta con su respuesta.
—¿Por qué hay un piano escondido detrás de unos paneles de madera en tu
casa? —Cuando ella pareció sorprendida, él se encogió de hombros—. Se ve
desde la ventana, y el tabique no hace juego con el resto del interior.
Ahora fue Ronnie la que apartó la vista. Separó las manos y las hundió en la
arena.
—Le dije a mi padre que no quería volver a ver el piano, así que él construyó
esa pared.
Will pestañeó.
—¿Tanto odias el piano?
—Sí —contestó ella, con soberbia.
—¿Porque tu padre era tu profesor? —Ella giró la vista hacia él rápidamente,
sorprendida, mientras Will continuaba—: Era profesor en Juilliard, ¿no? Tiene
sentido que te enseñara a tocar el piano. Y apuesto lo que quieras a que eras muy
buena, porque antes de odiar algo, realmente tienes que haberlo querido mucho.
Para ser un mono grasiento barra jugador de vóley play a, era ciertamente
intuitivo. Ronnie hundió todavía más los dedos en la arena, hasta alcanzar una
capa más fría y más tupida.
—Me enseñó prácticamente antes de que empezara a dar mis primeros
pasos. Tocaba durante horas, siete días a la semana, durante muchos años.
Incluso llegamos a componer algunas canciones juntos. Es por lo que
compartíamos, ¿comprendes? Era algo exclusivo entre nosotros dos. Y cuando se
marchó de casa…, me sentí como si él hubiera traicionado a la familia. Sentí que
me había traicionado personalmente, y me enfadé tanto que juré que nunca más
volvería a tocar ni a escribir otra canción. Así que cuando llegué aquí y vi el
piano y oí que lo tocaba cada vez que yo estaba cerca, no pude evitar pensar que
él intentaba fingir que lo que me había hecho no tenía importancia. Como si
pensara que podíamos empezar de nuevo; borrón y cuenta nueva. Pero no
podíamos. No se puede cambiar el pasado.
—Pues la otra noche parecías estar muy a gusto con él —observó Will.
Ronnie sacó lentamente las manos de la arena.
—Sí, la verdad es que estos últimos días hemos estado muy bien juntos. Pero
eso no significa que quiera volver a tocar el piano —insistió.
—Ya sé que no es asunto mío, pero si eras tan buena, entonces lo único que
estás consiguiendo es hacerte daño a ti misma. Es un don, ¿no? ¿Y quién sabe?
Quizá podrías estudiar en Juilliard.
—Sé que podría. Todavía me escriben. Me han prometido que me guardarán
una plaza si cambio de opinión. —Ella se sintió repentinamente irritada.
—¿Y por qué no aceptas?
—¿Acaso te importa tanto que no sea tal y como pensabas que era? —Lo
miró con el ceño fruncido—. ¿Te importa tanto que tenga un talento especial y no
quiera explotarlo? ¿Crees que así sería más digna de ti?
—Por supuesto que no —respondió él con suavidad—. Sigues siendo la
persona que creía que eras. Desde el primer momento en que nos conocimos. Y
no hay forma alguna de que puedas adaptarte mejor a mí.
Tan pronto como lo dijo, Ronnie se sintió avergonzada de su arranque de
rabia. Había percibido la sinceridad en su tono y sabía que él sentía lo que decía.
Se recordó a sí misma que sólo hacía unos pocos días que se conocían, y sin
embargo…, él era agradable y gentil, y sabía que la quería. Como si intuy era sus
pensamientos, Will se sentó y se acercó más. Después, se inclinó hacia ella y la
besó suavemente en los labios. De repente, Ronnie tuvo la certeza de que lo único
que deseaba era pasar todas las horas del día con él, arropada entre sus brazos,
como en aquel momento.
22
Marcus
Marcus los observaba a distancia.
« Así están las cosas, ¿eh?» .
Maldición. Maldita fuera esa chica. Había llegado la hora de divertirse.
Teddy y Lance se habían presentado con latas de cerveza, y la gente y a
empezaba a llegar. Unas horas antes, había visto a una familia de veraneantes
guardando las maletas en su birrioso monovolumen con su horroroso perro y sus
hijos aún más feos delante de una de las casas a tres o cuatro viviendas del
birrioso bungaló de Ronnie. Había hecho indagaciones hasta averiguar que la
familia que había alquilado aquella casa a continuación no llegaría hasta el día
siguiente, después de que los de la limpieza se hubieran marchado, lo cual
significaba que lo único que tenía que hacer era entrar y disfrutar de la casa
libremente toda la noche.
No era tan difícil, teniendo en cuenta que él disponía de la llave y del código
de seguridad. Los veraneantes jamás cerraban la puerta cuando se iban a la
playa. ¿Por qué iban a hacerlo? Nunca traían cosas de valor, salvo un poco de
comida y quizás unos cuantos videojuegos para la playa, y a que la mayoría sólo
se quedaba una semana. Y los propietarios, que estaban fuera del pueblo —
probablemente en algún lugar como Charlotte y cansados de responder a las
llamadas de la compañía de seguros cuando los idiotas que habían alquilado la
casa habían activado la alarma por error en mitad de la noche— habían sido lo
bastante considerados como para escribir el código justo encima del panel de
seguridad en la cocina. Qué listos. Realmente listos. Con un poco de paciencia,
siempre había sido capaz de encontrar una casa para organizar una fiesta, pero el
secreto estaba en no abusar de esas oportunidades. Teddy y Lance siempre se
mostraban dispuestos a pasarlo bien en esa clase de circunstancias, pero Marcus
sabía que si lo hacían a menudo, las agencias inmobiliarias que se encargaban de
gestionar el alquiler empezarían a sospechar. Enviarían a algún encargado a
echar un vistazo de vez en cuando, le pedirían a la Policía que incrementara las
rondas de vigilancia por la zona, y también avisarían a los veraneantes y a los
propietarios. Y entonces, ¿dónde se meterían ellos? No tendrían más remedio que
ir cada noche al Bower’s Point, como de costumbre.
Una vez al año. Una vez cada verano. Ésa era su norma, y con eso le bastaba,
a menos que decidiera quemar la casa después. Marcus sonrió. Con eso
solucionaría el problema. Nadie sospecharía que habían montado una fiesta
previamente. Nada se podía comparar a un gran fuego, porque los fuegos
estaban « vivos» . Los incendios, especialmente los grandes, se movían y
danzaban y destruían y devoraban. Se acordó de la vez que prendió fuego a un
granero cuando tenía doce años y se quedó contemplando el incendio durante
horas, pensando que nunca antes había presenciado nada tan increíble. Así que lo
volvió a repetir, esa vez en un almacén abandonado. A lo largo de los años, había
incendiado un puñado de locales. No había nada mejor; nada lo hacía sentirse
más importante que el poder que sentía con un encendedor en las manos.
Pero no podía hacerlo. Aquella noche no, porque su pasado no era algo que
deseara compartir con Teddy ni con Lance. Además, la fiesta iba a ser muy
sonada. Bebida, drogas y música. Y chicas. Chicas borrachas. Empezaría con
Blaze y luego quizá se lo montaría con un par más, si conseguía dar esquinazo a
Blaze. O quizá se tiraría a alguna idiota que estuviera caliente, aunque Blaze
estuviera lo bastante sobria como para darse cuenta de lo que pasaba. Eso
también podría ser divertido. Sabía que le montaría una escenita, pero pasaría de
ella y haría que Teddy o Lance la echaran a patadas. Sabía que regresaría.
Siempre regresaba, suplicando o llorando.
Blaze era tan irritablemente predecible… Y se pasaba todo el tiempo
quejándose de todo y por todo.
No como aquella furcia del cuerpecito enjuto que vivía un poco más abajo en
la play a.
Había intentado por todos los medios no pensar en Ronnie. Así que él no era
su tipo, ¿eh? Así que quería pasar el rato con el niño rico, ¿eh? El príncipe del
taller de frenos. Bueno, probablemente no conseguiría pescarlo. Probablemente
sólo era una patética calientabraguetas frígida. Pero, aun así, no acertaba a
entender en qué había fallado con ella o por qué ella parecía aborrecerlo de esa
manera.
Estaba mucho mejor sin esa tía. No la necesitaba. No necesitaba a nadie, y
por eso precisamente se preguntaba por qué continuaba espiándola o por qué le
molestaba tanto que saliera con Will.
Por supuesto, eso hacía que el juego resultara aún más interesante, ya que
conocía el punto débil de ese tipo.
Sí. Indudablemente, podría divertirse con ellos. De la misma forma que
pensaba divertirse aquella noche
Ronnie
De acuerdo, tenía que admitir que no le costaría nada acostumbrarse a vivir de
aquella manera: tumbada todo el día, apalancada en el trampolín junto a la
piscina del jardín, con un vaso de té dulce helado a su lado y una bandeja de
fruta que le serviría el chef con unos cubiertos de plata, en un plato adornado con
menta fresca.
Sin embargo, no alcanzaba a imaginar lo que debía de haber sido para Will
crecer en un mundo como aquél. Pero claro, y a que él no había conocido otra
forma de vivir diferente, probablemente no era capaz de apreciar las ventajas.
Mientras tomaba el sol tumbada en el trampolín, miró de reojo a Will, que estaba
de pie en el tejado de la choza, preparándose para saltar. Había trepado como un
gimnasta; incluso desde aquella distancia, ella podía apreciar los músculos
flexionándose en sus brazos y en su vientre.
—¡Eh! —gritó él—. ¿Quieres ver cómo hago una voltereta?
—¿Una voltereta? ¿Eso es todo? ¿Te subes hasta ahí arriba para ofrecerme
sólo una voltereta?
—¿Y qué hay de malo en una voltereta? —quiso saber él.
—Sólo digo que todo el mundo puede hacer una voltereta. Incluso yo.
—¡Ja! ¡Ya me gustaría verlo! —la retó él, con escepticismo.
—Ahora no me apetece bañarme.
—¡Pero si te he invitado para que te bañaras en la piscina!
—Así es como nos bañamos las chicas como yo. También se llama « tomar
baños de sol» .
Will se echó a reír.
—La verdad es que no es una mala idea que tomes un poco el sol. Supongo
que no veis demasiado el sol en Nueva York, ¿no?
—¿Me estás diciendo que estoy blanca? —Ronnie frunció el ceño.
—No —contestó él, sacudiendo la cabeza—. No estaba pensando en esa
palabra. Creo que « paliducha» es algo más acertado.
—¡Caramba! ¡Qué adulador! A menudo me pregunto qué es lo que he visto
en ti.
—¿Ah, sí? ¿Te lo preguntas a menudo?
—Sí, y he de admitir que si continúas usando palabras como « paliducha»
para describirme, no creo que podamos soñar con un futuro esperanzador entre
nosotros.
Él pareció evaluarla.
—¿Y si hago dos volteretas? ¿Me perdonarás?
—Sólo si acabas las volteretas con una perfecta inmersión de cabeza. Pero si
dos volteretas acabadas en plancha es lo único que puedes hacer, fingiré estar
impresionada, siempre y cuando no me salpiques.
Will enarcó una ceja antes de retroceder unos pocos pasos y después, tras
tomar impulso, se lanzó al aire. Se encogió de rodillas, dio un par de volteretas
rápidas y precisas, y se sumergió, tocando el agua primero con los brazos y
luego con el resto del cuerpo, casi perfectamente recto.
« Eso sí que ha sido impresionante» , pensó Ronnie, aunque no
completamente sorprendida, dada la soltura con que ya lo había visto moverse en
la pista de vóley playa. Cuando Will asomó la cabeza por la punta del trampolín,
chorreando agua, ella sabía que él estaba satisfecho con su actuación.
—No está mal —sentenció ella.
—¿Cómo que no está mal?
—Te doy un 4,6.
—¿De cinco en total?
—De diez.
—¡Pero qué dices! ¡Por lo menos me merezco un ocho!
—Eso es lo que tú crees. Pero claro, aquí yo soy la que puntúa.
—¿Qué he de hacer para apelar? —protestó él, apoyando los codos en el
extremo del trampolín.
—No puedes apelar. Es una decisión final.
—¿Y si no estoy de acuerdo?
—Entonces, quizás en la próxima ocasión te lo pensarás dos veces antes de
utilizar la palabra « paliducha» .
Will se echó a reír y empezó a mover el trampolín con brío. Ronnie se agarró
a ambos lados de la tabla.
—¡Eh… para! ¡No hagas eso! —lo avisó.
—¿Te refieres a… esto? —dijo él, moviendo el trampolín hacia arriba y hacia
abajo con más fuerza.
—¡Ya te he dicho que no me apetece bañarme! —chilló ella.
—Ya, pero en cambio y o sí que quiero que te bañes conmigo.
Sin previo aviso, la agarró por el brazo y tiró de ella. Ronnie perdió el
equilibrio y cay ó al agua. Tan pronto como sacó la cabeza para tomar aire, él
intentó besarla, pero ella lo apartó con un empujón.
—¡No! —gritó, riendo, saboreando la agradable temperatura del agua y la
sedosa sensación de la piel de Will contra la suy a—. ¡No te perdono!
Mientras forcejeaba juguetonamente con él, Ronnie se dio cuenta de que
Susan los observaba desde el porche. Por la expresión de su cara, era obvio que
no estaba contenta. Nada contenta.
Más tarde, mientras regresaban a la play a para examinar el nido de las tortugas,
se pararon a comprar un helado. Ronnie caminaba al lado de Will, lamiendo el
cucurucho de nata que se derretía rápidamente, pensando que era sorprendente
que sólo hiciera un día desde que se habían besado por primera vez. Si la noche
anterior había sido casi perfecta, hoy todavía había sido mejor. Le encantaba la
forma en que pasaban de la seriedad a la broma, y que él fuera tan ingenioso
tomándole el pelo y que aceptara tan bien cuando ella se burlaba de él.
Pero no le perdonaba que la hubiera tirado a la piscina. Ronnie necesitaba
controlar más su capacidad de reacción. No le resultó tan difícil vengarse: tan
pronto como Will se llevó el cucurucho de nata a la boca, ella le propinó un
manotazo y se lo estampó en la cara. Sin parar de reír burlonamente, huyó
corriendo hacia la siguiente esquina, para caer directamente en… los brazos de
Marcus.
Blaze estaba con él, y también Teddy y Lance.
—¡Vay a, vaya! ¡Menuda sorpresa! —pronunció Marcus, arrastrando las
sílabas, al tiempo que agarraba a Ronnie con fuerza.
—¡Suéltame! —gritó ella, odiando el repentino pánico en su voz.
—Suéltala —añadió Will detrás de ella. Su voz era firme, seria—. Ahora.
Marcus parecía sorprendido.
—Deberías tener más cuidado por dónde andas, Ronnie.
—¡Ahora! —le exigió Will, con un tono imperativo.
—Tranquilo, niño rico. Ha sido ella la que se me ha echado encima; y o sólo
me he limitado a evitar que se dé de bruces contra el suelo. Y por cierto, ¿cómo
le va a Scott? ¿Ha estado jugando últimamente con más cohetes de botella?
Ante la sorpresa de Ronnie, Will se quedó paralizado. Con una risita
desdeñosa, Marcus volvió a fijar toda su atención en ella. Le apretó el brazo con
más fuerza antes de soltarla. Mientras Ronnie retrocedía, Blaze encendió una bola
de fuego, con una expresión de absoluta impasibilidad.
—Me alegro de haber evitado que te dieras un batacazo —dijo Marcus—. No
te ay udaría en absoluto presentarte llena de moratones ante el juez, el próximo
martes, ¿no crees? No querrás que el juez crea que eres una chica violenta,
además de una ladrona.
Ronnie se lo quedó mirando con la mandíbula desencajada, sin poder
articular ni una palabra, hasta que Marcus se dio la vuelta. Mientras se alejaban,
vio que Blaze le lanzaba la pelota encendida, que él cazó al vuelo con una
increíble agilidad, y acto seguido volvió a lanzársela a Blaze.
Sentado en la duna al lado de su casa, Will permanecía callado mientras ella le
contaba todo lo que le había sucedido desde que había llegado, incluido el
incidente en la tienda de música. Cuando acabó, retorció las manos sobre el
regazo, visiblemente nerviosa.
—Y eso es todo. En cuanto a lo que robé en aquella tienda en Nueva York, ni
siquiera sé por qué lo hice. No es que me hiciera falta. Simplemente lo cogí
porque mis amigos también lo estaban haciendo. Cuando fui a juicio, lo admití
todo porque sabía que había obrado mal y que no lo volvería a hacer nunca más.
Y no lo he hecho, ni aquí ni allí. Pero a menos que la propietaria de la tienda
retire los cargos o que Blaze admita que fue ella, no sólo tendré graves problemas
aquí, sino también cuando regrese a Nueva York. Sé que parece surrealista y
estoy segura de que no me crees, pero te juro que no te estoy mintiendo.
Will cubrió sus manos crispadas con la suya.
—Te creo —admitió—. Y te aseguro que no hay nada que me sorprenda
tratándose de Marcus. No está bien de la cabeza, y eso lo he tenido claro desde
que éramos niños. Mi hermana iba con él a la misma clase y me dijo que una
vez la profesora encontró una rata muerta en el cajón de su mesa. Todo el mundo
sabía quién lo había hecho, incluso el director, pero no pudieron probarlo, ¿sabes?
Y sigue igual, con sus típicas bravuconadas, pero ahora tiene a Teddy y a Lance
que le hacen el trabajo sucio. Últimamente he oído cosas bastante desagradables
sobre él. Pero Galadriel… era la chica más simpática de la escuela. La conozco
desde que éramos niños, y no sé qué es lo que le pasa últimamente. Sé que su
madre y su padre se divorciaron, y he oído que se lo tomó muy mal. No sé qué
ve en Marcus, pero lo que te está haciendo no está bien.
Ronnie se sintió súbitamente abatida.
—La semana que viene tendré que presentarme ante el juez.
—No importa…
—Sí que importa. Si tu madre lo descubre… Estoy totalmente segura de que
no le gusto.
—¿Por qué dices eso?
« Porque he visto cómo me miraba antes» , podría haber contestado.
—Sólo es un presentimiento —contestó.
—Todo el mundo se siente igual al principio, cuando la conoce —le aseguró él
—. Pero y a te lo dije ay er: a medida que la conozcas más, todo irá mejor.
Ronnie no estaba tan segura. A su espalda, el sol iniciaba su lento descenso,
llenando el cielo de un intenso color naranja.
—¿Qué pasa entre Scott y Marcus? —quiso saber.
Will se puso rígido.
—¿A qué te refieres?
—¿Recuerdas aquella noche en la feria? Después de acabar su numerito con
las bolas de fuego, Marcus parecía tener unas intensas ganas de bronca o de
juerga, así que intenté mantenerme a distancia de él. Tuve la impresión de que
empezaba a sondear detenidamente a todos los que pasaban, y cuando vio a
Scott, puso esa… cara tan extraña que suele poner, como si acabara de encontrar
lo que necesitaba. Lo siguiente que recuerdo es que Marcus agarró su cajita de
patatas fritas vacía y que se dirigió directamente hacia él.
—Yo también estaba allí, ¿recuerdas?
—Pero ¿recuerdas lo que dijo? Fue muy raro. Pinchó a Scott preguntándole si
pensaba lanzarle un cohete de botella. Y cuando Marcus te ha dicho más o menos
lo mismo hace un rato, te has quedado paralizado.
Will apartó la vista.
—No es nada —insistió, apretándole ambas manos—. Y no habría permitido
que te hiciera daño, te lo aseguro. —Se echó hacia atrás, apoyándose en los
codos—. ¿Puedo hacerte una pregunta que no tiene nada que ver con este tema?
Ronnie enarcó una ceja, descontenta con su respuesta.
—¿Por qué hay un piano escondido detrás de unos paneles de madera en tu
casa? —Cuando ella pareció sorprendida, él se encogió de hombros—. Se ve
desde la ventana, y el tabique no hace juego con el resto del interior.
Ahora fue Ronnie la que apartó la vista. Separó las manos y las hundió en la
arena.
—Le dije a mi padre que no quería volver a ver el piano, así que él construyó
esa pared.
Will pestañeó.
—¿Tanto odias el piano?
—Sí —contestó ella, con soberbia.
—¿Porque tu padre era tu profesor? —Ella giró la vista hacia él rápidamente,
sorprendida, mientras Will continuaba—: Era profesor en Juilliard, ¿no? Tiene
sentido que te enseñara a tocar el piano. Y apuesto lo que quieras a que eras muy
buena, porque antes de odiar algo, realmente tienes que haberlo querido mucho.
Para ser un mono grasiento barra jugador de vóley play a, era ciertamente
intuitivo. Ronnie hundió todavía más los dedos en la arena, hasta alcanzar una
capa más fría y más tupida.
—Me enseñó prácticamente antes de que empezara a dar mis primeros
pasos. Tocaba durante horas, siete días a la semana, durante muchos años.
Incluso llegamos a componer algunas canciones juntos. Es por lo que
compartíamos, ¿comprendes? Era algo exclusivo entre nosotros dos. Y cuando se
marchó de casa…, me sentí como si él hubiera traicionado a la familia. Sentí que
me había traicionado personalmente, y me enfadé tanto que juré que nunca más
volvería a tocar ni a escribir otra canción. Así que cuando llegué aquí y vi el
piano y oí que lo tocaba cada vez que yo estaba cerca, no pude evitar pensar que
él intentaba fingir que lo que me había hecho no tenía importancia. Como si
pensara que podíamos empezar de nuevo; borrón y cuenta nueva. Pero no
podíamos. No se puede cambiar el pasado.
—Pues la otra noche parecías estar muy a gusto con él —observó Will.
Ronnie sacó lentamente las manos de la arena.
—Sí, la verdad es que estos últimos días hemos estado muy bien juntos. Pero
eso no significa que quiera volver a tocar el piano —insistió.
—Ya sé que no es asunto mío, pero si eras tan buena, entonces lo único que
estás consiguiendo es hacerte daño a ti misma. Es un don, ¿no? ¿Y quién sabe?
Quizá podrías estudiar en Juilliard.
—Sé que podría. Todavía me escriben. Me han prometido que me guardarán
una plaza si cambio de opinión. —Ella se sintió repentinamente irritada.
—¿Y por qué no aceptas?
—¿Acaso te importa tanto que no sea tal y como pensabas que era? —Lo
miró con el ceño fruncido—. ¿Te importa tanto que tenga un talento especial y no
quiera explotarlo? ¿Crees que así sería más digna de ti?
—Por supuesto que no —respondió él con suavidad—. Sigues siendo la
persona que creía que eras. Desde el primer momento en que nos conocimos. Y
no hay forma alguna de que puedas adaptarte mejor a mí.
Tan pronto como lo dijo, Ronnie se sintió avergonzada de su arranque de
rabia. Había percibido la sinceridad en su tono y sabía que él sentía lo que decía.
Se recordó a sí misma que sólo hacía unos pocos días que se conocían, y sin
embargo…, él era agradable y gentil, y sabía que la quería. Como si intuy era sus
pensamientos, Will se sentó y se acercó más. Después, se inclinó hacia ella y la
besó suavemente en los labios. De repente, Ronnie tuvo la certeza de que lo único
que deseaba era pasar todas las horas del día con él, arropada entre sus brazos,
como en aquel momento.
22
Marcus
Marcus los observaba a distancia.
« Así están las cosas, ¿eh?» .
Maldición. Maldita fuera esa chica. Había llegado la hora de divertirse.
Teddy y Lance se habían presentado con latas de cerveza, y la gente y a
empezaba a llegar. Unas horas antes, había visto a una familia de veraneantes
guardando las maletas en su birrioso monovolumen con su horroroso perro y sus
hijos aún más feos delante de una de las casas a tres o cuatro viviendas del
birrioso bungaló de Ronnie. Había hecho indagaciones hasta averiguar que la
familia que había alquilado aquella casa a continuación no llegaría hasta el día
siguiente, después de que los de la limpieza se hubieran marchado, lo cual
significaba que lo único que tenía que hacer era entrar y disfrutar de la casa
libremente toda la noche.
No era tan difícil, teniendo en cuenta que él disponía de la llave y del código
de seguridad. Los veraneantes jamás cerraban la puerta cuando se iban a la
playa. ¿Por qué iban a hacerlo? Nunca traían cosas de valor, salvo un poco de
comida y quizás unos cuantos videojuegos para la playa, y a que la mayoría sólo
se quedaba una semana. Y los propietarios, que estaban fuera del pueblo —
probablemente en algún lugar como Charlotte y cansados de responder a las
llamadas de la compañía de seguros cuando los idiotas que habían alquilado la
casa habían activado la alarma por error en mitad de la noche— habían sido lo
bastante considerados como para escribir el código justo encima del panel de
seguridad en la cocina. Qué listos. Realmente listos. Con un poco de paciencia,
siempre había sido capaz de encontrar una casa para organizar una fiesta, pero el
secreto estaba en no abusar de esas oportunidades. Teddy y Lance siempre se
mostraban dispuestos a pasarlo bien en esa clase de circunstancias, pero Marcus
sabía que si lo hacían a menudo, las agencias inmobiliarias que se encargaban de
gestionar el alquiler empezarían a sospechar. Enviarían a algún encargado a
echar un vistazo de vez en cuando, le pedirían a la Policía que incrementara las
rondas de vigilancia por la zona, y también avisarían a los veraneantes y a los
propietarios. Y entonces, ¿dónde se meterían ellos? No tendrían más remedio que
ir cada noche al Bower’s Point, como de costumbre.
Una vez al año. Una vez cada verano. Ésa era su norma, y con eso le bastaba,
a menos que decidiera quemar la casa después. Marcus sonrió. Con eso
solucionaría el problema. Nadie sospecharía que habían montado una fiesta
previamente. Nada se podía comparar a un gran fuego, porque los fuegos
estaban « vivos» . Los incendios, especialmente los grandes, se movían y
danzaban y destruían y devoraban. Se acordó de la vez que prendió fuego a un
granero cuando tenía doce años y se quedó contemplando el incendio durante
horas, pensando que nunca antes había presenciado nada tan increíble. Así que lo
volvió a repetir, esa vez en un almacén abandonado. A lo largo de los años, había
incendiado un puñado de locales. No había nada mejor; nada lo hacía sentirse
más importante que el poder que sentía con un encendedor en las manos.
Pero no podía hacerlo. Aquella noche no, porque su pasado no era algo que
deseara compartir con Teddy ni con Lance. Además, la fiesta iba a ser muy
sonada. Bebida, drogas y música. Y chicas. Chicas borrachas. Empezaría con
Blaze y luego quizá se lo montaría con un par más, si conseguía dar esquinazo a
Blaze. O quizá se tiraría a alguna idiota que estuviera caliente, aunque Blaze
estuviera lo bastante sobria como para darse cuenta de lo que pasaba. Eso
también podría ser divertido. Sabía que le montaría una escenita, pero pasaría de
ella y haría que Teddy o Lance la echaran a patadas. Sabía que regresaría.
Siempre regresaba, suplicando o llorando.
Blaze era tan irritablemente predecible… Y se pasaba todo el tiempo
quejándose de todo y por todo.
No como aquella furcia del cuerpecito enjuto que vivía un poco más abajo en
la play a.
Había intentado por todos los medios no pensar en Ronnie. Así que él no era
su tipo, ¿eh? Así que quería pasar el rato con el niño rico, ¿eh? El príncipe del
taller de frenos. Bueno, probablemente no conseguiría pescarlo. Probablemente
sólo era una patética calientabraguetas frígida. Pero, aun así, no acertaba a
entender en qué había fallado con ella o por qué ella parecía aborrecerlo de esa
manera.
Estaba mucho mejor sin esa tía. No la necesitaba. No necesitaba a nadie, y
por eso precisamente se preguntaba por qué continuaba espiándola o por qué le
molestaba tanto que saliera con Will.
Por supuesto, eso hacía que el juego resultara aún más interesante, ya que
conocía el punto débil de ese tipo.
Sí. Indudablemente, podría divertirse con ellos. De la misma forma que
pensaba divertirse aquella noche
Comentarios
Publicar un comentario