18 y 19

18
Will
—¡Vamos, hombre! Tienes que concentrarte. Si lo haces, machacaremos a
Landry y a Tyson en el torneo.
Will se pasaba la pelota de una mano a la otra mientras él y Scott
permanecían de pie en la arena, todavía sudando. Ya era la última hora de la
tarde. Habían acabado de trabajar en el taller a las tres y se habían marchado
corriendo a la play a para participar en unos partidos amistosos contra un par de
equipos de Georgia que estaban pasando la semana por aquella zona. Todos se
estaban preparando para el torneo estatal que se celebraría más adelante, en
agosto, en Wrightsville Beach.
—Hace muchos años que no pierden. Y acaban de ganar un torneo nacional
en la categoría júnior —señaló Will.
—¿Y? Nosotros no participamos. Ganaron porque el resto de los jugadores
eran pésimos.
En la humilde opinión de Will, los que se presentaban al torneo nacional en la
categoría júnior no podían ser unos jugadores pésimos. En el mundo de Scott, sin
embargo, todo aquel que perdía era un jugador pésimo.
—Nos ganaron el año pasado.
—Ya, pero el año pasado tú jugabas incluso peor que ahora. Yo tenía que
soportar toda la carga durante los partidos.
—Gracias.
—Mira, sólo digo que eres débil. Como ayer. Después de que la chica de Los
niños perdidos saliera disparada del taller, jugaste el partido como si estuvieras
ciego.
—Ella no es la chica de Los niños perdidos. Se llama Ronnie.
—Me da igual. ¿Sabes cuál es tu problema?
« Sí, Scott, por favor, dime cuál es mi problema. Me muero de ganas de saber
tu opinión» , pensó Will.
Scott continuó con la misma actitud de absoluta seguridad, ajeno a los
pensamientos de Will.
—Tu problema es que no te « centras» . Te pasa una cosa insignificante, y y a
estás en Babia. ¡Oh! ¡Cuánto lo siento! ¡Le he tirado la limonada por encima a
Elvira, así que fallo los siguientes cinco puntos! ¡Oh! ¡Vampira se ha enfadado
con Ashley, así que será mejor que falle los próximos dos saques…!
—¿Quieres parar? —lo interrumpió Will.
Scott parecía confundido.
—¿Parar de qué?
—Parar de ponerle nombres.
—¿Lo ves? ¡A eso me refiero precisamente! ¡No estoy hablando de ella!
¡Estoy hablando de ti y de tu imposibilidad de centrarte en lo importante! ¡De tu
incapacidad para concentrarte en el partido!
—¡Acabamos de ganar dos partidos seguidos, y ellos sólo han conseguido
siete puntos en total! ¡Los hemos machacado! —protestó Will.
—¡Pero ese par no deberían haber marcado ni siquiera cinco puntos!
¡Deberíamos haberles humillado!
—¿Hablas en serio?
—Sí, hablo en serio. Son muy malos.
—¡Pero hemos ganado! ¿No te parece suficiente?
—No si se puede ganar por más. Podríamos haberles dejado en ridículo. De
esa forma, cuando nos tocara jugar contra ellos en el torneo, se acordarían de
nosotros y tirarían la toalla incluso antes de empezar el partido. A eso se le llama
psicología.
—Creo que a eso se le llama ganarse enemigos innecesariamente.
—Bueno, eso sólo es porque tú nunca piensas antes de actuar. De haberlo
hecho, no habrías acabado midiendo las fuerzas con Cruella de Vil.
Elvira, Vampira y Cruella. Will pensó que, por lo menos, no estaba reciclando
ningún material.
—Creo que estás celoso —concluyó Will.
—No. Personalmente, creo que deberías salir con Ashley, porque así y o
podría salir con Cassie.
—¿Todavía sigues con esa historia?
—A ver, ¿en quién habría de estar pensando? Deberías de haberla visto ayer,
en bikini.
—Pues pídele que salga contigo.
—No quiere. —Scott frunció el ceño con cara de consternación—. Se ve que
es como un paquete de vacaciones o algo parecido. O van las dos juntas o nada.
No lo entiendo.
—Quizá le pareces feo.
Scott lo fulminó con la mirada antes de dibujar una sonrisa compelida en sus
labios.
—Ja, ja, ja. Qué gracioso. ¿Has pensado en pedirle trabajo a David
Letterman? —Scott seguía mirando a Will, malhumorado.
—Sólo digo que…
—¡Pues calla! ¿Vale? ¿Y qué hay entre tú y…?
—¿Ronnie?
—Sí. ¿De qué va la historia? Ay er te pasaste todo el día con ella, y esta
mañana, aparece por el taller y le das un beso. ¿Acaso… vas en serio con ella?
Will permaneció en silencio.
Scott sacudió la cabeza al mismo tiempo que levantaba un dedo, para
enfatizar su comentario:
—¿Lo ves? Ya estamos otra vez. Lo último que necesitas precisamente ahora
es salir en serio con una chica. Lo que necesitas es concentrarte en lo que
realmente es importante. Tienes un trabajo que te ocupa todo el día, además
haces de voluntario para intentar salvar delfines o ballenas o tortugas o qué sé yo,
y sabes que tenemos que entrenar muchas horas para estar listos para el torneo.
¡No tienes tiempo para esas tonterías!
Will no dijo nada, pero podía ver que la expresión de pánico en la cara de
Scott se acrecentaba con cada segundo que pasaba.
—¡Vamos, hombre! ¡No me hagas esto! Pero ¿se puede saber qué diantre has
visto en ella?
Will no dijo nada.
—No, no, no —repitió Scott, como si se tratara de un mantea—. Sabía que
esto pasaría. ¡Por eso te dije que salieras con Ashley, porque sabía que no te lo
volverías a tomar en serio con ella! ¿Sabes cómo acabarás? ¡Convertido en un
ermitaño! Acabarás sin amigos, si te empeñas en salir con esa chica. De verdad,
Will, lo último que necesitas es liarte con…
—Ronnie. —Will acabó la frase.
—Me da igual —espetó Scott—. Me parece que no me estás escuchando.
Will sonrió.
—¿Te has fijado alguna vez en que tienes más opiniones sobre mi vida que
sobre la tuy a?
—Eso es porque yo no mezclo las cosas, como tú.
Will torció el gesto involuntariamente, al recordar la noche del incendio y
preguntarse cómo era posible que Scott no se diera cuenta de nada.
—Mira, no quiero hablar más de ello —resopló, pero entonces se dio cuenta
de que Scott no le estaba prestando atención. En vez de eso, tenía la vista clavada
en un punto en la playa, por encima del hombro de Will.
—No me lo puedo creer —murmuró Scott.
Will se giró y vio a Ronnie. Vestía con unos pantalones vaqueros y una
camiseta oscura —¡cómo no!— y tenía toda la pinta de estar tan fuera de lugar
como un cocodrilo en el Polo Antártico. Sin poderlo remediar, sonrió.
Se dirigió hacia ella, sin poder apartar los ojos de su rostro, preguntándose de
nuevo en qué debía de estar pensando. Le encantaba no llegar a estar
completamente seguro.
—Hola —la saludó, con la intención de abrazarla.
Ronnie se detuvo, procurando mantener la distancia. Su expresión era sería.
—No me beses. Sólo escúchame, ¿vale?
Sentada a su lado en la furgoneta, Ronnie permanecía tan enigmática como
de costumbre. Tenía la vista fija en la ventana y sonreía levemente, como si se
sintiera cómoda contemplando el paisaje. Pero después de unos minutos,
entrelazó las manos sobre su regazo y se giró para mirarlo.
—Quiero que sepas que a mi padre no le importará que vay as con pantalones
cortos y una camiseta deportiva sin mangas.
—Sólo tardaré unos minutos en cambiarme.
—Pero si se trata de una cena informal.
—Estoy sudado y me siento sucio. No pienso entrar en tu casa para cenar con
tu padre con esta pinta.
—Te acabo de decir que no le importará, en absoluto.
—Pues a mí sí que me importa, ¿vale? A diferencia de algunas personas, a mí
sí que me importa dar una buena impresión.
Ronnie lo miró con recelo.
—Oy e, ¿insinúas que a mí no me importa?
—Es evidente que no. Por ejemplo, que y o sepa, a todo el mundo le encanta
conocer a alguien con un mechón lila.
A pesar de que Ronnie sabía que le estaba tomando el pelo, sus ojos se
agrandaron y después se achicaron súbitamente.
—Pues a ti no parece importarte.
—Ya, pero eso es porque yo soy especial.
Ella cruzó los brazos y se lo quedó mirando sin pestañear.
—¿Piensas ir de ese rollo toda la noche?
—¿De qué rollo?
—El de alguien que nunca más tendrá la oportunidad de besarme.
Will se echó a reír y luego se giró hacia ella.
—Lo siento. No hablaba en serio. Y que conste que me gusta tu mechón lila.
Forma… parte de ti.
—Ya, bueno, de ahora en adelante te sugiero que controles más tus opiniones,
¿vale? —Mientras lo amonestaba, abrió la guantera y empezó a hurgar
distraídamente.
—¿Qué haces?
—Echar un vistazo. ¿Por qué? ¿Acaso ocultas algo aquí dentro?
—Tranquila, puedes mirar lodo lo que quieras. Y de paso, quizá podrías
ordenarlo un poco.
Ronnie sacó una pequeña bala de plomo y la alzó para examinarla.
—Supongo que esto es lo que utilizas para matar patos, ¿no?
—No, ésta es para ciervos. Es demasiado grande para un pato. El pato se
desharía en pedazos si le disparara con esto.
—De verdad, tienes serios problemas, ¿lo sabías?
—Eso he oído.
Ella soltó una risita antes de quedarse en silencio. Se hallaban en la zona
intracostera de la isla. El sol se reflejaba en el agua entre la urbanización caótica
de casas. Cerró la guantera y bajó la visera. Al descubrir una fotografía de una
chica rubia muy mona, la cogió y la examinó.
—Es guapa —comentó Ronnie.
—Sí que lo es.
—Me juego diez pavos a que has colgado esta foto en tu página de Facebook.
—Pues has perdido la apuesta. Es mi hermana.
Will observó a Ronnie mientras ella estudiaba la foto y luego desviaba la vista
hacia su muñeca, fijándose en la pulsera de macramé.
—¿Por qué lleváis la misma pulsera? —quiso saber.
—Las hicimos mi hermana y yo.
—Para apoyar una buena causa, supongo.
—No —contestó él, y cuando no dijo nada más, se quedó impresionado al ver
que ella parecía haber intuido que él no quería hablar del tema. En vez de insistir,
Ronnie volvió a guardar la foto con delicadeza en su sitio y subió la visera.
—¿Vives muy lejos? —le preguntó.
—Ya casi hemos llegado —le aseguró Will.
—Si hubiera sabido que vivías tan lejos, me habría ido andando a casa. Lo
digo porque cada vez nos alejamos más y más de mi casa.
—Pero te habrías perdido mi conversación ingeniosa.
—¿Así es como la describes?
—¿Piensas seguir insultándome sin parar? —Will la miró con el ceño fruncido
—. Es para saber si he de subir el volumen de la música para no tener que
escucharte.
—Sabes que no deberías haberme besado antes. No fue exactamente
romántico —soltó Ronnie.
—Pues a mí me pareció muy romántico.
—Estábamos en un taller, tú tenías las manos grasientas, y tu colega no nos
quitaba la vista de encima.
—El escenario perfecto —replicó él.
Mientras aminoraba la marcha del coche, Will bajó la visera del conductor.
Después, tras torcer por la siguiente esquina, se detuvo y pulsó el control remoto.
Dos impresionantes puertas de hierro forjado empezaron a abrirse lentamente; la
furgoneta volvió a ponerse en marcha. Will estaba tan nervioso ante la idea de
cenar con la familia de Ronnie que no se fijó en que ella se había quedado muda.
19
Ronnie
Ronnie no daba crédito a lo que tenía ante sus ojos. No sólo a la inacabable
extensión de tierra, con aquellos magníficos parterres de rosas tan bien cuidados
y los setos y las estatuas de mármol, o la impresionante mansión de estilo
georgiano flanqueada por columnas, o incluso los carísimos coches exóticos que
estaban encerando a mano en un área reservada para tales fines. No. Era todo en
general.
Y no es que le pareciera grotesco. Lo que tenía delante de los ojos era mucho
más que grotesco.
Sí, sabía que había gente rica en Nueva York con apartamentos de veintitrés
habitaciones en Park Avenue y casas en los Hamptons, pero nunca había tenido
ninguna relación con esa clase de gente ni tampoco la habían invitado a sus casas.
Lo más cerca que había estado de ver un sitio parecido había sido a través de
revistas, e incluso así, la mayoría de las fotos solían ser instantáneas tomadas
desde el aire por paparazzis.
Y sin embargo, ahora estaba allí, vestida con una vieja camiseta y unos
pantalones vaqueros rotos. Genial. Como mínimo, Will podría haberla avisado.
Ronnie continuó con la vista fija en la casa mientras la furgoneta seguía
avanzando por el camino de tierra, hasta que llegó a una plazoleta sin asfaltar
delante de la casa. Se detuvo justo delante de la entrada principal. Ella se giró
hacia él y estaba a punto de preguntarle si en realidad vivía allí, cuando se dio
cuenta de que la pregunta carecía de sentido.
Era evidente. En aquel momento, él se disponía a apearse de la furgoneta.
Sin pensarlo dos veces, ella abrió la puerta y saltó fuera. Los dos hombres que
limpiaban los coches lujosos la repasaron de arriba abajo antes de volver a su
labor.
—No te preocupes. Sólo quiero refrescarme y cambiarme de ropa. No
tardaré.
—Vale —convino ella. No se le ocurría qué más podía decir. Era la casa más
grande que había visto en su vida.
Lo siguió, subiendo las escaleras que ascendían hasta el porche, y se detuvo
un instante en la puerta, sólo el tiempo suficiente para fijarse en una pequeña
placa de bronce ubicada cerca de la puerta en la que ponía: « The Blakelees» .
Como en Blakelee Brakes. Como en la gran cadena de talleres de coches de
ámbito nacional. Como si el padre de Will no se hubiera simplemente limitado a
abrir una franquicia individual, sino que probablemente hubiera montado el
negocio entero.
Ronnie estaba todavía intentando procesar aquella información cuando Will
abrió la puerta que daba a un impresionante vestíbulo en cuyo centro destacaba
una colosal escalinata de mármol. A la izquierda podía ver la biblioteca, con las
paredes forradas estanterías de madera oscura, y a la derecha le pareció
distinguir lo que creyó que debía de ser una sala de música. Directamente
enfrente había una enorme estancia soleada; más allá, avistó las aguas agitadas
del canal intracostero.
—No me dijiste que tu apellido era Blakelee —murmuró Ronnie.
—No me lo preguntaste. —Will se encogió de hombros con indiferencia—.
Ven.
Dejaron atrás la escalinata de mármol y la condujo hasta una espaciosa
estancia. En la parte posterior de la casa, Ronnie divisó un impresionante porche
techado; cerca del agua, sus ojos se posaron en lo que sólo podía describirse
como un y ate de medianas dimensiones amarrado en el muelle.
« ¡Uf!» , resopló para sí misma. Definitivamente, se sentía fuera de sitio, y el
hecho de que probablemente todo el mundo se sintiera fuera de sitio la primera
vez que pisaba aquella finca no le servía de consuelo. Tenía la impresión de haber
aterrizado en Marte.
—¿Quieres que te traiga algo de beber mientras me cambio?
—Mmm…, no, gracias —contestó, intentando recomponerse de la impresión.
—¿Quieres que te enseñe la casa?
—No, estoy bien aquí.
Desde alguna parte que no quedaba a la vista, Ronnie oyó una voz.
—¿Eres tú, Will?
Ronnie se dio la vuelta y vio a una mujer atractiva que aún no debía haber
cumplido los cincuenta años. La señora, que lucía un elegante traje pantalón de
lino —indudablemente carísimo— y sostenía una revista sobre bodas, avanzó
hasta quedar completamente a la vista.
—Ah, hola, mamá —la saludó Will. Lanzó las llaves de la furgoneta en una
bandeja que había sobre la mesita de la entrada, justo al lado de un jarrón con
lirios recién cortados—. He venido con una amiga. Esta es Ronnie. Y ésta es
Susan, mi madre.
—Ah, hola, Ronnie —la saludó Susan con poco entusiasmo.
A pesar de que intentó ocultarlo, estaba segura de que no le había gustado que
su hijo se presentara con aquella visita inesperada. Ronnie no podía evitar pensar
que su contrariedad no estaba tan relacionada con la parte « inesperada» como
con la parte « invitada» . O sea, ella.
Pero si Ronnie notaba la tensión, era obvio que él no. Pensó que quizá se
trataba de un instinto femenino, pues Will se puso a charlar con su madre
distendidamente.
—¿Está papá? —le preguntó.
—Creo que está en el despacho.
—Antes de marcharme, he de hablar un momento con él.
Susan se pasó la revista de una mano a la otra.
—¿Te vas?
—Esta noche voy a cenar con la familia de Ronnie.
—Ah, muy bien —comentó su madre.
—Seguro que te gustará esto: Ronnie es vegetariana.
—Ah —volvió a soltar Susan, que se dio la vuelta para escrutar a Ronnie
descaradamente—. ¿Es eso cierto?
Ronnie se sintió como si se estuviera encogiendo de tamaño.
—Sí.
—Qué interesante —apuntó Susan.
Estaba más que claro que para la madre de Will no había nada de interesante
en ello, pero Will continuaba impasible.
—Bueno, subiré a cambiarme. Dame unos minutos, ¿vale? No tardaré.
A pesar de que Ronnie sintió el impulso de decirle que se diera prisa, se limitó
a sonreír y únicamente contestó:
—Vale.
Con un par de zancadas, el chico se fue hacia la escalera. Ronnie y Susan se
quedaron solas, una frente a la otra. En el embarazoso silencio, Ronnie fue
consciente de que, a pesar de que no tenía nada en común con la madre de Will,
por lo menos compartían la incomodidad de haberse quedado las dos solas.
Sintió ganas de estrangular a ese chico. Lo mínimo que podría haber hecho
era avisarla.
—¡Vay a! —exclamó Susan, esbozando una sonrisa comprometida. Toda ella
parecía de plástico—. ¿Así que tú eres la chica del nido de las tortugas detrás de
tu casa?
—Sí.
Susan asintió. Obviamente, había agotado la conversación y no sabía qué más
decir. Ronnie pensó frenéticamente en algo para llenar el silencio. Señaló hacia el
vestíbulo.
—Tiene una casa muy bonita.
—Gracias.
Tras el comentario, Ronnie no supo qué más decir, y durante unos momentos
eternos, las dos se quedaron mirándose con una patente incomodidad. No sabía
qué habría sucedido si se hubieran quedado más rato solas, pero por suerte
apareció un hombre que debía de tener unos sesenta años y que iba ataviado con
un polo y unos pantalones informales.
—Me ha parecido oír la furgoneta de Will —dijo, caminando hacia ellas. Su
porte era simpático, casi jocoso, mientras se acercaba—. Soy Tom, o sea, el
padre de Will. Tú debes de ser Ronnie, ¿no?
—Encantada de conocerlo —respondió ella.
—Me alegro de que finalmente tenga la oportunidad de conocer a la chica de
la que Will habla tanto.
Susan carraspeó nerviosa.
—Will se va a cenar con la familia de Ronnie esta noche.
Tom se giró hacia Ronnie.
—Espero que no se os ocurra preparar nada especial. A Will sólo le gusta la
pizza pepperoni y las hamburguesas.
—Ronnie es vegetariana —agregó Susan.
A Ronnie aquella palabra le sonó como si hubiera dicho « terrorista» . O quizá
no. No estaba del todo segura. Will debería haberla prevenido acerca de lo que
podía esperar, sí, debería haberlo hecho. Porque por lo menos se habría
preparado. Pero Tom, al igual que Will, no parecía darse cuenta de la evidente
aprensión de Susan.
—¡No me digas! Eso está muy bien. Por lo menos, Will comerá algo sano
una vez en su vida. —Tom hizo una pausa—. Sé que estás esperando a Will, pero
¿tienes unos minutos? Te quiero enseñar una cosa.
—Oh, estoy segura de que no le interesa tu avioneta, Tom —protestó Susan.
—No lo sé. A lo mejor sí —dijo él. Girándose hacia Ronnie, le preguntó—:
¿Te gustan las avionetas?
« ¡Cómo no! —pensó ella—. Claro, ¿cómo no iba esta familia a tener una
avioneta?» . Sólo había que añadir ese detalle a la ecuación. Y toda la culpa era
de Will. Tan pronto como se marcharan de aquella casa, pensaba estrangularlo.
Pero, de momento, ¿qué alternativa le quedaba?
—Sí —contestó—. Claro que me gustan las avionetas.
Ronnie tenía una imagen en la mente —una Learjet o una Gulfstream
aparcada en un pequeño hangar en la otra punta de la finca—, pero era más bien
una imagen difusa, puesto que sólo había visto avionetas privadas en fotografías.
Sin embargo, eso no era lo que se esperaba, en absoluto. Ver a alguien mayor
que su padre haciendo volar una avioneta de juguete con un control remoto,
totalmente concentrado en las maniobras, le desconcertaba.
La avioneta hizo un ruido extraño cuando rozó las ramas de los árboles, antes
de sobrevolar el canal intracostero.
—Siempre había querido tener uno de estos cacharros, y al final decidí
comprármelo. Bueno, de hecho, ya es el segundo que tengo. El primero acabó
hundido en el agua, por accidente.
—Cuánto lo siento. —Ronnie puso cara de pena.
—Ya, pero de ese modo aprendí que lo más sensato es leer todas las
instrucciones.
—¿Se estrelló en el agua?
—No, se quedó sin combustible. —La miró de soslay o—. ¿Quieres probar?
—Será mejor que no —titubeó Ronnie—. No soy muy mañosa con estas
máquinas.
—No es tan difícil —le aseguró Tom—. Esta avioneta es para principiantes.
Se supone que es a prueba de tontos. Por supuesto, la otra también lo era, así
que… ¿a qué deducción llegamos?
—¿Que probablemente debería de haber leído las instrucciones?
—¡Exacto! —dijo.
Había algo en la forma en que se expresaba que le recordó a Will.
—¿Habéis hablado Susan y tú de la boda? —se interesó él.
Ronnie sacudió la cabeza.
—No, pero Will ha mencionado algo al respecto.
—Me he pasado dos horas hoy en la floristería, eligiendo entre un montón de
arreglos florales. ¿Te has pasado alguna vez dos horas en una floristería eligiendo
arreglos florales?
—No.
—Pues considérate muy afortunada.
Ronnie soltó una risita, aliviada de estar allí fuera con él. Justo en aquel
momento, Will apareció detrás de ellos, recién salido de la ducha y vestido con
una camisa de manga corta y unos pantalones cortos, todo impecablemente
planchado. La ropa era de marca, pero ella supuso que ya debería habérselo
esperado.
—No se lo tengas en cuenta a mi padre. A veces olvida que es un adulto —
dijo, con un tono burlón.
—Por lo menos soy honesto. Y no he visto que vinieras directamente a casa,
a echarme una mano.
—Tenía un partido de vóley-play a.
—Ya, claro, seguro que ése era el motivo. Y tengo que admitir que Ronnie es
mucho más guapa que lo que me habías dicho.
A pesar de que Ronnie sonrió complacida, Will torció el gesto.
—Papá…
—Es verdad —añadió Tom rápidamente—. Y no te sonrojes. —Después de
asegurarse de que la avioneta volaba de nuevo uniformemente, echó un vistazo a
Ronnie—. ¡Este chico se sonroja por nada! De pequeño era el niño más tímido
del mundo. Ni siquiera podía sentarse cerca de una niña guapa sin que sus
mejillas se le pusieran encarnadas como un tomate.
Will, mientras tanto, sacudía la cabeza, visiblemente turbado.
—No puedo creer que estés diciendo esto, papá. Y encima delante de ella.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? —Tom miró a Ronnie—. ¿A ti te importa?
—En absoluto.
—¿Lo ves? —Le propinó unas palmaditas a Will en el pecho, como para
demostrarle que tenía razón—. A ella no le importa.
—Muchas gracias —le recriminó Will a su padre.
—¿Y para qué están los padres, si no? Oy e, ¿te apetece dar una vueltecita con
la avioneta?
—No, ahora no puedo. He de llevar a Ronnie a su casa; nos esperan para
cenar.
—Escúchame bien: aunque te sirvan alcachofa con ruta-baga y tofu, quiero
que te comas todo lo que te pongan en el plato y que después te muestres
educado y les des las gracias por la cena —lo sermoneó Tom.
—Probablemente cenaremos pasta —intervino Ronnie, entre risitas.
—¿De veras? —Tom parecía decepcionado—. Bueno, entonces se lo comerá.
—¿Qué pasa? ¿No quieres que coma?
—Siempre es bueno probar cosas nuevas, hijo. ¿Qué tal ha ido hoy por el
taller?
—De eso precisamente quería hablarte. Jay dice que tiene problemas con el
ordenador o con el software: todo se imprime dos veces en vez de una.
—¿Sólo en la impresora del mostrador o en todas?
—No lo sé.
Tom suspiró.
—Supongo que será mejor que me pase por allí a echar un vistazo. Eso si
consigo hacer aterrizar este trasto. Bueno, que os lo paséis bien esta noche, ¿vale?
Unos minutos más tarde, después de montar en la furgoneta, Will jugueteó
con las llaves antes de poner el motor en marcha.
—Lo siento. Mi padre a veces dice muchas tonterías.
—No te preocupes. Me gusta.
—Y por cierto, no era tan tímido, de pequeño. Ni se me ponían las mejillas
rojas como un tomate.
—Por supuesto que no.
—Te lo digo en serio. Siempre fui un niño muy educado.
—No me cabe la menor duda —dijo ella, que se inclinó hacia él para darle
una palmadita en la rodilla—. Pero cambiando de tema, sobre esta noche, quiero
advertirte que mi familia tiene una costumbre bastante extraña…
—¡Mientes! —gritó Will—. Te has pasado toda la noche mintiendo, y la
verdad es que ya empiezo a estar cansado.
—¡Mira quién habla! —replicó Ronnie, también alterada—. ¡Eres tú quien
miente!
Hacía rato que y a habían lavado los platos después de la cena. Steve había
servido espaguetis con salsa marinera y, tal y como estaba previsto, Will acabó
toda la comida de su plato sin rechistar. Ahora se hallaban sentados en la cocina,
jugando a las cartas, al póquer mentiroso. Ronnie tenía un ocho de corazones;
Will, un tres de corazones; Jonah, un nueve de picas. Frente a cada uno de ellos
había una pequeña pila de monedas, y la jarra en el medio rebosaba de monedas
de cinco y de diez centavos.
—Los dos mentís —añadió Jonah—. Ninguno de los dos dice la verdad.
Will le ofreció a Jonah una cara enigmática mientras llevaba la mano hacia
su pila de monedas.
—Me apuesto veinticinco centavos a que te equivocas.
Su padre empezó a sacudir la cabeza.
—Mala elección, jovencito. Se acabó. Tendré que subir la apuesta a cincuenta
centavos.
—¡Lo veo! —gritó Ronnie.
Inmediatamente, tanto Jonah como Will también añadieron los centavos
correspondientes para poder seguir jugando.
Todos se quedaron quietos, mirándose los unos a los otros antes de destapar de
golpe sus cartas encima de la mesa. Ronnie, con su ocho, tuvo que aceptar la
derrota. Jonah había ganado. Otra vez.
—¡Sois todos unos mentirosos! —proclamó Jonah.
Ronnie se fijó en que él había ganado el doble que cada uno de ellos, y
mientras observaba cómo su hermano arrastraba la pila de monedas hacia él,
pensó que, hasta ese momento, la noche había salido bastante bien. No había
sabido qué pensar cuando había llevado a Will, puesto que era la primera vez que
llevaba a un chico a conocer a su padre. ¿Intentaría él dejarles espacio
escondiéndose en la cocina? ¿Intentaría hacerse amigo de Will? ¿Haría o diría
algo que la avergonzara? Cuando se disponían a aparcar la furgoneta delante de
su casa, Ronnie había empezado a pensar en planes para escapar en cuanto
acabaran de cenar.
Tan pronto como entraron, sin embargo, la sensación que tuvo fue muy
positiva. Para empezar, la casa estaba ordenada; Jonah seguramente había
recibido órdenes de no ser pesado y no atosigar a Will con mil y una preguntas
como si fuera un inquisidor, y su padre saludó a Will simplemente con un « Es un
placer conocerte» al tiempo que le estrechaba la mano. Por su parte, el chico se
comportó de un modo intachable, por supuesto, contestando a las preguntas con
un « Sí, señor» y « No, señor» , lo cual le pareció a Ronnie un comportamiento
gracioso y provinciano, muy propio de la gente del sur. La conversación durante
la cena fluy ó distendidamente; su padre le hizo preguntas acerca del trabajo que
Will desempeñaba en el taller y en el acuario, y Jonah intentó comportarse con
tanta educación que hasta llegó a ponerse la servilleta sobre la falda. Lo mejor de
todo fue que su padre no dijo nada embarazoso, y a pesar de que comentó que
había sido profesor en Juilliard, no dijo nada acerca de que había sido su profesor
o de que una vez ella había tocado en el Carnegie Hall, ni que habían escrito
canciones juntos, ni tampoco mencionó que, hasta hacía unos pocos días, él y
Ronnie ni siquiera se hablaban. Cuando Jonah pidió galletas después de acabar el
plato de pasta, tanto Ronnie como Steve estallaron en una estentórea carcajada,
dejando a Will perplejo, preguntándose qué era lo que les hacía tanta gracia. Los
cuatro juntos recogieron la mesa. Jonah sugirió jugar al póquer mentiroso, y Will
aceptó entusiasmado.
En cuanto a Will, él era justo la clase de chico con el que su madre querría
emparentaría: educado, respetuoso, inteligente, y lo mejor de todo, sin un solo
tatuaje… Habría sido agradable que ella hubiera estado allí, aunque sólo fuera
para confirmarle que su hija no era una bala perdida, que era precisamente lo
que creía. Por otro lado, su madre probablemente habría estado tan contenta con
aquella cena que, o bien habría intentado adoptar a Will en el acto, o bien habría
agobiado a Ronnie repitiéndole un millón de veces lo buen chico que era cuando
él se hubiera marchado, lo cual sólo habría contribuido a que ella deseara acabar
con aquella relación lo antes posible, antes de que su madre se hiciera
demasiadas ilusiones. Pero su padre no cometía esa clase de errores; parecía
fiarse del instinto de Ronnie y se mostraba contento de dejarla tomar sus propias
decisiones sin insertar ningún comentario ni opinión.
Y eso le parecía realmente extraño, teniendo en cuenta que él sólo estaba
empezando a conocerla de nuevo, y también le parecía triste, porque ella
empezaba a pensar que había cometido un gran error al evitarlo durante los
últimos tres años. Habría sido agradable hablar con él cuando su madre la volvía
loca.
Se alegraba de haber invitado a Will. Sin lugar a dudas, era más fácil para él
conocer a su padre que para Ronnie haber conocido a Susan. Esa mujer le
provocaba pesadillas. Bueno, quizás eso fuera una exageración, pero desde luego
había conseguido intimidarla. Le había dejado bien claro que ni le gustaba Ronnie
ni tampoco el hecho de que a su hijo le gustara aquella chica.
Normalmente, no le importaba lo que los padres de sus amigos opinaran
acerca de ella, y jamás había perdido ni un segundo en plantearse si su
vestimenta era la adecuada para cada ocasión. Ella era como era, después de
todo… Sin embargo, por primera vez en su vida, tuvo la impresión de que no
había estado a la altura, y eso la había molestado más de lo que habría podido
imaginar.
Cuando la oscuridad rodeó la casa y todos empezaron a perder interés en el
póquer mentiroso, notó que Will la observaba. Ronnie le dedicó una sonrisa
obsequiosa.
—Estoy casi arruinado —anunció él, señalando su irrisoria pila de monedas.
—Lo sé. Yo también.
Will desvió la vista hacia la ventana.
—¿Te apetecería salir a dar una vuelta?
Esta vez, ella estaba segura de que él se lo pedía porque quería estar un rato a
solas con ella, porque sentía algo por ella, aunque no sabía si lo correspondía con
la misma clase de sentimientos.
Ronnie lo miró directamente a los ojos.
—Me encantaría salir a dar una vuelta

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