15 y 16
15
Marcus
—Quiero ir a comer algo en la cafetería antes de que cierren —suplicó Blaze.
—Pues ve tú sola —espetó Marcus—. Yo no tengo hambre.
Blaze y Marcus se hallaban en el Bower’s Point, con Teddy y Lance, que
habían engatusado a dos de las chicas más feas que Marcus había visto en su vida
y estaban intentando emborracharlas. Le había molestado encontrarlas allí, y
después Blaze lo había estado atosigando sin tregua durante la última media hora,
interrogándolo sobre dónde había estado todo el día.
Tenía la impresión de que ella sabía que tenía algo que ver con Ronnie,
porque no era estúpida. Blaze había sabido desde el principio que a Marcus le
gustaba Ronnie, y por eso había metido esos discos en su bolso. Era la solución
perfecta para mantenerla a distancia…, lo cual significaba que Marcus tampoco
tendría la oportunidad de volver a verla.
Y eso lo sacaba de sus casillas. No soportaba verla allí, quejándose de que
tenía hambre y pegada a él como una lapa y agobiándolo con sus suspiros
plañideros y sus pucheros…
—No quiero ir sola —volvió a lamentarse.
—¿No me has oído? —ladró él—. ¡Me pregunto si alguna vez me escuchas
cuando hablo! ¡Te he dicho que no tengo hambre!
—No digo que tengas que comer… —balbuceó Blaze, sumisa.
—¿Quieres hacer el favor de callarte de una puñetera vez?
Su tono consiguió amedrentarla, y por unos minutos se quedó callada. Por su
cara enfurruñada, Marcus sabía que quería que le pidiera disculpas. ¡Pues iba
lista!
Marcus se giró hacia la orilla y encendió la pelota, enfadado al ver que Blaze
no se había movido de su lado. Enfadado de que Teddy y Lance estuvieran allí,
cuando lo que más deseaba en esos momentos era estar solo y tranquilo.
Enfadado de que Blaze hubiera espantado a Ronnie, y especialmente enfadado
por sentirse tan enfadado por todo eso. No era propio de él, y detestaba cómo le
estaba afectando. Quería desahogarse contra algo o contra alguien, y al posar los
ojos en Blaze y verla con aquella expresión ceñuda, pensó que ella tenía todos los
números para ser el blanco de su ira. Le dio la espalda, deseando poder beber
tranquilamente su cerveza y subir el volumen de la música y quedarse solo con
sus pensamientos durante un buen rato. Sin toda aquella gente pululando a su
alrededor.
Además, pensándolo bien, tampoco estaba realmente enfadado con Blaze.
Cuando se enteró de lo que ella había hecho, en cierto modo se alegró al pensar
que quizás eso serviría para allanar el camino entre él y Ronnie. Algo así como:
« Tú me rascas la espalda a mí, y y o te la rasco a ti» . Pero cuando se lo sugirió a
aquella chica venida de Nueva York, ella reaccionó como si él fuera un apestado,
como si prefiriera morirse antes que estar cerca de él. Pero Marcus no era de
esa clase de chicos que tiran la toalla tan fácilmente, y pensó que tarde o
temprano ella se daría cuenta de que era su única salida de aquel atolladero. Así
que por eso había decidido acercarse hasta su casa, para charlar un rato con ella.
Su intención era bajar el tono ofensivo y escucharla atentamente mientras ella se
desahogaba contándole la jugarreta que le había hecho Blaze. Quizás incluso
darían un paseo y puede que acabaran bajo el muelle y, una vez allí… que
pasara lo que tuviera que pasar.
Pero al llegar a su casa, se había encontrado a Will. De toda la gente de la
localidad, precisamente tenía que ser ese tipo quien se hallaba sentado en aquella
duna, esperando charlar con ella. Y al final Ronnie había salido a hablar con él.
De hecho, le pareció más bien que discutían, pero por el modo en que se
comportaban, había algo entre ellos, y eso también lo sacó de sus casillas. Porque
eso significaba que se conocían. Porque eso significaba que probablemente salían
juntos, lo cual quería decir que se había equivocado al juzgarla.
¿O no? Tenía que averiguarlo. Esperó a que Will se marchara y a que Ronnie
cayera en la cuenta de que tenía dos visitantes. Al ver que le observaba, Marcus
pensó que ella sólo podría reaccionar de una de las dos maneras: o bien se le
acercaría para charlar con la esperanza de conseguir que Blaze confesara la
verdad, o bien se mostraría asustada igual que había hecho antes y correría a
encerrarse en su casa. Le gustaba la idea de tener el poder de asustarla; podía
resultarle útil para sus planes.
Pero ella no había reaccionado de ninguna de las dos formas. En vez de eso,
se había quedado mirando fijamente en su dirección como diciéndole: « Ven si te
atreves» . Se había plantado un buen rato en el porche, con un ademán
indiscutiblemente desafiante, antes de entrar en su casa.
Nunca nadie le había plantado cara de ese modo. Especialmente ninguna
chica. ¿Quién diantre se creía que era? Aunque tuviera ese cuerpecito tan
atractivo, a Marcus no le había hecho nada de gracia. En absoluto.
Blaze interrumpió sus pensamientos.
—¿Estás seguro de que no quieres venir?
Marcus se giró hacia ella, sintiendo unas repentinas ganas de serenarse, de
olvidarse del tema. Sabía exactamente lo que necesitaba, y también sabía quién
podía dárselo.
—Ven aquí —le ordenó, al tiempo que esbozaba una sonrisa forzada—.
Siéntate aquí, a mi lado. No quiero que te vayas todavía.
16
Steve
Steve alzó la vista cuando su hija entró en casa. A pesar de que ella lo saludó con
una sonrisa, como si intentara asegurarle que todo iba bien, no pudo evitar fijarse
en su expresión cuando cogió el libro y se marchó hacia su cuarto.
Algo no iba bien, seguro.
Pero no tenía la certeza de dónde radicaba el problema. No sabía si su hija
estaba enojada o asustada, y mientras pensaba en la idea de intentar dialogar con
ella, se dijo que, fuera lo que fuese, probablemente querría solucionarlo sola.
Quizá no había pasado mucho tiempo con Ronnie últimamente, pero había sido
profesor de adolescentes durante muchos años, y sabía que cuando los hijos
querían hablar con sus padres —cuando tenían algo importante que contarles—
era cuando realmente éstos debían preocuparse de verdad.
—¿Papá? —Jonah llamó su atención.
Mientras Ronnie había estado fuera, Steve le había prohibido a Jonah que
siguiera mirando por la ventana. Le parecía lo más correcto, y Jonah había
intuido que lo mejor era no rechistar. Había encontrado Bob Esponja en uno de
los canales y se había pasado los últimos quince minutos mirando los dibujos
animados con expresión feliz.
—¿Sí?
Jonah se levantó, con la cara muy seria.
—¿Qué tiene un ojo, habla francés y le encanta comer galletas antes de irse a
dormir?
Steve consideró la pregunta.
—No tengo ni idea.
Jonah irguió la espalda, se cubrió un ojo con la palma de la mano y dijo:
—Moi.
Steve se rió mientras se levantaba del sofá y dejaba la Biblia a un lado. Ese
chico lo hacía reír, y mucho.
—Vamos. En la cocina hay un paquete de galletas Oreo.
Mientras se dirigían a la cocina, Jonah, que no dejaba de juguetear
nerviosamente con el dobladillo de la camiseta de su pijama, dijo:
—Me parece que Ronnie y Will se han peleado.
—¿Se llama Will?
—No te preocupes. Lo he interrogado antes.
—Ah —dijo Steve—. ¿Y por qué crees que se han peleado?
—Los he oído. Will parecía muy enfadado.
Steve miró a su hijo con el ceño fruncido.
—Pensé que estabas viendo la tele.
—Sí, pero es que igualmente podía oírlos —se defendió Jonah como si no
hubiera hecho nada malo.
—No deberías escuchar las conversaciones de los demás —lo reprendió
Steve.
—Pero a veces son muy interesantes.
—No está bien.
—Mamá intenta escuchar a Ronnie cuando habla por teléfono. Y a veces
coge el móvil de Ronnie a escondidas, cuando ella está en la ducha, y le revisa
los mensajes de texto.
—¿Eso hace? —Steve intentó ocultar la sorpresa en su tono.
—Sí. ¿Cómo crees, si no, que podría saber qué hace y adonde va?
—No lo sé… Quizás hablando con ella —sugirió.
—¡Anda ya! —resopló Jonah—. Si ni siquiera Will puede hablar con ella sin
pelearse. Ronnie saca a todo el mundo de quicio.
Cuando Steve tenía doce años, apenas tenía amigos. Entre ir a la escuela y las
prácticas de piano, no le quedaba demasiado tiempo libre, y la persona con la
que hablaba más a menudo era con el reverendo Harris.
En aquella época de su vida, el piano se había convertido en una obsesión.
Steve solía practicar entre cuatro y seis horas al día, perdido en su mundo
personal de melodías y composiciones. Por aquellos tiempos, había ganado
bastantes concursos tanto de ámbito local como estatal. Su madre sólo había
asistido a uno de esos concursos, y su padre jamás asistió a ninguno. Steve solía
acabar sentado en el asiento delantero del coche con el reverendo Harris
mientras se desplazaban hasta Raleigh o a Charlotte o a Atlanta o a Washington,
D.C. Se pasaban horas charlando, y a pesar de que el reverendo Harris era un
hombre religioso y siempre mencionaba a Dios en prácticamente todas sus
conversaciones, tenía la habilidad de comentar con toda la naturalidad de una
persona oriunda de Chicago el papel insignificante del equipo de los Cubs en la
Liga Nacional de Béisbol.
El reverendo Harris era un hombre afable que llevaba una vida muy
ajetreada. Se tomaba muy en serio su vocación, y durante casi todas las tardes se
dedicaba a atender a su rebaño, o bien y endo al hospital o a algún funeral, o bien
visitando a los miembros de la congregación que había acabado por considerar
sus amigos. Oficiaba bodas y bautizos los fines de semana, se encargaba de la
catequesis los miércoles por la noche, y los martes y los jueves ensayaba con el
coro de la iglesia. Pero cada atardecer, antes de que anocheciera, lloviera o no,
se reservaba una hora para caminar por la playa solo. Cuando regresaba, Steve a
menudo se maravillaba al constatar que aquella hora de soledad era justo lo que
el reverendo necesitaba. Había algo reposado y apacible en su expresión cuando
regresaba de su paseo diario. Steve había dado por hecho que era la forma en
que el reverendo tenía de exigir un poco de soledad, hasta que un día se lo
preguntó directamente.
—No —le contestó el reverendo—. No voy a la play a para estar solo, porque
eso no es posible. Voy a pasear y a hablar con Dios.
—¿Quiere decir que reza?
—No —volvió a responder el reverendo—. Quiero decir que hablo. Nunca
olvides que Dios es tu amigo. Y como todos los amigos, Él desea escuchar lo que
te pasa. Tanto si es bueno como si es malo, tanto si es algo que te aflige o que te
llena de rabia, e incluso cuando te estás cuestionando por qué tienen que suceder
cosas tan terribles en el mundo. Así que hablo con él.
—¿Y qué le dice?
—¿Qué le dices tú a tus amigos?
—No tengo amigos. —Steve esbozó una sonrisa afligida—. Por lo menos,
nadie con quien hablar.
El reverendo Harris depositó una mano reconfortante en su hombro.
—Me tienes a mí. —Cuando Steve no respondió, el reverendo Harris le dio
una palmadita en el hombro—. Mira, hablo con Él del mismo modo que
hablamos tú y y o.
—¿Y Él le contesta? —Steve parecía escéptico.
—Siempre.
—¿Y puede oírlo?
—Sí, aunque no a través del oído. —Puso una mano sobre el pecho—. Aquí
oigo sus respuestas. Aquí percibo su presencia.
Tras besar a Jonah en la mejilla y arroparlo en la cama, Steve se detuvo un
momento en el umbral de la puerta para estudiar a su hija. Se sorprendió al verla
y a dormida cuando entraron en la habitación. Por lo visto, lo que tanto la
preocupaba unos momentos antes cuando había entrado en casa no debía de ser
tan importante. Tenía la cara relajada, el pelo le caía en cascada sobre la
almohada y estaba con los dos brazos encogidos cerca del pecho. Se debatió
entre besarla o no, pero decidió no hacerlo, para evitar entrometerse en sus
sueños y dejar que éstos fluyeran sin interrupción, como la nieve fundida que se
deja arrastrar por la corriente de un río hasta su destino.
Sin embargo, no conseguía apartarse de la puerta. Había algo mágico en
aquella visión de sus hijos dormidos, y mientras Jonah se daba la vuelta hacia un
lado, de espaldas a la luz del pasillo, se preguntó cuánto tiempo hacía que no le
daba a Ronnie un beso de buenas noches. En el último año antes de que Kim y él
se separaran, Ronnie había llegado a esa edad en la que todo le parecía
engorroso. Steve podía recordar vividamente aquella primera noche en que se
acercó a ella para arroparla y ella le contestó: « No te molestes. Estoy bien» .
Kim lo había mirado entonces con una palmaria expresión de tristeza: ella se
había dado cuenta de que Ronnie se estaba haciendo mayor, pero no podía evitar
el sentimiento de desconsuelo ante aquel paso natural de la infancia a la pubertad.
A diferencia de Kim, a Steve no le afectaba que Ronnie se hiciera mayor.
Recordaba cómo era él en aquella etapa de su vida y cómo le gustaba adoptar
sus propias decisiones. Recordaba cómo había empezado a formarse sus propias
ideas acerca del mundo; sus años de profesor reforzaban la idea de que el
cambio no sólo era inevitable, sino que normalmente solía venir acompañado de
sus propias recompensas. Había veces en las que había acabado solo en clase con
un alumno, escuchando mientras el muchacho o la muchacha en cuestión se
desahogaban contándole las desavenencias con sus padres, sobre cómo su madre
intentaba ser su amiga o cómo su padre intentaba controlarlo. Otros profesores en
el departamento pensaban que Steve tenía un don especial con los alumnos y, a
menudo, cuando los alumnos se marchaban, él mismo se sorprendía al reconocer
que muchos de ellos opinaban lo mismo. No sabía por qué. La mayor parte del
tiempo se dedicaba, o bien a escuchar en silencio, o simplemente a dar la vuelta
a las preguntas que le formulaban, obligando a los alumnos a llegar a sus propias
conclusiones y a pensar que, en la may oría de las situaciones, ellos eran los que
normalmente tenían razón. Incluso cuando sentía la necesidad de decir algo,
únicamente se aventuraba a expresar los típicos comentarios genéricos tan
propios de los psicólogos: « Por supuesto que tu madre quiere ser tu amiga,
porque empieza a verte más bien como una persona adulta y desea conocerle» .
O decía: « Tu padre sabe que ha cometido errores en su vida, y no quiere que tú
cometas los mismos» . Eran pensamientos normales y corrientes de un hombre
normal y corriente, pero para su asombro, el alumno a veces se daba la vuelta
hacia la ventana en silencio, como si estuviera absorbiendo un pensamiento
profundo. A veces, incluso, más tarde recibía una llamada de parte de los padres
del alumno, agradeciéndole la charla que había mantenido con su hijo y
confirmándole que éste parecía estar de mejor humor últimamente. Cuando
colgaba el teléfono, intentaba recordar lo que le había dicho a aquel alumno con
la esperanza de haber sido más profundo de lo que creía, pero siempre acababa
con la misma sensación de vacío.
En el silencio de la habitación, Steve oyó que la respiración de Jonah se volvía
más reposada. Sabía que su hijo se había quedado dormido; el sol y el constante
aire fresco parecían agotarlo de un modo que Manhattan no conseguía. En cuanto
a Ronnie, se sintió aliviado al pensar que el sueño había borrado la tensión de los
últimos días. Su cara era serena, casi angelical, y en cierto modo le recordó las
facciones distendidas del reverendo Harris después de sus paseos por la play a. La
contempló en la absoluta quietud de la habitación, deseando de nuevo detectar
una señal de la presencia de Dios. A la mañana siguiente, Ronnie quizá se
marcharía; ante aquel pensamiento, dio un paso vacilante hacia ella. La luz de la
luna se filtraba por la ventana, y oyó el rugido suave de las olas al otro lado del
cristal. Los titilantes puntos de luz de las estrellas distantes parecían atestiguar algo
importante, como si Dios estuviera anunciando su presencia en otro lugar.
Súbitamente se sintió cansado. Pensó que estaba solo, y que siempre estaría solo.
Se inclinó y besó a Ronnie suavemente en la mejilla, y de nuevo se encendió esa
chispa en su interior, ese amor que sentía por su hija, una alegría tan intensa
como dolorosa.
Justo antes de que amaneciera, lo primero que pensó al despertarse —más
bien una sensación, en realidad— fue que echaba de menos tocar el piano.
Mientras sus facciones se retorcían con una mueca de dolor ante el predecible
pinchazo en el estómago, sintió la necesidad de ir directamente al comedor y
perderse en su música.
Se preguntó cuándo tendría la oportunidad de volver a tocar. Ahora se
lamentaba de no haber trabado amistad con nadie más en el pueblo; había habido
momentos desde que había tapiado el piano en los que había fantaseado con la
idea de ir a ver a un amigo y pedirle que le dejara tocar un rato el viejo piano
arrinconado en su comedor, el piano que su amigo imaginario tenía como
elemento decorativo. Podía verse a sí mismo tomando asiento en el banco
polvoriento mientras su amigo lo observaba desde la cocina o el vestíbulo —no
estaba totalmente seguro en aquel matiz—, y de repente, empezaba a tocar una
melodía que enternecía a su amigo hasta el punto de hacerlo llorar, algo que
había sido incapaz de conseguir durante todos aquellos meses de giras.
Sabía que su fantasía era ridícula, pero sin la música se sentía seco y
acabado. Se levantó de la cama al tiempo que intentaba apartar esos
pensamientos tan oscuros de su mente. El reverendo Harris le había dicho que
habían pedido un nuevo piano para la iglesia, un regalo de uno de los feligreses, y
que Steve podría tocarlo tan pronto como llegara. Pero eso no sería hasta finales
de julio, y no estaba seguro de poder resistir hasta entonces.
Se sentó en la cocina y emplazó las manos sobre la mesa. Con la debida
concentración, quizá sería capaz de escuchar la música en su mente. Beethoven
compuso la sinfonía Heroica cuando ya casi estaba prácticamente sordo del todo,
¿no era cierto? Quizá pudiera oír todas las notas en su mente, igual que
Beethoven. Eligió el concierto que Ronnie había tocado en su actuación en el
Carnegie Hall y, entornando los ojos, se concentró. Las notas fluyeron débiles al
principio, cuando empezó a articular los dedos. Gradualmente, sin embargo, las
notas y los acordes se trocaron en sonidos más nítidos; a pesar de que no
resultaba una experiencia tan satisfactoria como tocar el piano de verdad, supo
que tendría que conformarse con eso.
Con las últimas notas del concierto reverberando en su mente, abrió
lentamente los ojos y se encontró sentado en medio de la penumbra, en la
cocina. El sol asomaría por la línea del horizonte al cabo de unos minutos; sin
saber cómo, oyó el sonido de una nota sostenida, prolongada y baja, que lo
asaltaba por sorpresa. Sabía que sólo se lo había imaginado, pero el sonido de la
nota seguía vibrando en su cabeza. Sin poder remediarlo, se puso a garabatear
con un lápiz en un papel.
Rápidamente trazó cinco líneas gruesas y las empezó a llenar con notas antes
de ejercer presión con el dedo sobre la mesa una vez más. De nuevo sonó, pero
esta vez el sonido fue seguido de unas pocas notas más, y también las plasmó en
el pentagrama.
Se había pasado prácticamente toda la vida escribiendo música, pero siempre
interpretaba sus melodías como unas piezas sencillas, si las comparaba con las
melodías que generalmente prefería tocar. Probablemente esa nueva pieza
tampoco destacaría, pero se sintió alentado ante el reto. ¿Y si era capaz de
componer algo… inspirado? ¿Algo que fuera recordado mucho tiempo después
de que él hubiera dejado de existir?
La fantasía no duró demasiado. Lo había intentado sin éxito en el pasado, y no le
cabía la menor duda de que volvería a fracasar. Aun así, se sentía animado por lo
que acababa de hacer. Crear algo de la nada le parecía prodigioso. Aunque no
había conseguido avanzar demasiado en la melodía —después de mucho trabajo
había vuelto a revisar las primeras notas que había escrito y había decidido
empezar de nuevo desde el principio— en cierto modo se sentía satisfecho.
Mientras el sol se elevaba sobre las dunas, Steve recapacitó sobre los
pensamientos que lo habían asaltado la noche anterior y decidió salir a dar un
paseo por la playa. Quería regresar a casa con la misma expresión de paz que
había visto en la cara del reverendo Harris, pero mientras arrastraba los pies
sobre la arena, no pudo evitar sentirse como un principiante, alguien que buscaba
la verdad de Dios como un niño que busca conchas cerca de la orilla.
Habría sido agradable si hubiera podido detectar una señal clara de la
presencia de Dios —una zarza ardiendo, quizá—, pero en vez de eso intentó
centrar toda su atención en el mundo que lo rodeaba: el sol alzándose
majestuosamente sobre el mar, el suave canto de los pájaros por la mañana, la
tenue bruma flotando sobre el agua. Intentó absorber la belleza sin un esfuerzo
consciente, empapándose de la agradable sensación de la arena bajo sus pies y la
brisa que le acariciaba la mejilla. A pesar de sus intentos, no sabía si se estaba
acercando más al final de su búsqueda que cuando había empezado.
Se preguntó por enésima vez qué era lo que el reverendo Harris escuchaba a
modo de respuesta en su corazón. ¿A qué se refería cuando decía que notaba la
presencia de Dios? Steve pensó que se lo podría preguntar directamente, pero
dudaba de que obtuviera una respuesta satisfactoria. ¿Cómo se podía explicar en
palabras esa clase de sensaciones? Sería como si alguien ciego de nacimiento
intentara describir los colores: las palabras podrían ser comprensibles, pero el
concepto permanecería misterioso e intransferible.
Le parecía extraño pensar en esos conceptos. Hasta hacía poco, jamás se
había planteado tales cuestiones, pero supuso que sus responsabilidades diarias
siempre lo habían mantenido demasiado ocupado como para pensar en ello, por
lo menos hasta que regresó a Wrightsville Beach. Allí, el tiempo se había
ralentizado al son del ritmo pausado de su vida. Mientras continuaba paseando por
la playa, nuevamente reflexionó sobre cómo se había equivocado al intentar
ganarse la vida como concertista de piano. Era cierto que siempre había querido
triunfar, y sí, había sentido que el tiempo se le escurría de las manos. Pero ¿por
qué esos pensamientos habían adoptado tanta fuerza en aquella etapa de su vida?
¿Por qué se había sentido dispuesto a abandonar a su familia durante varios
meses seguidos? Se preguntó cómo había podido ser tan egoísta. Con perspectiva,
era evidente que no había sido una sabia decisión para nadie. Durante una época
había creído que era su pasión por la música lo que lo bahía empujado a seguir
tal camino, pero ahora sospechaba que realmente sólo había intentado buscar
formas de llenar el vacío que a veces sentía en su interior.
Y mientras paseaba, empezó a preguntarse si aquel pensamiento era el que
finalmente lo conduciría hasta la respuesta que estaba buscando.
Marcus
—Quiero ir a comer algo en la cafetería antes de que cierren —suplicó Blaze.
—Pues ve tú sola —espetó Marcus—. Yo no tengo hambre.
Blaze y Marcus se hallaban en el Bower’s Point, con Teddy y Lance, que
habían engatusado a dos de las chicas más feas que Marcus había visto en su vida
y estaban intentando emborracharlas. Le había molestado encontrarlas allí, y
después Blaze lo había estado atosigando sin tregua durante la última media hora,
interrogándolo sobre dónde había estado todo el día.
Tenía la impresión de que ella sabía que tenía algo que ver con Ronnie,
porque no era estúpida. Blaze había sabido desde el principio que a Marcus le
gustaba Ronnie, y por eso había metido esos discos en su bolso. Era la solución
perfecta para mantenerla a distancia…, lo cual significaba que Marcus tampoco
tendría la oportunidad de volver a verla.
Y eso lo sacaba de sus casillas. No soportaba verla allí, quejándose de que
tenía hambre y pegada a él como una lapa y agobiándolo con sus suspiros
plañideros y sus pucheros…
—No quiero ir sola —volvió a lamentarse.
—¿No me has oído? —ladró él—. ¡Me pregunto si alguna vez me escuchas
cuando hablo! ¡Te he dicho que no tengo hambre!
—No digo que tengas que comer… —balbuceó Blaze, sumisa.
—¿Quieres hacer el favor de callarte de una puñetera vez?
Su tono consiguió amedrentarla, y por unos minutos se quedó callada. Por su
cara enfurruñada, Marcus sabía que quería que le pidiera disculpas. ¡Pues iba
lista!
Marcus se giró hacia la orilla y encendió la pelota, enfadado al ver que Blaze
no se había movido de su lado. Enfadado de que Teddy y Lance estuvieran allí,
cuando lo que más deseaba en esos momentos era estar solo y tranquilo.
Enfadado de que Blaze hubiera espantado a Ronnie, y especialmente enfadado
por sentirse tan enfadado por todo eso. No era propio de él, y detestaba cómo le
estaba afectando. Quería desahogarse contra algo o contra alguien, y al posar los
ojos en Blaze y verla con aquella expresión ceñuda, pensó que ella tenía todos los
números para ser el blanco de su ira. Le dio la espalda, deseando poder beber
tranquilamente su cerveza y subir el volumen de la música y quedarse solo con
sus pensamientos durante un buen rato. Sin toda aquella gente pululando a su
alrededor.
Además, pensándolo bien, tampoco estaba realmente enfadado con Blaze.
Cuando se enteró de lo que ella había hecho, en cierto modo se alegró al pensar
que quizás eso serviría para allanar el camino entre él y Ronnie. Algo así como:
« Tú me rascas la espalda a mí, y y o te la rasco a ti» . Pero cuando se lo sugirió a
aquella chica venida de Nueva York, ella reaccionó como si él fuera un apestado,
como si prefiriera morirse antes que estar cerca de él. Pero Marcus no era de
esa clase de chicos que tiran la toalla tan fácilmente, y pensó que tarde o
temprano ella se daría cuenta de que era su única salida de aquel atolladero. Así
que por eso había decidido acercarse hasta su casa, para charlar un rato con ella.
Su intención era bajar el tono ofensivo y escucharla atentamente mientras ella se
desahogaba contándole la jugarreta que le había hecho Blaze. Quizás incluso
darían un paseo y puede que acabaran bajo el muelle y, una vez allí… que
pasara lo que tuviera que pasar.
Pero al llegar a su casa, se había encontrado a Will. De toda la gente de la
localidad, precisamente tenía que ser ese tipo quien se hallaba sentado en aquella
duna, esperando charlar con ella. Y al final Ronnie había salido a hablar con él.
De hecho, le pareció más bien que discutían, pero por el modo en que se
comportaban, había algo entre ellos, y eso también lo sacó de sus casillas. Porque
eso significaba que se conocían. Porque eso significaba que probablemente salían
juntos, lo cual quería decir que se había equivocado al juzgarla.
¿O no? Tenía que averiguarlo. Esperó a que Will se marchara y a que Ronnie
cayera en la cuenta de que tenía dos visitantes. Al ver que le observaba, Marcus
pensó que ella sólo podría reaccionar de una de las dos maneras: o bien se le
acercaría para charlar con la esperanza de conseguir que Blaze confesara la
verdad, o bien se mostraría asustada igual que había hecho antes y correría a
encerrarse en su casa. Le gustaba la idea de tener el poder de asustarla; podía
resultarle útil para sus planes.
Pero ella no había reaccionado de ninguna de las dos formas. En vez de eso,
se había quedado mirando fijamente en su dirección como diciéndole: « Ven si te
atreves» . Se había plantado un buen rato en el porche, con un ademán
indiscutiblemente desafiante, antes de entrar en su casa.
Nunca nadie le había plantado cara de ese modo. Especialmente ninguna
chica. ¿Quién diantre se creía que era? Aunque tuviera ese cuerpecito tan
atractivo, a Marcus no le había hecho nada de gracia. En absoluto.
Blaze interrumpió sus pensamientos.
—¿Estás seguro de que no quieres venir?
Marcus se giró hacia ella, sintiendo unas repentinas ganas de serenarse, de
olvidarse del tema. Sabía exactamente lo que necesitaba, y también sabía quién
podía dárselo.
—Ven aquí —le ordenó, al tiempo que esbozaba una sonrisa forzada—.
Siéntate aquí, a mi lado. No quiero que te vayas todavía.
16
Steve
Steve alzó la vista cuando su hija entró en casa. A pesar de que ella lo saludó con
una sonrisa, como si intentara asegurarle que todo iba bien, no pudo evitar fijarse
en su expresión cuando cogió el libro y se marchó hacia su cuarto.
Algo no iba bien, seguro.
Pero no tenía la certeza de dónde radicaba el problema. No sabía si su hija
estaba enojada o asustada, y mientras pensaba en la idea de intentar dialogar con
ella, se dijo que, fuera lo que fuese, probablemente querría solucionarlo sola.
Quizá no había pasado mucho tiempo con Ronnie últimamente, pero había sido
profesor de adolescentes durante muchos años, y sabía que cuando los hijos
querían hablar con sus padres —cuando tenían algo importante que contarles—
era cuando realmente éstos debían preocuparse de verdad.
—¿Papá? —Jonah llamó su atención.
Mientras Ronnie había estado fuera, Steve le había prohibido a Jonah que
siguiera mirando por la ventana. Le parecía lo más correcto, y Jonah había
intuido que lo mejor era no rechistar. Había encontrado Bob Esponja en uno de
los canales y se había pasado los últimos quince minutos mirando los dibujos
animados con expresión feliz.
—¿Sí?
Jonah se levantó, con la cara muy seria.
—¿Qué tiene un ojo, habla francés y le encanta comer galletas antes de irse a
dormir?
Steve consideró la pregunta.
—No tengo ni idea.
Jonah irguió la espalda, se cubrió un ojo con la palma de la mano y dijo:
—Moi.
Steve se rió mientras se levantaba del sofá y dejaba la Biblia a un lado. Ese
chico lo hacía reír, y mucho.
—Vamos. En la cocina hay un paquete de galletas Oreo.
Mientras se dirigían a la cocina, Jonah, que no dejaba de juguetear
nerviosamente con el dobladillo de la camiseta de su pijama, dijo:
—Me parece que Ronnie y Will se han peleado.
—¿Se llama Will?
—No te preocupes. Lo he interrogado antes.
—Ah —dijo Steve—. ¿Y por qué crees que se han peleado?
—Los he oído. Will parecía muy enfadado.
Steve miró a su hijo con el ceño fruncido.
—Pensé que estabas viendo la tele.
—Sí, pero es que igualmente podía oírlos —se defendió Jonah como si no
hubiera hecho nada malo.
—No deberías escuchar las conversaciones de los demás —lo reprendió
Steve.
—Pero a veces son muy interesantes.
—No está bien.
—Mamá intenta escuchar a Ronnie cuando habla por teléfono. Y a veces
coge el móvil de Ronnie a escondidas, cuando ella está en la ducha, y le revisa
los mensajes de texto.
—¿Eso hace? —Steve intentó ocultar la sorpresa en su tono.
—Sí. ¿Cómo crees, si no, que podría saber qué hace y adonde va?
—No lo sé… Quizás hablando con ella —sugirió.
—¡Anda ya! —resopló Jonah—. Si ni siquiera Will puede hablar con ella sin
pelearse. Ronnie saca a todo el mundo de quicio.
Cuando Steve tenía doce años, apenas tenía amigos. Entre ir a la escuela y las
prácticas de piano, no le quedaba demasiado tiempo libre, y la persona con la
que hablaba más a menudo era con el reverendo Harris.
En aquella época de su vida, el piano se había convertido en una obsesión.
Steve solía practicar entre cuatro y seis horas al día, perdido en su mundo
personal de melodías y composiciones. Por aquellos tiempos, había ganado
bastantes concursos tanto de ámbito local como estatal. Su madre sólo había
asistido a uno de esos concursos, y su padre jamás asistió a ninguno. Steve solía
acabar sentado en el asiento delantero del coche con el reverendo Harris
mientras se desplazaban hasta Raleigh o a Charlotte o a Atlanta o a Washington,
D.C. Se pasaban horas charlando, y a pesar de que el reverendo Harris era un
hombre religioso y siempre mencionaba a Dios en prácticamente todas sus
conversaciones, tenía la habilidad de comentar con toda la naturalidad de una
persona oriunda de Chicago el papel insignificante del equipo de los Cubs en la
Liga Nacional de Béisbol.
El reverendo Harris era un hombre afable que llevaba una vida muy
ajetreada. Se tomaba muy en serio su vocación, y durante casi todas las tardes se
dedicaba a atender a su rebaño, o bien y endo al hospital o a algún funeral, o bien
visitando a los miembros de la congregación que había acabado por considerar
sus amigos. Oficiaba bodas y bautizos los fines de semana, se encargaba de la
catequesis los miércoles por la noche, y los martes y los jueves ensayaba con el
coro de la iglesia. Pero cada atardecer, antes de que anocheciera, lloviera o no,
se reservaba una hora para caminar por la playa solo. Cuando regresaba, Steve a
menudo se maravillaba al constatar que aquella hora de soledad era justo lo que
el reverendo necesitaba. Había algo reposado y apacible en su expresión cuando
regresaba de su paseo diario. Steve había dado por hecho que era la forma en
que el reverendo tenía de exigir un poco de soledad, hasta que un día se lo
preguntó directamente.
—No —le contestó el reverendo—. No voy a la play a para estar solo, porque
eso no es posible. Voy a pasear y a hablar con Dios.
—¿Quiere decir que reza?
—No —volvió a responder el reverendo—. Quiero decir que hablo. Nunca
olvides que Dios es tu amigo. Y como todos los amigos, Él desea escuchar lo que
te pasa. Tanto si es bueno como si es malo, tanto si es algo que te aflige o que te
llena de rabia, e incluso cuando te estás cuestionando por qué tienen que suceder
cosas tan terribles en el mundo. Así que hablo con él.
—¿Y qué le dice?
—¿Qué le dices tú a tus amigos?
—No tengo amigos. —Steve esbozó una sonrisa afligida—. Por lo menos,
nadie con quien hablar.
El reverendo Harris depositó una mano reconfortante en su hombro.
—Me tienes a mí. —Cuando Steve no respondió, el reverendo Harris le dio
una palmadita en el hombro—. Mira, hablo con Él del mismo modo que
hablamos tú y y o.
—¿Y Él le contesta? —Steve parecía escéptico.
—Siempre.
—¿Y puede oírlo?
—Sí, aunque no a través del oído. —Puso una mano sobre el pecho—. Aquí
oigo sus respuestas. Aquí percibo su presencia.
Tras besar a Jonah en la mejilla y arroparlo en la cama, Steve se detuvo un
momento en el umbral de la puerta para estudiar a su hija. Se sorprendió al verla
y a dormida cuando entraron en la habitación. Por lo visto, lo que tanto la
preocupaba unos momentos antes cuando había entrado en casa no debía de ser
tan importante. Tenía la cara relajada, el pelo le caía en cascada sobre la
almohada y estaba con los dos brazos encogidos cerca del pecho. Se debatió
entre besarla o no, pero decidió no hacerlo, para evitar entrometerse en sus
sueños y dejar que éstos fluyeran sin interrupción, como la nieve fundida que se
deja arrastrar por la corriente de un río hasta su destino.
Sin embargo, no conseguía apartarse de la puerta. Había algo mágico en
aquella visión de sus hijos dormidos, y mientras Jonah se daba la vuelta hacia un
lado, de espaldas a la luz del pasillo, se preguntó cuánto tiempo hacía que no le
daba a Ronnie un beso de buenas noches. En el último año antes de que Kim y él
se separaran, Ronnie había llegado a esa edad en la que todo le parecía
engorroso. Steve podía recordar vividamente aquella primera noche en que se
acercó a ella para arroparla y ella le contestó: « No te molestes. Estoy bien» .
Kim lo había mirado entonces con una palmaria expresión de tristeza: ella se
había dado cuenta de que Ronnie se estaba haciendo mayor, pero no podía evitar
el sentimiento de desconsuelo ante aquel paso natural de la infancia a la pubertad.
A diferencia de Kim, a Steve no le afectaba que Ronnie se hiciera mayor.
Recordaba cómo era él en aquella etapa de su vida y cómo le gustaba adoptar
sus propias decisiones. Recordaba cómo había empezado a formarse sus propias
ideas acerca del mundo; sus años de profesor reforzaban la idea de que el
cambio no sólo era inevitable, sino que normalmente solía venir acompañado de
sus propias recompensas. Había veces en las que había acabado solo en clase con
un alumno, escuchando mientras el muchacho o la muchacha en cuestión se
desahogaban contándole las desavenencias con sus padres, sobre cómo su madre
intentaba ser su amiga o cómo su padre intentaba controlarlo. Otros profesores en
el departamento pensaban que Steve tenía un don especial con los alumnos y, a
menudo, cuando los alumnos se marchaban, él mismo se sorprendía al reconocer
que muchos de ellos opinaban lo mismo. No sabía por qué. La mayor parte del
tiempo se dedicaba, o bien a escuchar en silencio, o simplemente a dar la vuelta
a las preguntas que le formulaban, obligando a los alumnos a llegar a sus propias
conclusiones y a pensar que, en la may oría de las situaciones, ellos eran los que
normalmente tenían razón. Incluso cuando sentía la necesidad de decir algo,
únicamente se aventuraba a expresar los típicos comentarios genéricos tan
propios de los psicólogos: « Por supuesto que tu madre quiere ser tu amiga,
porque empieza a verte más bien como una persona adulta y desea conocerle» .
O decía: « Tu padre sabe que ha cometido errores en su vida, y no quiere que tú
cometas los mismos» . Eran pensamientos normales y corrientes de un hombre
normal y corriente, pero para su asombro, el alumno a veces se daba la vuelta
hacia la ventana en silencio, como si estuviera absorbiendo un pensamiento
profundo. A veces, incluso, más tarde recibía una llamada de parte de los padres
del alumno, agradeciéndole la charla que había mantenido con su hijo y
confirmándole que éste parecía estar de mejor humor últimamente. Cuando
colgaba el teléfono, intentaba recordar lo que le había dicho a aquel alumno con
la esperanza de haber sido más profundo de lo que creía, pero siempre acababa
con la misma sensación de vacío.
En el silencio de la habitación, Steve oyó que la respiración de Jonah se volvía
más reposada. Sabía que su hijo se había quedado dormido; el sol y el constante
aire fresco parecían agotarlo de un modo que Manhattan no conseguía. En cuanto
a Ronnie, se sintió aliviado al pensar que el sueño había borrado la tensión de los
últimos días. Su cara era serena, casi angelical, y en cierto modo le recordó las
facciones distendidas del reverendo Harris después de sus paseos por la play a. La
contempló en la absoluta quietud de la habitación, deseando de nuevo detectar
una señal de la presencia de Dios. A la mañana siguiente, Ronnie quizá se
marcharía; ante aquel pensamiento, dio un paso vacilante hacia ella. La luz de la
luna se filtraba por la ventana, y oyó el rugido suave de las olas al otro lado del
cristal. Los titilantes puntos de luz de las estrellas distantes parecían atestiguar algo
importante, como si Dios estuviera anunciando su presencia en otro lugar.
Súbitamente se sintió cansado. Pensó que estaba solo, y que siempre estaría solo.
Se inclinó y besó a Ronnie suavemente en la mejilla, y de nuevo se encendió esa
chispa en su interior, ese amor que sentía por su hija, una alegría tan intensa
como dolorosa.
Justo antes de que amaneciera, lo primero que pensó al despertarse —más
bien una sensación, en realidad— fue que echaba de menos tocar el piano.
Mientras sus facciones se retorcían con una mueca de dolor ante el predecible
pinchazo en el estómago, sintió la necesidad de ir directamente al comedor y
perderse en su música.
Se preguntó cuándo tendría la oportunidad de volver a tocar. Ahora se
lamentaba de no haber trabado amistad con nadie más en el pueblo; había habido
momentos desde que había tapiado el piano en los que había fantaseado con la
idea de ir a ver a un amigo y pedirle que le dejara tocar un rato el viejo piano
arrinconado en su comedor, el piano que su amigo imaginario tenía como
elemento decorativo. Podía verse a sí mismo tomando asiento en el banco
polvoriento mientras su amigo lo observaba desde la cocina o el vestíbulo —no
estaba totalmente seguro en aquel matiz—, y de repente, empezaba a tocar una
melodía que enternecía a su amigo hasta el punto de hacerlo llorar, algo que
había sido incapaz de conseguir durante todos aquellos meses de giras.
Sabía que su fantasía era ridícula, pero sin la música se sentía seco y
acabado. Se levantó de la cama al tiempo que intentaba apartar esos
pensamientos tan oscuros de su mente. El reverendo Harris le había dicho que
habían pedido un nuevo piano para la iglesia, un regalo de uno de los feligreses, y
que Steve podría tocarlo tan pronto como llegara. Pero eso no sería hasta finales
de julio, y no estaba seguro de poder resistir hasta entonces.
Se sentó en la cocina y emplazó las manos sobre la mesa. Con la debida
concentración, quizá sería capaz de escuchar la música en su mente. Beethoven
compuso la sinfonía Heroica cuando ya casi estaba prácticamente sordo del todo,
¿no era cierto? Quizá pudiera oír todas las notas en su mente, igual que
Beethoven. Eligió el concierto que Ronnie había tocado en su actuación en el
Carnegie Hall y, entornando los ojos, se concentró. Las notas fluyeron débiles al
principio, cuando empezó a articular los dedos. Gradualmente, sin embargo, las
notas y los acordes se trocaron en sonidos más nítidos; a pesar de que no
resultaba una experiencia tan satisfactoria como tocar el piano de verdad, supo
que tendría que conformarse con eso.
Con las últimas notas del concierto reverberando en su mente, abrió
lentamente los ojos y se encontró sentado en medio de la penumbra, en la
cocina. El sol asomaría por la línea del horizonte al cabo de unos minutos; sin
saber cómo, oyó el sonido de una nota sostenida, prolongada y baja, que lo
asaltaba por sorpresa. Sabía que sólo se lo había imaginado, pero el sonido de la
nota seguía vibrando en su cabeza. Sin poder remediarlo, se puso a garabatear
con un lápiz en un papel.
Rápidamente trazó cinco líneas gruesas y las empezó a llenar con notas antes
de ejercer presión con el dedo sobre la mesa una vez más. De nuevo sonó, pero
esta vez el sonido fue seguido de unas pocas notas más, y también las plasmó en
el pentagrama.
Se había pasado prácticamente toda la vida escribiendo música, pero siempre
interpretaba sus melodías como unas piezas sencillas, si las comparaba con las
melodías que generalmente prefería tocar. Probablemente esa nueva pieza
tampoco destacaría, pero se sintió alentado ante el reto. ¿Y si era capaz de
componer algo… inspirado? ¿Algo que fuera recordado mucho tiempo después
de que él hubiera dejado de existir?
La fantasía no duró demasiado. Lo había intentado sin éxito en el pasado, y no le
cabía la menor duda de que volvería a fracasar. Aun así, se sentía animado por lo
que acababa de hacer. Crear algo de la nada le parecía prodigioso. Aunque no
había conseguido avanzar demasiado en la melodía —después de mucho trabajo
había vuelto a revisar las primeras notas que había escrito y había decidido
empezar de nuevo desde el principio— en cierto modo se sentía satisfecho.
Mientras el sol se elevaba sobre las dunas, Steve recapacitó sobre los
pensamientos que lo habían asaltado la noche anterior y decidió salir a dar un
paseo por la playa. Quería regresar a casa con la misma expresión de paz que
había visto en la cara del reverendo Harris, pero mientras arrastraba los pies
sobre la arena, no pudo evitar sentirse como un principiante, alguien que buscaba
la verdad de Dios como un niño que busca conchas cerca de la orilla.
Habría sido agradable si hubiera podido detectar una señal clara de la
presencia de Dios —una zarza ardiendo, quizá—, pero en vez de eso intentó
centrar toda su atención en el mundo que lo rodeaba: el sol alzándose
majestuosamente sobre el mar, el suave canto de los pájaros por la mañana, la
tenue bruma flotando sobre el agua. Intentó absorber la belleza sin un esfuerzo
consciente, empapándose de la agradable sensación de la arena bajo sus pies y la
brisa que le acariciaba la mejilla. A pesar de sus intentos, no sabía si se estaba
acercando más al final de su búsqueda que cuando había empezado.
Se preguntó por enésima vez qué era lo que el reverendo Harris escuchaba a
modo de respuesta en su corazón. ¿A qué se refería cuando decía que notaba la
presencia de Dios? Steve pensó que se lo podría preguntar directamente, pero
dudaba de que obtuviera una respuesta satisfactoria. ¿Cómo se podía explicar en
palabras esa clase de sensaciones? Sería como si alguien ciego de nacimiento
intentara describir los colores: las palabras podrían ser comprensibles, pero el
concepto permanecería misterioso e intransferible.
Le parecía extraño pensar en esos conceptos. Hasta hacía poco, jamás se
había planteado tales cuestiones, pero supuso que sus responsabilidades diarias
siempre lo habían mantenido demasiado ocupado como para pensar en ello, por
lo menos hasta que regresó a Wrightsville Beach. Allí, el tiempo se había
ralentizado al son del ritmo pausado de su vida. Mientras continuaba paseando por
la playa, nuevamente reflexionó sobre cómo se había equivocado al intentar
ganarse la vida como concertista de piano. Era cierto que siempre había querido
triunfar, y sí, había sentido que el tiempo se le escurría de las manos. Pero ¿por
qué esos pensamientos habían adoptado tanta fuerza en aquella etapa de su vida?
¿Por qué se había sentido dispuesto a abandonar a su familia durante varios
meses seguidos? Se preguntó cómo había podido ser tan egoísta. Con perspectiva,
era evidente que no había sido una sabia decisión para nadie. Durante una época
había creído que era su pasión por la música lo que lo bahía empujado a seguir
tal camino, pero ahora sospechaba que realmente sólo había intentado buscar
formas de llenar el vacío que a veces sentía en su interior.
Y mientras paseaba, empezó a preguntarse si aquel pensamiento era el que
finalmente lo conduciría hasta la respuesta que estaba buscando.
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