10 y 11
10
Ronnie
Durante un rato, un numeroso grupo de jóvenes se congregó en el Bower’s Point,
pero uno a uno se fueron marchando hasta que al final sólo quedaron los cinco de
siempre. Algunos no estaban mal, incluso había dos que le habían resultado
interesantes, pero entonces empezó a correr el licor y la cerveza, y todos excepto
Ronnie empezaron a pensar que eran más divertidos de lo que lo eran en
realidad. Después de un rato, la fiesta le pareció tediosa, como de costumbre.
Se hallaba de pie, sola, en la orilla. A su espalda, cerca de la fogata, Teddy y
Lance estaban fumando, bebiendo, y de vez en cuando se lanzaban bolas de
fuego el uno al otro; Blaze, pegada a Marcus, ya no era capaz de articular las
palabras correctamente. Además, se estaba haciendo tarde. Quizá no según los
hábitos de la vida nocturna en Nueva York —en su ciudad, Ronnie no empezaba
la ronda por las discotecas hasta después de la medianoche—, pero teniendo en
cuenta la hora a la que se había levantado…, había sido un día muy largo. Estaba
cansada.
Pensaba pasarse todo el día siguiente durmiendo. Cuando llegara a casa,
colgaría toallas o una manta en la barra de las cortinas —por Dios, la clavaría a
la pared, si era necesario—. No pensaba pasarse el resto del verano
despertándose a la misma hora que los granjeros, ni siquiera aunque planeara
pasar el día en la playa con Blaze. Esa chica la había sorprendido con aquella
sugerencia, y la verdad era que le había parecido una buena idea. Además,
tampoco era que tuviera mucho más que hacer. Unas horas antes, después de
marcharse de la cafetería, Blaze y ella se habían paseado por casi todas las
tiendas cercanas —incluida la tienda de discos, muy guay, por cierto— y después
habían acabado en casa de Blaze viendo El club de los cinco en la tele mientras
su madre estaba en el trabajo. A pesar de que era una película de los años
ochenta, a Ronnie le seguía gustando, la había visto por lo menos una docena de
veces. Aunque estuviera pasada de moda, le parecía sorprendentemente real.
Más real que lo que estaba pasando aquella noche, especialmente porque cuanto
más bebía Blaze, más ignoraba a Ronnie y más se pegaba a Marcus.
Ronnie ya había llegado a la conclusión de que ni le gustaba ni se fiaba de ese
chico. Su radar funcionaba muy bien en lo que concernía a chicos, y enseguida
había detectado que había algo « feo, muy feo» en ese chico. Lo veía en sus
ojos, cuando hablaba con ella. Decía cosas que tenían sentido —por lo menos no
había vuelto a mencionar la majadería de marcharse a Florida juntos, ¡menuda
tontería!—, pero cuanto más tiempo pasaba con él, más grima le provocaba.
Tampoco le gustaban ni Teddy ni Lance, pero Marcus… Tenía la impresión de
que se comportaba de un modo normal simplemente como un juego, para
manipular a los demás.
Y Blaze…
Qué extraño le había resultado estar en su casa unas horas antes, porque allí
todo parecía normal. La casa estaba en un callejón sin salida y tenía unas
contraventanas de un color azul intenso; una bandera norteamericana ondeaba en
el porche. En su interior, las paredes estaban pintadas de colores alegres, y en el
centro de la mesa del comedor destacaba un jarrón con flores naturales. Todo
estaba limpio, aunque no de un modo que denotara que la madre de Blaze fuera
una neurótica del orden. En la cocina, sobre la mesa, había dinero junto con una
nota para Blaze. Cuando Ronnie pilló a Blaze guardándose disimuladamente unos
cuantos billetes en el bolsillo y ley endo la nota, Blaze mencionó que su madre
siempre le dejaba dinero. Era una forma de saber que Blaze estaba bien cuando
no regresaba a casa.
Qué extraño.
Lo que realmente quería era hablar con Blaze acerca de Marcus, aunque
sabía que no resultaría fácil. Había aprendido la lección con Kay la —Kay la vivía
en una negación constante—, pero a pesar de ello, tenía que hacerlo. Marcus era
una persona conflictiva, y Blaze estaría mucho mejor sin él, de eso no le cabía la
menor duda. Se preguntó cómo era posible que esa chica no se diera cuenta.
Quizá se decidiera a hablar con ella a la mañana siguiente, en la playa.
—¿Te aburres con nosotros?
Al darse la vuelta, vio a Marcus de pie, detrás de ella. Sostenía una bola de
fuego; se la estaba pasando por el dorso de la mano.
—Sólo quería acercarme un poco a la orilla.
—¿Quieres que te traiga una cerveza?
Por la forma en que se lo ofreció, era obvio que él sabía lo que ella iba a
responder.
—No bebo.
—¿Por qué?
« Porque el alcohol hace que la gente se comporte de un modo estúpido» ,
podría haber contestado. Pero no lo hizo. Sabía que cualquier explicación que
ofreciera únicamente prolongaría la conversación.
—Porque no.
—¿Sólo porque no? —la provocó él.
—Exactamente. Porque no.
En la oscuridad, él esbozó una leve sonrisa, pero sus ojos brillaron como dos
lóbregos hoyos.
—¿Te crees mejor que nosotros?
—No.
—Pues entonces ven a sentarte con nosotros. —Señaló hacia la fogata.
—Estoy bien aquí.
Marcus giró levemente la cabeza para echar un vistazo por encima de su
hombro. Detrás de él, Ronnie podía ver a Blaze hurgando en la nevera portátil en
busca de otra cerveza, lo cual era precisamente lo último que necesitaba. Ya no
se sostenía de pie sin tambalearse.
Sin previo aviso, Marcus dio un paso hacia ella y la agarró por la cintura,
estrechándola con un brazo para atraerla hacia su cuerpo.
—¿Qué tal si damos un paseo por la play a?
—No, no tengo ganas. Y quítame las manos de encima —contestó en un tono
exasperado, con los dientes prietos.
Él no se amedrentó. Ronnie sabía que Marcus estaba disfrutando.
—¿Es por Blaze?
—No, simplemente es porque no quiero irme contigo, ¿vale?
—A Blaze no le importará.
Ella retrocedió un paso, incrementando la distancia entre ellos.
—Pues a mí sí que me importa. Además, tengo que irme.
Él continuó mirándola fijamente.
—Vale, de acuerdo. —Entonces, después de una pausa, alzó la voz para que
los otros pudieran oírlo—: No, gracias, prefiero quedarme aquí. Pero gracias de
todos modos por pedirme que te acompañe.
Ella se quedó demasiado pasmada para articular una respuesta. En vez de
eso, se limitó a alejarse play a abajo, consciente de que Blaze la estaba mirando.
Con una desagradable opresión en el pecho, deseó que se la tragara la tierra.
En casa, su padre estaba tocando el piano. Tan pronto como Ronnie entró, él miró
el reloj de soslayo. Después de lo que le acababa de pasar, no estaba de humor
para hablar con él, así que se dirigió al pasillo sin mediar palabra. Sin embargo, él
debió de haber notado algo en su expresión, porque la llamó.
—¿Estás bien?
Ronnie vaciló unos instantes.
—Sí, estoy bien —contestó.
—¿Seguro?
—No quiero hablar de ello.
Steve la estudió antes de contestar.
—De acuerdo.
—¿Hay algo más que quieras decirme?
—Son casi las dos de la madrugada —señaló él.
—¿Y?
Steve se inclinó sobre el teclado.
—Queda un poco de pasta en la nevera, por si tienes hambre.
Ronnie tuvo que admitir que la había sorprendido con aquella salida. Ningún
sermón, ninguna orden, ninguna mención de las normas. Justo lo opuesto a lo que
hubiera hecho su madre. Sacudió la cabeza y se fue a la habitación,
preguntándose si alguien o algo era normal en aquella localidad.
Olvidó colgar la manta sobre la ventana, y el inclemente sol penetró en la
habitación, despertándola después de haber dormido apenas seis horas.
Refunfuñando, dio varias vueltas en la cama y se cubrió la cabeza con la
almohada antes de recordar lo que había sucedido en la playa la noche anterior.
Entonces se sentó, con la certeza de que ya no conseguiría dormirse de nuevo.
Realmente, Marcus le provocaba una intensa aprensión.
Lo primero que pensó fue que debería haber dicho algo la noche anterior,
cuando él la dejó en ridículo delante del resto. Algo como: « ¿Se puede saber qué
diantre te estás inventando?» , o: « ¡Si crees que me iría a algún sitio contigo, es
que no estás bien de la cabeza!» . Pero no lo había hecho, y sospechaba que
marcharse sin replicar era lo peor que había podido hacer.
Tenía que hablar con Blaze. Necesitaba hacerlo.
Con un suspiro, se levantó penosamente de la cama y arrastró los pies hasta el
cuarto de baño. Se duchó rápidamente y se puso el traje de baño debajo de la
ropa, después metió una toalla y un tubo de crema de protección solar en una
bolsa bandolera. Cuando finalmente estuvo lista, oy ó nuevamente a su padre, que
estaba tocando el piano. Otra vez. Ni en el piso de Nueva York recordaba que su
padre tocara tanto. Escuchó la música y reconoció una de las piezas que ella
había tocado en el Carnegie Hall, la misma del CD que su madre había puesto en
el coche.
¡Como si no tuviera suficientes quebraderos de cabeza!
Necesitaba encontrar a Blaze para explicarle exactamente lo que había
sucedido. Por supuesto, el problema iba a ser hacerlo sin dejar a Marcus como
un vil mentiroso. Blaze querría creer a Marcus, y quién sabía lo que ese chalado
le había contado después, cuando ella se marchó. Pero ya lidiaría con esa
cuestión cuando llegase el momento; con un poco de suerte, el hecho de estar
tumbadas tomando el sol suavizaría la incómoda situación y podría sacar el tema
a colación con toda la naturalidad del mundo.
Ronnie salió de su cuarto y recorrió el pasillo justo cuando la música del
comedor tocaba a su fin; a continuación sonó la segunda pieza que ella había
interpretado en el Carnegie Hall.
Se detuvo un instante para ajustarse la bandolera al hombro. Muy propio de
su padre. Claro, la había oído que se estaba duchando, así que sabía que estaba
despierta. Era evidente que intentaba atraerla hacia un espacio neutral.
Pues no lo conseguiría. No aquel día. « Lo siento, papá» . Tenía cosas que
hacer. Realmente no estaba de humor para soportar quedarse allí, con su padre.
Estaba a punto de salir precipitadamente por la puerta cuando Jonah apareció
en la puerta de la cocina.
—¿No te dije que desayunaras algo saludable? —le dijo su padre.
—Y es lo que hago. Me he preparado un bollo dulce relleno de chocolate.
—Yo me refería a cereales o algo así.
—Esto tiene azúcar. —La expresión de Jonah era totalmente sincera—.
Necesito energía, papá.
Ronnie avanzó rápidamente hacia el comedor, con la esperanza de alcanzar
la puerta antes de que su padre intentase hablar con ella.
Jonah sonrió.
—¡Ah! ¡Hola, Ronnie! —la saludó.
—Hola, Jonah. Adiós, Jonah. —Asió el pomo de la puerta.
—¿Cielo? —Oy ó que su padre la llamaba. Dejó de tocar—. ¿Podemos hablar
sobre lo de anoche?
—Ahora no tengo tiempo —contestó, ajustándose la bandolera.
—Sólo quiero saber dónde estuviste todo el día.
—Por ahí. No es importante.
—Sí que es importante.
—No, papá —replicó ella, con la voz firme—. Y tengo cosas que hacer,
¿vale?
Jonah se acercó a la puerta con su bollo dulce relleno de chocolate.
—¿Qué cosas? ¿Adonde vas ahora?
Aquélla era precisamente la conversación que había querido evitar.
—No te importa.
—¿Y cuándo volverás?
—No lo sé.
—¿Volverás a la hora de comer… o de cenar?
—No lo sé —soltó un bufido de exasperación—. Me marcho.
Su padre empezó a tocar el piano de nuevo. La tercera pieza del Carnegie
Hall. Probablemente pensaba tocar todo el CD que su madre había puesto en el
coche.
—Más tarde iremos a hacer volar la cometa. Papá y yo, quiero decir.
Ronnie no pareció oírlo. En lugar de eso, se giró expeditivamente hacia su
padre.
—¿Quieres dejar de tocar eso? —espetó.
Steve dejó de tocar abruptamente.
—¿Qué?
—¡La música que estás tocando! ¿Crees que no reconozco esas melodías? Sé
lo que pretendes, y y a te he dicho que no pienso volver a tocar.
—Te creo —asintió él.
—Entonces, ¿por qué continúas provocándome? ¿Por qué cada vez que le veo
estás ahí, sentado, aporreando el piano?
Steve parecía genuinamente confuso.
—No lo hago por ti —explicó—. Simplemente es que… hace que me sienta
mejor.
—Pues a mí me irrita. ¿No lo entiendes? ¡Odio el piano! ¡Odio recordar
cuando tenía que tocar cada día! ¡Y odio tener que ver ese trasto cada día!
Antes de que su padre pudiera articular otra palabra, se dio la vuelta, le
arrebató a Jonah el bollo dulce con el semblante crispado y se encaminó hacia la
puerta con paso furioso.
Después de dos horas buscándola, Ronnie encontró a Blaze en la misma tienda de
discos en la que habían estado el día anterior, a un par de manzanas del muelle.
No sabía qué esperar la primera vez que entró en aquella tienda —parecía un
poco anticuada en aquellos días de la era de los iPod y de las descargas por
Internet—, pero Blaze le había asegurado que la visita valdría la pena, y había
acertado.
Además de los CD, tenían discos de vinilo —miles de ellos, algunos parecían
objetos de coleccionista, incluida una copia todavía sin abrir de Abbey Road— y
un montón de viejos discos de 45 revoluciones colgados en la pared con firmas
de gente como Elvis Presley, Bob Marley y Ritchie Valens. A Ronnie le
sorprendió que no los tuvieran vigilados bajo llave. Tenían que ser valiosos, pero
el individuo que regentaba la tienda parecía como si estuviera anclado en la
década de los sesenta y por lo visto conocía a todo el mundo. Tenía el pelo gris y
largo, hasta la cintura, atado en una cola de caballo, y sus gafas eran como el
modelo favorito de John Lennon. Llevaba sandalias y una camisa hawaiana, y a
pesar de que por edad podría haber sido el abuelo de Ronnie, sabía más de
música que ninguna otra persona que ella hubiera conocido antes, incluso sobre
música underground que ella ni siquiera había escuchado en Nueva York. A lo
largo de la pared había una fila de auriculares para que los clientes pudieran
escuchar los álbumes y los CD o bajarse música al iPod. Desde el exterior, por la
ventana, avistó a Blaze de pie, sosteniendo con una mano un auricular en la oreja,
y con la otra mano dando golpecitos sobre la mesa al ritmo de la música que
estaba escuchando.
Era más que obvio que no pensaba pasar el día en la play a.
Ronnie aspiró hondo y entró en la tienda. Por muy mal que sonara, esperó
que Blaze hubiera estado tan ebria como para no acordarse de nada de lo que
había sucedido. O incluso mejor, que hubiera estado lo bastante sobria como para
saber que Ronnie no estaba interesada en Marcus, en absoluto.
Tan pronto como empezó a descender por el pasillo de los CD, tuvo la
impresión de que Blaze la esperaba. Bajó el volumen en los auriculares, aunque
no se los apartó de las orejas, y le dio la espalda. Ronnie todavía podía oír la
música, una melodía estridente y enloquecedora que no reconoció. Blaze recogió
varios CD.
—Pensé que éramos amigas —empezó a echarle en cara.
—Y lo somos —insistió Ronnie—. Llevo toda la mañana buscándote porque
no quería que te llevaras una idea errónea de lo que pasó ay er.
La expresión de Blaze era gélida.
—¿Te refieres a pedirle a Marcus que se marchara contigo?
—Eso no fue lo que pasó —se defendió Ronnie—. Yo no se lo pedí. No
entiendo a qué juega…
—¿A qué juega? ¿El? —Blaze se quitó los auriculares de mala gana—. ¡Vi
cómo lo devorabas con los ojos! ¡Oí lo que le decías!
—¡Pero si no se lo dije! Yo no le pedí que nos fuéramos juntos a…
—¡Intentaste besarlo!
—¿Qué dices? Yo no intenté besarlo…
Blaze avanzó un paso.
—¡Marcus me lo dijo!
—¡Entonces Marcus miente! —espetó Ronnie, plantándole cara—.
Realmente hay algo feo, muy feo en ese chico.
—No…, no…, ni se te ocurra criticarlo…
—Te ha mentido. Ni loca lo besaría. No me gusta, en absoluto. La única razón
por la que acepté ir a esa fiesta fue porque tú me lo pediste.
Blaze no dijo nada, y Ronnie se preguntó si finalmente le estaba abriendo los
ojos.
—Me da igual —refunfuñó Blaze finalmente. Su tono no dejaba lugar a dudas
de que realmente sentía lo que decía.
Blaze enfiló hacia la puerta y al pasar por su lado le dio un empujón. Ronnie
la siguió con la mirada, sin estar segura de si se sentía ofendida. A través de la
ventana, vio salir a Blaze con paso impetuoso.
Lamentablemente, no había conseguido aclarar la situación.
Ronnie no estaba segura de qué hacer a continuación: no quería ir a la play a,
pero tampoco quería regresar a casa. No tenía ningún coche a su disposición y no
conocía a nadie. Aquello significaba que… ¿Qué? Quizás acabaría pasando el
verano en algún banco dando de comer a las palomas como algunos de aquellos
personajes tan estrambóticos que había visto en Central Park. Quizás acabaría por
reconocer a cada una de las palomas…
Al salir de la tienda, sus pensamientos se vieron bloqueados por el repentino
pitido de una alarma, y echó un vistazo por encima del hombro, primero con
curiosidad y después confundida, mientras se daba cuenta de lo que sucedía. Sólo
había una puerta para entrar y salir de la tienda.
Cuando quiso darse cuenta, el individuo de la coleta corría hacia ella.
Ronnie no intentó escapar porque sabía que no había hecho nada malo;
cuando el hombre de la coleta le pidió el bolso, no vio ninguna razón para no
dárselo. Obviamente, se trataba de un error. Cuando el hombre sacó dos CD y
media docena de discos de 45 revoluciones firmados de su bandolera
comprendió que no se había equivocado cuando había tenido la impresión de que
Blaze parecía estar esperándola. Los CD eran los que Blaze tenía en las manos, y
había cogido los discos de 45 revoluciones de la pared. Aturdida, empezó a
comprender que lo había planeado todo minuciosamente.
Ronnie empezó a sentirse mareada. Apenas oyó al encargado de la tienda
cuando le dijo que la Policía ya estaba de camino.
11
Steve
Después de comprar los materiales que necesitaba, básicamente tablones de
cinco centímetros de grueso por diez de ancho y planchas de madera
contrachapada, Steve y Jonah se pasaron la mañana levantando un tabique en
medio de la salita. No había quedado muy bonito —si su padre hubiera levantado
la cabeza y visto aquella chapuza, seguramente le habría dado un patatús—, pero
Steve pensó que no estaba mal del todo. Sabía que tarde o temprano derribarían
la casa, puesto que el terreno seguramente subiría de valor sin aquella
construcción tan deteriorada. El bungaló se hallaba flanqueado por unas
mansiones de tres plantas, y Steve estaba seguro de que aquellos vecinos
consideraban que la casita rústica era antiestética y que desmerecía el valor de
sus propiedades.
Steve puso un clavo, colgó la fotografía de Ronnie y Jonah que había sacado
de la salita, y retrocedió un paso para examinar el resultado.
—¿Qué te parece? —le preguntó a Jonah.
Jonah arrugó la nariz.
—Parece como si hubiéramos erigido un feo tabique de madera para tapiar
la salita y luego hubiéramos colgado una foto para disimular. Además, ya no
podrás tocar el piano.
—Lo sé.
Jonah ladeó la cabeza.
—Me parece que el tabique está torcido. Sí, los tablones no están rectos.
—Pues yo no lo veo.
—Necesitas gafas, papá. Y todavía no entiendo por qué has querido levantar
ese tabique.
—Ronnie dijo que no quería ver el piano.
—¿Y?
—No hay ningún lugar para esconder el piano, así que lo he tapiado. Ahora
ya no lo verá.
—Ah —dijo Jonah, con aire pensativo—. ¿Sabes?, la verdad es que a mí no
me gusta tener que hacer los deberes del cole. De hecho, no me gusta verlos
apilados en mi mesa.
—Es verano. No tienes que hacer deberes.
—Me refería a que quizá debería construir una pared alrededor de la mesa en
mi habitación, para no verla.
Steve se contuvo para no reírse.
—Pues tendrás que comentárselo a tu madre, a ver qué opina.
—O podrías hacerlo tú.
Steve soltó una carcajada.
—¿Todavía no tienes hambre?
—Dijiste que iríamos a hacer volar la cometa.
—Y lo haremos. Sólo quería saber si te apetecía comer algo antes.
—Prefiero tomarme un helado.
—No creo que sea una buena idea.
—¿Unas galletas? —Jonah parecía esperanzado.
—¿Qué te parece un bocadillo con manteca de cacahuete y gelatina?
—Vale. Pero después iremos a hacer volar la cometa, ¿eh?
—Sí.
—¿Toda la tarde?
—Tanto rato como quieras.
—De acuerdo. Me comeré el bocadillo. Pero sólo si tú te comes otro.
Steve sonrió, pasando el brazo alrededor del hombro de Jonah.
—Trato hecho.
Se dirigieron a la cocina.
—¿Sabes?, el comedor ahora ha quedado mucho más pequeño —observó
Jonah.
—Lo sé.
—Y la pared está torcida.
—Lo sé.
—Y no hace juego con las otras paredes.
—¿Adonde quieres ir a parar?
Jonah lo miró con el semblante muy serio.
—Sólo quiero confirmar que no te estás volviendo loco.
El día era perfecto para hacer volar cometas. Steve se sentó en una duna dos
casas más debajo de la suy a, mirando cómo la cometa describía eses en el cielo.
Jonah, lleno de energía como de costumbre, corría playa arriba y playa abajo.
Steve lo observó con orgullo, sorprendido al pensar que cuando él había hecho lo
mismo de niño, ni su padre ni su madre habían estado a su lado.
No eran malas personas. Lo sabía. Jamás le habían puesto la mano encima,
nunca había pasado hambre, nunca se habían peleado en su presencia. Lo
llevaban a las revisiones del dentista y del pediatra una o dos veces al año, en
casa siempre había mucha comida, y siempre había tenido una chaqueta para
soportar las crudas mañanas de invierno y una moneda de cinco centavos en el
bolsillo para que se comprara leche en la escuela. Pero si su padre tenía un
comportamiento estoico, el de su madre no era muy diferente; quizás ésa había
sido la razón por la que habían estado casados tantos años. Ella era de Rumania.
Su padre la conoció cuando estuvo destinado a Alemania. Su madre apenas
hablaba inglés cuando se casaron y nunca cuestionó la cultura en la que se vio
inmersa. Cocinaba, limpiaba la casa y lavaba la ropa; por las tardes, trabajaba
media jornada como costurera. Al final de su vida, había aprendido a defenderse
con un inglés básico, el necesario para apañarse en el banco y en la tienda de
comestibles, pero incluso entonces su acento seguía siendo tan marcado que a
veces tenía dificultades para hacerse entender.
También era una católica devota, algo ciertamente inusual en Wilmington en
aquella época. Iba a misa cada día y rezaba el rosario por las noches, y a pesar
de que Steve apreciaba la tradición y la ceremonia de la misa los domingos, el
cura siempre le pareció un hombre frío y arrogante, más interesado en las
normas de la iglesia que en lo que realmente más le convenía a su rebaño. A
veces —muchas veces— Steve se preguntaba cómo habría sido su vida si, a los
ocho años, no hubiera oído la música que salía de la primera iglesia bautista.
Cuarenta años más tarde, los detalles le parecían difusos. Apenas recordaba
cómo había entrado una tarde y había oído al reverendo Harris tocar el piano.
Sabía que el reverendo había intentado que se sintiera a gusto, y obviamente lo
consiguió, puesto que regresó otro día para oírlo de nuevo, hasta que finalmente
el reverendo Harris se convirtió en su primer profesor de piano. Con el tiempo
empezó a ir —para más tarde desertar— a la catequesis que la iglesia ofrecía. En
muchos sentidos, la iglesia bautista acabó por convertirse en su segunda casa, y el
reverendo Harris, en su segundo padre.
Recordó que a su madre no le gustaba aquella relación. Cuando se angustiaba,
murmuraba en rumano, y durante años, cuando él iba a la iglesia bautista, la
escuchaba decir palabras y frases ininteligibles mientras se santiguaba y lo
obligaba a llevar un escapulario. Para ella, que un reverendo protestante le
enseñara a tocar el piano a su hijo era lo mismo que jugar a la reina mora con el
diablo.
Pero nunca le prohibió ir, y con eso Steve tenía suficiente. No le importaba
que su madre no asistiera a las reuniones escolares con sus profesores, ni que
nunca le leyera un cuento, ni que nadie en el vecindario invitara a su familia a
una fiesta o a disfrutar de una barbacoa. Lo importante era que ella le permitió
no sólo descubrir su pasión, sino ir a clases de piano, a pesar de que desconfiara
del reverendo. Y de algún modo, su madre consiguió que su padre, al que la idea
de ganarse la vida a partir de la música le parecía ridícula, no lo detuviera. Sólo
por eso, siempre le estaría agradecido.
Jonah continuaba correteando arriba y abajo, aunque la cometa no precisaba
tantos meneos. Steve sabía que la brisa era lo bastante fuerte como para
mantenerla suspendida en el aire sin que ésta cayera. Podía ver el contorno del
símbolo de Batman perfilado entre dos oscuros cúmulos, la clase de nubes que
presagiaban lluvia. Aunque las tormentas de verano no solían durar mucho —una
hora y luego el cielo se despejaba—, se levantó para decirle a su hijo que tal vez
sería una buena idea regresar a casa. Sólo había dado un par de pasos cuando se
fijó en una serie de trazos borrosos en la arena y que iban a morir en la duna que
había justo detrás de su casa, unas marcas que había visto en más de una docena
de ocasiones cuando era pequeño. Sonrió.
—¡Jonah! —le llamó, siguiendo las marcas—. ¡Ven! ¡Hay algo que quiero
enseñarte!
El niño corrió hacia él, con la cometa enredada en el brazo.
—¿Qué pasa?
Steve descendió por la duna hasta llegar a un punto donde la arena se fundía
con la play a. Únicamente eran visibles unos pocos huevos a escasos centímetros
bajo la superficie cuando Jonah llegó a su lado.
—¿Qué has encontrado? —quiso saber Jonah.
—Es un nido de tortugas bobas —le explicó Steve—. Pero no te acerques
demasiado. Y no los toques. Podrías romperlos.
Jonah se inclinó para verlos más de cerca, todavía con la cometa en la mano.
—¿Qué es una tortuga boba? —preguntó, intentando controlar la cometa.
Steve tomó una pieza de madera que había en la playa y empezó a trazar un
gran círculo alrededor del nido.
—Es una tortuga marina que está en peligro de extinción. Salen por la noche a
la play a para poner los huevos.
—¿Detrás de nuestra casa?
—Este es uno de los lugares donde las tortugas bobas ponen sus huevos. Pero
lo más importante que quiero que sepas es que están en peligro de extinción.
¿Sabes lo que significa eso?
—Significa que se están muriendo —contestó Jonah—. Veo el canal Planet
Animal, ¿sabes?
Steve completó el círculo y lanzó al mar el trozo de madera. Mientras se
ponía de pie, notó una punzada de dolor, pero la ignoró.
—No exactamente. Significa que si no tratamos de ayudarlas y no tenemos
cuidado, esta especie puede llegar a desaparecer.
—¿Como los dinosaurios?
Steve iba a contestar cuando oy ó el teléfono en la cocina. Había dejado la
puerta de atrás abierta para ventilar la casa; caminó y corrió por la arena hasta
que llegó al porche. Respiraba con dificultad cuando contestó al teléfono.
—¿Papá? —dijo una voz al otro lado de la línea telefónica.
—¿Ronnie?
—Necesito que vengas a buscarme. Estoy en la comisaría.
Steve se llevó los dedos pulgar e índice impulsivamente al puente de la nariz
para frotárselo.
—De acuerdo —contestó—. Ahora voy.
El agente Johnson le contó lo sucedido, pero él sabía que Ronnie todavía no estaba
lista para hablar sobre el tema. A Jonah, sin embargo, no parecía importarle.
—Mamá se pondrá hecha una furia —remarcó Jonah.
Steve vio que a Ronnie se le tensaba la mandíbula inferior.
—Yo no he sido —empezó a decir.
—Entonces, ¿quién ha sido?
—No quiero hablar de eso —respondió. Se cruzó de brazos y se apoyó en la
puerta del coche.
—Amamá no le hará ni pizca de gracia.
—¡No he sido y o! —repitió Ronnie, fulminando a Jonah con una mirada de
resentimiento—. Y no quiero que le digas que lo he hecho. —Se aseguró de que
su hermano veía que hablaba en serio antes de girarse hacia su padre—. No he
sido y o, papá —repitió—. Lo juro por Dios, no he sido yo. Tienes que creerme.
Steve detectó la desesperación en su tono, pero no pudo evitar acordarse de la
angustia de Kim cuando hablaron sobre el incidente de Ronnie. Pensó en la
forma en que su hija se había comportado desde que había llegado y consideró la
clase de amistades que había elegido.
Suspirando, notó cómo la poca energía que le quedaba lo abandonaba.
Delante de él, el sol se erigía como una bola anaranjada, abrasadora y furiosa, y
por encima de todo, sabía que su hija necesitaba apoyo.
—Te creo —le dijo.
Cuando llegaron a casa, ya empezaba a anochecer. Steve salió fuera para echar
un vistazo al nido de tortugas. Era uno de esos magníficos atardeceres típicos de
Carolina del Norte y de Carolina del Sur: una suave brisa, el cielo como un manto
de mil colores distintos. A cierta distancia de la orilla, una manada de delfines
jugaba sobre las crestas rizadas de las olas. Pasaban por delante de su casa dos
veces al día, y recordó que le había dicho a Jonah que estuviera atento. No le
parecía extraño que su hijo quisiera meterse en el agua para ver si podía nadar
hasta ellos y acariciarlos; Steve había intentado hacer lo mismo muchas veces,
de niño, pero nunca lo consiguió.
No tenía ganas de llamar a Kim para contarle lo que había sucedido. Tras
decidir que lo haría más tarde, tomó asiento en la duna al lado del nido y clavó la
vista en lo que quedaba de las marcas que la tortuga había dejado en la arena.
Entre el viento y la multitud, casi se habían borrado por completo. Aparte de una
pequeña huella más profunda en el lugar donde la duna convergía con la playa,
el nido era prácticamente invisible, y el único par de huevos que sobresalían
parecían unas piedras pálidas y lisas.
Un trozo de madera contrachapada había volado hasta la arena. Mientras se
inclinaba para recogerla, avistó a Ronnie, que se acercaba. Caminaba despacio,
con los brazos cruzados y cabizbaja, con la melena cubriéndole prácticamente
toda la cara. Se detuvo a escasos pasos de él.
—¿Estás enfadado conmigo? —le preguntó.
Era la primera vez desde que ella había llegado que le dirigía la palabra sin
una gota de rabia o resentimiento.
—No, claro que no —contestó él.
—Entonces, ¿qué haces aquí fuera?
Steve señaló hacia el nido.
—Una tortuga boba puso los huevos aquí anoche. ¿Has visto alguna vez una
tortuga de esa especie?
Ronnie sacudió la cabeza.
—Son unas criaturas preciosas. Tienen un caparazón entre rojizo y marrón, y
pueden llegar a pesar hasta más de trescientos sesenta kilos. Carolina del Norte es
uno de los pocos sitios donde ponen los huevos. Pero el problema es que están en
peligro de extinción. Creo que sólo una de cada mil llega a alcanzar la madurez,
y no quiero que los mapaches se coman los huevos antes de que nazcan las
tortugas.
—¿Y cómo sabrán los mapaches que aquí hay un nido?
—Cuando una tortuga boba pone los huevos, orina. Los mapaches pueden
olerlo, y si pueden se comen todos los huevos, sin dejar ni uno. Cuando y o era
pequeño, encontré un nido al otro lado del muelle. Un día todo era normal, pero
al día siguiente sólo quedaban los cascarones rotos. Fue muy triste.
—Pues ayer vi un mapache en nuestro porche.
—Lo sé. Es por la basura, que los atrae. Tan pronto como pueda, se lo diré a
los del acuario. Con un poco de suerte, enviarán a alguien mañana con una jaula
especial que mantendrá a esos rapaces alejados.
—¿Y qué pasará esta noche?
—Supongo que tendremos que tener fe.
Ronnie se apartó un mechón de pelo rebelde de la cara y se lo puso detrás de
la oreja.
—Papá, ¿puedo preguntarte una cosa?
—Lo que quieras.
—¿Por qué has dicho que me creías?
De perfil, Steve podía ver tanto a la joven en la que Ronnie se estaba
convirtiendo como a la niña pequeña que recordaba.
—Porque confío en ti.
—¿Por eso has erigido la pared para ocultar el piano? —Ella no se atrevía a
mirarlo directamente a la cara—. Al entrar lo he visto enseguida; no pasa
desapercibida.
Steve sacudió la cabeza.
—No. Lo he hecho porque te quiero.
Ronnie esbozó una leve sonrisa, vacilando antes de tomar asiento a su lado.
Contemplaron el oleaje que se estrellaba suavemente contra la orilla. La marea
subiría muy pronto, y la playa había desaparecido parcialmente.
—¿Qué me pasará? —preguntó ella.
—Pete hablará con el dueño, pero no lo sé. Un par de esos discos eran piezas
de coleccionista. Valen mucho dinero.
Ronnie sentía una terrible opresión en el pecho.
—¿Se lo has dicho a mamá?
—No.
—¿Y piensas hacerlo?
—Probablemente sí.
Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. Un grupo de surfistas pasó
caminando por la orilla, sosteniendo sus tablas. En la distancia, la superficie
empezaba a rizarse y formaba unas olas que parecían romperse antes de volver
a formarse inmediatamente.
—¿Cuándo piensas llamar al acuario?
—Ahora, cuando vuelva a casa. Estoy seguro de que Jonah estará
hambriento. Será mejor que empiece a preparar la cena.
Ronnie miró fijamente el nido. Con el estómago agarrotado por culpa de los
nervios, no podía imaginar probar bocado.
—No quiero que les pase nada a los huevos de las tortugas esta noche.
Steve se giró hacia ella.
—Entonces, ¿qué piensas hacer?
Unas horas más tarde, después de cubrir a Jonah con el edredón en la cama,
Steve salió fuera por el porche trasero para ver cómo estaba Ronnie. Un poco
antes, había dejado un mensaje en el contestador del acuario, había ido a la
tienda a comprar lo que creía que necesitaba: un saco de dormir fino, una
linterna, una almohada barata y repelente de mosquitos.
No estaba muy tranquilo con la idea de que Ronnie durmiera a la intemperie,
pero ella parecía absolutamente decidida; debía reconocer que admiraba su
impulso por proteger el nido. Había insistido en que estaría bien; en cierto modo,
Steve sabía que eso era cierto. Al igual que la mayoría de la gente que se había
criado en Manhattan, Ronnie había aprendido a ir con cuidado y había visto y
experimentado bastantes cosas como para saber que a veces el mundo podía ser
un lugar peligroso. Y lo más importante, el nido estaba a tan sólo unos quince
metros de la ventana de su habitación —que él pensaba tener toda la noche
abierta—, por lo que confiaba en que si le pasaba algo a Ronnie, lo oiría
inmediatamente. A causa de la forma de la duna modelada por el viento y la
ubicación del nido, era poco probable que nadie que pasara andando por la play a
llegase a enterarse de que ella estaba allí.
Sin embargo, Ronnie sólo tenía diecisiete años, y él era su padre, lo cual
significaba que probablemente acabaría por salir para confirmar que estaba bien
varias veces aquella noche. Estaba seguro de que no conseguiría dormir de un
tirón hasta el amanecer.
La luna era sólo una fina rendija, pero el cielo estaba despejado; mientras
avanzaba entre las sombras, se acordó de la conversación que habían mantenido.
Se preguntó cómo se había sentido Ronnie al ver que él había tapiado el piano.
¿Se levantaría a la mañana siguiente con la misma actitud desafiante que había
tenido desde que había llegado? No lo sabía. Mientras se acercaba lo suficiente
como para distinguir la silueta de Ronnie durmiendo, pensó que el juego de luces
y sombras le conferían un aspecto más joven y a la vez más mayor de lo que
realmente era. Steve pensó de nuevo en los años que no había estado con ella,
viéndola crecer, unos años perdidos que ya nunca recuperaría.
Se quedó de pie bastante rato, examinando la playa de arriba abajo. No vio a
nadie, así que se dio la vuelta y entró en casa. Se sentó en el sofá y encendió el
televisor; después de pasar de un canal a otro, acabó por apagarlo. Finalmente, se
fue a su cuarto y arrastró los pies hasta la cama.
Se quedó dormido casi inmediatamente, pero se despertó una hora más tarde.
Salió de puntillas al exterior para ver cómo estaba su hija, a quien quería más que
a su propia vida.
Ronnie
Durante un rato, un numeroso grupo de jóvenes se congregó en el Bower’s Point,
pero uno a uno se fueron marchando hasta que al final sólo quedaron los cinco de
siempre. Algunos no estaban mal, incluso había dos que le habían resultado
interesantes, pero entonces empezó a correr el licor y la cerveza, y todos excepto
Ronnie empezaron a pensar que eran más divertidos de lo que lo eran en
realidad. Después de un rato, la fiesta le pareció tediosa, como de costumbre.
Se hallaba de pie, sola, en la orilla. A su espalda, cerca de la fogata, Teddy y
Lance estaban fumando, bebiendo, y de vez en cuando se lanzaban bolas de
fuego el uno al otro; Blaze, pegada a Marcus, ya no era capaz de articular las
palabras correctamente. Además, se estaba haciendo tarde. Quizá no según los
hábitos de la vida nocturna en Nueva York —en su ciudad, Ronnie no empezaba
la ronda por las discotecas hasta después de la medianoche—, pero teniendo en
cuenta la hora a la que se había levantado…, había sido un día muy largo. Estaba
cansada.
Pensaba pasarse todo el día siguiente durmiendo. Cuando llegara a casa,
colgaría toallas o una manta en la barra de las cortinas —por Dios, la clavaría a
la pared, si era necesario—. No pensaba pasarse el resto del verano
despertándose a la misma hora que los granjeros, ni siquiera aunque planeara
pasar el día en la playa con Blaze. Esa chica la había sorprendido con aquella
sugerencia, y la verdad era que le había parecido una buena idea. Además,
tampoco era que tuviera mucho más que hacer. Unas horas antes, después de
marcharse de la cafetería, Blaze y ella se habían paseado por casi todas las
tiendas cercanas —incluida la tienda de discos, muy guay, por cierto— y después
habían acabado en casa de Blaze viendo El club de los cinco en la tele mientras
su madre estaba en el trabajo. A pesar de que era una película de los años
ochenta, a Ronnie le seguía gustando, la había visto por lo menos una docena de
veces. Aunque estuviera pasada de moda, le parecía sorprendentemente real.
Más real que lo que estaba pasando aquella noche, especialmente porque cuanto
más bebía Blaze, más ignoraba a Ronnie y más se pegaba a Marcus.
Ronnie ya había llegado a la conclusión de que ni le gustaba ni se fiaba de ese
chico. Su radar funcionaba muy bien en lo que concernía a chicos, y enseguida
había detectado que había algo « feo, muy feo» en ese chico. Lo veía en sus
ojos, cuando hablaba con ella. Decía cosas que tenían sentido —por lo menos no
había vuelto a mencionar la majadería de marcharse a Florida juntos, ¡menuda
tontería!—, pero cuanto más tiempo pasaba con él, más grima le provocaba.
Tampoco le gustaban ni Teddy ni Lance, pero Marcus… Tenía la impresión de
que se comportaba de un modo normal simplemente como un juego, para
manipular a los demás.
Y Blaze…
Qué extraño le había resultado estar en su casa unas horas antes, porque allí
todo parecía normal. La casa estaba en un callejón sin salida y tenía unas
contraventanas de un color azul intenso; una bandera norteamericana ondeaba en
el porche. En su interior, las paredes estaban pintadas de colores alegres, y en el
centro de la mesa del comedor destacaba un jarrón con flores naturales. Todo
estaba limpio, aunque no de un modo que denotara que la madre de Blaze fuera
una neurótica del orden. En la cocina, sobre la mesa, había dinero junto con una
nota para Blaze. Cuando Ronnie pilló a Blaze guardándose disimuladamente unos
cuantos billetes en el bolsillo y ley endo la nota, Blaze mencionó que su madre
siempre le dejaba dinero. Era una forma de saber que Blaze estaba bien cuando
no regresaba a casa.
Qué extraño.
Lo que realmente quería era hablar con Blaze acerca de Marcus, aunque
sabía que no resultaría fácil. Había aprendido la lección con Kay la —Kay la vivía
en una negación constante—, pero a pesar de ello, tenía que hacerlo. Marcus era
una persona conflictiva, y Blaze estaría mucho mejor sin él, de eso no le cabía la
menor duda. Se preguntó cómo era posible que esa chica no se diera cuenta.
Quizá se decidiera a hablar con ella a la mañana siguiente, en la playa.
—¿Te aburres con nosotros?
Al darse la vuelta, vio a Marcus de pie, detrás de ella. Sostenía una bola de
fuego; se la estaba pasando por el dorso de la mano.
—Sólo quería acercarme un poco a la orilla.
—¿Quieres que te traiga una cerveza?
Por la forma en que se lo ofreció, era obvio que él sabía lo que ella iba a
responder.
—No bebo.
—¿Por qué?
« Porque el alcohol hace que la gente se comporte de un modo estúpido» ,
podría haber contestado. Pero no lo hizo. Sabía que cualquier explicación que
ofreciera únicamente prolongaría la conversación.
—Porque no.
—¿Sólo porque no? —la provocó él.
—Exactamente. Porque no.
En la oscuridad, él esbozó una leve sonrisa, pero sus ojos brillaron como dos
lóbregos hoyos.
—¿Te crees mejor que nosotros?
—No.
—Pues entonces ven a sentarte con nosotros. —Señaló hacia la fogata.
—Estoy bien aquí.
Marcus giró levemente la cabeza para echar un vistazo por encima de su
hombro. Detrás de él, Ronnie podía ver a Blaze hurgando en la nevera portátil en
busca de otra cerveza, lo cual era precisamente lo último que necesitaba. Ya no
se sostenía de pie sin tambalearse.
Sin previo aviso, Marcus dio un paso hacia ella y la agarró por la cintura,
estrechándola con un brazo para atraerla hacia su cuerpo.
—¿Qué tal si damos un paseo por la play a?
—No, no tengo ganas. Y quítame las manos de encima —contestó en un tono
exasperado, con los dientes prietos.
Él no se amedrentó. Ronnie sabía que Marcus estaba disfrutando.
—¿Es por Blaze?
—No, simplemente es porque no quiero irme contigo, ¿vale?
—A Blaze no le importará.
Ella retrocedió un paso, incrementando la distancia entre ellos.
—Pues a mí sí que me importa. Además, tengo que irme.
Él continuó mirándola fijamente.
—Vale, de acuerdo. —Entonces, después de una pausa, alzó la voz para que
los otros pudieran oírlo—: No, gracias, prefiero quedarme aquí. Pero gracias de
todos modos por pedirme que te acompañe.
Ella se quedó demasiado pasmada para articular una respuesta. En vez de
eso, se limitó a alejarse play a abajo, consciente de que Blaze la estaba mirando.
Con una desagradable opresión en el pecho, deseó que se la tragara la tierra.
En casa, su padre estaba tocando el piano. Tan pronto como Ronnie entró, él miró
el reloj de soslayo. Después de lo que le acababa de pasar, no estaba de humor
para hablar con él, así que se dirigió al pasillo sin mediar palabra. Sin embargo, él
debió de haber notado algo en su expresión, porque la llamó.
—¿Estás bien?
Ronnie vaciló unos instantes.
—Sí, estoy bien —contestó.
—¿Seguro?
—No quiero hablar de ello.
Steve la estudió antes de contestar.
—De acuerdo.
—¿Hay algo más que quieras decirme?
—Son casi las dos de la madrugada —señaló él.
—¿Y?
Steve se inclinó sobre el teclado.
—Queda un poco de pasta en la nevera, por si tienes hambre.
Ronnie tuvo que admitir que la había sorprendido con aquella salida. Ningún
sermón, ninguna orden, ninguna mención de las normas. Justo lo opuesto a lo que
hubiera hecho su madre. Sacudió la cabeza y se fue a la habitación,
preguntándose si alguien o algo era normal en aquella localidad.
Olvidó colgar la manta sobre la ventana, y el inclemente sol penetró en la
habitación, despertándola después de haber dormido apenas seis horas.
Refunfuñando, dio varias vueltas en la cama y se cubrió la cabeza con la
almohada antes de recordar lo que había sucedido en la playa la noche anterior.
Entonces se sentó, con la certeza de que ya no conseguiría dormirse de nuevo.
Realmente, Marcus le provocaba una intensa aprensión.
Lo primero que pensó fue que debería haber dicho algo la noche anterior,
cuando él la dejó en ridículo delante del resto. Algo como: « ¿Se puede saber qué
diantre te estás inventando?» , o: « ¡Si crees que me iría a algún sitio contigo, es
que no estás bien de la cabeza!» . Pero no lo había hecho, y sospechaba que
marcharse sin replicar era lo peor que había podido hacer.
Tenía que hablar con Blaze. Necesitaba hacerlo.
Con un suspiro, se levantó penosamente de la cama y arrastró los pies hasta el
cuarto de baño. Se duchó rápidamente y se puso el traje de baño debajo de la
ropa, después metió una toalla y un tubo de crema de protección solar en una
bolsa bandolera. Cuando finalmente estuvo lista, oy ó nuevamente a su padre, que
estaba tocando el piano. Otra vez. Ni en el piso de Nueva York recordaba que su
padre tocara tanto. Escuchó la música y reconoció una de las piezas que ella
había tocado en el Carnegie Hall, la misma del CD que su madre había puesto en
el coche.
¡Como si no tuviera suficientes quebraderos de cabeza!
Necesitaba encontrar a Blaze para explicarle exactamente lo que había
sucedido. Por supuesto, el problema iba a ser hacerlo sin dejar a Marcus como
un vil mentiroso. Blaze querría creer a Marcus, y quién sabía lo que ese chalado
le había contado después, cuando ella se marchó. Pero ya lidiaría con esa
cuestión cuando llegase el momento; con un poco de suerte, el hecho de estar
tumbadas tomando el sol suavizaría la incómoda situación y podría sacar el tema
a colación con toda la naturalidad del mundo.
Ronnie salió de su cuarto y recorrió el pasillo justo cuando la música del
comedor tocaba a su fin; a continuación sonó la segunda pieza que ella había
interpretado en el Carnegie Hall.
Se detuvo un instante para ajustarse la bandolera al hombro. Muy propio de
su padre. Claro, la había oído que se estaba duchando, así que sabía que estaba
despierta. Era evidente que intentaba atraerla hacia un espacio neutral.
Pues no lo conseguiría. No aquel día. « Lo siento, papá» . Tenía cosas que
hacer. Realmente no estaba de humor para soportar quedarse allí, con su padre.
Estaba a punto de salir precipitadamente por la puerta cuando Jonah apareció
en la puerta de la cocina.
—¿No te dije que desayunaras algo saludable? —le dijo su padre.
—Y es lo que hago. Me he preparado un bollo dulce relleno de chocolate.
—Yo me refería a cereales o algo así.
—Esto tiene azúcar. —La expresión de Jonah era totalmente sincera—.
Necesito energía, papá.
Ronnie avanzó rápidamente hacia el comedor, con la esperanza de alcanzar
la puerta antes de que su padre intentase hablar con ella.
Jonah sonrió.
—¡Ah! ¡Hola, Ronnie! —la saludó.
—Hola, Jonah. Adiós, Jonah. —Asió el pomo de la puerta.
—¿Cielo? —Oy ó que su padre la llamaba. Dejó de tocar—. ¿Podemos hablar
sobre lo de anoche?
—Ahora no tengo tiempo —contestó, ajustándose la bandolera.
—Sólo quiero saber dónde estuviste todo el día.
—Por ahí. No es importante.
—Sí que es importante.
—No, papá —replicó ella, con la voz firme—. Y tengo cosas que hacer,
¿vale?
Jonah se acercó a la puerta con su bollo dulce relleno de chocolate.
—¿Qué cosas? ¿Adonde vas ahora?
Aquélla era precisamente la conversación que había querido evitar.
—No te importa.
—¿Y cuándo volverás?
—No lo sé.
—¿Volverás a la hora de comer… o de cenar?
—No lo sé —soltó un bufido de exasperación—. Me marcho.
Su padre empezó a tocar el piano de nuevo. La tercera pieza del Carnegie
Hall. Probablemente pensaba tocar todo el CD que su madre había puesto en el
coche.
—Más tarde iremos a hacer volar la cometa. Papá y yo, quiero decir.
Ronnie no pareció oírlo. En lugar de eso, se giró expeditivamente hacia su
padre.
—¿Quieres dejar de tocar eso? —espetó.
Steve dejó de tocar abruptamente.
—¿Qué?
—¡La música que estás tocando! ¿Crees que no reconozco esas melodías? Sé
lo que pretendes, y y a te he dicho que no pienso volver a tocar.
—Te creo —asintió él.
—Entonces, ¿por qué continúas provocándome? ¿Por qué cada vez que le veo
estás ahí, sentado, aporreando el piano?
Steve parecía genuinamente confuso.
—No lo hago por ti —explicó—. Simplemente es que… hace que me sienta
mejor.
—Pues a mí me irrita. ¿No lo entiendes? ¡Odio el piano! ¡Odio recordar
cuando tenía que tocar cada día! ¡Y odio tener que ver ese trasto cada día!
Antes de que su padre pudiera articular otra palabra, se dio la vuelta, le
arrebató a Jonah el bollo dulce con el semblante crispado y se encaminó hacia la
puerta con paso furioso.
Después de dos horas buscándola, Ronnie encontró a Blaze en la misma tienda de
discos en la que habían estado el día anterior, a un par de manzanas del muelle.
No sabía qué esperar la primera vez que entró en aquella tienda —parecía un
poco anticuada en aquellos días de la era de los iPod y de las descargas por
Internet—, pero Blaze le había asegurado que la visita valdría la pena, y había
acertado.
Además de los CD, tenían discos de vinilo —miles de ellos, algunos parecían
objetos de coleccionista, incluida una copia todavía sin abrir de Abbey Road— y
un montón de viejos discos de 45 revoluciones colgados en la pared con firmas
de gente como Elvis Presley, Bob Marley y Ritchie Valens. A Ronnie le
sorprendió que no los tuvieran vigilados bajo llave. Tenían que ser valiosos, pero
el individuo que regentaba la tienda parecía como si estuviera anclado en la
década de los sesenta y por lo visto conocía a todo el mundo. Tenía el pelo gris y
largo, hasta la cintura, atado en una cola de caballo, y sus gafas eran como el
modelo favorito de John Lennon. Llevaba sandalias y una camisa hawaiana, y a
pesar de que por edad podría haber sido el abuelo de Ronnie, sabía más de
música que ninguna otra persona que ella hubiera conocido antes, incluso sobre
música underground que ella ni siquiera había escuchado en Nueva York. A lo
largo de la pared había una fila de auriculares para que los clientes pudieran
escuchar los álbumes y los CD o bajarse música al iPod. Desde el exterior, por la
ventana, avistó a Blaze de pie, sosteniendo con una mano un auricular en la oreja,
y con la otra mano dando golpecitos sobre la mesa al ritmo de la música que
estaba escuchando.
Era más que obvio que no pensaba pasar el día en la play a.
Ronnie aspiró hondo y entró en la tienda. Por muy mal que sonara, esperó
que Blaze hubiera estado tan ebria como para no acordarse de nada de lo que
había sucedido. O incluso mejor, que hubiera estado lo bastante sobria como para
saber que Ronnie no estaba interesada en Marcus, en absoluto.
Tan pronto como empezó a descender por el pasillo de los CD, tuvo la
impresión de que Blaze la esperaba. Bajó el volumen en los auriculares, aunque
no se los apartó de las orejas, y le dio la espalda. Ronnie todavía podía oír la
música, una melodía estridente y enloquecedora que no reconoció. Blaze recogió
varios CD.
—Pensé que éramos amigas —empezó a echarle en cara.
—Y lo somos —insistió Ronnie—. Llevo toda la mañana buscándote porque
no quería que te llevaras una idea errónea de lo que pasó ay er.
La expresión de Blaze era gélida.
—¿Te refieres a pedirle a Marcus que se marchara contigo?
—Eso no fue lo que pasó —se defendió Ronnie—. Yo no se lo pedí. No
entiendo a qué juega…
—¿A qué juega? ¿El? —Blaze se quitó los auriculares de mala gana—. ¡Vi
cómo lo devorabas con los ojos! ¡Oí lo que le decías!
—¡Pero si no se lo dije! Yo no le pedí que nos fuéramos juntos a…
—¡Intentaste besarlo!
—¿Qué dices? Yo no intenté besarlo…
Blaze avanzó un paso.
—¡Marcus me lo dijo!
—¡Entonces Marcus miente! —espetó Ronnie, plantándole cara—.
Realmente hay algo feo, muy feo en ese chico.
—No…, no…, ni se te ocurra criticarlo…
—Te ha mentido. Ni loca lo besaría. No me gusta, en absoluto. La única razón
por la que acepté ir a esa fiesta fue porque tú me lo pediste.
Blaze no dijo nada, y Ronnie se preguntó si finalmente le estaba abriendo los
ojos.
—Me da igual —refunfuñó Blaze finalmente. Su tono no dejaba lugar a dudas
de que realmente sentía lo que decía.
Blaze enfiló hacia la puerta y al pasar por su lado le dio un empujón. Ronnie
la siguió con la mirada, sin estar segura de si se sentía ofendida. A través de la
ventana, vio salir a Blaze con paso impetuoso.
Lamentablemente, no había conseguido aclarar la situación.
Ronnie no estaba segura de qué hacer a continuación: no quería ir a la play a,
pero tampoco quería regresar a casa. No tenía ningún coche a su disposición y no
conocía a nadie. Aquello significaba que… ¿Qué? Quizás acabaría pasando el
verano en algún banco dando de comer a las palomas como algunos de aquellos
personajes tan estrambóticos que había visto en Central Park. Quizás acabaría por
reconocer a cada una de las palomas…
Al salir de la tienda, sus pensamientos se vieron bloqueados por el repentino
pitido de una alarma, y echó un vistazo por encima del hombro, primero con
curiosidad y después confundida, mientras se daba cuenta de lo que sucedía. Sólo
había una puerta para entrar y salir de la tienda.
Cuando quiso darse cuenta, el individuo de la coleta corría hacia ella.
Ronnie no intentó escapar porque sabía que no había hecho nada malo;
cuando el hombre de la coleta le pidió el bolso, no vio ninguna razón para no
dárselo. Obviamente, se trataba de un error. Cuando el hombre sacó dos CD y
media docena de discos de 45 revoluciones firmados de su bandolera
comprendió que no se había equivocado cuando había tenido la impresión de que
Blaze parecía estar esperándola. Los CD eran los que Blaze tenía en las manos, y
había cogido los discos de 45 revoluciones de la pared. Aturdida, empezó a
comprender que lo había planeado todo minuciosamente.
Ronnie empezó a sentirse mareada. Apenas oyó al encargado de la tienda
cuando le dijo que la Policía ya estaba de camino.
11
Steve
Después de comprar los materiales que necesitaba, básicamente tablones de
cinco centímetros de grueso por diez de ancho y planchas de madera
contrachapada, Steve y Jonah se pasaron la mañana levantando un tabique en
medio de la salita. No había quedado muy bonito —si su padre hubiera levantado
la cabeza y visto aquella chapuza, seguramente le habría dado un patatús—, pero
Steve pensó que no estaba mal del todo. Sabía que tarde o temprano derribarían
la casa, puesto que el terreno seguramente subiría de valor sin aquella
construcción tan deteriorada. El bungaló se hallaba flanqueado por unas
mansiones de tres plantas, y Steve estaba seguro de que aquellos vecinos
consideraban que la casita rústica era antiestética y que desmerecía el valor de
sus propiedades.
Steve puso un clavo, colgó la fotografía de Ronnie y Jonah que había sacado
de la salita, y retrocedió un paso para examinar el resultado.
—¿Qué te parece? —le preguntó a Jonah.
Jonah arrugó la nariz.
—Parece como si hubiéramos erigido un feo tabique de madera para tapiar
la salita y luego hubiéramos colgado una foto para disimular. Además, ya no
podrás tocar el piano.
—Lo sé.
Jonah ladeó la cabeza.
—Me parece que el tabique está torcido. Sí, los tablones no están rectos.
—Pues yo no lo veo.
—Necesitas gafas, papá. Y todavía no entiendo por qué has querido levantar
ese tabique.
—Ronnie dijo que no quería ver el piano.
—¿Y?
—No hay ningún lugar para esconder el piano, así que lo he tapiado. Ahora
ya no lo verá.
—Ah —dijo Jonah, con aire pensativo—. ¿Sabes?, la verdad es que a mí no
me gusta tener que hacer los deberes del cole. De hecho, no me gusta verlos
apilados en mi mesa.
—Es verano. No tienes que hacer deberes.
—Me refería a que quizá debería construir una pared alrededor de la mesa en
mi habitación, para no verla.
Steve se contuvo para no reírse.
—Pues tendrás que comentárselo a tu madre, a ver qué opina.
—O podrías hacerlo tú.
Steve soltó una carcajada.
—¿Todavía no tienes hambre?
—Dijiste que iríamos a hacer volar la cometa.
—Y lo haremos. Sólo quería saber si te apetecía comer algo antes.
—Prefiero tomarme un helado.
—No creo que sea una buena idea.
—¿Unas galletas? —Jonah parecía esperanzado.
—¿Qué te parece un bocadillo con manteca de cacahuete y gelatina?
—Vale. Pero después iremos a hacer volar la cometa, ¿eh?
—Sí.
—¿Toda la tarde?
—Tanto rato como quieras.
—De acuerdo. Me comeré el bocadillo. Pero sólo si tú te comes otro.
Steve sonrió, pasando el brazo alrededor del hombro de Jonah.
—Trato hecho.
Se dirigieron a la cocina.
—¿Sabes?, el comedor ahora ha quedado mucho más pequeño —observó
Jonah.
—Lo sé.
—Y la pared está torcida.
—Lo sé.
—Y no hace juego con las otras paredes.
—¿Adonde quieres ir a parar?
Jonah lo miró con el semblante muy serio.
—Sólo quiero confirmar que no te estás volviendo loco.
El día era perfecto para hacer volar cometas. Steve se sentó en una duna dos
casas más debajo de la suy a, mirando cómo la cometa describía eses en el cielo.
Jonah, lleno de energía como de costumbre, corría playa arriba y playa abajo.
Steve lo observó con orgullo, sorprendido al pensar que cuando él había hecho lo
mismo de niño, ni su padre ni su madre habían estado a su lado.
No eran malas personas. Lo sabía. Jamás le habían puesto la mano encima,
nunca había pasado hambre, nunca se habían peleado en su presencia. Lo
llevaban a las revisiones del dentista y del pediatra una o dos veces al año, en
casa siempre había mucha comida, y siempre había tenido una chaqueta para
soportar las crudas mañanas de invierno y una moneda de cinco centavos en el
bolsillo para que se comprara leche en la escuela. Pero si su padre tenía un
comportamiento estoico, el de su madre no era muy diferente; quizás ésa había
sido la razón por la que habían estado casados tantos años. Ella era de Rumania.
Su padre la conoció cuando estuvo destinado a Alemania. Su madre apenas
hablaba inglés cuando se casaron y nunca cuestionó la cultura en la que se vio
inmersa. Cocinaba, limpiaba la casa y lavaba la ropa; por las tardes, trabajaba
media jornada como costurera. Al final de su vida, había aprendido a defenderse
con un inglés básico, el necesario para apañarse en el banco y en la tienda de
comestibles, pero incluso entonces su acento seguía siendo tan marcado que a
veces tenía dificultades para hacerse entender.
También era una católica devota, algo ciertamente inusual en Wilmington en
aquella época. Iba a misa cada día y rezaba el rosario por las noches, y a pesar
de que Steve apreciaba la tradición y la ceremonia de la misa los domingos, el
cura siempre le pareció un hombre frío y arrogante, más interesado en las
normas de la iglesia que en lo que realmente más le convenía a su rebaño. A
veces —muchas veces— Steve se preguntaba cómo habría sido su vida si, a los
ocho años, no hubiera oído la música que salía de la primera iglesia bautista.
Cuarenta años más tarde, los detalles le parecían difusos. Apenas recordaba
cómo había entrado una tarde y había oído al reverendo Harris tocar el piano.
Sabía que el reverendo había intentado que se sintiera a gusto, y obviamente lo
consiguió, puesto que regresó otro día para oírlo de nuevo, hasta que finalmente
el reverendo Harris se convirtió en su primer profesor de piano. Con el tiempo
empezó a ir —para más tarde desertar— a la catequesis que la iglesia ofrecía. En
muchos sentidos, la iglesia bautista acabó por convertirse en su segunda casa, y el
reverendo Harris, en su segundo padre.
Recordó que a su madre no le gustaba aquella relación. Cuando se angustiaba,
murmuraba en rumano, y durante años, cuando él iba a la iglesia bautista, la
escuchaba decir palabras y frases ininteligibles mientras se santiguaba y lo
obligaba a llevar un escapulario. Para ella, que un reverendo protestante le
enseñara a tocar el piano a su hijo era lo mismo que jugar a la reina mora con el
diablo.
Pero nunca le prohibió ir, y con eso Steve tenía suficiente. No le importaba
que su madre no asistiera a las reuniones escolares con sus profesores, ni que
nunca le leyera un cuento, ni que nadie en el vecindario invitara a su familia a
una fiesta o a disfrutar de una barbacoa. Lo importante era que ella le permitió
no sólo descubrir su pasión, sino ir a clases de piano, a pesar de que desconfiara
del reverendo. Y de algún modo, su madre consiguió que su padre, al que la idea
de ganarse la vida a partir de la música le parecía ridícula, no lo detuviera. Sólo
por eso, siempre le estaría agradecido.
Jonah continuaba correteando arriba y abajo, aunque la cometa no precisaba
tantos meneos. Steve sabía que la brisa era lo bastante fuerte como para
mantenerla suspendida en el aire sin que ésta cayera. Podía ver el contorno del
símbolo de Batman perfilado entre dos oscuros cúmulos, la clase de nubes que
presagiaban lluvia. Aunque las tormentas de verano no solían durar mucho —una
hora y luego el cielo se despejaba—, se levantó para decirle a su hijo que tal vez
sería una buena idea regresar a casa. Sólo había dado un par de pasos cuando se
fijó en una serie de trazos borrosos en la arena y que iban a morir en la duna que
había justo detrás de su casa, unas marcas que había visto en más de una docena
de ocasiones cuando era pequeño. Sonrió.
—¡Jonah! —le llamó, siguiendo las marcas—. ¡Ven! ¡Hay algo que quiero
enseñarte!
El niño corrió hacia él, con la cometa enredada en el brazo.
—¿Qué pasa?
Steve descendió por la duna hasta llegar a un punto donde la arena se fundía
con la play a. Únicamente eran visibles unos pocos huevos a escasos centímetros
bajo la superficie cuando Jonah llegó a su lado.
—¿Qué has encontrado? —quiso saber Jonah.
—Es un nido de tortugas bobas —le explicó Steve—. Pero no te acerques
demasiado. Y no los toques. Podrías romperlos.
Jonah se inclinó para verlos más de cerca, todavía con la cometa en la mano.
—¿Qué es una tortuga boba? —preguntó, intentando controlar la cometa.
Steve tomó una pieza de madera que había en la playa y empezó a trazar un
gran círculo alrededor del nido.
—Es una tortuga marina que está en peligro de extinción. Salen por la noche a
la play a para poner los huevos.
—¿Detrás de nuestra casa?
—Este es uno de los lugares donde las tortugas bobas ponen sus huevos. Pero
lo más importante que quiero que sepas es que están en peligro de extinción.
¿Sabes lo que significa eso?
—Significa que se están muriendo —contestó Jonah—. Veo el canal Planet
Animal, ¿sabes?
Steve completó el círculo y lanzó al mar el trozo de madera. Mientras se
ponía de pie, notó una punzada de dolor, pero la ignoró.
—No exactamente. Significa que si no tratamos de ayudarlas y no tenemos
cuidado, esta especie puede llegar a desaparecer.
—¿Como los dinosaurios?
Steve iba a contestar cuando oy ó el teléfono en la cocina. Había dejado la
puerta de atrás abierta para ventilar la casa; caminó y corrió por la arena hasta
que llegó al porche. Respiraba con dificultad cuando contestó al teléfono.
—¿Papá? —dijo una voz al otro lado de la línea telefónica.
—¿Ronnie?
—Necesito que vengas a buscarme. Estoy en la comisaría.
Steve se llevó los dedos pulgar e índice impulsivamente al puente de la nariz
para frotárselo.
—De acuerdo —contestó—. Ahora voy.
El agente Johnson le contó lo sucedido, pero él sabía que Ronnie todavía no estaba
lista para hablar sobre el tema. A Jonah, sin embargo, no parecía importarle.
—Mamá se pondrá hecha una furia —remarcó Jonah.
Steve vio que a Ronnie se le tensaba la mandíbula inferior.
—Yo no he sido —empezó a decir.
—Entonces, ¿quién ha sido?
—No quiero hablar de eso —respondió. Se cruzó de brazos y se apoyó en la
puerta del coche.
—Amamá no le hará ni pizca de gracia.
—¡No he sido y o! —repitió Ronnie, fulminando a Jonah con una mirada de
resentimiento—. Y no quiero que le digas que lo he hecho. —Se aseguró de que
su hermano veía que hablaba en serio antes de girarse hacia su padre—. No he
sido y o, papá —repitió—. Lo juro por Dios, no he sido yo. Tienes que creerme.
Steve detectó la desesperación en su tono, pero no pudo evitar acordarse de la
angustia de Kim cuando hablaron sobre el incidente de Ronnie. Pensó en la
forma en que su hija se había comportado desde que había llegado y consideró la
clase de amistades que había elegido.
Suspirando, notó cómo la poca energía que le quedaba lo abandonaba.
Delante de él, el sol se erigía como una bola anaranjada, abrasadora y furiosa, y
por encima de todo, sabía que su hija necesitaba apoyo.
—Te creo —le dijo.
Cuando llegaron a casa, ya empezaba a anochecer. Steve salió fuera para echar
un vistazo al nido de tortugas. Era uno de esos magníficos atardeceres típicos de
Carolina del Norte y de Carolina del Sur: una suave brisa, el cielo como un manto
de mil colores distintos. A cierta distancia de la orilla, una manada de delfines
jugaba sobre las crestas rizadas de las olas. Pasaban por delante de su casa dos
veces al día, y recordó que le había dicho a Jonah que estuviera atento. No le
parecía extraño que su hijo quisiera meterse en el agua para ver si podía nadar
hasta ellos y acariciarlos; Steve había intentado hacer lo mismo muchas veces,
de niño, pero nunca lo consiguió.
No tenía ganas de llamar a Kim para contarle lo que había sucedido. Tras
decidir que lo haría más tarde, tomó asiento en la duna al lado del nido y clavó la
vista en lo que quedaba de las marcas que la tortuga había dejado en la arena.
Entre el viento y la multitud, casi se habían borrado por completo. Aparte de una
pequeña huella más profunda en el lugar donde la duna convergía con la playa,
el nido era prácticamente invisible, y el único par de huevos que sobresalían
parecían unas piedras pálidas y lisas.
Un trozo de madera contrachapada había volado hasta la arena. Mientras se
inclinaba para recogerla, avistó a Ronnie, que se acercaba. Caminaba despacio,
con los brazos cruzados y cabizbaja, con la melena cubriéndole prácticamente
toda la cara. Se detuvo a escasos pasos de él.
—¿Estás enfadado conmigo? —le preguntó.
Era la primera vez desde que ella había llegado que le dirigía la palabra sin
una gota de rabia o resentimiento.
—No, claro que no —contestó él.
—Entonces, ¿qué haces aquí fuera?
Steve señaló hacia el nido.
—Una tortuga boba puso los huevos aquí anoche. ¿Has visto alguna vez una
tortuga de esa especie?
Ronnie sacudió la cabeza.
—Son unas criaturas preciosas. Tienen un caparazón entre rojizo y marrón, y
pueden llegar a pesar hasta más de trescientos sesenta kilos. Carolina del Norte es
uno de los pocos sitios donde ponen los huevos. Pero el problema es que están en
peligro de extinción. Creo que sólo una de cada mil llega a alcanzar la madurez,
y no quiero que los mapaches se coman los huevos antes de que nazcan las
tortugas.
—¿Y cómo sabrán los mapaches que aquí hay un nido?
—Cuando una tortuga boba pone los huevos, orina. Los mapaches pueden
olerlo, y si pueden se comen todos los huevos, sin dejar ni uno. Cuando y o era
pequeño, encontré un nido al otro lado del muelle. Un día todo era normal, pero
al día siguiente sólo quedaban los cascarones rotos. Fue muy triste.
—Pues ayer vi un mapache en nuestro porche.
—Lo sé. Es por la basura, que los atrae. Tan pronto como pueda, se lo diré a
los del acuario. Con un poco de suerte, enviarán a alguien mañana con una jaula
especial que mantendrá a esos rapaces alejados.
—¿Y qué pasará esta noche?
—Supongo que tendremos que tener fe.
Ronnie se apartó un mechón de pelo rebelde de la cara y se lo puso detrás de
la oreja.
—Papá, ¿puedo preguntarte una cosa?
—Lo que quieras.
—¿Por qué has dicho que me creías?
De perfil, Steve podía ver tanto a la joven en la que Ronnie se estaba
convirtiendo como a la niña pequeña que recordaba.
—Porque confío en ti.
—¿Por eso has erigido la pared para ocultar el piano? —Ella no se atrevía a
mirarlo directamente a la cara—. Al entrar lo he visto enseguida; no pasa
desapercibida.
Steve sacudió la cabeza.
—No. Lo he hecho porque te quiero.
Ronnie esbozó una leve sonrisa, vacilando antes de tomar asiento a su lado.
Contemplaron el oleaje que se estrellaba suavemente contra la orilla. La marea
subiría muy pronto, y la playa había desaparecido parcialmente.
—¿Qué me pasará? —preguntó ella.
—Pete hablará con el dueño, pero no lo sé. Un par de esos discos eran piezas
de coleccionista. Valen mucho dinero.
Ronnie sentía una terrible opresión en el pecho.
—¿Se lo has dicho a mamá?
—No.
—¿Y piensas hacerlo?
—Probablemente sí.
Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. Un grupo de surfistas pasó
caminando por la orilla, sosteniendo sus tablas. En la distancia, la superficie
empezaba a rizarse y formaba unas olas que parecían romperse antes de volver
a formarse inmediatamente.
—¿Cuándo piensas llamar al acuario?
—Ahora, cuando vuelva a casa. Estoy seguro de que Jonah estará
hambriento. Será mejor que empiece a preparar la cena.
Ronnie miró fijamente el nido. Con el estómago agarrotado por culpa de los
nervios, no podía imaginar probar bocado.
—No quiero que les pase nada a los huevos de las tortugas esta noche.
Steve se giró hacia ella.
—Entonces, ¿qué piensas hacer?
Unas horas más tarde, después de cubrir a Jonah con el edredón en la cama,
Steve salió fuera por el porche trasero para ver cómo estaba Ronnie. Un poco
antes, había dejado un mensaje en el contestador del acuario, había ido a la
tienda a comprar lo que creía que necesitaba: un saco de dormir fino, una
linterna, una almohada barata y repelente de mosquitos.
No estaba muy tranquilo con la idea de que Ronnie durmiera a la intemperie,
pero ella parecía absolutamente decidida; debía reconocer que admiraba su
impulso por proteger el nido. Había insistido en que estaría bien; en cierto modo,
Steve sabía que eso era cierto. Al igual que la mayoría de la gente que se había
criado en Manhattan, Ronnie había aprendido a ir con cuidado y había visto y
experimentado bastantes cosas como para saber que a veces el mundo podía ser
un lugar peligroso. Y lo más importante, el nido estaba a tan sólo unos quince
metros de la ventana de su habitación —que él pensaba tener toda la noche
abierta—, por lo que confiaba en que si le pasaba algo a Ronnie, lo oiría
inmediatamente. A causa de la forma de la duna modelada por el viento y la
ubicación del nido, era poco probable que nadie que pasara andando por la play a
llegase a enterarse de que ella estaba allí.
Sin embargo, Ronnie sólo tenía diecisiete años, y él era su padre, lo cual
significaba que probablemente acabaría por salir para confirmar que estaba bien
varias veces aquella noche. Estaba seguro de que no conseguiría dormir de un
tirón hasta el amanecer.
La luna era sólo una fina rendija, pero el cielo estaba despejado; mientras
avanzaba entre las sombras, se acordó de la conversación que habían mantenido.
Se preguntó cómo se había sentido Ronnie al ver que él había tapiado el piano.
¿Se levantaría a la mañana siguiente con la misma actitud desafiante que había
tenido desde que había llegado? No lo sabía. Mientras se acercaba lo suficiente
como para distinguir la silueta de Ronnie durmiendo, pensó que el juego de luces
y sombras le conferían un aspecto más joven y a la vez más mayor de lo que
realmente era. Steve pensó de nuevo en los años que no había estado con ella,
viéndola crecer, unos años perdidos que ya nunca recuperaría.
Se quedó de pie bastante rato, examinando la playa de arriba abajo. No vio a
nadie, así que se dio la vuelta y entró en casa. Se sentó en el sofá y encendió el
televisor; después de pasar de un canal a otro, acabó por apagarlo. Finalmente, se
fue a su cuarto y arrastró los pies hasta la cama.
Se quedó dormido casi inmediatamente, pero se despertó una hora más tarde.
Salió de puntillas al exterior para ver cómo estaba su hija, a quien quería más que
a su propia vida.
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